"Era un chaval hiperactivo, bastante malentendido por todos los profesores", recordaba el actor Miguel Bernardeau al rememorar su paso por las aulas durante una entrevista. El intérprete, de plena actualidad por su papel en La bola negra, confeso que no podía permanecer sentado durante ocho horas seguidas y que, a menudo, la única respuesta era la expulsión del aula. "Yo soy hiperactivo y creo que tengo déficit de atención, y eso los profesores en el colegio no lo entendían. Me echaban de clase porque estaba todo el rato moviéndome o hablando, porque yo entendía que hablar era una falta de respeto al profesor, pero lo que no podía hacer era estar ocho horas sentado", detallaba para La Voz de Galicia.
Su experiencia personal no es un caso aislado, sino el reflejo de una realidad que han vivido y siguen viviendo miles de niños y adolescentes en los colegios. Para profundizar en el impacto emocional que puede dejar este estigma escolar, distinguir la inquietud infantil del TDAH y analizar qué herramientas deben implementarse hoy en día en los centros educativos, hablamos con María Vega Sanz, Doctora en Psicología, Neuropsicóloga y directora del centro MV Psicología (www.mariavegapsicologia.com)
Miguel Bernardeau explica que muchos profesores le echaban de clase porque no podía estar quieto. ¿Cómo afecta a un niño sentirse constantemente castigado por comportamientos que no controla del todo?
El impacto a nivel emocional y de desarrollo es devastador. Cuando castigamos o expulsamos repetidamente a un niño por conductas que escapan a su autorregulación neurológica, no estamos corrigiendo un mal comportamiento; le estamos enviando el mensaje implícito de que "él está roto" o es intrínsecamente "malo".
Desde la neuropsicología sabemos que la hiperactividad y la impulsividad no son un capricho ni un desafío intencionado. Al castigar sistemáticamente una dificultad madurativa involuntaria, generamos una indefensión aprendida tremenda: el niño percibe que, haga lo que haga o por mucho que se esfuerce, siempre acaba fuera de juego. Esto deriva a medio y largo plazo en rechazo hacia el sistema escolar, aislamiento social frente a sus compañeros y un deterioro severo de su autoconcepto. El aula debería ser el entorno que adapta el andamiaje a las necesidades del niño, no el lugar donde se le aísla por no encajar en un molde estándar.
¿Qué errores suelen cometer los adultos al interpretar los síntomas de la hiperactividad como falta de disciplina, mala educación o desinterés?
El error principal y más dañino es culpabilizar al niño por algo que no puede controlar voluntariamente. En consulta vemos con muchísima frecuencia a padres angustiados o incluso enfadados tras recibir el diagnóstico, argumentando cosas como: "¡Pero si puede pasarse seis horas seguidas delante del ordenador o jugando a videojuegos sin pestañear! ¿Cómo va a tener déficit de atención?".
Ahí radica la gran confusión entre atención voluntaria y atención pasiva. Prestar atención a un videojuego o a una actividad que nos apasiona es sencillo; no requiere un esfuerzo de inhibición cognitiva activo porque el propio estímulo ofrece una recompensa inmediata y constante. El verdadero reto del lóbulo prefrontal, donde residen las funciones ejecutivas y parte de la atención, aparece cuando tenemos que poner a trabajar nuestros recursos atencionales en tareas monótonas o que no nos motivan: escuchar en una clase que nos aburre, una reunión larga o cuando estamos fatigados. Ahí es donde se mide la calidad del control de la impulsividad y la atención.
El aula debería ser el entorno que adapta el andamiaje a las necesidades del niño, no el lugar donde se le aísla por no encajar en un molde estándar.
¿Piensa que ha cambiado la percepción social del TDAH en los últimos años?
La percepción social ha dado un giro muy notable, aunque todavía polarizado. Por un lado, una mayor información ha permitido a muchas familias poner nombre y comprensión a lo que observaban en sus hijos o incluso a lo que ellos mismos experimentaron en su infancia sin saber qué era, quitándose una losa inmensa de culpa.
Sin embargo, convivimos con varios extremos erróneos. Están quienes creen que diagnosticar TDAH implica medicar de inmediato. La evidencia científica nos dice con claridad que en casos leves o moderados la intervención de primera línea debe ser siempre neuropsicológica, psicológica cognitivo-conductual y psicopedagógica, no la medicación aislada. También nos encontramos que, a veces, en consultas pediátricas o psiquiátricas rápidas se pasa un cuestionario de cribado breve y se emite un diagnóstico. Sin embargo, un cuestionario jamás sustituye a una evaluación clínica integral. Para diagnosticar TDAH necesitamos evaluar de forma exhaustiva la calidad de los procesos cognitivos: la memoria de trabajo, las funciones ejecutivas, el estilo cognitivo reflexivo-impulsivo y descartar factores emocionales o de aprendizaje. Por último, sigue habiendo un sector que todavía tilda al TDAH de "invento moderno" para justificar a niños malcriados o inquietos.
Sentirse un "incomprendido" por la figura de autoridad (el profesor) puede dejar huella. ¿Cómo afecta esta etiqueta repetida de "problemático" o "molesto" a la autoestima y al desarrollo del autoconcepto de un niño o adolescente?
Las figuras de autoridad moldean directamente el autoconcepto de un menor. Cuando la respuesta constante del profesor es la corrección o la queja, el niño asume que el entorno le tiene manía y acaba desvinculándose por completo del colegio y de los estudios.
En la consulta recibimos a muchísimos adolescentes y adultos que arrastran una auténtica aversión al estudio: recuerdan tardes interminables llorando frente a los libros, un esfuerzo titánico que luego no se reflejaba en las notas, y castigos constantes por no conseguir mantenerse quietos o concentrados. Crecer con el cartel de "el molesto" o "la oveja negra" de la clase cala muy hondo. De hecho, muchos adultos recuerdan haber vivido toda su infancia con una sensación crónica y silenciosa de que había "algo defectuoso" en ellos, sin comprender de qué se trataba hasta años después.
Miguel comenta "soy hiperactivo y creo que tengo déficit de atención". Es muy común que adultos relacionen sus dificultades escolares pasadas con el TDAH años después. ¿Qué consecuencias tiene para una persona haber crecido sin un diagnóstico temprano ni adaptaciones?
Es muy habitual escuchar esto en adultos. A nivel clínico distinguimos tres presentaciones: la combinada (desatención e hiperactividad/impulsividad), la predominantemente inatenta y la predominantemente hiperactiva/impulsiva. Esta última suele atenuarse con la maduración neurológica y la edad adulta, pero las dificultades ejecutivas y atencionales suelen persistir.
Crecer sin diagnóstico implica perder la ventana de oportunidad de la estimulación y la intervención temprana. Las consecuencias son una cadena de dificultades acumulativas: si de pequeños no lograban centrarse o autorregularse en el aula, les pudo costar consolidar la lectoescritura o el cálculo básico, lo que más adelante puedo dificultar los aprendizajes complejos y derivar en un fracaso escolar no atribuible a su capacidad intelectual. Además, el diagnóstico tardío priva al entorno familiar de entender al niño desde la empatía en lugar del reproche continuo. Ponerle nombre es sanador porque alivia la culpa y permite reorganizar la vida adulta con estrategias reales.
¿Qué herramientas o dinámicas deberían implementarse en las aulas cuando un alumno no puede permanecer sentado o concentrado durante horas?
La base es la empatía docente: interiorizar que ese alumno no busca boicotear la clase ni desafiar al profesor, sino que su sistema nervioso experimenta una necesidad física imperiosa de autorregulación. A partir de ahí, hay estrategias muy eficaces que no entorpecen la dinámica del grupo:
- Permitir que el alumno trabaje de pie en momentos concretos (por ejemplo, situando su mesa en una esquina o al final de la fila) o asignarle tareas activas de aula como repartir material, borrar la pizarra o llevar notas a secretaría para liberar tensión motora de forma constructiva.
- Trabajar en bloques de concentración adaptados (unos 20 minutos de foco) intercalados con pausas breves de 3 a 5 minutos. Apoyarse en temporizadores visuales (Time Timer) para que el paso del tiempo sea tangible y predecible.
- Sentar al alumno en las primeras filas, cerca de la mesa del profesor. No para vigilarlo o señalarlo, sino para reducir el campo visual de distractores (compañeros moviéndose, ventanas) y facilitar el contacto visual y la supervisión discreta.
- Consignas de una en una, apoyadas con notas visuales en la pizarra o esquemas, en lugar de cadenas largas de instrucciones verbales.
Todos los niños son movidos, curiosos y pueden dispersarse según la etapa de desarrollo. Sin embargo, para hablar de un trastorno clínico, deben cumplirse parámetros muy rigurosos
¿Qué diferencia existe entre ser un niño inquieto y padecer un trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH)?
La diferencia crucial está en cuánto tiempo lleva el niño siendo así de inquieto, la presencia de esta inquietud en múltiples entornos y como afecta a distintos ámbitos de su vida. Todos los niños son movidos, curiosos y pueden dispersarse según la etapa de desarrollo. Sin embargo, para hablar de un trastorno clínico (según los criterios del Manual Diagnóstico DSM-V y las guías de salud), deben cumplirse parámetros muy rigurosos.
La inquietud en este caso debe mantenerse de forma continuada durante al menos seis meses y no ser una reacción pasajera a un cambio ambiental reciente (como un duelo, la separación de los padres o una situación de acoso escolar). Además, debe manifestarse tanto en casa como en la escuela y en situaciones sociales cotidianas, no exclusivamente ante una asignatura concreta o con un familiar puntual. Aun así, no es únicamente moverse mucho o soñar despierto; el TDAH implica dificultades notables en la memoria de trabajo, problemas para planificar y secuenciar tareas, dificultad para calcular el paso del tiempo, problemas para anticipar consecuencias y una impulsividad manifiesta.
¿Sigue existiendo desconocimiento sobre el TDAH en las aulas o la situación ha mejorado respecto a hace unas décadas?
Hemos avanzado muchísimo en sensibilización respecto a generaciones anteriores, pero todavía persiste un desconocimiento metodológico importante.
Seguimos encontrando el cliché de asociar al alumno con hiperactividad-impulsividad con el niño maleducado o disruptivo, mientras que al alumno con predominio inatento (frecuentemente niñas) se le cataloga como "despistado, empanado o poco motivado", pasando totalmente desapercibido y sufriendo en silencio el fracaso académico.
Aunque cada vez más centros cuentan con programas de adaptaciones metodológicas, muchas veces se aplican de forma estándar o genérica. Cada cerebro con TDAH es un mundo: las adaptaciones no pueden ser un menú cerrado para todos por igual, sino un traje a medida ajustado a las necesidades ejecutivas, emocionales y de aprendizaje de ese niño en concreto. Requiere coordinación continua entre el centro escolar, la familia y el neuropsicólogo.






