Lolita Flores ha dicho abiertamente que no quiere igual a sus nietos que a sus hijos, una afirmación que puede resultar chocante, pero que no es una provocación, tal y como nos explica Eduardo Medina, especialista en Psicología del Hospital Vithas Tenerife en esta entrevista. Medina indica que la frase de Lolita coincide con algo que la psicología del apego y la terapia familiar llevan décadas observando: "no es que un amor sea más grande que el otro, es que cada uno ocupa un lugar diferente en la vida y en la familia".
De hecho, la propia artista comenta que ambos tipos de amor son igual de intensos, pero que lo vive de otra manera, quizás, más sosegada. Eso sí, mayor tranquilidad no implica estar exenta de preocupación, si bien se suma al orgullo que siente como madre al ver cómo su hija cría a sus propios retoños.
No es un amor mejor ni peor: es el mismo río en un tramo distinto del cauce.
Lolita Flores ha afirmado con rotundidad que no se quiere igual a los nietos que a los hijos. ¿Qué cambia?
Cuando decimos que no se quiere igual a un hijo que a un nieto, no estamos midiendo cantidades de cariño. Lo que cambia es la posición desde la que se ama. John Bowlby, el psiquiatra británico que formuló la teoría del apego, describió cómo los niños necesitan una "base segura": adultos disponibles que los cuiden, los calmen y los protejan de forma constante. Los padres son esa primera base segura, y su amor viene inevitablemente entrelazado con la responsabilidad total: la alimentación, la salud, la educación, las noches sin dormir, las decisiones difíciles.
El amor de los abuelos, en cambio, no carga con esa mochila. Es un amor "en segunda línea": intensísimo, pero liberado de la función ejecutiva de criar. Por eso muchos abuelos describen que con los nietos disfrutan de una manera que no pudieron permitirse con sus hijos. No quieren menos: quieren desde otro sitio.
La cantante asegura que los dos afectos son igual de intensos, pero cada uno responde a un momento diferente de la vida. ¿Cómo se viven uno y otro?Dos amores, dos momentos de la vida.
Lolita también apunta algo certero: cada afecto responde a una etapa vital diferente. El psicoanalista Erik Erikson, que estudió el desarrollo humano a lo largo de toda la vida, describió la madurez como la etapa de la "generatividad": el deseo de cuidar, guiar y dejar huella en las generaciones siguientes. La crianza de los hijos suele coincidir con los años más exigentes: se construye a la vez una carrera, una pareja, una casa, una identidad adulta. Es un amor vivido muchas veces con prisa y con culpa por no llegar a todo.
La 'abuelidad' llega, en cambio, cuando gran parte de esa construcción ya está hecha. Hay más tiempo interno, menos autoexigencia y una mirada más larga sobre la vida. El mismo caudal de afecto se vive con más presencia y más calma. No es un amor mejor ni peor: es el mismo río en un tramo distinto del cauce.
A pesar de que el amor por los nietos ya no está ligado a la responsabilidad y a las preocupaciones diarias que tienen que ver con la crianza y la educación, ella comenta que eso no significa dejar de preocuparse. Ahora, dice, la preocupación está relacionada con cómo su hija cría a sus nietos. Aunque al mismo tiempo esté orgullosa de cómo lo hace, ¿es inevitable este tipo de preocupación? “Me preocupa cómo cría mi hija”: la preocupación que no se jubila.
En gran medida, sí, y conviene decirlo con claridad para quitarle culpa: uno deja de ejercer de padre en el día a día, pero no deja nunca de serlo.
La terapia familiar sistémica ayuda a entender por qué. Salvador Minuchin, uno de sus grandes referentes, describió la familia como un sistema organizado en subsistemas con fronteras: el subsistema parental (los padres del niño) es el que dirige la crianza, y el resto de la familia —abuelos incluidos— acompaña desde fuera de esa frontera. Cuando un abuelo opina, corrige o interviene sin que se lo pidan, no suele hacerlo por afán de mando, sino por amor; pero cruza una frontera que pertenece a los padres, y ahí nacen muchos roces familiares.
Hay algo más profundo. Autores como Iván Boszormenyi-Nagy hablaron de las "lealtades invisibles": los hilos de deuda, gratitud y legado que unen a las generaciones de una familia. Y Murray Bowen describió cómo las pautas de relación se transmiten de generación en generación. Ver a una hija criar remueve, inevitablemente, la propia historia como madre o padre: lo que hicimos, lo que no pudimos hacer, lo que nos hubiera gustado hacer distinto. Esa preocupación, bien mirada, es amor mezclado con memoria.
¿Cómo afrontar esta etapa de la vida con serenidad para disfrutarla lo máximo posible?
La serenidad del abuelo no cae del cielo: se construye con algunas decisiones concretas. La primera es aceptar el nuevo rol: los abuelos tienen influencia, pero no autoridad ejecutiva sobre la crianza. Asumirlo no es una renuncia, es lo que permite disfrutar sin fricción. La segunda es hablar las reglas: acordar explícitamente con los hijos cuestiones como pantallas, horarios o chucherías evita el clásico "en casa de los abuelos todo vale", que acaba generando tensión. La tercera es opinar solo cuando se pide opinión, y hacerlo como quien ofrece, no como quien corrige. Y la cuarta, quizá la más olvidada: conservar vida propia. Los abuelos que mantienen sus amistades, sus aficiones y sus proyectos cuidan mejor y disfrutan más, porque los nietos son una fuente de alegría, no la única.
Ayuda también recordar que cada generación cría con las herramientas de su época. Que los hijos hagan cosas distintas a como las hicimos nosotros no significa que estuviéramos equivocados, ni que lo estén ellos.
Ver a una hija criar remueve, inevitablemente, la propia historia como madre o padre: lo que hicimos, lo que no pudimos hacer, lo que nos hubiera gustado hacer distinto.
Lolita también dice que sus nietos son su fuente de energía y que ellos le han hecho mejor persona. ¿Cómo tienen este ‘poder’ los nietos?
La psicología tiene una explicación hermosa para esto: los nietos ofrecen una segunda oportunidad relacional. Con ellos se puede dar, sin la presión ni el cansancio de entonces, aquello que con los hijos quedó a medias: tiempo, juego, escucha sin prisa.
Daniel Siegel y Mary Hartzell, en su trabajo sobre crianza y apego, insisten en una idea liberadora: nuestra manera de vincularnos no está escrita en piedra. Revisar la propia historia —entender cómo fuimos criados y cómo criamos— permite relacionarse de forma más segura y cálida a cualquier edad. Nunca es tarde para vincularse mejor, y los nietos suelen ser la gran ocasión de hacerlo. Además, los niños pequeños devuelven a los adultos algo que la vida adulta va erosionando: el juego, el asombro y el presente. Por eso tantos abuelos sienten que sus nietos los rejuvenecen: los obligan, en el mejor sentido, a estar aquí y ahora.
Ella pasa mucho tiempo con los niños. ¿Qué aporta tanto a los abuelos como a los nietos este tiempo juntos?
El tiempo compartido entre abuelos y nietos no es solo entrañable: es psicológicamente valioso para ambos. Para el niño, un abuelo disponible y afectuoso es una figura de apego adicional, una red de seguridad más. La literatura sobre trauma y adversidad, con autores como Bessel van der Kolk, subraya una idea central: lo que más protege a un niño no es la ausencia de problemas, sino la presencia de vínculos seguros. En la misma línea, el neuropsiquiatra Boris Cyrulnik ha descrito a los "tutores de resiliencia": adultos que, con su afecto incondicional, pueden cambiar el rumbo emocional de un niño, especialmente en momentos difíciles como una enfermedad, un duelo o una separación de los padres. Muchos abuelos ejercen exactamente ese papel sin saberlo.
Los abuelos aportan además algo que nadie más puede dar: la narrativa familiar. Las historias de dónde venimos, de cómo eran los padres de pequeños, de lo que superó la familia, construyen en el niño un sentido de identidad y pertenencia que lo acompañará toda la vida.
Para los abuelos, ese tiempo compartido se asocia a propósito vital, actividad y bienestar emocional. Cuidar y ser importante para alguien es una de las formas más sólidas de envejecer bien.
Quizá por todo esto la frase de Lolita, que a primera vista suena polémica, es en realidad una descripción precisa: no se quiere igual a los hijos que a los nietos. Se les quiere igual de intensamente, desde lugares distintos de la vida. Y la familia funciona mejor cuando cada amor ocupa su sitio.






