Tendemos a contar a los hijos solo la versión perfecta de nuestras vidas: los logros, los triunfos y las metas alcanzadas. Sin embargo, la psicología demuestra que conocer las historias de padres y abuelos, con sus éxitos, pero también con sus miedos, fracasos y momentos difíciles superados, es la herramienta más potente para enseñarles a tolerar la frustración y desarrollar una gran capacidad de resiliencia. Y es que la autoestima de un niño no se construye únicamente a base de elogios, sino sabiendo de dónde viene y quiénes le precedieron.
La psicóloga Sonia Martínez Lomas, directora de los Centros Crece Bien y autora de Descubriendo Emociones, explica cómo descubrir que forman parte de un relato familiar más amplio les aporta un profundo sentido de pertenencia, libera a los más jóvenes del peso del perfeccionismo y les demuestra que un tropiezo nunca es el final del camino, sino parte de la vida.
Desde la psicología, ¿qué ocurre en la mente y el desarrollo emocional de un niño cuando descubre que forma parte de un relato familiar más amplio que va más allá de él mismo?
Cuando un niño descubre que su historia no empieza solo con él empieza a construir algo muy importante: sentido de pertenencia. Los niños necesitan saber quiénes son, pero también de dónde vienen. Cuando escuchan historias de sus padres, abuelos o bisabuelos, comprenden que forman parte de algo más grande. Eso les da raíces. Les ayuda a sentir: “Yo pertenezco a esta familia”, “mi vida está conectada con otras vidas”. Esto no significa idealizar la familia ni contar solo historias bonitas. Significa ayudarles a entender que su identidad se construye también con vínculos. Para un niño o adolescente, saber que pertenece a una historia familiar puede darle mucha seguridad emocional.
Conocer de dónde venimos, quiénes fueron nuestros abuelos o qué retos superaron nuestros padres, ¿de qué manera construye una autoestima sólida y evita la sensación de soledad o aislamiento en la infancia y adolescencia?
La autoestima no se construye solo diciéndole a un niño “tú puedes” o “eres maravilloso”. Cuando un niño conoce que su abuelo tuvo que empezar de cero, que su madre cambió de ciudad y le costó adaptarse, o que su padre suspendió alguna vez y después encontró su camino, entiende que las dificultades no son una señal de fracaso, sino parte de la vida. Eso combate mucho la sensación de soledad. Un adolescente que piensa “soy el único al que le cuesta”, “solo yo me equivoco” o “nadie me entiende”, puede encontrar alivio al escuchar: “A mí también me pasó algo parecido”. No porque la experiencia sea idéntica, sino porque le ayuda a sentirse acompañado. Las historias familiares bien contadas transmiten un mensaje muy poderoso: “En esta familia también hemos tenido miedo, nos hemos equivocado, hemos sufrido y hemos salido adelante”. Eso da identidad y fortaleza.
Cuando un niño escucha que su padre tuvo miedo, que su madre se equivocó, que su abuelo perdió algo importante o que alguien de la familia tuvo que volver a intentarlo, aprende que frustrarse no es el final
A menudo tendemos a contar solo los éxitos, pero los estudios señalan que conocer los fracasos o momentos duros superados por la familia es igual de valioso. ¿Por qué saber que “papá o el abuelo también se equivocaron o lo pasaron mal y salieron adelante” nos enseña a tolerar la frustración?
Porque les muestra una idea esencial: equivocarse no te deja fuera de la vida, ni fuera del amor, ni fuera de tu valor personal. A veces los adultos contamos a los niños una versión demasiado perfecta de nosotros mismos. Les hablamos de cuando sacamos buenas notas, de cuando conseguimos algo importante, de cuando nos fue bien. Pero si solo contamos los éxitos, sin querer podemos transmitir que lo valioso es hacerlo todo bien.
Cuando un niño escucha que su padre tuvo miedo, que su madre se equivocó, que su abuelo perdió algo importante o que alguien de la familia tuvo que volver a intentarlo, aprende que frustrarse no es el final. Aprende que una mala nota, un rechazo, una derrota deportiva o una discusión no le definen. Y eso es muy importante, porque muchos niños y adolescentes viven el error con mucha intensidad. Necesitan referentes reales, no perfectos. Saber que los adultos que admiran también tropezaron les ayuda a pensar: “Si ellos pudieron atravesarlo, quizá yo también”.
¿Cómo ayuda a un niño ver a sus padres o abuelos como personas reales —con virtudes, miedos y tropiezos— a la hora de quitarse presión sobre sus propios errores escolares o personales?
Les ayuda muchísimo porque humaniza a los adultos. Los niños tienden a ver a sus padres como figuras muy fuertes, casi invulnerables. Y eso está bien en parte, porque necesitan sentir seguridad. Pero también necesitan descubrir, poco a poco, que los adultos no son perfectos. Cuando un padre puede decir: “A mí también me costaban las matemáticas”, “yo también tuve una época en la que me sentía inseguro” o “me equivoqué eligiendo algo y aprendí”, el niño deja de vivir su dificultad como una rareza. Eso no significa cargar al niño con problemas adultos, sino compartir experiencias adaptadas a su edad. La idea no es decirle “mira todo lo que sufrí”, sino “te entiendo, porque yo también he tenido momentos difíciles y sé que se puede salir”. Para un niño que se exige mucho, esto puede ser liberador. Le permite pensar: “Puedo equivocarme y seguir siendo querido”, “puedo no hacerlo perfecto y aun así valer”.
Las mejores historias no suelen contarse en discursos formales, sino alrededor de una mesa, en el coche o arreglando algo juntos. ¿Por qué el contexto distendido y sin afán moralizador hace que el mensaje cale con más fuerza?
Porque los niños y adolescentes suelen cerrar la escucha cuando sienten que viene una lección. Si empezamos con “te voy a contar algo para que aprendas”, muchas veces ya hemos perdido parte de su atención. En cambio, cuando una historia aparece de forma natural —en una comida, en un trayecto en coche, cocinando, viendo una foto antigua, arreglando algo en casa—, entra de otra manera. No se vive como sermón, sino como conexión.
Además, las historias familiares no solo transmiten información; transmiten emoción. El tono, la risa, los silencios, las anécdotas pequeñas… todo eso hace que el niño sienta que está entrando en una parte íntima de la familia. A veces una frase sencilla dicha en el momento adecuado cala mucho más que una gran charla preparada. Por ejemplo: “¿Sabes? A tu abuelo también le daba mucha vergüenza hablar en público, y luego acabó dando discursos en el trabajo”. Ese tipo de relato se queda porque no presiona, acompaña.
En un mundo hiperconectado y dominado por la gratificación instantánea, ¿de qué forma escuchar historias del pasado ejercita la empatía, la escucha activa y la paciencia en niños y adolescentes?
Escuchar una historia familiar exige algo que hoy no siempre entrenamos: parar. Atender a alguien, imaginar otra época, comprender emociones que no son las propias y esperar a que el relato avance. En las pantallas todo suele ser rápido, inmediato y muy visual. Las historias familiares tienen otro ritmo. Obligan a imaginar, preguntar, escuchar matices y ponerse en el lugar de otra persona. Eso desarrolla empatía.
Cuando un niño escucha cómo vivía su abuela, qué miedo tuvo su padre en un momento concreto o cómo su familia superó una dificultad, sale un poco de su propio centro. Comprende que los demás también tienen mundo interno, heridas, ilusiones, esfuerzo y memoria. Y eso es muy valioso. Porque la empatía no se enseña solo diciendo “hay que ponerse en el lugar del otro”. Se entrena también escuchando vidas reales.
Las historias familiares no solo transmiten información; transmiten emoción. El tono, la risa, los silencios, las anécdotas pequeñas… todo eso hace que el niño sienta que está entrando en una parte íntima de la familia
¿Qué estrategias o preguntas sencillas pueden usar los padres para activar los relatos de los abuelos o contar sus propias vivencias de la infancia sin que suene a la típica “batallita”?
Lo más importante es no convertirlo en una clase de historia familiar. Funciona mejor hacerlo desde la curiosidad y desde lo concreto. Por ejemplo, podemos preguntar a los abuelos: “¿A qué jugabas cuando eras pequeño?”, “¿qué hacías en verano?”, “¿cuál fue una travesura que hiciste?”, “¿qué profesor recuerdas?”, “¿qué te daba miedo de niño?”, “¿cuándo te sentiste orgulloso de ti por primera vez?”.
También ayudan mucho las fotos, los objetos y los lugares. Una foto antigua puede abrir una conversación preciosa. Un juguete, una receta, una canción o una visita al pueblo familiar pueden despertar relatos que de otra forma no saldrían. Con los adolescentes, suele funcionar mejor no forzar. A veces puedes contar algo breve y dejarlo ahí: “A mí a tu edad también me costaba sentirme parte del grupo”. Si quiere preguntar, preguntará. Si no, quizá se lo quede dentro y vuelva a ello más adelante. Y una recomendación importante: contar menos moraleja y más experiencia. No hace falta terminar siempre con “por eso tú deberías…”. A veces el aprendizaje aparece solo.
Si la historia familiar incluye traumas, pérdidas o momentos muy dolorosos, ¿cómo se deben adaptar estas narrativas según la edad del niño para que sean constructivas y no generen angustia?
Aquí hay que ser muy cuidadosos. No todo debe contarse a cualquier edad ni con cualquier nivel de detalle. Que una historia sea verdadera no significa que el niño esté preparado para recibirla entera. Con los niños pequeños conviene transmitir ideas sencillas, seguras y contenidas. Por ejemplo: “La abuela vivió un momento muy triste, pero estuvo acompañada y siguió adelante”. No necesitan detalles duros, imágenes impactantes ni cargas emocionales que no puedan procesar.
Con niños más mayores y adolescentes se puede ampliar la información, pero siempre cuidando el para qué. La pregunta sería: “¿Esto le ayuda a entender, a elaborar y a sentirse más conectado, o le estoy descargando un peso que no le corresponde?”. También es importante no convertir al niño en confidente emocional del adulto. Podemos compartir una historia dolorosa, pero desde un lugar elaborado, no desde una herida abierta que el niño sienta que tiene que reparar. Las historias difíciles pueden ser muy constructivas si transmiten tres cosas: verdad, protección y esperanza. Verdad para no negar lo ocurrido; protección para no desbordar al niño; y esperanza para que entienda que, incluso después del dolor, la vida puede seguir y los vínculos pueden sostenernos.






