Sara García Iglesias, docente: "Educar no consiste en encontrar la fórmula que funciona, sino en aprender a comprender al niño que tenemos delante"


Entender qué hay detrás de lo que pasa, por qué el niño se comporta así es una de las bases para acompañarlo y poner los cimientos de su educación desde otro lado. ¿Cómo lograrlo?


Sara García Iglesias, docente© Sara García Iglesias
25 de septiembre de 2026 a las 15:02 CEST

Los padres actuales se ven bombardeados con un montón de 'deberías' y de exigencias. Pero hay otras miradas que cambian el foco de lugar y, alejándose de la tiranía de la perfección, proponen un acompañamiento educativo diferente.

Es el caso de Sara García Iglesias, maestra, madre y formadora especializada en disciplina positiva e inteligencia emocional. Acaba de publicar Educar empieza contigo (Ed. Oberon). Hemos charlado con ella sobre qué necesitan los adultos para acercarse de otro modo a la paternidad y crear un vínculo distinto con sus hijos.

El equilibrio aparece cuando somos capaces de sostener dos cosas que aparentemente parecen contradictorias. Puedo comprenderte y decirte que no. Puedo validar tu enfado y no permitir que hagas daño. Puedo equivocarme como madre y seguir siendo una buena madre

Sara García Iglesias, docente

En tu libro propones dejar de fijarnos en el comportamiento del niño para fijarnos en la relación con él. ¿Cuál es el secreto para llevarlo a cabo?

Creo que el primer paso es cambiar la pregunta que nos hacemos. Cuando un niño tiene una conducta que nos preocupa o que no nos gusta, solemos pensar: “¿Cómo consigo que deje de hacer esto?”. Y yo propongo empezar un poquito antes: “¿Por qué está haciendo esto?”, “¿qué está ocurriendo?”, “¿qué me quiere decir?”, “¿qué necesita aprender y cómo puedo ayudarle?”.

El comportamiento es lo que vemos, pero debajo siempre hay mucha más información: una necesidad, una emoción, una habilidad que todavía no está desarrollada, algo que ese niño no sabe expresar con palabras… Esto no significa justificar todas las conductas ni dejar de poner límites. Si mi hijo pega, por supuesto que voy a parar esa conducta. Pero puedo limitarla y, al mismo tiempo, intentar comprender qué hay detrás para no quedarme únicamente en que ha pegado y eso está mal.

Porque una cosa es conseguir que una conducta pare en ese momento y otra muy distinta ayudar a que el niño vaya desarrollando los recursos que necesita para actuar de otra manera y que, poco a poco, cuando vuelva a sentirse así, tenga otras formas de resolverlo o comunicarlo. Es decir: no es “no pego porque mi madre se enfada”, sino “no necesito pegar porque estoy aprendiendo otras formas de resolver lo que me ocurre o comunicar lo que necesito”.

Libro Educar empieza contigo© Ed. Oberon

El respeto es tu punto de partida, en contraposición a lo que se ha entendido durante mucho tiempo que era educar (corregir, dirigir y controlar). ¿Cuándo un niño está siendo respetado y cuándo no?

Parece que en los últimos años hemos confundido respetar a los niños con permitirles hacer lo que quieran, y en realidad no tiene nada que ver. Podemos respetar profundamente a un niño mientras le decimos que no puede hacer algo o que debe hacer algo.

Un niño está siendo respetado cuando tenemos en cuenta que es una persona, aunque sea pequeña. Cuando no utilizamos nuestra posición de poder o de autoridad para humillarle, ridiculizarle, amenazarle o conseguir que haga algo a la fuerza o a través del miedo. Cuando escuchamos lo que siente y necesita, aunque la decisión final siga correspondiéndonos a nosotros. Puedo decirle: “Entiendo que estás enfadado porque quieres seguir jugando y no voy a dejar que pegues”. Estoy validando lo que siente y, al mismo tiempo, ejerciendo mi responsabilidad como adulta. Respetar a un niño no significa renunciar a nuestra autoridad. Significa revisar cómo la ejercemos, para que se convierta en autoridad positiva.

Madre hablando con su hijo pequeño en el sofá© Getty Images

Subrayas que el cambio en los niños necesita primero de un cambio en los padres. ¿Cómo lograrlo en un escenario donde las familias están cada vez con más exigencias, cansadas y con culpa?

Para mí esto es importantísimo: decir que “educar empieza contigo” no significa decir que todo sea culpa tuya. Sería añadir todavía más peso a familias que muchas veces ya están agotadas y, además, no es real. Significa que, dentro de una relación, donde yo tengo mayor capacidad de cambiar algo es en mí misma.

No puedo controlar todas las conductas de mi hijo, pero sí puedo empezar a observar qué me ocurre a mí ante ellas, cómo reacciono, qué patrones repito, qué necesito y qué recursos puedo desarrollar. Por ejemplo, si mi hijo se enfada cada vez que le digo que nos vamos del parque o que apague la tablet y yo me enfado, le grito y le regaño automáticamente, no está en mis manos que su primera reacción sea hacerme caso sin rechistar para que yo no me moleste. Lo que sí puedo hacer es empezar a responder de una forma diferente: puedo anticipar lo que va a ocurrir, validar su enfado, ofrecer alguna alternativa o convertir ese momento en un juego. Quizá mi hijo siga enfadándose porque no quiere irse del parque, pero yo ya no estoy añadiendo mi propio enfado al suyo y estoy empezando a enseñarle otra manera de atravesar esa situación. Así es como empiezan a cambiar las cosas poco a poco.

Y tampoco necesitamos convertirnos en adultos perfectamente regulados para educar “bien”. Vamos a perder la paciencia, vamos a equivocarnos y habrá días en los que sabremos perfectamente cómo nos gustaría actuar y, por el motivo que sea, no seremos capaces de hacerlo.

El cambio está también en lo que hacemos después: responsabilizarnos, reparar, pedir perdón cuando sea necesario y hacerlo diferente la próxima vez. Seguir aprendiendo de las situaciones cotidianas. Nuestros hijos no necesitan padres perfectos. Necesitan adultos capaces de mirarse también a sí mismos para mejorar. Ese es el mejor ejemplo.

Padre observa a su hijo, enfadado© Westend61, Getty Images

No todos los niños reaccionan igual ni necesitan lo mismo y los padres van probando distintas cosas. ¿Cuándo llega el momento de pasar página con un método e intentarlo por otra vía?

Quizá el problema empieza cuando buscamos “el método que funciona” como si existiera una herramienta que, aplicada correctamente, tuviera que producir determinada respuesta en todos los niños. Y es comprensible, especialmente cuando llevamos mucho tiempo agotados por una situación que se repite.

Una estrategia puede ser maravillosa para un niño y no responder en absoluto a lo que necesita otro. Incluso el mismo niño puede necesitar cosas distintas dependiendo del momento, aunque su conducta sea la misma. No podemos mirar exactamente igual que mi hijo se enfade un sábado por la mañana porque no quiere recoger para ir al supermercado, que un miércoles por la noche porque no quiere recoger para irse a dormir. La conducta puede parecer la misma, pero el contexto no lo es: quizá está agotado, nosotros también, hay más prisas, tiene menos capacidad para tolerar la frustración…

Por eso, cuando algo no está funcionando, antes de saltar inmediatamente a otra técnica yo intentaría comprender qué está ocurriendo. ¿Qué intento conseguir con esta herramienta? ¿Qué necesidad hay detrás de la conducta? ¿Qué me está mostrando mi hijo con su respuesta?

Las herramientas son útiles, pero tienen que estar al servicio del niño, del adulto y de la relación, no al revés. Educar no consiste en encontrar la fórmula que funciona con los niños, sino en aprender a comprender al niño que tenemos delante.

Madre hablando con su hijo adolescente en casa© Getty Images/Maskot

"Los niños no necesitan decidirlo todo, aunque casi siempre necesitan decidir algo", comentas en tu obra. ¿Los dirigimos demasiado actualmente o, por el contrario, hay pocos límites? Parece que el punto medio es difícil de lograr...

Creo que podemos caer en ambos extremos, incluso dentro de una misma familia. Hay aspectos de la vida de los niños que controlamos muchísimo y otros en los que quizá les estamos dejando asumir decisiones para las que todavía no están preparados. Para mí la pregunta no sería tanto si tenemos que darles más o menos libertad, sino qué decisiones corresponden al adulto y en cuáles puede participar el niño.

Hay decisiones relacionadas con su seguridad, su salud o determinadas normas de convivencia que nos corresponden a nosotros. Pero incluso dentro de esos límites podemos ofrecer pequeñas parcelas de autonomía. Quizá no puede decidir si hoy va o no al colegio, pero sí qué camiseta quiere ponerse. No puede decidir que va a pegar a su hermano porque está enfadado, pero sí podemos ayudarle a decidir qué puede hacer con ese enfado.

Los límites y la autonomía no son enemigos. Un buen límite puede ofrecer precisamente la seguridad desde la que un niño se atreve a explorar su autonomía. Porque, al final, uno de nuestros objetivos como padres y madres debería ser que poco a poco nos necesiten menos, no más. Y eso pasa necesariamente por darles cada vez más oportunidades de decidir y hacer por sí mismos, siempre de acuerdo con su madurez y sus capacidades.

Madre abrazando a su hija© Adobe Stock

Precisamente abogas por sostener la crianza desde el equilibrio y no desde los extremos. ¿Cómo se consigue?

Para mí el equilibrio aparece cuando somos capaces de sostener dos cosas que aparentemente parecen contradictorias. Puedo comprenderte y decirte que no. Puedo validar tu enfado y no permitir que hagas daño. Puedo escuchar y tener en cuenta tu opinión y tomar yo la decisión. Puedo tratarte con muchísimo cariño y respeto y mantenerme firme con esa decisión aunque no te guste. Puedo equivocarme como madre y seguir siendo una buena madre.

Muchas veces buscamos respuestas absolutas: “¿Hay que hacer esto o aquello?”. Y la educación está llena de matices, porque estamos hablando de relaciones humanas. Por eso creo que el equilibrio no es encontrar un punto matemático entre ser autoritario y ser permisivo. Es poder preguntarnos en cada situación: ¿qué necesita mi hijo y cuál es mi responsabilidad como adulta aquí?

Porque no existe una respuesta correcta para todas las situaciones. La educación siempre está influida por el contexto: quién es ese niño, qué está ocurriendo en ese momento, qué necesita él y también qué podemos sostener nosotros como adultos. Educar desde el equilibrio no es responder siempre igual. Es aprender a mirar qué necesita esta situación concreta sin perder de vista ni al niño ni al adulto.

Padres con su hijo en un parque© Getty Images

¿Qué es lo más efectivo para salir de un bucle con tu hijo?

Primero, dejar de intentar solucionarlo haciendo cada vez con más intensidad exactamente lo mismo que no está funcionando. Si cada mañana ocurre la misma situación —por ejemplo, le pido cinco veces que se vista, termino gritando, él se enfada y acabamos saliendo de casa fatal—, tenemos un patrón. Y antes de buscar otra frase o herramienta mágica, merece el esfuerzo observarlo. ¿Qué ocurre justo antes? ¿Qué hace exactamente mi hijo? ¿Qué hago yo cuando sucede? ¿Qué ocurre después? ¿Hay determinados momentos en los que se intensifica?

Cuando dejamos de mirar únicamente el momento del conflicto y empezamos a observar la secuencia completa, muchas veces aparece información que antes no veíamos. No siempre necesitamos reaccionar mejor. A veces necesitamos comprender mejor qué estamos repitiendo para poder dejar de hacerlo.

Si mi hijo pega, por supuesto que voy a parar esa conducta. Pero puedo limitarla y, al mismo tiempo, intentar comprender qué hay detrás para no quedarme únicamente en que ha pegado y eso está mal

Sara García Iglesias, docente

¿Somos conscientes de que cuando un niño se porta mal no quiere ir contra los padres sino que simplemente está pidiendo ayuda?

Yo matizaría un poquito la idea de que siempre esté “pidiendo ayuda”, porque podemos caer en interpretar todas las conductas de la misma manera. Pero sí creo que necesitamos recordar que la conducta de un niño nos da información. Un niño puede pegar porque todavía no sabe gestionar la frustración, interrumpir constantemente porque ha descubierto que así obtiene atención inmediata, negarse a hacer algo porque le resulta demasiado difícil, estar probando un límite o simplemente no disponer todavía de las habilidades que nosotros esperamos que tenga. Y comprender esto no significa permitir cualquier comportamiento.

Si mi hijo pega, voy a impedir que haga daño. Pero en lugar de quedarme solamente en “esto está mal, no vuelvas a hacerlo”, puedo preguntarme qué está sintiendo, qué lo ha provocado y qué necesita aprender para poder responder de otra manera la próxima vez. Comprender una conducta no significa justificarla. Significa tener más información para poder educar desde lo que nuestros hijos necesitan.

Media Image© Getty Images

¿Qué pautas básicas son necesarias para educar a un hijo con inteligencia emocional?

Creo que empezaría por dejar de pensar en la inteligencia emocional únicamente como algo que tenemos que enseñar a los niños. No basta con enseñarles los nombres de las emociones o dedicar un ratito al día a identificar cómo se sienten si después, en las situaciones reales en las que aparecen esas emociones, no sabemos cómo acompañarlas. Aprenden muchísimo observando qué hacemos nosotros con sus emociones y con las nuestras.

Qué ocurre cuando nuestro hijo está enfadado. Si intentamos que deje de estarlo inmediatamente o somos capaces de acompañarlo. Qué hacemos nosotros cuando perdemos la calma. Si sabemos reconocer un error y reparar. Si ponemos límites sin atacar. Si permitimos que estén tristes sin sentir que nuestra obligación es eliminar rápidamente esa tristeza.

Y, por supuesto, podemos ayudarles poco a poco a reconocer lo que sienten, ponerle nombre, comprender por qué aparece y desarrollar recursos para regularse. Pero en la vida real. Mientras está sucediendo.

Y para mí hay una idea fundamental: no educamos emocionalmente a nuestros hijos para que dejen de sentir emociones difíciles. Los educamos para que aprendan qué hacer con ellas cuando las sientan. Y ahí nosotros somos su principal referencia.