La emoción de Kimi Antonelli al proclamarse campeón del mundo de Fórmula 1 en el circuito de México va mucho más allá de un triunfo deportivo. Entre lágrimas y muy emocionado, el piloto de Bolonia recordó a una de las personas más importantes de su vida: "Mi abuelo estaría muy orgulloso y desafortunadamente no está aquí conmigo hoy, pero seguro que me ve desde ahí arriba".
El joven piloto Kimi Antonelli recordaba a su abuelo instantes después de tocar el cielo al ganar el título. Su dedicatoria nos recuerda cómo a veces, en el día más feliz de nuestra vida, la ausencia de quienes más quisimos vuelve a doler como el primero. Para entender por qué el cariño de los abuelos nos deja una huella tan honda, cómo conviven el triunfo y la nostalgia, y de qué forma siguen acompañándonos quienes creyeron en nosotros antes que nadie, hablamos con la psicóloga y divulgadora en salud mental Ana Galán (@anagalanpsicologia).
¿Por qué los abuelos suelen ocupar un lugar tan especial en la vida emocional de muchas personas?
Hay una escena que mucha gente reconoce: llegabas a casa de tus abuelos y allí no te preguntaban por las notas. Te daban de merendar y te escuchaban.
Esa es, para mí, la clave de por qué ocupan un sitio tan particular. Los padres te quieren y además te están educando: son responsables de cómo salgas, y eso, por mucho amor que haya, trae expectativas. Un abuelo, en cambio, muchas veces simplemente te disfruta. No tiene un proyecto sobre ti.
Por eso su cariño se vive de otra manera. Es afecto sin condiciones y sin deberes de por medio, y eso deja una marca muy honda, sobre todo en la infancia, porque es de las pocas veces en que alguien te mira sin esperar que mejores en nada.
Y hay algo más, que llega después: los abuelos son quienes nos conectan con nuestra propia historia. A través de sus recuerdos, de sus costumbres y de las cosas que contaban una y otra vez, aprendemos de dónde venimos. Cuando se van, no se va solo una persona: se va la memoria de una familia entera.
Cuando alguien alcanza una meta importante y piensa inmediatamente en un abuelo fallecido, ¿qué nos dice eso sobre el vínculo que mantenían?
Nos dice que esa persona sigue estando dentro de su mundo emocional. Cuando conseguimos algo muy grande, lo primero que aparece no suele ser el premio: es a quién se lo queremos contar.
En psicología se habla de vínculos continuados, una manera de entender el duelo que reconoce que la relación con alguien no desaparece cuando esa persona muere. Cambia de forma, porque ya no se puede compartir nada físicamente, pero sigue existiendo a través del recuerdo, de lo que nos enseñó y del lugar que ocupa en nuestra vida.
Y fíjate en la frase, porque dice mucho más de lo que parece. Cuando alguien afirma que seguro que le ve desde ahí arriba, muchas veces no está hablando del cielo: está diciendo que esa persona sigue siendo a quien quiere contarle las cosas. Lo que sostiene no es una creencia, es un vínculo.
Sin conocer su historia no podemos saber cómo era esa relación. Pero esa primera frase después de ganar algo así dice bastante de quién le acompañó por dentro durante el camino.
Cuando alguien afirma que seguro que le ve desde ahí arriba, muchas veces no está hablando del cielo: está diciendo que esa persona sigue siendo a quien quiere contarle las cosas
¿Es normal que los momentos de felicidad también despierten tristeza o nostalgia por quienes ya no están?
Completamente normal, y además es de las cosas que más desconciertan a la gente. Creemos que la alegría y la tristeza no caben juntas, y caben perfectamente.
Piensa en conseguir el trabajo que querías, en casarte o en tener un hijo. Puedes estar viviendo uno de los mejores días de tu vida y, de pronto, acordarte de quien no está para verlo. Eso no significa que estés disfrutando menos. Significa que esa ausencia también tiene un sitio.
Hay además algo que veo mucho y de lo que casi no se habla: la culpa. Hay quien siente que disfrutar del todo sería una forma de dejar de quererle, como si celebrar demasiado fuese una deslealtad. Y no lo es. Nadie honra a quien se ha ido pasándolo peor.
El duelo no aparece solo en los días tristes. A veces se hace más presente que nunca en los días buenos, precisamente porque son los que nos habría encantado compartir.
¿Por qué a veces echamos más de menos a una persona fallecida en los grandes acontecimientos que en el día a día?
Porque en el día a día te has acostumbrado a su ausencia, y en los momentos importantes esa ausencia vuelve a estrenarse.
Durante años imaginamos cómo será un momento así y con quién lo viviremos. Esa persona estaba en la escena antes de que la escena existiera. Y cuando por fin llega, te encuentras con un hueco que no habías calculado: no echas de menos solo a tu abuelo, echas de menos la cara que habría puesto.
Por eso lo que duele ahí no es exactamente lo mismo que dolió en el funeral. Es una pérdida nueva. Influye también que el día a día va lleno de cosas, y estar ocupado tapa bastante. Por eso hay quien lo lleva bien entre semana y se encuentra fatal el primer día que para. No perdemos a alguien una sola vez: lo volvemos a perder en cada momento importante al que ya no puede venir.
Y quiero insistir en esto porque genera mucha angustia: que te derrumbes el día de tu boda o el día que ganas algo no significa que hayas retrocedido, ni que no lo tengas superado, ni que lo estés haciendo mal. Significa que sigue habiendo sitios en tu vida donde esa persona habría estado.
Muchas personas sienten que sus seres queridos están presentes en momentos importantes. ¿Cómo lo interpreta la psicología?
Como una expresión del vínculo, que es exactamente lo que es. Alguien puede no estar físicamente y seguir influyendo en cómo decidimos, en cómo afrontamos las cosas y en la voz que nos suena dentro cuando dudamos.
Muchas veces esa sensación llega por un camino muy físico: una canción, un olor, un gesto que hace otra persona y que era suyo. La memoria emocional funciona así, por detalles pequeños, y puede traer a alguien de golpe con una intensidad enorme.
Y hay quien lo vive desde sus creencias espirituales, lo cual merece todo el respeto. La psicología no tiene que confirmar ni negar nada de eso para entender el consuelo que da. Lo que importa es para qué sirve: casi siempre, para no sentirse solo en un momento grande.
Sentir que alguien sigue presente no es señal de no haber aceptado su muerte. Se puede saber perfectamente que ya no está y mantener una conexión muy profunda con quien fue.
¿De qué manera influyen los abuelos en la autoestima, los valores y la identidad de sus nietos?
Pueden influir muchísimo, y de una forma bastante concreta. Un abuelo que se interesa por lo que te preocupa, que reconoce lo que te ha costado algo y que te anima cuando te sale mal, está construyendo algo en ti: la sensación de que vales sin tener que demostrarlo cada vez.
Eso es lo que deja una huella más duradera. No las frases de ánimo, sino haber tenido a alguien que te miraba con orgullo sin pedirte nada a cambio.
Los valores también se transmiten ahí, casi siempre sin explicarlos. Aprendemos viendo cómo tratan a los demás, cómo encajan las dificultades o qué les importa de verdad. Nadie te sienta a enseñarte eso: lo aprendes mirando.
Dicho esto, no todas las relaciones entre abuelos y nietos son cercanas, ni todas dejan buen recuerdo, y conviene no idealizar. Pero cuando el vínculo ha sido seguro, su efecto sigue trabajando dentro de la persona mucho después de que ese abuelo haya muerto.
Solemos pensar que se perdieron el día importante, y se nos olvida todo lo anterior: quién te llevaba a entrenar, quién te preguntaba cómo había ido, quién creyó que podías antes de que hubiera ninguna prueba de que podías
Cuando alguien logra algo que soñaba compartir con un ser querido que ya no está, ¿cómo puede gestionar esa mezcla de orgullo y ausencia?
Lo primero, dejando de tratarlo como un problema a resolver. No hay que elegir entre celebrar y echar de menos: las dos cosas pueden estar ahí a la vez (a mi me gusta verlo como dos partes de nosotros, las cuales no tienen por qué enfrentarse, pueden aprender a convivir juntas), y de hecho suelen venir juntas.
Lo que suele complicarlo es intentar apartar la tristeza porque uno cree que debería estar feliz. Cuanto más empujas esa emoción, más fuerte vuelve, y además la tiñe todo de culpa.
Ayuda mucho ponerlo en palabras con alguien: contar qué le habrías dicho, qué habría contestado él, qué cara habría puesto. Y ayuda también dedicarle el momento de forma simbólica, si a uno le reconforta hacerlo. No es un gesto vacío: es una manera de darle un sitio en vez de apartarlo.
Y una cosa más, por si a alguien le sirve. Si pasado un tiempo largo la pena sigue exactamente igual de intensa que el primer día, si impide hacer vida normal o si es imposible siquiera nombrar a esa persona, conviene buscar ayuda. El duelo duele mucho, pero debería ir cambiando de forma.
¿Qué papel tienen los recuerdos, las enseñanzas y los rituales familiares a la hora de mantener vivo ese vínculo?
Sirven para seguir dándole un lugar a quien ya no está, que es distinto de hacer como si siguiera aquí.
Y casi siempre son cosas muy pequeñas: hacer su receta, poner su canción, contar otra vez la misma anécdota en las comidas familiares, conservar una costumbre que era suya. Gestos mínimos que hacen un trabajo enorme, porque convierten una relación que se sostenía en la convivencia en otra que se sostiene en la memoria.
Tampoco hay una única forma correcta. Hay quien necesita hablar de su abuela constantemente y quien prefiere recordarla en silencio, a su manera, sin contárselo a nadie. Las dos maneras son igual de válidas, y conviene no corregir a nadie en esto.
Lo que sí recomendaría, sobre todo en familias con niños, es no hacer desaparecer el nombre de esa persona de las conversaciones. Cuando alguien deja de nombrarse, los pequeños aprenden que hay cosas de las que no se puede hablar.
¿Qué mensaje daría a quienes sienten que sus mayores no han podido estar presentes en los momentos más importantes de sus vidas?
Que esa sensación es comprensible, aunque hayan pasado muchos años. Hay personas a las que seguimos queriendo contarles las buenas noticias toda la vida, y eso no se cura, se acomoda.
Pero también les diría que miren el calendario de otra manera. Solemos pensar que se perdieron el día importante, y se nos olvida todo lo anterior: quién te llevaba a entrenar, quién te preguntaba cómo había ido, quién creyó que podías antes de que hubiera ninguna prueba de que podías.
Ese día que ellos no ven suele estar hecho, en buena parte, de cosas que hicieron ellos. Hay personas que no llegan contigo a la meta, pero que están en todo el camino que te llevó hasta ella.






