El monasterio de Santa María la Real de Valdeiglesias fue fundado por los benedictinos en 1150, aunque sus orígenes espirituales se remontan a principios del siglo VIII, a los eremitorios que proliferaron en las postrimerías del reino visigodo en el valle del Alberche, donde Madrid y Ávila se tocan. En 1177 pasó a manos de los cistercienses, que lo engrandecieron hasta que los echaron en 1835, con la desamortización de Mendizábal. Luego a las del arquitecto madrileño Mariano García Benito (1929-2012), que compró el ruinoso cenobio en 1974 y restauró lo que pudo. Y finalmente a las del pueblo de Pelayos de la Presa, donde hoy se enseñan sus magníficos restos a los boquiabiertos turistas, que no pueden creer que no estén soñando y que no hayan oído hablar mucho antes de un monasterio tan antiguo y tan grande, porque este fue el segundo mayor de Madrid, solo superado por el gigantesco de San Lorenzo de El Escorial. Pero no están soñando: están en Pelayos de la Presa, después de haber conducido una hora justa desde la capital por la carretera de los pantanos (M-501) y mirado bien los horarios, tipos de visita y tarifas que se anuncian en monasteriodepelayos.com.
¿CÓMO VISITAR EL MONASTERIO?
El monasterio puede visitarse por libre los sábados y domingos, pero es mucho mejor hacerlo con alguien que sabe, los mismos días a las 13.00. Ese alguien es –o puede ser, porque hay varias guías arquitectas e historiadoras del arte– Elena Álvarez, que nada más recibir a los visitantes en la puerta del monumento, les cuenta la increíble historia de cómo el arquitecto Mariano García Benito dio en 1974 con estas ruinas que llevaban abandonadas 139 años: “Estaba leyendo el ABC en su estudio y, al ojear los clasificados, los anuncios breves, reparó en uno que decía: 'Sesenta kilómetros de Madrid, vendo ruinas, magnífico monasterio'. Vino a verlas y sintió una fuerte impresión, algo como la sacudida de un rayo: se encontró con un monasterio bellísimo, el de Santa María la Real de Valdeiglesias, comparable en prestancia y valor artístico a los más famosos de España. ¡El monasterio más antiguo de Madrid y uno de los más grandes, un completo desconocido a solo 65 kilómetros de la capital, en Pelayos de la Presa!”.
Tanto le gustó a Mariano García Benito lo que vio –sigue explicando Elena–, que pagó los 12 millones de pesetas que pedían en el anuncio –72.000 euros de ahora, nada más– y empezó una carrera contra el tiempo para salvar las ruinas. Enseguida reconstruyó el muro perimetral para evitar más despojos de los que ya había sufrido el lugar a manos de los últimos dueños y de los vecinos que lo usaban como cantera de piedra labrada. Restauró la torre-campanario renacentista, en la que luego decidiría vivir algunos años. En 1983, el monasterio fue declarado 'Bien de Interés Cultural'. En 2004, cuando el arquitecto ya no podía gastar más energías y dinero en él, se lo donó de forma gratuita al Ayuntamiento de Pelayos, a condición de que se creara una fundación para conseguir su total recuperación. Las obras no cesaron y, en 2021, nueve años después de que muriera su salvador, el monumento pudo por fin abrir sus puertas para que el público admirara algo tan antiguo, tan grande, tan bello, tan desconocido.
EL FANTASMA DE DOÑA ELVIRA
Adentrarse en el monasterio es como retroceder en el tiempo, pues ante los ojos abiertos como platos de los visitantes se suceden partes barrocas –la fachada occidental de la iglesia, por ejemplo–, renacentistas –el claustro nuevo, la sala capitular, la torre-campanario…–, góticas –varias arquerías–, románicas –la cabecera del templo– e incluso mozárabes, como la capilla octogonal que se esconde en el corazón de esta inmensa cebolla histórica y artística que es Santa María la Real de Valdeiglesias. En la capa exterior de la cebolla, en la más moderna, se ven algunas pinturas de Luis Garrido Álvarez (1925-2021), que colaboró con Mariano García Benito en la restauración del monasterio. Una de ellas, la más llamativa, es la que representa la leyenda de fray Rafael de León y doña Elvira. No la vamos a contar aquí porque es un poco larga y por no destriparla. Pero no podemos dejar de hacer un spoiler: dicen que si alguien osara visitar de noche estas tremendas ruinas, se toparía con el espectro de la doña.
Sabiendo que tiene un fantasma dentro y viéndolo tan inmenso, tan desnudo, tan en los huesos, con los arcos pelados y al aire como las costillas de un dinosaurio fósil y sin apenas una techumbre en su sitio, el monasterio da un poco de miedo, la verdad. No es de extrañar que fuera utilizado como escenario de películas de terror cuando no era más que una ruina desconocida. Aquí se rodaron The Blancheville Monster (1963), La marca del hombre lobo (1968), La noche de Walpurgis (1970), Drácula vs. Frankenstein (1971), El ataque de los muertos sin ojos (1973), Necrophagus (1973), El jorobado de la morgue (1973), La llamada del vampiro (1972), Las garras de Lorelei (1973) y 14 filmes más, no todos de miedo, aunque lo dieran. Más recientemente, en 2014, se grabó el videoclip de Encanto, de Miguel Bosé.
AVENTURA EN LOS ÁRBOLES Y A PEDALES
Al asomarse los visitantes al refectorio y la cocina, su entusiasta guía les comenta algo sobre los monjes medievales que a todos les parece muy moderno y muy guay: que la Regla de san Benito, en su capítulo 39, les prohibía comer carne de cuadrúpedos. En cambio, con los cuadrúpedos ocasionales, los que acababan a cuatro patas después de beber, el santo no se mostraba tan tajante, porque el vino era necesario “para atender a las flaquezas humanas” (ibidem, capítulo 40). Seguramente por eso, los benedictinos llenaron los montes cercanos de viñedos, sembrando las primeras semillas de lo que hoy es la Denominación de Origen Vinos de Madrid. De hecho, a cinco minutos en coche de aquí, en el mismo municipio de Pelayos de la Presa, se encuentra una de las bodegas más interesantes, creativas y sostenibles de la región, donde se puede ir, con cita previa, a celebrar el descubrimiento del monasterio: Siguín (bodegasiguin.com).
Pero antes de ir a esta bodega –o en vez de, si no tenemos edad o costumbre de beber–, hay dos lugares al lado mismo del monasterio que vale la pena conocer. Uno es Aventura Amazonia (aventura-amazonia.com), un parque de multiaventura con un centenar de juegos para niños y adultos en los altos pinos piñoneros, incluida una tirolina de 255 metros, la más larga de España entre árboles. Y el otro, la Vía Verde del Alberche, un antiguo trazado ferroviario que permite a senderistas y ciclistas acercarse cómodamente a la presa de Picadas –a 8,7 kilómetros–, atravesando varios puentes sobre las aguas remansadas del río Alberche, uno de ellos de cien metros de longitud.
UN VERMUT SERIO, NO DULZARRÓN
En la calle del Hilero, 7, saliendo de Pelayos de la Presa hacia San Man Martín de Valdeiglesias, está Siguín, una minúscula bodega familiar donde Mariano Quintana elabora productos tan insólitos como el Kdalso Reserva, un vermut al que la prestigiosa Guía Peñín (guiapenin.wine) ha otorgado 92 puntos. Es el mejor de Madrid y está a un solo punto de los de Reus, que son los mejores vermuts de España. Sabe a garnacha, a vino, no a calimocho, y está elaborado, además de con esa uva, con botánicos y cítricos naturales y con la mitad del azúcar que suelen llevar otros, y encima moreno. El resultado es un vermú serio, no dulzarrón, que alcanza su máxima expresión cuando envejece 12 meses en barricas de roble americano. Barato no es: cuesta 26 euros.
Bodega Siguín está en Pelayos de la Presa, pero sus viñedos, todos de garnacha, se encuentran en el cercano municipio de Cadalso de los Vidrios, en la misma comarca de la Sierra Oeste. Allí, al pie de la Peña Muñana, está el viñedo de Canto Pairón, con sus cepas corpulentas de casi 70 años, donde Mariano Quintana le gusta llevar a los enoturistas para explicarles que hace lo que quiere porque sabe –es químico, enólogo y un experimentado microbiólogo– y porque puede: vive de su trabajo como director técnico de una empresa química y se divierte produciendo 5.000 botellas de cosas inauditas, como un pet nat, un rosado espumoso natural, sin filtrar, ni añadir licor de reposición, ni sulfitos al degollar, ni nada que haga ningún otro en Madrid. Si la Guía Peñín puntuara a los inventores de vinos, a Mariano Quintana tendría que darle un 95.
DOS PASEOS POR CADALSO DE LOS VIDRIOS
Ya que estamos en Cadalso de los Vidrios, podemos arrimarnos a los jardines del palacio de Villena, donde durmió Isabel la Católica el 19 de septiembre de 1468, tras ser reconocida como futura reina de Castilla en los Toros de Guisando, a solo ocho kilómetros de aquí. Durmió en el palacio, no en los jardines, claro está. El palacio lo había construido Álvaro de Luna –condestable de Castilla, maestre de la Orden de Santiago y valido del rey Juan II–, quien es fama que no quiso volver a pisar esta población después de que una adivina le advirtiera: “Morirás en cadalso”. Al final, el condestable murió en un cadalso de madera, decapitado en Valladolid, verificándose así el augurio con minúsculas y el mayúsculo lamento que en su boca puso el Marqués de Santillana: “¿Qué se fizo la moneda / que guardé para mis daños / tantos tiempos, tantos años, / plata, joyas, oro é seda? / Ca de todo non me queda / si non este cadahalso...”
Si el paseo por los jardines nos sabe a poco, podemos dar otro más largo para subir a la Peña Muñana, la eminencia granítica que se alza a la vera misma del pueblo, 240 metros por encima de este y 1.044 sobre el nivel del mar. Se asciende en una hora por un camino bastante evidente que es prolongación de la calle de la Peña. Tres cabezos rocosos separados por una pequeña explanada central componen la cumbre. En el más alto, hay una caseta de vigilancia de incendios. Y hay también las mejores vistas: al noroeste, se ve la sierra de Gredos; al noreste, la de Guadarrama; entre ambas, el valle del Alberche; a nuestros pies, los tejados de Cadalso de los Vidrios, y por doquier, un mar de pinos piñoneros y resineros, ejércitos de vides y canteras de piedra berroqueña.












