Familia

David Bisbal habla del impacto del alzhéimer en su familia y recuerda escenas difíciles: "He visto cómo mi padre atacaba a Juanes y a Miguel Poveda"


Hablamos con el psicólogo sanitario Andrés Montero acerca de cómo sobrellevar una enfermedad así en un progenitor


David Bisbal, junto a su padre, José Bisbal© davidbisbal
17 de octubre de 2026 a las 14:02 CEST

El padre de David Bisbal, José, estuvo 15 años con alzhéimer. "Fue durísimo el primer momento en el que no te conoce o que no conoce a tus hijos", cuenta el cantante en el podcast Roca Project. Por eso, el cantante confiesa que cuando su padre falleció, el pasado mes de febrero, él estaba preparado. Habían sido muchos años de situaciones muy tristes, en los que había ido viendo cómo perdía la memoria poco a poco. "En su última fase, no sabía ni dónde estaba. Solamente conocía el nombre de su mujer, María Ferre Montoya, nada más", cuenta visiblemente emocionado. "La amaba apasionadamente, eso lo tengo clarísimo".

También tuvo muy presente siempre la que había sido su profesión: boxeador. "Como no me conocía y era muy celoso, hacía tiempo que yo no le daba un abrazo a mi madre delante de él", cuenta Bisbal al presentador del podcast, Carlos Roca. "Cuando se fue, le dije a mi madre: mamá, mira, te estoy abrazando y no hay ningún hombre que venga detrás a pegarme".

Esa circunstancia hizo a la familia vivir momentos de 'tierra trágame', pero que ahora los recuerdan con una sonrisa. Durante algunos años, cuando la memoria ya estaba notablemente resentida pero en los que aún podía salir, José Bisbal seguía acompañando a su mujer a algunos conciertos especiales y entregas de premios a las que iba su hijo. "He visto cómo mi padre ha atacado a Juanes, a Miguel Poveda, al presidente de la compañía…".

Esas son algunas de las anécdotas, pero la realidad del alzhéimer es muy dura en el día a día para toda la familia. ¿Cómo hacer afrontar una enfermedad como esta en tu padre o en tu madre para seguir adelante y, al mismo tiempo, brindarle la ayuda que necesita? ¿Cómo apoyar al cuidador principal, que normalmente es el otro progenitor? De todo eso hemos hablado con Andrés Montero Conde, psicólogo sanitario y director de Ethos Psicólogos, con más de 15 años de experiencia clínica. Montero nos explica cómo afecta esta situación a los hijos y da importantes pautas para sobrellevarla lo mejor posible.

Aunque una persona vaya perdiendo recuerdos y capacidades cognitivas, eso no significa que haya perdido la capacidad de sentir afecto, disfrutar de la compañía o experimentar emociones.

Andrés Montero Conde, psicólogo sanitario y director de Ethos Psicólogos

¿Cuáles suelen ser las emociones más frecuentes que experimentan los hijos cuando uno de sus padres es diagnosticado de Alzheimer? 

Cuando diagnostican Alzheimer a uno de nuestros padres, pueden aparecer diferentes emociones. Una de ellas es el miedo al futuro: cuánto y cómo cambiará nuestra vida y si seremos capaces de afrontar la situación. También aparece la tristeza, al comprender que vamos a ir perdiendo aspectos de la relación que teníamos con esa persona. Quien tenemos delante sigue siendo nuestra madre o nuestro padre, pero ya no actúa como antes. 

Otra emoción frecuente es la culpa. Por ejemplo, cuando un hijo pierde la paciencia porque su padre le pregunta cinco veces lo mismo, o cuando necesita descansar y siente que está siendo egoísta por no seguir cuidándolo.

Podemos querer muchísimo a nuestros padres y, al mismo tiempo, sentirnos agotados, enfadados o desbordados por la situación. Esto no significa que los queramos menos, sino que estamos viviendo una situación complicada. Adaptarse a una enfermedad que va a cambiar progresivamente toda la dinámica familiar resulta difícil. 

David Bisbal junto a su padre y sus hermanos© davidbisbal
David Bisbal junto a su padre y sus hermanos

¿Por qué resulta tan difícil aceptar el deterioro progresivo de una persona que siempre ha sido una figura de referencia en nuestra vida? 

Porque nuestros padres han sido, durante buena parte de nuestra vida, figuras de seguridad, protección y apoyo. Son las personas a las que acudíamos cuando teníamos un problema, necesitábamos un consejo o simplemente queríamos sentirnos acompañados. 

Ver cómo esa persona empieza a necesitar nuestra ayuda para hacer cosas que antes resolvía sin dificultad puede resultar muy doloroso. Y si a eso añadimos las nuevas circunstancias y comportamientos que van apareciendo con la enfermedad, la situación puede ser todavía más difícil. 

No solo estamos viendo cómo cambia nuestro padre o nuestra madre, también está cambiando la relación que hemos tenido con ellos durante toda la vida. Por ejemplo, cuando tu madre deja de llamarte para preguntarte cómo estás, cuando tu padre ya no recuerda aquella anécdota familiar que siempre contaba en Navidad, cuando deja de decirte esas cosas que antes te desesperaban o cuando ya no podéis mantener esas conversaciones que tanto disfrutabais.

De repente, somos nosotros quienes tenemos que recordarles una cita médica, ayudarles a vestirse, tomar decisiones que antes tomaban por sí mismos o incluso recordarles que somos sus hijos. Son estas pequeñas pérdidas una de las mayores dificultades del Alzheimer. Nuestro padre sigue siendo nuestro padre, pero los pensamientos y comportamientos que lo definieron van cambiando poco a poco. Tenemos que aprender a adaptarnos a cada etapa de la enfermedad, sin adelantarnos a lo que todavía no ha ocurrido ni quedarnos anclados en el pasado. 

¿Qué importancia tiene mantener momentos de conexión emocional con el familiar afectado, aunque sus capacidades cognitivas estén deterioradas, y cómo hacerlo? 

Aunque una persona vaya perdiendo recuerdos y capacidades cognitivas, eso no significa que haya perdido la capacidad de sentir afecto, disfrutar de la compañía o experimentar emociones. 

Hay que tener en cuenta que, aunque casi siempre asociamos la memoria con los recuerdos a largo plazo, existen numerosos tipos de memoria. Puede que tu padre no recuerde cómo te llamas o incluso que eres su hijo, pero puede sentirse tranquilo y a gusto cuando estás a su lado o le hablas con cariño. 

La clave no está en exigirle que recuerde a toda costa, sino en empezar a buscar maneras de conectar con lo que todavía puede sentir. Podemos escuchar canciones que le gustaban, mirar fotografías sin convertirlo en un examen de memoria, dar un paseo o simplemente sentarnos a su lado y cogerle de la mano, siempre que el contacto físico le resulte agradable. 

También es importante hablarle directamente, darle tiempo para responder y no corregir automáticamente todo lo que dice mal. Quizá dentro de una hora no recuerde qué hicisteis juntos esa tarde, pero eso no significa que no haya disfrutado del momento.

Y para los hijos, aprender a valorar esos pequeños instantes también puede ser una forma de afrontar el duelo que acompaña a la enfermedad. 

El mejor apoyo que podemos ofrecer como hijos no es decirle al cuidador que estamos ahí para lo que necesite, sino demostrarlo compartiendo de verdad las responsabilidades. 

Andrés Montero Conde, psicólogo sanitario y director de Ethos Psicólogos

En la mayoría de los casos, el cuidador o la cuidadora principal suele ser la pareja. ¿Cómo apoyar, como hijo, al otro progenitor, teniendo en cuenta el impacto que esta enfermedad puede generar también en quien cuida? 

Esta pregunta podría resumirse en otra: ¿quién cuida al cuidador? Cuando uno de nuestros padres tiene Alzheimer, es fácil que toda nuestra atención se centre en él y que nos olvidemos de cómo está la persona que lo cuida. Sin embargo, el cuidador también necesita sentirse cuidado. 

Si queremos cuidar al cuidador, no basta con preguntar "¿qué necesitas?", porque posiblemente responda "nada, yo puedo solo". Es mucho más útil ofrecer ayuda concreta, sin dejar toda la responsabilidad de organizarla en sus manos. Por ejemplo: "El sábado me quedo yo con papá y tú te vas a comer o a tomar un café con tus amigas", "te traigo la compra de la semana" o "esta semana no te preocupes, que me encargo yo de llevarlo a las citas médicas". 

También debemos darle espacio para expresar lo que siente sin juzgarlo. Puede estar triste, enfadado, agotado o incluso desear que todo termine. Escuchar esas emociones sin reprochárselas es fundamental. 

Además, debemos estar atentos a señales de sobrecarga, como el insomnio, la irritabilidad, el aislamiento o el abandono de su propia salud. Cuando aparecen, conviene buscar apoyo profesional y recursos de respiro familiar.

En definitiva, el mejor apoyo que podemos ofrecer como hijos no es decirle al cuidador que estamos ahí para lo que necesite, sino demostrarlo compartiendo de verdad las responsabilidades. 

David Bisbal, junto a su padre, José, en una fotografía de 2024© davidbisbal
David Bisbal, junto a su padre, José, en una fotografía de 2024

David Bisbal ha confesado que una de las pocas cosas que su padre no olvidó fue el nombre de su mujer y que había sido boxeador. También ha contado episodios de celos y agresividad, como cuando intentaba abrazar a su madre delante de él. ¿Cómo hacer frente a situaciones así? 

Lo primero que debemos comprender es que una persona con Alzheimer puede olvidar quiénes somos o quién fue ella misma, pero seguirá experimentando emociones, incluidos los celos, el miedo o la sensación de amenaza. El problema es que, debido al deterioro cognitivo, puede interpretar equivocadamente lo que está sucediendo y reaccionar de una manera que antes no era habitual. 

En el caso que cuenta David Bisbal, aunque no podemos saber con certeza qué estaba sintiendo su padre, es posible que interpretase un abrazo a su mujer como una amenaza al no reconocer a la persona que tenía delante. En estas situaciones, intentar razonar con la persona o demostrarle que está equivocada suele ser poco útil y puede aumentar su agitación y agresividad. 

Es preferible hablarle con tranquilidad, evitar discusiones, identificar qué situaciones desencadenan esas reacciones y, cuando sea posible, anticiparse a ellas o directamente evitarlas. Por ejemplo, si sabemos que determinados gestos de cariño provocan celos o agresividad, podemos buscar otros momentos para realizarlos o modificar la situación.

Pero hay algo fundamental: comprender que la agresividad puede ser consecuencia de la enfermedad no significa que tengamos que soportarla. Si aparecen golpes o amenazas, la prioridad debe ser proteger a todos los implicados, tomar distancia y buscar ayuda profesional para valorar qué está provocando esas conductas.

Al final, tenemos que aprender a distinguir entre la persona que hemos conocido toda la vida y los comportamientos que puede provocar su enfermedad. No se trata de quererla menos, sino de aprender a cuidarla de otra manera, sin dejar de cuidarnos nosotros.