Perder nunca resulta agradable. Da igual que se trate de una semifinal del Mundial, un partido entre amigos o una competición escolar. Cuando uno ha puesto esfuerzo, ilusión y expectativas en conseguir un objetivo, la derrota duele. Por eso no es extraño que, tras caer ante Argentina, Jude Bellingham mostrara una reacción de frustración que terminó con un gesto antideportivo hacia un rival.
Las imágenes de ayer, en la que veíamos al jugador dar un manotazo a Colo Barco mientras Argentina celebraba su victoria, nos hacen pensar en cómo nos comportamos en estas situaciones. ¿Por qué hay personas que aceptan una derrota con aparente serenidad mientras otras reaccionan con rabia, lágrimas o incluso impulsividad? ¿Es simplemente cuestión de carácter o hay algo más detrás?
Hemos hablado con Sonia Díaz, mentora y coach especializada en gestión del enfado, para entender qué ocurre en nuestro cerebro cuando perdemos y por qué, aunque enfadarse sea completamente normal, dejarse llevar por esa emoción puede acabar jugando en nuestra contra.
Y es que, según recuerda la especialista, el problema no es sentir rabia. El verdadero reto consiste en decidir qué hacemos con ella.
Por qué algunas personas llevan tan mal perder
No todas las personas viven una derrota de la misma manera. Para algunas, perder significa simplemente que el rival ha sido mejor ese día. Para otras, sin embargo, el resultado acaba poniendo en cuestión su propio valor.
En este sentido, Sonia Díaz explica que "perder no significa lo mismo para todo el mundo. Para algunas personas puede ser simplemente el resultado de un partido concreto, pero para otras perder puede convertirse en una prueba, algo que confirma que no son suficientemente buenas, que han decepcionado a alguien o que todo el esfuerzo que han hecho al final no ha servido para nada".
Y ahí está una de las claves. No reaccionamos únicamente a lo que sucede, sino a la interpretación que hacemos de lo que sucede. "Al final es muy importante recordar que no reaccionamos a lo que está ocurriendo, sino al significado que le damos a lo que está ocurriendo. Ese significado es propio e individual de cada uno", afirma.
¿Se nace con "mal perder"?
Muchas personas piensan que hay quienes nacen con peor carácter o con menos capacidad para controlar sus emociones. Pero no es así. Según Sonia Díaz, existe un temperamento de base, pero nuestra forma de gestionar la frustración también se aprende a lo largo de la vida.
"Siempre hay una mayor predisposición, pero no es algo con lo que nacemos y esté decidido para siempre. Tenemos un temperamento de base, pero todo lo que vamos construyendo con nuestras experiencias, la interpretación que hacemos de ellas y las habilidades que vamos incorporando va moldeando nuestra personalidad y nuestro carácter", explica.
La educación también juega un papel importante
No es lo mismo crecer escuchando frases como "lo importante es intentarlo" que hacerlo en un entorno donde solo se reconocen los éxitos y cualquier error se vive como un fracaso.
Ese tipo de mensajes, señala la especialista, terminan construyendo la manera en la que una persona interpreta las derrotas cuando llega a la edad adulta.
Qué tienen en común las personas que llevan mal las derrotas
Aunque cada historia es diferente, sí existen algunos rasgos que suelen repetirse en quienes viven una derrota de forma especialmente intensa. La coach señala que suelen ser personas con una elevada autoexigencia, poca tolerancia a la frustración y una fuerte necesidad de control.
"Frecuentemente suele haber una alta autoexigencia, una baja tolerancia a la frustración y los errores se viven como algo muy personal. También puede haber una alta necesidad de control", comenta.
A eso se suma un diálogo interno especialmente duro. Pensamientos como "he hecho el ridículo", "ya no valgo para esto" o "todo el mundo pensará que soy un fracaso" pueden aparecer de manera casi automática y hacer que la emoción crezca todavía más.
Según la especialista, el problema es que muchas personas terminan confundiendo el resultado con su identidad.
Qué ocurre en el cerebro cuando el enfado toma el control
Después de una derrota importante es normal sentir rabia. Lo que marca la diferencia es lo que ocurre en los segundos siguientes.
Hay deportistas que respiran, se alejan o simplemente dejan pasar unos minutos antes de reaccionar. Otros, en cambio, actúan impulsivamente. Para Sonia Díaz, ahí entra en juego lo que popularmente se conoce como el "secuestro de la amígdala".
Se trata de un término popularizado por el psicólogo Daniel Goleman para describir una situación en la que la parte emocional del cerebro toma el control antes de que la parte racional tenga tiempo de analizar lo que está ocurriendo.
La amígdala es una pequeña estructura situada en el sistema límbico que actúa como una especie de detector de amenazas. Su función es protegernos reaccionando muy rápido ante un posible peligro. El problema es que no distingue entre un león que nos persigue y una amenaza emocional, como una derrota, una discusión o una crítica.
Cuando se produce ese "secuestro", la amígdala activa automáticamente la respuesta de lucha, huida o bloqueo. En ese momento aumenta la frecuencia cardiaca, se tensan los músculos, se liberan hormonas como la adrenalina y el cortisol y disminuye la capacidad del córtex prefrontal, la zona del cerebro encargada de razonar, planificar y controlar los impulsos.
Por eso, durante un secuestro de la amígdala, una persona puede decir o hacer cosas de las que se arrepienta pocos segundos después.
"El trabajo consiste en darse cuenta de que me estoy enfadando y evitar que nos produzca una reacción, que haya un secuestro de la amígdala. Que la emoción no hable antes que nosotros seamos capaces de reconocer qué está ocurriendo, valorar las consecuencias y dejar que nuestro córtex forme parte de la toma de decisiones. Se trata de actuar en lugar de reaccionar", explica.
De esta manera se puede evitar que la emoción termine en una agresión, porque, como recuerda la especialista en gestión del enfado, "lo que sí es intolerable y hay que evitar a toda costa es el contacto físico", subraya.
¿Se puede aprender a controlar el enfado?
La buena noticia es que sí. Y no solo en deportistas de élite. Cualquier persona puede entrenar su regulación emocional si aprende a identificar las señales antes de que la emoción tome el mando.
De hecho, Sonia Díaz dedica precisamente su trabajo a enseñar ese proceso. "El objetivo no es dejar de enfadarse, porque igual que sentimos miedo o tristeza, también vamos a sentir enfado. La especialista insiste en que enfadarse no es el problema.
"Lo primero es aceptar el enfado como una emoción más. Enfadarse es lo más normal del mundo. Si lo vemos como algo que tenemos que evitar, no nos preparamos para gestionarlo", afirma.
Cómo evitar que la rabia tome las decisiones
Para aprender a gestionar mejor el enfado, Sonia Díaz recomienda empezar cuando estamos tranquilos y no esperar a que aparezca el conflicto.
Por ejemplo, propone dedicar unos minutos a reflexionar sobre qué situaciones nos hacen perder los nervios, qué límites necesitamos poner o qué pensamientos suelen aparecer cuando sentimos frustración.
Ese entrenamiento previo facilita que, cuando llegue una situación difícil, podamos reconocer antes lo que está ocurriendo.
También recomienda prestar atención a las señales físicas. Hay personas que notan tensión en la mandíbula, otras sienten que se les acelera el corazón o descubren que empiezan a levantar la voz.
"Cuanto antes detectas que estás en este estado antes te puedes reconducir. Y sobre todo recordar que el objetivo no es dejar de enfadarse, no es ocultarlo, tragárselo y no expresarlo. El objetivo es aprender o entrenar lo que queremos hacer cuando nos estamos enfadando y que esa respuesta sea una respuesta consciente y que nos ayude a conseguir mejores resultados. Para que esa rabia no acabe decidiendo por uno, como es el caso, que hemos reaccionado de manera impulsiva".
Al final, concluye la especialista, perder forma parte de cualquier competición y también de la vida. La diferencia no está en sentir rabia, decepción o tristeza, sino en conseguir que ninguna de esas emociones decida por nosotros.












