Cuando Marina Barrera, que es maestra de Primaria, llegó a España apenas tenía tres años. Había nacido en Nigeria y, según le contaron después, su madre murió durante el parto con tan solo 12 años. Fue entonces cuando su abuela paterna, Kati, fundadora de un orfanato en su país, se hizo cargo de ella. Marina cree que su padre también había fallecido, aunque nunca ha podido confirmarlo. Con la esperanza de ofrecerle un futuro mejor, aquella mujer consiguió la documentación necesaria y lo organizó todo para que su nieta pudiera viajar a España y comenzar una nueva vida.
Pero su historia de adopción no terminó ahí. El camino estuvo lleno de obstáculos y no fue hasta la adolescencia cuando logró convertirse legalmente en hija de sus padres adoptivos y obtener la nacionalidad española.
Toda esa experiencia ha dejado una huella profunda en ella. Durante años convivió con preguntas sin respuesta, con la necesidad de entender sus orígenes y con emociones complejas ligadas a la identidad y al sentido de pertenencia. Hoy, sin embargo, mira su historia desde otro lugar: hace ocho meses nació su primera hija y la maternidad ha dado una nueva dimensión a muchas de las cuestiones que la han acompañado desde la infancia. Hablamos con ella sobre cómo se vive la experiencia de ser madre cuando se es una persona adoptada.
Ya no es dolor lo que siento, sino vacío. Y ese vacío que se tiene, lo llenas con amor, con paz, con tranquilidad, con fortaleza y con lucha.
¿Cómo has afrontado, durante tu infancia y tu adolescencia, el hecho de ser adoptada?
El hecho de la adopción entró cuando estaba en 3º o en 4.º de primaria. Ahí ya empezaba a ser un poco más consciente de que me sentía muy diferente, de que me excluía en los recreos porque quería buscar una identidad porque "sí tengo familia, pero hay algo que no me están contando". Cuando tenía ocho o nueve años, ya empecé a ser más consciente de que de que me sentía sola. Me sentía excluida por los niños, pero a la vez también me excluía a mí misma cuando me entraba en una sensación de abandono, de identificación.
¿Cómo le ha removido la maternidad su propia historia de adopción? ¿Te ha cambiado en algo la manera de ver o de entender tu propia historia?
Como ha ocurrido todo tan rápido, es como que estoy como en una burbuja. Todavía no me lo termino de creer. Siempre he estado hablando de formar mis propias raíces. Aunque tenga mi familia, que me quiere un montón y que me han apoyado en todo (gracias a ellos, tengo una educación, tengo un cariño, tengo amor… ), siempre he querido formar mi propia familia. Soñaba mucho con este tema, y no se aleja de todo lo que soñé. Me ha hecho más fuerte y es como si ya supiera cómo iba a pasar y, más o menos, cuándo iba a pasar.
¿Qué miedos te han surgido con la maternidad relacionados con tu historia adoptiva?
Uno de los mayores miedos es el abandono. Cuando yo tengo que irme a trabajar, tengo un miedo bastante grande de que no voy a ser buena madre porque ya lo estoy abandonando, desde tan pequeña. Eso es uno de los mayores miedos.
Luego, al ser niña, también tenía (y, bueno, sigo teniendo) un poco de desconfianza hacia los hombres.
¿Por qué esta desconfianza?
No lo sé. No sé si viene de mi familia, de que, cuando vine aquí, los que me adoptaron fueron mis abuelos. Yo tenía un gran vínculo con mi abuelo Jaime, que fue el primero que me adoptó, junto con mi abuela.
Al principio, mis padres fueron mis abuelos. Mi abuela me trajo aquí, a España, y me ingresaron en el Niño Jesús porque tuve una enfermedad tropical, filariasis, por la que tengo una prótesis en el ojo izquierdo; dijo que iba a volver, pero luego nunca volvió. Y me quedé con mi padre, que antes era mi hermano. A raíz de eso, como veía que no venía mi abuela, ya mi madre -que en ese momento estaba saliendo con mi padre-, decidió adoptar.
¿Ha influido tu experiencia como hija adoptada en la manera en que construyes el apego con tu hija?
Yo creo que sí ha influido, pero de manera bastante positiva, porque te hace tan fuerte, desde muy pequeña, este tipo de situación que tienes las cosas mucho más claras, no titubeas. Y eso se nota muchísimo porque el vínculo, la conexión tan grande que tengo con mi hija, se ve a través de los ojos.
En una charla online con Montse Lapastora, psicóloga especializada en adopción que es todo un referente en España, que la maternidad ha hecho que pongas tus debilidades por delante para combatirlas. ¿Te ha hecho más fuerte la maternidad?
Sí, bastante. Me está haciendo una persona cada vez más consciente de la capacidad que tengo de afrontar esos miedos o esos traumas, y se reducen; se llega hasta un punto en el que ya no es dolor lo que siento, sino vacío. Y ese vacío que se tiene, lo llenas con amor, con paz, con tranquilidad, con fortaleza y con lucha.
También contabas a Lapastora que a tu madre se le cae la baba con tu hija; ¿qué genera en ti esa imagen de tu madre con tu hija en brazos?
Me produce mucha ternura, mucho amor. Hay a veces que lo comparo con mi crianza y digo "oye, pero yo no he sentido esto con mi madre". O sea, me crea envidia; no es envidia de celos, sino una envidia positiva porque piensas "mira, lo está demostrando ahora con mi hija" y es lo más bonito, lo más bello que he podido ver. Y, por otro lado, piensas en cómo me han estado defendiendo, cómo han luchado por tenerme aquí, por la adopción. Eso es otro tipo de lucha y es más duro.
La maternidad te hace ser más consciente. Yo que pensaba que mis padres no me dejaban espacio para pensar, me sentía controlada, pero no consiste en eso. Poco a poco te vas ablandando y vas viendo que ¡jo!, es que mis padres se volcaron muchísimo en mí y es normal que se tengan esos miedos.
Además de esa nueva mirada a tus padres, ¿la maternidad ha despertado en ti nuevas preguntas sobre tus orígenes?
No… Fue antes de la maternidad. Fue a raíz de que un niño que contactó conmigo en Facebook y me contó que tenía un hermano. Y yo no sé si sería verdad o sería mentira, pero a raíz de eso, pregunté a mi abuela y ella no quiso decirme mucho. Lo único que me dijo fue "cásate, ten hijos y podrás ser libre". Eso es lo que me que me dijo, así que se me metió en la cabeza el porqué: "¿por qué ha dicho eso?".
Yo tengo muchas preguntas para mi abuela que no han sido contestadas a lo largo de mi vida. Y eso es lo que creo que me ha creado un poco la lucha de investigar o de ayudar a otras personas. Y, con con mi hija, tengo dudas de cara al futuro: "¿voy a ser buena madre?", "no sé si voy por buen camino". Quiero lo mejor para ella, por supuesto, pero ¿cómo debo actuar en ciertas situaciones que a lo mejor yo no he podido afrontar en el pasado?
Aunque tenga mi familia, que me quiere un montón y que me han apoyado en todo, siempre he querido formar mi propia familia
Teniendo en cuenta ese consejo de tu abuela, ¿se ha cumplido, te ha liberado? ¿Se ha cerrado el círculo al convertirte en madre?
Ciegamente, yo creo que he protegido, de alguna manera, a mi abuela. Es lo único que puedo decir.
¿Liberarme? Sí, tengo más espacio. Tengo mi pequeña libertad con el tema de mi familia, porque no me estaba llevando nada bien con ellos estos últimos años. La venida de mi hija ha vuelto a cambiar todo. De hecho, nos ha unido bastante más, sobre todo, a mi madre.






