El temperamento es el componente biológico de la personalidad. Es una condición heredada que marcará de por vida las características psicológicas del individuo. Junto con el carácter, que es la parte adquirida modulada por la inteligencia, la formación, la educación y el ambiente, definirá finalmente la personalidad del sujeto.
Desde la antigüedad, en la cultura griega, los temperamentos se clasificaron en cuatro grupos diferentes en base a las diferentes influencias de los distintos humores del cuerpo humano: temperamento sanguíneo, flemático, melancólico y colérico. En cada individuo la mezcla de estos cuatro grupos es la que dibuja las características de su personalidad final y por eso son de gran importancia para entender el tema que nos ocupa.
El temperamento va a ser el que dirija la forma de comportarse del niño durante sus primeros años de vida.
Niños sensibles
Desde la cuna ya se nota qué temperamento ha heredado el bebé. Sabemos que los bebés no son todos iguales. Unos son más fáciles, otros menos fáciles y otros difíciles. En ausencia de patología perinatal o de enfermedad, el temperamento va a ser el que dirija la forma de comportarse del niño durante sus primeros años de vida.
A los niños sensibles les corresponde casi siempre el temperamento flemático con algunos flecos del temperamento melancólico, y se distinguen por las siguientes características positivas:
- Son tranquilos, confiables y objetivos. Se organizan bien y son eficaces y analíticos. Se sienten humanistas y son plácidos, calmados y, sobre todo, son sensibles.
- De bebés, son el prototipo de niños fáciles, tranquilos, adaptables, con buena disposición, alegres y agradecidos. Tienen un estado de ánimo receptivo con ritmos biológicos ordenados y regulares, necesitan las rutinas y, cuando están bien atendidos, con marcada tendencia al buen humor. El contacto físico con la madre les es indispensable. A veces son exigentes, lloran con energía cuando no están confortables. Comen bien, duermen bastante y lloran poco.
Niños altamente sensibles
Los niños altamente sensibles (niños NAS) fueron identificados e incluidos como grupo de pacientes con alteraciones de la conducta y el comportamiento a finales del siglo veinte. Es, pues, una patología de descripción muy reciente. Al tratarse de algo tan reciente, muchos educadores no sabían cómo manejarlos y, por ciertas similitudes, eran incluidos en su enseñanza y educación de forma similar al autismo o al déficit de atención.
-Síntomas
Siguiendo a la Doctora Elaine Aron, investigadora y experta en esta patología, la alta sensibilidad es el rasgo de la personalidad más llamativo en estos pacientes. En los últimos años se ha llegado a resumir el diagnóstico de estos niños diferentes en cuatro síntomas fundamentales.
- Estos niños tienen una manera intensa y profunda de procesar la información recibida.
- Tienen tendencia a la sobreestimulación como consecuencia de la gran cantidad de información recibida, en combinación con la profundidad de gestionarla.
- Experimentan emociones de manera muy intensa, ligadas a una gran empatía.
- Tienen los cinco sentidos muy desarrollados y muy abiertos a la hora de registrar detalles o estímulos sutiles y prestan más atención a toda la información que les está llegando.
Llega a la conclusión que el rasgo de alta sensibilidad es innato, es genético, es un rasgo del sistema neurológico heredado de los padres y que se manifiesta a través del comportamiento, desde la primera infancia y a lo largo de toda la vida.
Son niños que parecen lentos. Les cuesta tomar decisiones y, al percibir más y de forma más intensa, muchas veces reaccionan de forma más llamativa, anómala o exagerada ante conflictos leves, por lo que son considerados como dramáticos, histéricos, raros o excesivamente mimados.
Cómo educar a los niños altamente sensibles
Respetarles. Conocer su especial forma de sentir, aceptándolos como son. Potenciar siempre que podamos su autoestima, proporcionarles seguridad, haciéndoles practicar algo para lo que estén dotados alabando sus aciertos y minimizando sus errores, pues suelen ser muy autoexigentes y perfeccionista. Y, finalmente, convertir su alta sensibilidad en su mayor fortaleza.






