Javier Ortega, psicoterapeuta, sobre la figura de los abuelos políticos: "El proceso de adaptación puede ser más sencillo si los nietos son pequeños"


Hablamos con el experto sobre este rol, presente en las familias en las que los padres se divorcian


Javier Ortega Allué, psicoterapeuta Familiar 
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24 de septiembre de 2026 a las 7:33 CEST

Tras un divorcio y una posterior reconstrucción familiar, el encaje de las nuevas piezas no solo afecta a las parejas y a sus hijos: los abuelos también se ven obligados a rediseñar su mapa afectivo. En este nuevo escenario aparece la figura de los "abuelos políticos", marcada por la ausencia de lazos biológicos. ¿Cómo se construye el cariño con unos nietos a los que no se ha visto nacer? 

El psicoterapeuta familiar Javier Ortega Allué, supervisor docente acreditado por FEATF (Federación Española de Asociaciones de Terapia Familiar), analiza las claves para abordar este reto. Desde la importancia del tiempo y la presencia cotidiana hasta el manejo de las expectativas parentales, el experto nos ofrece una mirada transformadora para entender que el afecto no se impone, sino que se conquista paso a paso a través de la confianza, el respeto a los ritmos de cada niño y la generosidad emocional.

abuelo con su nieto, sentados en la calle© Getty Images

¿Cómo se define desde la psicología la figura del "abuelo político" y cuáles son los errores más comunes al intentar construir este vínculo desde el principio?

Los 'abuelos políticos' son aquella parte de la familia que llegan al ejercicio de este rol a causa de la reconstrucción familiar que suele ocurrir, mayoritariamente, tras un divorcio y un nuevo emparejamiento. La nueva realidad de las familias reconstituidas, que aportan sus propios hijos a la relación, es un fenómeno habitual en nuestra sociedad, una situación que exige de todos sus componentes ajustes y retos que, con anterioridad, parecían resueltos de forma casi automática por los lazos de sangre o biológicos. Pero nada es tan simple como parece.

Y hoy vemos cómo no sólo la relación parental ha de esforzarse por ajustar sus diferentes estilos de cuidado y atención hacia los hijos a esta nueva realidad de las familias ensambladas o reconstituidas, sino que otras relaciones familiares también han de hacerlo, puesto que este ensamblaje afecta no sólo a las parejas con hijos de distintos progenitores, sino a los mismos abuelos que ven ampliar la "abuelidad" más allá de lo que tradicionalmente venía siendo considerada. La sociedad cambia y las personas cambiamos con ella, enriqueciendo nuestras vidas con las posibilidades que nos brindan estas nuevas incorporaciones familiares.

La presencia de abuelos políticos en la propia familia puede ser una fuente de grandes satisfacciones y oportunidades, pero no se halla exenta de riesgos. Depende de diferentes factores: por ejemplo, la edad que tengan los nietos al encontrarse en esta situación. Sin duda, puede ser más sencillo el proceso de adaptación si los nietos son pequeños y las lealtades de sus padres hacia sus familiares de origen no interfieren en la construcción de la relación de abuelidad. Si hay motivación para hacerlo y no se fuerza a ello; si se respetan los tiempos y no se quieren acelerar procesos que tienen su propio ritmo y naturaleza, etc.

Los nietos adolescentes suelen ser más reacios a aceptar la figura de los abuelastros, a menudo por esta lealtad mal entendida hacia su propia familia biológica, como si generar tal relación supusiera tener que renunciar a la otra relación. También aquí, la forma como los abuelos acepten estas nuevas relaciones juega un papel importante: celos, críticas más o menos veladas, o peticiones de lealtades invisibles conforman un cuerpo de recriminaciones silenciosas que puede poner en un brete relacional a los más jóvenes.

Otros factores externos a la familia pueden dificultar el ejercicio de esta función en los nuevos abuelos: por ejemplo, la distancia física con sus 'nietos' y lo que ello supone como ausencia. Las relaciones se fortalecen con la presencia y el paso del tiempo, que actúan a favor de una consolidación de los lazos de confianza y afecto. Aquello de que "el roce hace el cariño" tiene en estas situaciones un componente de verosimilitud, que se vuelve más difícil cuando la relación es esporádica y a distancia.

Puede ser más sencillo el proceso de adaptación si los nietos son pequeños y las lealtades de sus padres hacia sus familiares de origen no interfieren en la construcción de la relación

Javier Ortega Allué, psicoterapeuta familiar

¿Qué expectativas realistas deben tener los abuelos cuando su hijo o hija inicia una relación con alguien que ya tiene hijos?

Muy a menudo, cuando un hijo inicia una nueva relación tras su divorcio, se genera en los padres una situación que podríamos caracterizar, como mínimo, de 'ambivalente'. No hay duda de que una mayoría de los progenitores desean el mayor bien posible para sus hijos, pero, al tiempo, no pueden olvidar que los han visto sufrir en la relación anterior, que ha culminado en divorcio, por lo que su actitud puede ser de 'una cierta reserva desconfiada'. Esperan que les vaya mejor, pero desde el miedo o la desconfianza hacia la nueva pareja, por lo que pudiera volver a pasar; más, si cabe, si tiene hijos de otro matrimonio. No es fácil bajar la intensidad de los prejuicios y, en función del estilo de familia que nos hayan transmitido nuestros progenitores (más aglutinado o más desligado), las expectativas serán notoriamente diferentes.

En una familia de estilo aglutinado (aquella que un famoso terapeuta describía gráficamente señalando que "cuando uno de sus miembros estornuda, todos sacan el pañuelo") se instalará la desconfianza ambivalente hacia 'el de fuera', aunque se disimule con aquello de que "no pierdo a una hija, gano un hijo", que solo los muy ingenuos dan por cierto. Es posible que a ello contribuya una cierta mirada crítica: "Ten cuidado, no te fíes, él (o ella) viene con una mochila" y sutiles descalificaciones por el estilo.

Si la familia tuvo un estilo relacional más desligado, es probable que se acepte a esta nueva pareja con mayor facilidad, pero que el contacto cotidiano sea menor y, por tanto, las posibilidades de roces, de conflictos y de malos entendidos disminuyan o sean de baja intensidad.

Por tanto, es evidente que las expectativas variarán según el estilo familiar dominante en las propias familias de origen: unos abuelos de estilo aglutinado pueden caer en las prisas por mostrarse cercanos y cuidadosos con los nietastros, mientras que unos abuelos de estilo desligado dejarán más espacio o, simplemente, apenas se sentirán concernidos por la "abuelidad" con estos nietos, lo que no quiere decir que no sean capaces de crear una relación con ellos más desde la adultez que desde el sostener sus necesidades infantiles.

Abuela y nieta© Getty Images

¿Cómo gestionar el ritmo de adaptación sin forzar afectos o etiquetas que los niños aún no están preparados para dar?

No me cansaré de repetir que no hay fórmulas generales que sirvan para todos, sino situaciones particulares que dependen de numerosos factores, tanto internos al sistema familiar como externos al mismo. La historia trigeneracional de la familia, por un lado, y la situación económica de estas familias, su estatus, y los mandatos sociales por otro, son ejemplo de dichos factores. En el mundo relacional no debemos olvidarnos nunca de los matices, que son la sal de la vida y de nuestras relaciones.

Sí cabe recordar, empero, que, así como el amor de los padres hacia sus hijos suele ser un amor incondicional (la mayoría de las veces), eso no ocurre con el amor de los hijos hacia sus progenitores. Nuestros hijos nos aman cuando (y porque) se han sentido amados, cuidados y protegidos. Nosotros, en cambio, amamos a nuestros hijos porque son, porque existen. La incondicionalidad va de arriba abajo. Los abrazos que les dimos, las noches en vela cuando estaban enfermos, el acompañamiento y presencia que tuvimos en su más tierna infancia, todo ello y más ha ido enhebrando el lazo amoroso que nos vincula. Hemos necesitado tiempo para construir esa relación, no tanto por nuestra parte, como progenitores, como por la suya, como hijos. Ellos tenían la expectativa inconsciente y la necesidad universal de ser amados por existir, y la fueron reconociendo con el paso de los días. Todas las relaciones de dependencia son así: la relación afectiva con nuestra pareja, la relación con nuestros padres y hermanas o hermanos, con los amigos, también la relación con los abuelos. Necesitan tiempo, necesitan actos que confirmen esas expectativas.

Hay, pues, necesidad de hacer una pedagogía con estos padres o estos abuelos que consideran que el título les da derecho a ciertas prebendas: no te amarán porque eres su abuelo, sino porque eres su abuelo cariñoso y cercano. Y probar eso, naturalmente, exige tiempo, paciencia y la reiteración de actos amorosos. El título da poco o ninguna legitimidad.

Aquello de que "el roce hace el cariño" tiene en estas situaciones un componente de verosimilitud, que se vuelve más difícil cuando la relación es esporádica y a distancia

Javier Ortega Allué, psicoterapeuta familiar

¿Qué papel deben jugar los progenitores (padres, madres, padrastros y madrastras) para facilitar o mediar en la relación entre los niños y los nuevos abuelos?

En un mundo ideal, lo bueno sería que interfirieran lo mínimo posible, que crearan, eso sí, las situaciones para el establecimiento de las relaciones, pero que se abstuvieran de forzar a que fueran de un modo u otro. Pero claro, eso sería en un mundo ideal donde se permitieran las relaciones persona a persona, individuo a individuo. La mayor parte de las veces esto no se da, porque en las relaciones que tenemos interfieren nuestros aprendizajes emocionales, nuestras propias necesidades inconscientes no satisfechas y un sinnúmero de prejuicios de los que somos escasamente conscientes. Uno arrastra los aprendizajes de su infancia, el otro la negligencia y la falta de protección que padeció, aquél quiere ser buen abuelo porque siente culpa por no haber estado tan presente en la vida de sus hijos… El caudal de situaciones humanas es enormemente variopinto. Pero de lo que no me cabe duda es de que casi todos se esfuerzan por hacerlo mejor.

Por tanto, crear las oportunidades para el encuentro interpersonal entre abuelos y nietos sería ya un paso enorme en esa dirección. Lo difícil es intentar que nuestras propias dificultades no interfieran en las relaciones de nuestros hijos con otros adultos, incluyendo los abuelos y abuelastros. Pero es difícil, porque, como dice la canción de Serrat, "a menudo los hijos se nos parecen, y así nos dan la primera satisfacción". Pero no es que se nos parezcan, solamente; es que les enseñamos a mirar de cierta manera al mundo que los rodea. Es por tanto difícil que nuestros hijos no miren a sus abuelos y a los abuelos políticos con los ojos que nosotros les prestamos y que estos no se relacionen con ellos con el estilo con que se relacionarían con nosotros… Si yo introduzco la desconfianza en mi forma de mirar al mundo, porque acaso tuve que serlo para sobrevivir, mis hijos aprenderán a ser desconfiados y a relacionarse desde la desconfianza. Tomar conciencia de este fenómeno sería el primer paso y el que está en nuestras manos modificar en una dirección que ayuda a construir relaciones más libres y saludables.  

abuela jugando en el columpio con su nieta© Getty Images

¿Cómo actuar si los nietos políticos muestran rechazo o distancia hacia los nuevos abuelos?

Depende. A veces se actúa mejor no actuando, tratando de refrenar nuestra ansiedad para que se genere una situación que necesita tiempo, paciencia y, sobre todo, acciones que vayan en la dirección de propiciar la confianza, el sosiego, la alegría y el descubrimiento de la persona en que irá construyéndose la nueva relación. Si los nietos viven esta situación como obligación familiar, lo sentirán como una carga social impuesta frente a la cual se rebelarán o resistirán con todas las fuerzas a su alcance. Nos dicen con ello que necesitan espacio para definir la relación que quieren tener. Pero no hay que olvidar que las relaciones se definen recíprocamente y, por tanto, también los abuelos políticos tienen que hacer algo para que la relación sea diferente; por ejemplo, no meter prisa a estos nietos para que acepten su rol de abuelastros.

Pero también puede estar ocurriendo que el nieto se sienta aprisionado y tironeado entre lealtades diversas: "si me acerco mucho a este señor o señora, mi abuelo o abuela van a pensar que no los quiero, y eso es algo que yo no quiero que sientan". Habrá que trabajar con ellos la posibilidad de querer a más de una persona al mismo tiempo, sin que ello signifique haber de sacar el afecto de uno para depositarlo en otro. Esta es una fantasía frecuente en los menores, y genera muchas situaciones que solemos describir con brocha gorda como "tiene celos de su hermano" o cosas por el estilo. Pero es que a veces los niños creen que el amor es como el dinero, que hay una cantidad limitada en la cuenta y alguien se está apropiando y malgastando su parte, lo cual legitima su enfado. Pensar que el amor es ubérrimo y crece cuando se da, no tiene cabida en el universo mental de los niños y adolescentes, acaso porque empezamos a educarlos con aquella famosa sentencia del "¿A quién quieres más, a papá o a mamá?".

Hay que trabajar con los niños la posibilidad de querer a más de una persona al mismo tiempo, sin que ello signifique haber de sacar el afecto de uno para depositarlo en otro

Javier Ortega Allué, psicoterapeuta familiar

¿Qué consejos o pautas prácticas les daría a unos abuelos que quieren construir una relación sana, cariñosa y respetuosa con sus nuevos nietos políticos?

Como terapeuta, trato de ayudar a las personas a que pongan en marcha sus propias herramientas mucho más que a que traten de hacer uso de las mías. Suelo decir que a veces las personas nos abanicamos con el abanico abierto sólo por dos de sus varillas y que tal vez se abanicarían mejor si abrieran todo el abanico. Trato de ponerles en la posición de efectividad preguntándoles qué hicieron bien cuando las cosas les funcionaron. Le incito a que me hablen de cuando ellos fueron nietos y qué cosas les gustaban de sus abuelos.

Si el abuelo o la abuela tiende a sustituir al padre o la madre de una manera permanente le comento que es una lástima que se esté perdiendo la oportunidad de sentir lo que es ser abuelo, y que se la haga perder a su nieto o nieta. Que no hagan de padres es una gran oportunidad que les da la vida para mostrar la cara cariñosa y menos normativa que hay en ellos. Que disfruten de sus nietos y les aporten historias y alegría, pues los nietos son amigos de las historias y los relatos, y les gusta saber cómo eran sus padres de niños y qué cosas hacían… Y ya que estamos viviendo una época de transición, les incito a que aprendan de sus nietos a manejarse con las redes sociales y con los ordenadores, con tranquila curiosidad.

¿Qué necesitan los niños para integrar de forma natural la figura del abuelo político?

La integración natural se va a producir si se pasa tiempo juntos en la vida cotidiana, desde la tranquilidad de quienes no tienen la responsabilidad de educar ni de quien se siente siendo educado. Si no se generan demasiadas exigencias por parte de los mayores para que se acomoden a un rol y, sobre todo, si se trabaja para gestar un vínculo natural de confianza que nace con el trato continuado y con la demostración de un genuino interés mutuo.

¿Qué señales indican que el vínculo se está construyendo de manera segura y saludable?

Las ganas de verse, la alegría de estar juntos, el no sentir la obligación de tener una relación para que eso calme la ansiedad de los mayores, la naturalidad y espontaneidad en el trato y la escucha atenta son señales de que las relaciones y los vínculos se están construyendo positivamente.