Lloras con facilidad, te ríes mucho cuando algo te hace gracia, te resulta imposible fingir asombro ante una noticia inesperada, o te sientes algo rara cuando tus planes no salen como te esperadas. Si bien hay personas que son capaces de reprimir u ocultar sus emociones, hay otras que, como puede ser tu caso, no son capaces de evitar mostrarse tal y como sienten. Pero sentir emociones intensas no es, en sí mismo, un problema.
Las emociones cumplen una función adaptativa y nos informan de lo que necesitamos, de lo que nos importa y de cómo estamos viviendo una situación. El problema aparece cuando esa activación emocional deja de estar bajo nuestro control y condiciona por completo cómo actuamos.
La regulación emocional, clave en el bienestar
En estos casos hablamos de dificultades en la regulación emocional, un concepto clave en psicología que hace referencia a la capacidad de reconocer lo que sentimos, comprenderlo y gestionarlo de forma adaptativa. Como señala Esther Boada, psicóloga y directora de Centro Sukha (www.centresukha.com): "No significa reprimir ni ignorar las emociones, sino poder sostenerlas sin que nos arrastren".
Cuando esta capacidad falla, pueden aparecer reacciones impulsivas: decir cosas de las que luego nos arrepentimos, estallar con ira, romper a llorar en contextos poco adecuados o sentirse completamente desbordado ante situaciones que, en otro estado emocional, serían manejables. Detrás de estas respuestas suele haber múltiples factores, desde estrés acumulado hasta experiencias no elaboradas o falta de aprendizaje emocional previo.
Sucede por diversos factores. "Detrás de esto pueden existir muchos factores. Desde estrés acumulado, ansiedad, experiencias difíciles no elaboradas, falta de aprendizaje emocional durante la infancia o simplemente estar atravesando un momento vital especialmente exigente", explica la psicóloga.
En la misma línea, la experta señala que "investigaciones como la del psicólogo James Gross revelan que las personas que desarrollan estrategias saludables de regulación emocional suelen presentar un mayor bienestar psicológico, mejores relaciones y menor nivel de estrés". Y, si bien mostrar las emociones no es malo, hacerlo en exceso (al igual que en el caso opuesto) puede ser perjudicial para la salud mental, ya que no todo lo que sentimos tiene que expresarse en el momento.
Mostrar las emociones: ¿es bueno o malo para tu salud mental?
Existe una idea extendida de que mostrar todo lo que sentimos siempre es sano, pero la psicología matiza esta visión. Una buena regulación emocional no consiste en expresar sin filtro, sino en encontrar el equilibrio. Como cuenta Esther Boada, "una gestión emocional sana implica encontrar un equilibrio entre expresar y contener. Hay momentos en los que necesitamos llorar, enfadarnos, pedir ayuda o hablar de lo que nos ocurre. Sin embargo, también hay situaciones en las que quizá necesitamos esperar unas horas, unos días o buscar un espacio más adecuado para hacerlo".
Puede que te haya pasado alguna vez. Has reaccionado inmediatamente en caliente ante una determinada situación, y después te has arrepentido. Lo cierto es que, aunque hay momentos en los que esas manifestaciones son necesarias, hay otros por los que merece la pena esperar y ver cómo avanza esa emoción. "Por ejemplo, si estamos muy enfadados durante una discusión de pareja, decir todo lo que pasa por nuestra cabeza en ese instante puede dañar la relación más que ayudarla. En cambio, tomarnos un tiempo para calmarnos y después expresar lo que sentimos suele ser mucho más útil", comenta la psicóloga para ayudar a entender mejor la teoría.
Contener las emociones o reprimirlas: por qué no es lo mismo
En este contexto, hay que diferenciar dos conceptos distintos que a menudo se confunden. "La diferencia está en que contener no es reprimir. Reprimir sería intentar convencernos de que no sentimos nada. Contener sería reconocer la emoción, darle espacio internamente y decidir cuándo y cómo expresarla", detalla la especialista dejando claro que las emociones necesitan espacios seguros para poder ser procesadas. De este modo, no se trata de guardarlas indefinidamente, sino de encontrar el contexto adecuado para expresarlas y elaborarlas.
Esto ocurre, por ejemplo, en conversaciones con personas de confianza, en terapia, durante procesos de duelo o cuando una emoción se mantiene en el tiempo y empieza a interferir en la vida cotidiana. A veces, expresar una emoción no implica un desahogo intenso, sino simplemente poder verbalizar lo que ocurre internamente. "En ocasiones significa simplemente poder decir que algo te está costando, que te sientes triste o que necesitas ayuda".
No es una tarea fácil para todo el mundo. Quienes están acostumbrados a estar en un extremo, o en el otro, deben hacer un esfuerzo por encontrar el término medio. De hecho, muchas personas intentan luchar contra sus emociones y otras, directamente, no se permiten sentirlas ni mostrarlas. Cuando esto ocurre, la emoción no desaparece, sino que se acumula hasta que termina desbordando a la persona. Por eso, aprender a reconocerla y darle salida progresiva actúa como factor protector. "Si nos permitimos sentir y mostrarlo seguramente ya sea un factor de protección para no explotar y hacerlo de una forma que consideremos menos adecuada y que nos haga daño", comenta la experta.
En lugar de intentar eliminar lo que sentimos, la psicóloga propone un enfoque más funcional: identificar la emoción, nombrarla, recordarnos que es temporal, posponer su expresión si es necesario y buscar después un espacio adecuado para procesarla.
Regular emociones no significa dejar de sentirlas
La idea central es que la salud emocional no consiste en no desbordarse nunca, sino en mantener cierta capacidad de elección incluso cuando lo que sentimos es intenso. Así lo aclara la experta: "Una persona emocionalmente sana no es la que nunca llora, nunca se enfada o nunca se derrumba. Es aquella que puede sentir profundamente lo que le ocurre sin perder completamente la capacidad de decidir qué hacer con ello."
Y, como recuerda Esther Boada, esta habilidad no es innata, sino aprendida y se puede entrenar: "Es algo que se aprende. No nacemos sabiendo regular nuestras emociones. Es una habilidad psicológica que se desarrolla a lo largo de la vida y que, cuando hay dificultades, también puede trabajarse y fortalecerse en terapia", concluye.










