Pareja

Sonia Díaz Rois, coach experta en gestión del enfado: "Lo que más desgasta en una relación no es discutir, sino hacerlo siempre por lo mismo"


Las discusiones no son fértiles si no llegan a un entendimiento, por eso esta experta nos cuenta cómo hay que discutir para mejorar nuestra convivencia


Retrato de Sonia Diaz Rois, Mentora y coach especializada en gestión del enfado y comunicación consciente.© Sonia Díaz Rois
2 de septiembre de 2026 a las 20:01 CEST

¿Por qué siempre discutimos por lo mismo? Nos ocurre en cualquier relación pero, fundamentalmente, en las de pareja. Hay temas recurrentes, repetitivos y, sobre todo, cansinos. Y por más que los discutamos una y otra vez no acabamos de resolverlos nunca. Y cada vez que volvemos a enfadarnos por lo mismo, el mismo malestar, la misma sensación de impotencia, de rabia y de culpa. De nuevo nos preguntamos: ¿por qué estamos discutiendo otra vez por la misma tontería? 

Para hablar de ello, hemos entrevistado a Sonia Díaz Rois, mentora y coach, especialista en manejo del enfado y autora del libro Y si me enfado, ¿qué? (VR Europa, 2024). Esta experta, que además es especialista en comunicación consciente, desgrana el verdadero significado de nuestra discusiones, por qué sacamos a la palestra esos temas que todos reconocemos al instante y cómo podemos discutir mejor para que este intercambio cumpla su objetivo: una buena convivencia. Y es que, como afirma, "lo que más desgasta en una relación no es discutir, sino discutir siempre por lo mismo".

Sonia Díaz Rois, mentora y coach especializada en gestión del enfado con su libro© Sonia Díaz Rois

Dices que lo que desgasta una relación no es tanto discutir como discutir siempre por lo mismo, ¿por qué tendemos a repetir una y otra vez los mismos conflictos?

Solemos discutir en el peor momento. A última hora, cuando estamos cansados, después de un día complicado, mientras intentamos hacer demasiadas cosas a la vez, con prisas y sin prestar demasiada atención a lo que estamos diciendo.
Con la batería bajo mínimos y sin estar realmente presentes, aflora con más facilidad nuestra versión más entrenada. Es mucho más fácil reaccionar como siempre que parar un momento y hacerlo como realmente nos gustaría.
Además, si a esto le añadimos una pizca de levadura emocional, toda esa película que nos montamos alrededor de lo que ocurre, cualquier pequeño detalle puede acabar adquiriendo un tamaño descomunal.

Hay discusiones que desde fuera pueden parecer absurdas y, sin embargo, para quien lo vive no lo son en absoluto. Parece que estamos discutiendo por los platos, pero lo que realmente estamos intentando decir no tiene nada que ver con los platos.

Sonia Díaz Rois, coach especializada en gestión del enfado

¿Qué suele esconderse detrás de esas discusiones recurrentes? ¿Es posible que el motivo aparente no sea el verdadero problema?

Sí, muchas veces la discusión empieza por los platos, por el desorden o porque alguien ha dejado algo sin hacer, pero el verdadero problema puede no ser tan evidente.
Detrás puede haber un "quiero que me tengas en cuenta", "valora mi esfuerzo", "escúchame", "ayúdame", "me gustaría sentir que eso también es importante para ti" o incluso todo lo contrario: "ahora mismo necesito un poco de espacio y tranquilidad".
La realidad es que no solemos expresarnos así.
En lugar de decir "hoy no llego, ¿te encargas tú?", decimos "es que nunca haces nada". Y cuando el mensaje se formula en forma de reproche, tenemos muchas más probabilidades de que nuestra pareja se ponga a la defensiva en lugar de tratar de entender qué necesitamos.
Esto es algo que veo mucho en sesión. Cuando pregunto "¿qué necesitas realmente?", muchas veces la primera respuesta vuelve a ser lo que hace el otro: "que deje de hacer esto", "que cambie aquello", "que se dé cuenta…". Y tenemos que rascar un poco más hasta llegar a qué necesito yo.
Es como cuando estamos aprendiendo un idioma nuevo, sabemos más o menos lo que queremos decir, pero no encontramos las palabras. Y entonces chapurreamos el idioma del enfado: subimos el volumen, reprochamos, generalizamos, perdemos las formas… y el mensaje que realmente queríamos transmitir acaba saliendo completamente distorsionado.
Por eso hay discusiones que desde fuera pueden parecer absurdas y, sin embargo, para quien lo vive no lo son en absoluto. Parece que estamos discutiendo por los platos, pero lo que realmente estamos intentando decir no tiene nada que ver con los platos.

pareja en crisis en la cocina de casa© Getty Images

Cuando una pareja entra siempre en la misma dinámica, uno reprocha, el otro se defiende, alguien termina retirándose, ¿por qué es tan difícil romper ese patrón?

Porque sin darnos cuenta entramos en una dinámica que se retroalimenta. Hay parejas en las que se establece muy claramente ese patrón de "yo persigo y tú te alejas". Una persona reclama, insiste, pregunta, vuelve a preguntar… porque necesita sentirse escuchada o porque quiere solucionar el problema cuanto antes. Pero quizá no sabe pedir lo que necesita y acaba recurriendo al reproche.
La otra parte recibe todo eso como presión o como un ataque y se aleja para protegerse. Y lo que ocurre es que cuanto más se aleja uno, más insiste el otro. Y cuanto más insiste uno, más necesidad tiene el otro de alejarse.
Y así, sin querer, cada uno acaba reforzando justo lo que más le molesta de su pareja. Es como si ambos sintieran que están reaccionando al comportamiento del otro: "Yo me comporto así porque tú te comportas así".
Por eso cuesta tanto romper este patrón. Cada uno cree que está siguiendo los pasos del otro, cuando en realidad los dos están manteniendo la misma coreografía. Y si queremos cambiar ese baile, alguien tendrá que empezar a practicar un paso diferente.

Muchas veces alcanzamos tal nivel de crispación que después lo único que queremos es dejar de estar mal. Nos pedimos perdón, hacemos las paces y respiramos con alivio. Pero aquello que nos llevó a discutir sigue sin resolverse. Y tres días después podemos estar otra vez exactamente en el mismo punto.

Sonia Díaz Rois, coach especializada en gestión del enfado

¿Cómo podemos distinguir entre una discusión normal, incluso saludable, y una forma de discutir que está deteriorando la relación?

Hay una pregunta fundamental que podemos plantearnos: ¿para qué estamos teniendo esta conversación? ¿Para qué? El porqué solemos tenerlo bastante claro.
Si el único objetivo es demostrarte que tengo razón y conseguir que tú acabes reconociéndolo, tenemos bastantes papeletas para terminar exactamente igual o peor que antes.
Una discusión saludable no significa estar de acuerdo en todo. Significa poder explicar lo que yo pienso y necesito, pero también estar dispuesto a escuchar lo que tú piensas y necesitas para intentar encontrar un punto desde el que podamos avanzar.
Podemos estar enfadados, podemos no entendernos a la primera e incluso podemos terminar la conversación sin haber llegado todavía a un acuerdo. La diferencia está en si hemos conseguido escucharnos, entender algo que antes no entendíamos o acercarnos un poco a una posible solución.
En cambio, si cada conversación termina convirtiéndose en un juicio en el que uno acusa y el otro se defiende, sacamos el histórico de agravios, necesitamos tener la última palabra y acabamos cada vez más alejados, ahí sí tenemos una señal de que nuestra forma de discutir está deteriorando la relación.
Muchas veces alcanzamos tal nivel de crispación que después lo único que queremos es dejar de estar mal. Nos pedimos perdón, hacemos las paces y respiramos con alivio. Pero aquello que nos llevó a discutir sigue sin resolverse. Y tres días después podemos estar otra vez exactamente en el mismo punto.
Hacer las paces no siempre significa que el problema se haya resuelto.

Mujer triste con su pareja detrás © Getty Images

¿Qué podemos hacer para que una discusión sirva realmente para resolver algo y no termine convirtiéndose en otro capítulo de la misma pelea?

Además de preguntarnos "¿para qué?", añadiría otra pregunta: ¿qué necesito realmente?
Es muy fácil quedarse en "me molesta muchísimo que nunca me ayude". Ok, pero ¿y si rascamos un poco más? ¿Qué necesito? ¿Estoy cansada? ¿Quiero compartir más responsabilidades? ¿Me gustaría que mi pareja se anticipara alguna vez? ¿Necesito que reconozca el esfuerzo que estoy haciendo? ¿Me gustaría pasar más tiempo juntos?
Muchas veces pretendemos que nuestra pareja entienda algo que ni siquiera nosotros hemos identificado todavía.
Cuando conseguimos entender qué nos pasa y qué necesitamos, es mucho más fácil explicárselo al otro sin convertirlo en un reproche.
Y después hace falta concretar. Podemos preguntarnos: "¿Qué vamos a hacer diferente la próxima vez?" Porque comprendernos está muy bien, pero si queremos dejar de discutir una y otra vez por lo mismo, necesitamos intentar hacer algo diferente.
Y hay otra cuestión fundamental: elegir el momento. Un buen momento. Muchas discusiones empiezan cuando uno de los dos, o los dos, no está en condiciones de tener esa conversación.
Si estamos hechos polvo porque el día ha sido agotador, si ya venimos calentitos porque hemos discutido previamente o nos reconocemos en ese punto en el que el vaso está a punto de rebosar y ya no podemos pensar con claridad, aplazar la conversación puede ser mucho más útil que empeñarnos en resolver lo que sea en ese instante.

pareja discutiendo junto a la ventana© Getty Images


En mi libro propongo utilizar una palabra clave para esos momentos. La mía es "tortilla". Si vemos que nos estamos enredando y que de esa conversación ya no va a salir nada bueno, basta con decir "tortilla". Es una forma de decir: "Ahora mismo no estamos en condiciones de resolver esto. Vamos a parar".
La idea es haber acordado previamente esa palabra en un momento tranquilo para que nos sirva como señal. Y si la hemos acordado en un momento distendido e incluso divertido, mucho mejor.
Pero parar no significa barrer el problema debajo de la alfombra. Necesitamos acordar cuándo vamos a retomar la conversación y hacerlo en un momento en el que realmente podamos escucharnos.
Porque, como suelo decir, no se aprende a nadar cuando te estás ahogando. Si nos acostumbramos a hablar de lo que nos molesta también cuando estamos tranquilos, será mucho más fácil hacerlo de otra manera cuando aparezca el enfado. Al final, se trata de aprender a escucharlo antes de que necesite ponerse a gritar.