Ana Isabel Sanz, psiquiatra, sobre las primeras señales de acoso: "Puede llegar del colegio agotado o tenso y después relajarse de manera muy marcada al sentirse seguro en casa"


Dolores de tripa que se repiten cada domingo por la tarde, irritabilidad... La experta detalla cuáles son los signos a los que debemos prestar atención


Dra. Ana Isabel Sanz, médico psiquiatra y psicoterapeuta, especializada en infancia, adolescencia y adultos© Cedida
5 de noviembre de 2026 a las 7:29 CET

Un cambio brusco de humor, que de repente se muestre demasiado autocrítico o los recurrentes dolores de tripa del domingo por la noche no siempre son simples manías ni etapas pasajeras. En muchas ocasiones, el cuerpo y la mente de un niño expresan lo que sus palabras aún no se atreven a nombrar. Distinguir un conflicto puntual del acoso escolar o del ciberacoso es uno de los mayores desafíos a los que se enfrentan las familias. Un tema que conviene poner sobre la mesa más aún cada 5 de noviembre, cuando se conmemora el Día Internacional contra la Violencia y el Acoso Escolar.

La doctora Ana Isabel Sanz, médico psiquiatra y psicoterapeuta, especializada en infancia, adolescencia y adultos, nos da las claves para detectar las primeras "fisuras" en el comportamiento de nuestros hijos, cómo entablar una conversación sin que parezca un interrogatorio y cuáles son las pautas urgentes para protegerlos desde el primer minuto. 

Adolescente víctima de acoso escolar© Adobe Stock

Los conflictos puntuales forman parte del desarrollo natural. ¿Cuáles son los marcadores clave que deben alertar a los padres de que un cambio de comportamiento no es una etapa pasajera, sino un posible acoso? ¿Cuáles suelen ser las primeras señales emocionales o de comportamiento que deberían llamar la atención de los padres?

Las primeras señales suelen aparecer en forma de cambios respecto al funcionamiento habitual del niño: tristeza, apatía, irritabilidad, ansiedad, miedos relacionados con el colegio o rechazo a acudir a clase. También pueden aparecer síntomas físicos, como dolores de cabeza, de tripa o musculares, especialmente si se repiten el domingo por la noche, el lunes por la mañana, después de las vacaciones o coincidiendo con la vuelta al colegio.

A veces encontramos ropa o material escolar deteriorados sin una explicación clara, pequeños arañazos o lesiones. La irritabilidad es especialmente importante porque es un síntoma de malestar al que con frecuencia prestamos menos atención que a la tristeza o al miedo.

Para diferenciar un conflicto normal entre niños de una situación de acoso hay tres elementos fundamentales: la repetición en el tiempo, el desequilibrio de poder y la intención de causar daño. En un conflicto entre iguales existe la posibilidad de responder, alejarse o reparar la relación. En el acoso, la víctima no consigue salir sola de esa dinámica y el grupo puede contribuir a mantenerla.

El dolor de tripa o de cabeza antes de ir al colegio es un clásico. Desde la psiquiatría, ¿qué ocurre en el cuerpo y la mente del menor para que el malestar emocional se traduzca de forma tan física y sistemática?

Las emociones tienen un componente consciente, que nos permite identificar y expresar con palabras lo que sentimos, y un componente físico muy importante relacionado con la activación del sistema nervioso autónomo. Ante una situación que se percibe como amenaza o estrés se activa especialmente el sistema nervioso simpático, relacionado con las respuestas de huida, defensa o lucha.

Los niños tienen menos desarrollada la capacidad de expresar verbalmente el componente vivencial de las emociones y, por eso, con más frecuencia el temor o la sensación de impotencia se canalizan a través del cuerpo. Dos zonas donde pueden manifestarse esas señales son el aparato digestivo y la musculatura de la cabeza y el cuello. La tensión muscular puede producir cefaleas, mientras que los cambios que provoca esa activación en el funcionamiento intestinal pueden generar dolor de tripa y otras sensaciones de malestar digestivo.

Una pista muy importante es la relación temporal entre el síntoma físico y la situación que genera temor: por ejemplo, que aparezca antes de ir al colegio y disminuya cuando desaparece esa amenaza.

Y hay algo fundamental: son síntomas reales. Hablar de un componente psicosomático no significa que el niño esté inventando el dolor. Significa que existe una expresión física cuyo origen está relacionado con los mecanismos cerebrales que regulan las emociones.

Una pista muy importante es la relación temporal entre el síntoma físico y la situación que genera temor: por ejemplo, que aparezca antes de ir al colegio y disminuya cuando desaparece esa amenaza

Ana Isabel Sanz, médico psiquiatra y psicoterapeuta

¿Puede un niño estar sufriendo acoso y, aun así, seguir sacando buenas notas, jugando o aparentando normalidad en casa?

Sí. El hecho de que un niño mantenga determinadas parcelas de su vida aparentemente normales no permite descartar que esté sufriendo. Muchos menores realizan un enorme esfuerzo por ocultar lo que les ocurre porque sienten vergüenza, temen parecer débiles, no quieren preocupar o decepcionar a sus padres o tienen miedo de que contarlo provoque represalias.

Por eso hay que fijarse también en pequeñas "fisuras" en esa aparente normalidad. Puede llegar del colegio especialmente agotado o tenso y después relajarse de manera muy marcada al sentirse seguro en casa. Puede empezar a aislarse en su habitación, dejar de mencionar a determinados amigos o nombres que antes aparecían habitualmente en sus conversaciones, mostrarse excesivamente autocrítico o reaccionar con hipervigilancia o sobresalto ante determinados mensajes. El sufrimiento no siempre se presenta de una manera evidente.

¿Qué cambios en el sueño, el apetito, el humor o las ganas de ir al colegio pueden ponernos sobre aviso?

Pueden aparecer dificultades para dormir, insomnio, pesadillas o terrores nocturnos, cambios en el apetito, tristeza, apatía, ansiedad y, muy especialmente, irritabilidad. También puede existir un rechazo creciente a acudir al colegio.

Es importante observar cuándo aparecen o se intensifican estos cambios. El domingo por la noche, la mañana del lunes, los días posteriores a unas vacaciones o los momentos inmediatamente anteriores a volver al colegio pueden ser especialmente reveladores.

También puede aparecer un cambio llamativo en la comunicación: un niño que deja de hablar de determinadas personas, se muestra más retraído o permanece en silencio cuando se aproxima el regreso a clase. No debemos analizar una señal de forma aislada, sino observar si existe un cambio respecto a cómo era habitualmente ese menor y si varias señales comienzan a coincidir.

Adolescente mirando con cara de preocupación su móvil por caso de acoso© Getty Images

Hoy en día el acoso escolar no termina al sonar el timbre del colegio, se traslada a las redes. ¿Qué pequeños detalles en el uso del móvil o la tablet pueden delatar que el menor está sufriendo cyberbullying?

Uno de los cambios que puede llamar la atención es la relación que el menor empieza a mantener con el dispositivo. Puede evitar el móvil o las redes porque teme encontrarse determinados mensajes o, por el contrario, permanecer excesivamente pendiente de ellos, en un estado de vigilancia constante.

También puede sobresaltarse cuando recibe un WhatsApp, cambiar bruscamente de humor después de mirar la pantalla o intentar ocultar determinadas conversaciones.

El ciberacoso tiene además una característica especialmente dañina: elimina el límite físico del colegio. La agresión puede acompañar al menor durante todo el día y llegar hasta el espacio que debería ser seguro, que es su propia casa. Esto puede acelerar muchísimo el proceso y hacer que una dinámica de acoso se consolide en muy poco tiempo.

Ante la sospecha, la reacción del adulto suele ser la prisa por saber qué pasa, lo que a menudo provoca que el niño se cierre más. ¿Cómo entablar esa primera conversación para que el hijo sienta seguridad y no presión?

Lo primero es no convertir la conversación en un interrogatorio. Hay que buscar un momento tranquilo, utilizar preguntas abiertas, escuchar y respetar los silencios. Es posible que el niño no lo cuente todo en una primera conversación, y no pasa nada. Podemos volver sobre el tema en otro momento.

También importa muchísimo la reacción del adulto. Si el menor percibe ansiedad, enfado, irritación o una respuesta descontrolada, puede decidir callar para evitar preocupar más a sus padres o provocar una reacción cuyas consecuencias teme.

Conviene transmitirle que su bienestar importa más que las notas o cualquier otro resultado. En lugar de preguntar únicamente «¿qué tal el colegio?», podemos interesarnos de forma natural por cómo transcurre realmente su día y por las personas con las que lo comparte.

Lo primero es no convertir la conversación en un interrogatorio. Hay que buscar un momento tranquilo, utilizar preguntas abiertas, escuchar y respetar los silencios. Es posible que el niño no lo cuente todo en una primera conversación, y no pasa nada

Ana Isabel Sanz, médico psiquiatra y psicoterapeuta

¿Qué preguntas sobre el recreo, los grupos de amigos, el comedor, WhatsApp o las redes sociales pueden darnos más información de la que parece?

Las preguntas concretas suelen aportar mucha más información que un "¿qué tal te ha ido?". Podemos preguntar con quién se sienta en clase, con quién juega en el recreo, con quién come, quién suele quedarse solo o qué compañeros busca cuando tiene tiempo libre.

También resulta útil preguntarle qué lugares del colegio le gustan más y cuáles menos, dónde se siente cómodo o incómodo, o si hay alguna persona que le genere inseguridad, desconfianza o malestar.

Los espacios menos estructurados son especialmente importantes: recreos, pasillos, baños, comedor o cambios de clase pueden aportar mucha información porque son momentos en los que existe menos supervisión directa.

En el entorno digital podemos interesarnos por los grupos de WhatsApp, por cómo se siente cuando recibe determinados mensajes o por si hay conversaciones o personas que le hacen sentirse incómodo. El objetivo no es interrogar ni invadir su intimidad, sino abrir vías de comunicación que permitan que el niño encuentre un espacio seguro para hablar.

Muchos menores callan por vergüenza, por miedo a represalias o por temor a preocupar a sus padres. ¿De qué manera podemos desmontar esas barreras y transmitirles que pedir ayuda no es un acto de debilidad o chivatazo, sino de valentía?

Hay niños que callan porque temen que contarlo aumente el peligro para ellos o incluso para su familia. Otros sienten vergüenza, culpa, miedo a perder su posición dentro del grupo o piensan que deberían ser capaces de detener la situación por sí mismos. Si no pueden hacerlo, pueden llegar a interpretarlo como una muestra de cobardía o falta de valor.

Cuando finalmente hablan, es fundamental reconocer explícitamente el esfuerzo y la valentía que supone hacerlo. Hay que agradecerles la confianza y dejar claro que pedir ayuda no los convierte en débiles y que no son responsables de lo que les está ocurriendo.

También es importante que perciban que no vamos a tomar decisiones precipitadas a sus espaldas. La solución debe construirse haciéndoles sentir acompañados y partícipes, no convirtiéndolos de nuevo en alguien sobre quien otros deciden sin contar con él.

Adolescente con miedo hablando con su madre sobre algo que ha visto en el móvil© Getty Images

Cuando un hijo finalmente se sincera, las frases como “no les hagas caso”, “eso son cosas de niños” o “tienes que defenderte” suelen ser perjudiciales. ¿Cuáles son los errores de validación emocional más comunes que cometen los padres en ese momento crítico?

Uno de los principales errores es minimizar lo ocurrido. Decir "son cosas de niños", "no les hagas caso" o "ignóralos" puede hacer que el menor sienta que aquello que le está provocando sufrimiento no es suficientemente importante.

Decirle "defiéndete" también puede ser contraproducente, porque puede añadir a la situación una nueva sensación de incapacidad: además de estar sufriendo una agresión, el niño puede pensar que está fallando porque no sabe detenerla.

Otro error es reaccionar con una pérdida de control, enfado extremo, llanto o promesas inmediatas de enfrentarse a quien le está haciendo daño. Aunque nazca del deseo de protegerlo, esa reacción puede aumentar su miedo y hacer que se arrepienta de haberlo contado.

La primera respuesta debe ser escuchar con calma, validar su malestar, agradecerle que haya confiado en nosotros y dejarle claro que no es culpable de lo que está ocurriendo. A partir de ahí hay que buscar soluciones con él, no decidir automáticamente por él.

Una vez que el menor confirma la situación, ¿cuál debe ser el protocolo de actuación coordinado entre la familia, la psiquiatra/terapeuta y el centro escolar para proteger su salud mental desde el minuto uno?

La actuación tiene que ser rápida. El factor tiempo es fundamental para evitar que el trauma arraigue y se convierta en una herida más compleja. Estamos hablando de una situación urgente y no deberíamos dejar pasar más de dos días sin empezar a actuar.

La primera respuesta suele producirse en la familia. Hay que validar lo que cuenta el menor, no quitarle importancia y mantener la calma. Dar importancia a lo ocurrido no significa reaccionar con gritos o de manera emocionalmente descontrolada, sino transmitirle que se le está escuchando, que lo sucedido es grave y que vamos a actuar con él como un equipo.

El siguiente paso es comunicarlo inmediatamente al centro escolar, no contactar directamente con la familia del supuesto agresor, porque ese contacto puede complicar el proceso. Conviene dejar constancia por escrito y solicitar una reunión urgente con los responsables del centro, además de pedir la activación del protocolo de acoso escolar correspondiente.

El centro debe comenzar a adoptar medidas preventivas desde ese momento, sin esperar a que termine la investigación y se confirme administrativamente que existe acoso. La prioridad inicial es proteger al menor de nuevas situaciones de victimización. Esto puede requerir una supervisión discreta en espacios como pasillos, patios, recreos, cambios de clase o el propio aula, preservando tanto la intimidad del menor que denuncia como la del supuesto agresor mientras se investiga. También es importante la coordinación con el Departamento de Orientación del centro.

Mientras tanto, la familia debe recopilar toda la información que pueda resultar útil: mensajes, comunicaciones, posibles lesiones o cualquier indicio relacionado con la situación. El pediatra o médico puede valorar el estado de salud del menor y la posible relación de determinados síntomas con situaciones de violencia física, psicológica o moral.

El profesional de salud mental debe profundizar en el estado emocional del niño, valorar la existencia de síntomas relacionados con el trauma y explorar también si existen ideas autolesivas o suicidas. Su función no consiste en resolver el acoso desde la consulta, sino en ayudar al menor a comprender que lo que siente no es producto de su imaginación ni de una supuesta debilidad y darle herramientas para afrontar la ansiedad, el miedo a que vuelva a ocurrir o el deterioro de su propia valoración que puede haber provocado la agresión.

Si ya existe un daño emocional significativo, habrá que empezar a trabajar también en su reparación.

En los casos más graves puede ser necesario adoptar medidas educativas transitorias si el centro no puede garantizar suficientemente la seguridad del menor. Pero estas medidas nunca deberían convertirse en una nueva forma de castigo para quien está siendo agredido. Protegerlo no puede significar expulsarlo de su propia vida escolar ni volver a victimizarlo.