Frases inspiradoras

La frase de Ana Frank que puede inspirarte hoy: "Qué maravilloso es que nadie necesite esperar ni un solo momento antes de empezar a mejorar el mundo"


Para empezar a mejorar el mundo no necesitamos esperar a tener más tiempo, más recursos o convertirnos en alguien diferente. Podemos empezar ya y tratar de mejorar la vida de las personas que tenemos alrededor


Mujer madura y serena disfrutando de una taza de té© Getty Images
10 de septiembre de 2026 a las 6:31 CEST

Hay una tentación muy humana que todos hemos experimentado alguna vez: esperar. Esperar a tener más tiempo para llamar a alguien que lo está pasando mal, a que el otro se disculpe para acercarnos, a sentirnos mejor para ser más amables o a que cambien las circunstancias para hacer aquello que sabemos que deberíamos hacer. Y, mientras esperamos, dejamos en manos de los demás una parte de nuestra capacidad para cambiar las cosas.

Ana Frank escribió una frase que propone exactamente lo contrario: "Qué maravilloso es que nadie necesite esperar ni un solo momento antes de empezar a mejorar el mundo". Una reflexión especialmente inspiradora si tenemos en cuenta que procede de una adolescente que vivió uno de los periodos más terribles de la historia reciente.

Para la psicóloga Sara Navarrete, su significado tiene que ver fundamentalmente con dos conceptos: responsabilidad personal y capacidad de acción. "Ana Frank nos recuerda que no necesitamos esperar a que cambien las circunstancias, a tener más tiempo, más recursos o incluso a que los demás actúen primero para aportar algo positivo", explica.

Dos amigas con helados pasándolo bien y riéndose

¿Quién fue Ana Frank?

Ana Frank (1929-1945) fue una adolescente judía alemana que se convirtió en uno de los grandes símbolos de las víctimas del Holocausto gracias al diario que escribió mientras permanecía escondida junto a su familia durante la ocupación nazi de los Países Bajos. Nació en Fráncfort y, tras la llegada de Adolf Hitler al poder, su familia se trasladó a Ámsterdam. En 1942, ante la persecución de los judíos, los Frank tuvieron que ocultarse en unas dependencias situadas detrás del negocio de su padre.

Durante más de dos años, Ana escribió sobre su vida en el escondite, sus miedos, sus relaciones familiares, sus sueños y sus reflexiones sobre la condición humana. En 1944, los ocupantes del refugio fueron descubiertos y deportados. Ana murió en el campo de concentración de Bergen-Belsen en 1945, con 15 años. Su padre, Otto Frank, único superviviente de la familia inmediata, publicó posteriormente sus escritos como El diario de Ana Frank, convertido en una de las obras testimoniales más leídas del siglo XX.

Pareja besándose en la montaña© Getty Images

¿Qué quiso decir Ana Frank con esta frase?

"Podemos interpretarla como una invitación a ser mejores personas, pero no desde la exigencia de ser perfectos", aclara Navarrete. La psicóloga propone trasladar la frase a una dimensión mucho más cercana: "Quizá no puedo cambiar el mundo entero, pero sí puedo mejorar la pequeña parte del mundo que toca mi vida".

Ahí está probablemente una de sus claves. Mejorar el mundo puede parecer una misión inabarcable. Mejorar el día de la persona que tenemos delante, en cambio, está muchas veces a nuestro alcance.

Amigas hablando en ropa deportiva

¿Por qué los pequeños gestos pueden cambiar tantas cosas?

Nuestra vida no está formada fundamentalmente por grandes acontecimientos, sino por miles de interacciones aparentemente insignificantes. Una conversación con nuestra pareja, un mensaje a un amigo, cómo contestamos a un compañero de trabajo o la manera en la que reaccionamos cuando estamos enfadados.

"Una palabra amable, preguntar de verdad a alguien cómo está, reconocer el trabajo de otra persona, pedir perdón, ayudar sin que nos lo pidan o simplemente no descargar nuestro malestar sobre quien tenemos delante pueden parecer acciones insignificantes, pero tienen un efecto acumulativo", explica Navarrete.

Además, señala la psicóloga, los comportamientos pueden contagiarse. Cuando alguien nos trata con respeto, empatía o generosidad, aumenta la probabilidad de que reproduzcamos ese trato con otras personas. Es imposible saber hasta dónde puede llegar el efecto de un pequeño gesto.

Dos amigas abrazándose © Getty Images

¿Por qué esperamos a que sean los demás quienes cambien?

"Cuando el otro cambie, cambiaré yo". "Cuando me traten mejor, seré más amable". "Cuando tenga más tiempo, ayudaré". Sara Navarrete utiliza estos ejemplos para explicar una tendencia muy habitual: colocar fuera de nosotros las condiciones necesarias para empezar a actuar.

Esperar, señala, también puede protegernos. Nos evita asumir responsabilidad y exponernos a la vulnerabilidad que a veces implica dar el primer paso. Además, "tendemos a fijarnos mucho en lo que deberían hacer los demás y bastante menos en aquello sobre lo que nosotros sí tenemos capacidad de decisión".

Sin embargo, al hacerlo así condicionamos nuestra conducta exclusivamente a lo que hagan los demás. Y eso puede crecer la impotencia. Frente a ello, Navarrete nos propone preguntarnos ¿qué parte de esto depende de mí?". Hacérnosla nos devuelve capacidad de acción.

Amigas caminando y riendo© Getty Images

Hacer el bien también influye en cómo nos sentimos

Hay otra lectura interesante que podemos hacer de esta frase: actuar de acuerdo con nuestros valores no beneficia únicamente a quien recibe nuestras acciones.

"Puede generar satisfacción, conexión y sensación de propósito", señala Navarrete. Cuando nuestra conducta se parece a la de la persona que queremos ser, también puede mejorar la percepción que tenemos de nosotros mismos.

Eso sí, ser buena persona no significa estar permanentemente disponible para todo el mundo. "La bondad sana incluye a los demás, pero también nos incluye a nosotros". Poner límites o decir "no" cuando es necesario no nos convierte en personas egoístas.

Mujer regando las plantas© Getty Images

Recuperar la sensación de que podemos hacer algo

Por otra parte, también podemos trasladar la reflexión de Ana Frank a nuestro momento histórico. Y es que vivimos permanentemente expuestos a guerras, conflictos, catástrofes y problemas sociales de una magnitud sobre la que individualmente tenemos muy poca capacidad de intervención.

Esa exposición puede provocar, según Navarrete, "impotencia, ansiedad e incluso una especie de sensación de que 'todo está mal y yo no puedo hacer nada'". Frente a ello, los pequeños actos nos devuelven lo que en psicología se denomina sensación de agencia: la percepción de que podemos actuar y ejercer alguna influencia sobre lo que nos rodea.

Quizá no podamos resolver un conflicto internacional, pero sí decidir cómo tratamos hoy a nuestros hijos, nuestra pareja, nuestros amigos, nuestros compañeros o incluso a un desconocido. "No podemos controlar todo lo que ocurre en el mundo, pero sí podemos decidir qué aportamos nosotros al pequeño mundo que nos rodea", resume la psicóloga.

Mujer saludando y hablando en una calle © Getty Images

¿Podemos entrenarnos para ser más empáticos y generosos?

Habiendo reflexionado sobre todo ello, nos preguntamos si podemos llegar a ser mejores personas y más generosas. La respuesta de Sara Navarrete es sí. La personalidad, las experiencias y la educación influyen en nuestra manera de relacionarnos, pero no la determinan completamente.

La empatía, por ejemplo, puede entrenarse intentando salir de nuestra perspectiva para preguntarnos qué puede estar sintiendo o necesitando otra persona. Lo mismo sucede con la escucha, la gratitud, la generosidad o nuestra capacidad para reconocer que nos hemos equivocado.

"Muchas veces no necesitamos 'sentir' primero para actuar", señala Navarrete. Podemos modificar pequeñas conductas y, mediante la repetición, incorporarlas progresivamente a nuestra forma habitual de relacionarnos.

Escuchar a alguien sin mirar el teléfono, llamar a quien atraviesa un momento difícil, agradecer algo que normalmente damos por hecho, reconocer el esfuerzo de otra persona, pedir perdón, ofrecer ayuda o dedicar tiempo de calidad a quienes queremos son algunas de las propuestas de la psicóloga.

Y podemos comenzar cada mañana con una pregunta muy sencilla: "¿Qué puedo hacer hoy para que la vida de alguien sea un poquito mejor?".

Quizá eso sea precisamente lo extraordinario de la frase de Ana Frank. No nos pide que hagamos algo heroico. Nos recuerda que para empezar a mejorar el mundo no necesitamos esperar a tener más tiempo, más recursos o convertirnos en alguien diferente. Como concluye Navarrete: "Podemos empezar exactamente desde donde estamos".