En un entorno diario a menudo acelerado y sobreestimulado, los niños altamente sensibles, que procesan la realidad con mayor intensidad emocional, encuentran en sus abuelos un verdadero oasis de tranquilidad.
La psicóloga Carmen Barrio, miembro de Top Doctors Group, analiza cómo el tiempo disponible, la escucha sin juicio y la ausencia de las prisas cotidianas convierten a los abuelos en un "puerto seguro" esencial para estos pequeños, al tiempo que advierte de dónde está el límite entre ofrecer un espacio de calma y caer en la sobreprotección.
Para comenzar, ¿cuáles son los rasgos principales que caracterizan a un Niño Altamente Sensible (NAS) y por qué el entorno influye de forma tan determinante en su bienestar?
Desde mi forma de entender la psicología y abordar los problemas psicológicos, prefiero no definir a los niños a partir de una etiqueta. Más que hablar de "niños altamente sensibles", considero más útil observar cómo vive cada niño su realidad y si existen señales de que está teniendo dificultades para adaptarse o gestionar determinadas situaciones.
Hay niños que muestran una mayor intensidad emocional, que necesitan más tiempo para adaptarse a los cambios, que reaccionan con mayor facilidad ante determinados estímulos o que tienen una capacidad de procesamiento diferente. Estas características, por sí mismas, no son un problema ni implican necesariamente una dificultad.
Lo realmente importante es preguntarnos cómo está ese niño en su contexto. Un mismo rasgo puede vivirse de forma muy diferente dependiendo de cómo respondan los adultos que le rodean. Cuando el entorno ofrece comprensión, seguridad y flexibilidad, el niño suele desarrollar mejor sus propios recursos para afrontar las situaciones cotidianas.
¿Qué tienen los abuelos que los convierte en un refugio emocional para estos niños?
Los abuelos son posibles figuras de seguridad dentro del sistema familiar. Muchos abuelos cuentan con algo muy valioso: tiempo, disponibilidad y una forma de relacionarse menos condicionada por las exigencias del día a día. Eso puede facilitar que el niño construya un vínculo de calidad y diferente al que tiene con otros familiares. Cuando un adulto transmite calma, interés genuino y disponibilidad, favorece que el niño encuentre un espacio donde expresar lo que siente con confianza.
A ello se suma que los abuelos ocupan un lugar singular dentro del sistema familiar: conocen la historia de la familia y a los propios padres, pero habitualmente no están inmersos en las exigencias cotidianas de la crianza. Esa posición puede permitirles ofrecer una mirada más pausada y convertirse en una figura de apoyo tanto para el niño como para sus padres.
Muchos abuelos cuentan con algo muy valioso: tiempo, disponibilidad y una forma de relacionarse menos condicionada por las exigencias del día a día
Estos niños sufren mucho con las prisas y la sobreestimulación. ¿Cómo impacta en su sistema nervioso la presencia de unos abuelos que, habitualmente, manejan un ritmo de vida más pausado?
Algunos niños necesitan más tiempo para adaptarse, procesar lo que ocurre o recuperarse de situaciones muy estimulantes. Cuando los abuelos pueden ofrecer un ritmo más tranquilo, sin tanta presión por llegar a todo, es posible que faciliten momentos de calma y conexión.
Sin embargo, no es tanto una cuestión de ir despacio como de ajustarse a las necesidades concretas del niño. Hay niños que disfrutan de la actividad y otros que necesitan más pausas. La clave está en conocer a ese niño en particular.
¿Influye el ritmo más pausado y la disponibilidad emocional de los abuelos en la regulación del niño?
Sí, siempre que exista un vínculo de confianza. Los niños empiezan a aprenden a regular sus emociones a través de las relaciones con los adultos de referencia. Cuando un abuelo escucha, mantiene la calma en momentos difíciles y acompaña sin precipitarse a resolver el problema, está ofreciendo un modelo de regulación emocional.
No se trata de hacer desaparecer las emociones desagradables, sino de ayudar al niño a comprender que puede atravesarlas.
¿Qué elementos concretos hacen que un abuelo pueda convertirse en “puerto seguro” para un niño altamente sensible?
Más que determinadas habilidades concretas, creo que hay actitudes que marcan la diferencia, como:
- Escuchar con interés antes de ofrecer soluciones o alternativas.
- Validar sin exagerar ni restar importancia.
- Respetar el ritmo.
- Mantener rutinas predecibles cuando están juntos.
- Transmitir confianza en la capacidad del niño para afrontar las dificultades.
¿Cómo se complementa el rol de los abuelos con el de los padres en la crianza de un niño sensible?
Es importante diferenciar que cada miembro de la familia ocupa un lugar diferente y todos pueden aportar.
Los padres suelen asumir la responsabilidad de establecer límites, tomar decisiones y sostener el día a día. Los abuelos, cuando existe una buena coordinación, pueden aportar tiempo, experiencia y una relación diferente que enriquece su red de apoyo.
Lo importante es que exista comunicación entre los adultos y que no se generen mensajes contradictorios que puedan confundir al menor.
La sobreprotección aparece cuando evitamos de forma sistemática cualquier experiencia que pueda resultar incómoda, difícil o frustrante
¿Qué pueden hacer los abuelos para acompañar mejor a un niño altamente sensible?
Lo importante para ayudar a cualquier niño es conocerlo, sin dar por hecho que necesita algo determinado por una etiqueta.
Además, es importante confiar en sus capacidades y dejarles experimentar. Acompañar no significa evitar todas las dificultades, sino estar disponible mientras aprende a afrontarlas.
Existe el riesgo de que la casa de los abuelos sea un refugio demasiado aislado del mundo real. ¿Dónde está el límite entre ofrecer un espacio seguro y sobreproteger al niño?
La seguridad y la sobreprotección no son lo mismo. Un entorno seguro es aquel desde el que el niño puede explorar el mundo sabiendo que cuenta con adultos que le apoyarán si aparecen dificultades. La sobreprotección, en cambio, aparece cuando evitamos de forma sistemática cualquier experiencia que pueda resultar incómoda, difícil o frustrante.
El objetivo no es proteger al niño de todas las emociones difíciles, sino acompañarlo mientras desarrolla recursos para afrontarlas de manera cada vez más autónoma. Los abuelos pueden desempeñar un papel muy valioso si ofrecen apoyo sin hacer por el niño aquello que ya puede hacer por sí mismo, favoreciendo así el desarrollo de su autonomía, su confianza y su sensación de competencia.
En ese sentido, ofrecer un espacio seguro no significa aislar al niño del mundo real, sino proporcionarle una base desde la que pueda experimentar, equivocarse, aprender y descubrir que tiene capacidades para afrontar las situaciones cotidianas.







