Preadolescencia

Nora Kurtin, experta en crianza, sobre cómo cambia el vínculo padres-hijo en la preadolescencia: "Nos van a cuestionar los límites"


Coincidiendo la publicación de su último libro, 'No, porque te quiero', conversamos con ella sobre esta etapa que tantas dudas plantea tanto a los padres como a los propios niños


Nora Kurtin, experta en crianza, fundadora y CEO de Sapos y Princesas© Nora Kurtin
2 de octubre de 2026 a las 7:35 CEST

Hablar con Nora Kurtin, experta en crianza, fundadora y CEO de Sapos y Princesas, es siempre una oportunidad para aprender. Considerada una de las voces de referencia en España en materia de educación y familia, acaba de publicar No, porque te quiero. Preparar la adolescencia con amor, paciencia y límites (Ed. Larousse), un libro que pone el foco en una etapa tan determinante como a menudo olvidada: la preadolescencia.

Entre los 9 y los 12 años se producen profundos cambios emocionales, sociales y físicos que marcan el desarrollo de los niños y, sin embargo, muchas familias llegan a este momento sin apenas herramientas ni orientación. Con el respaldo de más de 120 expertos, Kurtin aborda en su libro algunas de las cuestiones que más preocupan a los padres: la gestión emocional, las relaciones sociales, el acceso a las redes sociales, la vida escolar, los primeros enamoramientos… Y la necesidad de poner límites adaptados a esta nueva etapa. Todo ello sin olvidar un ingrediente esencial: el tiempo compartido en familia.

Hemos hablado con ella sobre los grandes desafíos de la preadolescencia y nos ha dado algunas claves fundamentales para acompañar a los hijos durante esta etapa de transición en la que, sin ser aún adolescentes, unas veces sorprenden con salidas propias de los que sí lo son y otras, con gestos propios del niño o de la niña que ya están dejando de ser.

No tenemos que interpretar cada cuestionamiento como un desafío hacia nosotros, sino escucharlos, explicarles por qué y ser empáticos con eso.

Nora Kurtin, experta en crianza, fundadora y CEO de Sapos y Princesas

Las familias, los colegios, los medios de comunicación… en general, se habla mucho de la infancia y de la adolescencia, pero ¿qué pasa en la preadolescencia? ¿Cuáles son los cambios más evidentes en esta etapa en la que nuestros hijos aún no son adolescentes, pero ya tampoco niños pequeños?

Precisamente por eso centré el libro en estas edades, porque entre los 9 y los 12 años, aunque algunos niños empiezan antes, hay muchos cambios: hay cambios físicos que son propios de la pubertad, pero también muchos cambios emocionales y sociales. Con estos cambios, los niños empiezan cada vez a reclamar más su independencia, cuestionan las normas, buscan más intimidad, van construyendo su propia identidad y los amigos empiezan a ocupar un lugar muy importante en su mundo, mientras los padres y la familia quedamos un poco más relegados a un segundo plano. Y es ahí donde empieza nuestro desconcierto.

El libro está enfocado en mostrar a los padres que no es algo que pasa solamente en mi casa, sino que ocurre en todas, que los niños empiezan a transformarse y no sabemos muy bien cómo hacerlo, nos vemos perdidos. A veces no sabemos si darles el espacio o no o cómo mantener los límites. Y es a eso a lo que va enfocado.

¿Cómo poner esos límites en esta etapa?

Lo más importante es tener en cuenta que los niños nos siguen necesitando y estos límites siguen siendo necesarios. Pero sí cambia la forma de ponerlos porque, cuando son pequeños, se establecen unos límites, que por supuesto tienen que estar acordados con ellos, pero que ellos no cuestionan. Aquí empieza el cuestionamiento y ellos necesitan entender el porqué.

Esto no significa que todo tenga que ser negociable, sino que ellos necesitan que sigamos siendo los adultos y que sigamos ejerciendo de padres, pero aquí tenemos que escuchar más, hablar y llegar a un acuerdo. Eso no quiere decir que sean ellos los que van a tomar las decisiones, porque tenemos que ser nosotros los que velemos por su seguridad y por su bienestar. ¿Cómo hacerlo? Probablemente tengamos que sentarnos físicamente con ellos, sentarnos con todo el mundo de la familia, establecer cuáles van a ser los límites que vamos a seguir, por qué se hacen y qué pasa si no se cumplen. Hay una responsabilidad compartida de todos los miembros del hogar a mantener esos límites.

Va a pasar que nos van a cuestionar los límites, va a pasar que nos van a decir "oye, pues no estoy de acuerdo". Tenemos que escuchar, tenemos que entender y decirle "sí, entiendo que a ti no te parezca bien, que todos los niños lo hacen, pero tú no; así es como hemos fijado nosotros que íbamos a hacerlo en casa y lo vamos a mantener". No va a estar de acuerdo, pero eso no significa que el límite esté mal.

Tenemos que tener claro que es una época. Es una etapa en la que tenemos que ir soltando y tenemos que ir flexibilizando, dando ese espacio para que nuestros hijos tengan libertad y puedan crecer.

¿Qué hacer cuando cuestionan constantemente las normas?

Es normal que sea así, que ellos cuestionen, que reclamen independencia. Quieren reafirmarse en su persona y van a buscar más intimidad; necesitan crear su propia identidad y van a cuestionar, por supuesto, pero esto no significa que tengamos que entrar en una discusión cada vez que cuestionan algo. Eso es lo que tenemos que entender: no lo tenemos que tomar de forma personal; es decir, no tenemos que interpretar cada cuestionamiento como un desafío hacia nosotros, sino escucharlos, explicarles por qué y ser empáticos con eso.

Y si vemos, después de escucharlos, que esta norma funcionaba bien cuando eran pequeños, ahora hay que adaptarla, pues adaptarla y flexibilizarla. Pero no significa que tengamos que cambiar de opinión necesariamente, sino entender que esto es una decisión con la que puede ser que ellos no estén de acuerdo, pero que tenemos que mantenerla y aceptar el enfado sin nosotros enfadarnos con ellos ni convertir todo en una negociación.

Ahí es donde sí que tenemos que estar muy cuidadosos, porque lo que no queremos es romper el vínculo. Tenemos que tener una norma, mantenerla, escucharlos y mantener ese equilibrio entre la autonomía y la presencia que necesitan por parte de nosotros.

No, porque te quiero, de Nora Kurtin© Larousse

¿Y cuando no responden a las consecuencias que los padres ponen cuando sobrepasan un límite o una norma? ¿Cómo deben ser esas consecuencias para que tengan sentido educativo?

Por eso es importante que las normas estén pactadas y estén acordadas por todos. Porque cuando tenemos un pacto o un acuerdo, de ahí se derivan unas responsabilidades que todos asumimos. Por ejemplo: "Si yo te dejo salir hasta las 10 y yo cumplo con mi parte porque te estoy dejando salir hasta las 10, tú tienes que cumplir con la tuya; es tu responsabilidad llegar a las 10. No significa llegar a las 11: a las 10. Si esto no se respeta, tú no estás cumpliendo con tu parte del trato, con lo cual la próxima vez no vas a salir porque me tienes que demostrar que eres responsable con tu parte del trato".

Aquí es donde viene lo complejo porque ellos van a intentar ir ampliando esos límites. Y lo que no podemos hacer es que sea un castigo que vaya en escalada, que cada vez sea mayor. Tenemos que evitar no escuchar, porque puede ser que no lleguemos a las 10, pero si todos están volviendo a las 11, tal vez tengamos que revisar cómo lo hacemos, hablando con otros padres, viendo qué es lo que hacen los niños y viendo si nosotros nos sentimos cómodos con que vuelva a las 11. Si nosotros, como familia, no nos sentimos cómodos con esa hora, le decimos "Mira, cariño, yo entiendo que los demás llegan a las 11, pero en esta casa queremos que sea a las 10". Ahí es donde viene lo complicado, con esas zonas grises donde, por un lado, nosotros no podemos imponer endureciendo una norma, pero sí tenemos que hacer que nos vayan obedeciendo.

Si vemos que es algo que continuamente se lo saltan, tal vez tengamos que plantearnos qué es lo que está pasando para que nuestros hijos no puedan asumir esa responsabilidad. Más que pensar en cómo consigo que me obedezca, debemos replantearnos cómo hacer para que asuma su responsabilidad. Y también se lo tenemos que preguntar a él o a ella: "¿qué está pasando para que tú no puedas asumir tu parte de responsabilidad?". Por supuesto, para esto necesitamos que haya diálogo y comunicación en el hogar, porque si no, va a ser imposible. 

Nuestros hijos lo que más quieren es que nosotros los aceptemos, le demos un hogar donde haya escucha, donde se sientan contenidos, donde sepan que pueden ser ellos mismos sin ser juzgados

Nora Kurtin, experta en crianza, fundadora y CEO de Sapos y Princesas

¿Qué hacer en esta etapa para sentar las bases de una adolescencia ‘tranquila’? ¿O las bases reales están en la primera infancia y ya poco se puede hacer?

Nunca es tarde. Nuestros hijos lo que más quieren es que nosotros los aceptemos, le demos un hogar donde haya escucha, donde se sientan contenidos, donde sepan que pueden ser ellos mismos sin ser juzgados. Eso es lo que busca cualquier persona. Todos lo hacemos, todos queremos volver a un hogar donde podamos ser nosotros mismos. Entonces yo creo que es un buen momento también de hacerlo si no lo hemos hecho en la infancia. La preadolescencia es un momento de cambio, como decía, entonces intentemos que ellos se sientan tranquilos, que pueden mostrarnos cómo son porque en esta etapa van a estar cambiando mucho y ni ellos van a saber qué les está pasando.

Si nosotros estamos desconcertados, ellos lo están más aún porque están viendo que su cuerpo cambia, probablemente no al mismo ritmo que todos sus compañeritos, pero se están viendo en redes sociales y, si se comparan con el resto, están muy perdidos porque no son lo que ven en la pantalla. Están necesitando ese apoyo de sus pares y quieren encajar como sea, por lo que muchas veces se ven perdidos porque no saben si eso no es lo que ellos quieren en realidad.

Entonces, preguntemos, más que juzgar, intentemos decir en lugar de "¿qué has hecho hoy?", preguntarles "¿cómo te has sentido hoy?, ¿cómo te sientes?, ¿qué tal estás?". Es decir, preguntas abiertas sobre sus emociones para que ellos, poco a poco, puedan ir compartiendo con nosotros eso que les puede estar preocupando o angustiando o que están viendo y no les cuadra.

Tal vez está ahí el cómo cuidar esa relación sin poner etiquetas, sin salir con la respuesta: en lugar de "No, es que esto no lo tienes que hacer así", "Es que esto que es amigo tuyo no me gusta", preguntarles: "¿Y a ti qué te parece que tu amigo haga eso?", "¿Tú te sentirías cómodo haciéndolo?". Es decir, cuestionarles pero desde la pregunta, no desde la respuesta, porque si no lo que van a hacer es cerrarse y no compartir más con nosotros lo que ellos piensan.

Para ello hay que aprender a escuchar, mantener canales de comunicación abiertos, que sepan que estamos presentes, que estamos ahí. Si no nos quieren decir algo, "no te preocupes, cuando quieras que sepas que estoy aquí, me puedes contar lo que quieras". Que vean que nosotros confiamos en ellos, que no los vamos a sobreproteger y mantenerlos encerrados en casa porque eso sabemos que no es bueno para ellos y que tenemos que ir soltando para que crezcan como individuos adultos que van a ser en breve. 

Vínculo madre-hija en la preadolescencia© Getty Images

Supongo que todo esto también ayuda a fortalecer el vínculo ¿Cambia el vínculo entre padres e hijos en la preadolescencia?

Cambia. Y, para nosotros, cambia de una forma muy radical, porque antes teníamos unos niños que nos pedían que les leyéramos un cuento más, que no nos fuéramos, que les acompañáramos a todos lados y ahora dicen "oye, no, mejor tú quédate por ahí, que no se te vea" o "yo necesito estar en mi cuarto" y te cierran la puerta. O "no, déjame mamá, que tú no sabes, tú no entiendes".

Es un momento normal, forma parte del crecimiento y de su desarrollo físico y emocional. Ellos empiezan a querer más independencia, más intimidad, más espacio, y nosotros no tenemos que vivir esto como que ellos ya no nos necesitan, sino todo lo contrario: nos siguen necesitando, pero de una forma diferente. Necesitan que estemos ahí, pero no encima; tenemos que dejarles el espacio, al tiempo que les demostramos que somos un lugar seguro, que "aquí puedes ser tú mismo".

Es lo difícil para nosotros, aceptar que nuestros hijos pueden estar vistiéndose de una forma que no nos gusta, haciéndose peinados que nos parecen horrorosos... Lo que tenemos que intentar es darles libertad en esas áreas que no son permanentes; o sea, si un niño nos empieza a pedir tatuajes, es bueno que sepamos que hasta las 18 es ilegal que se lo hagan, con lo cual podemos decir que no. Pero sí darles el espacio que ellos necesitan, ir dándoles mayor libertad a medida que ellos respondan y demuestren que son responsables. Y no desconectarnos: escuchar, acompañar y mantener el vínculo, aunque necesiten más autonomía. 

¿Cómo hacerlo? ¿Cómo ir dándoles cada vez un poco más de libertad sin reducir la presencia materna o paterna?

Tenemos que aprender a soltar y dejar que tomen pequeñas decisiones. Decisiones que lo que les puedan dejar sean raspones y no heridas. Por ejemplo, si tu hija quiere ir sola al colegio o a la casa de la amiguita, y tú consideras que es una hora prudente y que la niña se maneja, que sabe cómo moverse, que estamos hablando de dos manzanas, que no se despista, que te ha demostrado que ella es capaz y te lo está demandando, tal vez sea el momento de dejarla. Haces un repaso de lo que pueden ser tus miedos, como recordarle que no debe subir al coche de nadie, para que ella sea consciente que eso podría llegar a pasar, pero la dejamos. Dejamos que vaya tomando esas pequeñas decisiones.

Va a querer elegir una ropa que, lo que comentaba antes, puede no gustarte; pues no pasa nada, será una etapa; no quiere decir que se vaya a vestir así toda su vida. Puedes decirle: "Mira, yo creo que ese escote o esa falda no es para tu edad". No dejemos de darle nuestra opinión, pero que ellos tengan el margen para poder decidir. Tenemos que darles la información y dejarles que decidan. Dejamos que se equivoquen y corrijan. Y para eso es necesario que ellos vean que nosotros, muchas veces, nos equivocamos y corregimos.