Marc Rodríguez, psicólogo, sobre el primer amor de los hijos adolescentes: “Los padres tienen que dejar espacio para que piensen, sientan y aprendan"


Para los padres, este momento también puede suponer una pequeña revolución. Por eso, es importante saber cómo gestionarlo


pareja de adolescentes tumbados en la hierba© Getty Images
17 de abril de 2026 a las 7:30 CEST

Intenso, absorbente, lleno de emociones nuevas... así es como suele llegar el primer amor adolescente, como un auténtico torbellino. Tanto es así que a veces descoloca más a los padres que a los propios hijos. De repente, ese niño que ayer pedía permiso para todo vive su primera relación con una mezcla de ilusión, dudas y descubrimientos. Los padres, tal y como nos explica Marc Rodríguez, psicólogo especialista en Inteligencia Emocional (@rodriemocion), se plantean muchas preguntas: ¿Cómo acompañarlo sin invadir, cómo poner límites sin romper la confianza, cómo estar presentes sin convertirse en un obstáculo? Por eso es importante entender este momento y saber gestionarlo. pues puede marcar la diferencia en su manera de vivir el amor en el futuro.

¿Por qué el primer amor es un hito tan importante en la adolescencia?

El primer amor suele convertirse en un hito porque no representa solo el inicio de una relación, sino también el descubrimiento de una forma nueva de sentirse a uno mismo. En la adolescencia todo se vive con una enorme intensidad: la ilusión, la atención del otro, la necesidad de agradar, el miedo a no ser correspondido. Por eso, ese primer vínculo afectivo deja una huella tan profunda.
Además, coincide con una etapa en la que la identidad todavía se está construyendo. El adolescente no solo se pregunta “¿me gusta esta persona?”, sino también “¿quién soy yo cuando estoy con alguien?”, “¿qué lugar ocupo?”, “¿qué necesito para sentirme querido?”. En ese sentido, el primer amor no es solo una experiencia romántica, también es una experiencia emocional y de autoconocimiento.
Por ejemplo, un adolescente puede sentir que por primera vez alguien le mira de una manera especial, y eso influye mucho en su autoestima. A veces, incluso recuerda durante años no tanto a la persona, sino cómo se sintió con ella: más seguro, más deseado, más vulnerable o más expuesto.

¿Cómo suele vivir un adolescente emocionalmente esta etapa? 

La suele vivir con mucha intensidad y, al mismo tiempo, con pocos recursos para entender bien lo que le está pasando. Eso hace que emociones muy distintas convivan entre sí: euforia, nervios, inseguridad, ilusión, miedo al rechazo, necesidad de cercanía o frustración cuando las cosas no salen como esperaba.
Desde fuera, a veces parece exagerado, pero en realidad no lo es. Para ellos, muchas de estas emociones son nuevas o aparecen con una fuerza desconocida. Todavía están aprendiendo a regularlas, a ponerles nombre y a distinguir, por ejemplo, entre estar enamorado, sentirse dependiente o tener miedo a perder la atención del otro.
Un ejemplo muy habitual es que un adolescente pase toda la tarde feliz porque esa persona le ha escrito, y una hora después se sienta hundido porque tarda en responder o porque ha visto una historia en redes que interpreta como una señal de distancia. No es frivolidad, es una vivencia emocional todavía muy inmediata, muy centrada en el presente y con poca perspectiva.

pareja de adolescentes dándose un beso y haciéndose un selfie© Getty Images/Westend61

¿Por qué este momento puede generar tanta incertidumbre en los padres?

Porque para los padres no solo empieza una relación sentimental en la vida de su hijo: también se hace evidente que está creciendo, que empieza a crear una intimidad propia y que hay partes de su mundo a las que ellos ya no van a acceder del mismo modo. Eso suele generar una mezcla de orgullo, nostalgia, preocupación y pérdida de control.
También se activan muchos miedos: que sufra, que le hagan daño, que se exponga demasiado, que descuide otras áreas de su vida o que viva situaciones para las que todavía no está preparado. Y, además, aparecen las propias experiencias personales de los padres. Muchas veces no reaccionan solo ante lo que vive su hijo, sino ante lo que ellos recuerdan haber sentido en su propia adolescencia.
Por ejemplo, un padre que vivió una ruptura muy dolorosa puede alarmarse en exceso ante una relación aparentemente normal de su hija, no porque esté ocurriendo algo preocupante, sino porque él conecta con su propio miedo pasado. Por eso es importante que los adultos distingan entre la realidad del adolescente y sus propias proyecciones.

Se activan muchos miedos: que sufra, que le hagan daño, que se exponga demasiado, que descuide otras áreas de su vida o que viva situaciones para las que todavía no está preparado

Marc Rodríguez, psicólogo

¿Cuál debería ser el rol de los padres cuando su hijo empieza a tener pareja?

El papel de los padres debería ser el de acompañar, orientar y ofrecer un marco de seguridad, sin invadir. Es decir, pasar de una función más directiva a una más educativa y de referencia emocional. El adolescente necesita sentir que puede vivir esta experiencia con cierta autonomía, pero también que tiene detrás a adultos disponibles, serenos y observadores.
No se trata de desaparecer ni de mirar hacia otro lado, sino de estar presentes de una manera que no asfixie. Los padres pueden ayudar mucho si transmiten mensajes como: “Confío en ti”, “si en algún momento algo te incomoda, puedes contármelo”, “no necesito saberlo todo, pero sí quiero estar cerca por si me necesitas”.
Ese rol es importante porque marca la diferencia entre un adolescente que oculta su relación por miedo al juicio y otro que siente que puede compartir lo esencial sin perder su intimidad. Cuando los padres saben estar sin invadir, se convierten en un apoyo real y no en una figura de vigilancia.

¿Qué límites son saludables y cuáles pueden resultar invasivos?

Los límites saludables son aquellos que protegen sin humillar y ordenan sin invadir la intimidad. Por ejemplo, establecer horarios razonables, cuidar que no se abandone el descanso, los estudios o las amistades, hablar de respeto mutuo, de consentimiento, de seguridad y del uso responsable del móvil y las redes.
En cambio, los límites empiezan a ser invasivos cuando se cuelan en espacios que forman parte de la intimidad emocional del adolescente. Revisar conversaciones privadas, pedir explicaciones constantes, exigir saber cada detalle de lo que siente o descalificar a la pareja sin motivos claros suele generar más distancia que protección.
Un ejemplo claro: no es lo mismo decir “quiero que me avises si vas a cambiar de plan y llegar más tarde” que “enséñame ahora mismo todos los mensajes que os habéis enviado”. Lo primero cuida y estructura; lo segundo invade y erosiona la confianza.

Pareja adolescente de la mano, vistos de espaldas© Getty Images

¿Cómo acompañar sin controlar y sin caer en la sobreprotección?

Acompañar sin controlar implica estar disponible, escuchar con interés y ofrecer criterio, pero dejando espacio para que el adolescente piense, sienta y aprenda. A veces los adultos confunden cuidar con intervenir constantemente, y eso puede impedir que el hijo desarrolle recursos propios.
La sobreprotección suele aparecer cuando el adulto quiere evitar a toda costa que el adolescente se equivoque o sufra. Pero crecer también implica frustrarse, desilusionarse y aprender a tomar decisiones. La clave está en no retirarles todas las piedras del camino, sino en enseñarles a mirar por dónde pisan.
Por ejemplo, si una madre nota que su hijo está muy absorbido por la relación, puede en lugar de prohibir de inmediato preguntar: “¿Tú sientes que te está quedando tiempo para tus amigos y tus cosas?”, “¿cómo te notas desde que estás con esta persona?”. Esa forma de acompañar ayuda más que imponer un juicio, porque invita al adolescente a reflexionar y a desarrollar criterio propio.

¿Cómo se puede fomentar un clima de confianza para que el adolescente hable de su relación sin sentirse juzgado?

La confianza se construye sobre todo a partir de cómo reaccionan los adultos cuando el adolescente se abre. Si cada vez que cuenta algo recibe una crítica, una ironía, un sermón o un gesto de alarma, aprenderá rápidamente que es mejor callarse. Si, en cambio, encuentra escucha, interés genuino y una actitud respetuosa, es mucho más probable que siga compartiendo.
Aquí es fundamental el tono. A veces los padres creen que están dialogando, pero el adolescente vive ese intercambio como un interrogatorio. Preguntar no es lo mismo que investigar. Interesarse no es lo mismo que exigir.
Un buen ejemplo sería sustituir frases como “esa relación no me gusta nada” o “ya te estás equivocando” por otras como “¿cómo te sientes tú cuando estás con esa persona?”, “¿qué es lo que más te gusta de la relación?” o “¿hay algo que te haya hecho sentir incómodo últimamente?”. Estas preguntas abren conversación. Las otras la cierran.

Si cada vez que el adolescente cuenta algo recibe una crítica, una ironía, un sermón o un gesto de alarma, aprenderá rápidamente que es mejor callarse

Marc Rodríguez, psicólogo

Uno de los miedos de los padres es que su hijo o su hija sufran. ¿Cómo manejar ese miedo?  

Lo primero es aceptar que ese miedo es natural. Como queremos a nuestros hijos, verles vulnerables nos toca profundamente. El problema aparece cuando ese miedo se convierte en ansiedad y la ansiedad en control. Entonces los padres dejan de acompañar lo que está ocurriendo y empiezan a reaccionar intentando evitar cualquier malestar.
Pero el sufrimiento, dentro de ciertos límites, forma parte del desarrollo emocional. No podemos ni debemos evitar todas las decepciones. Lo que sí podemos hacer es ayudarles a transitar lo que sienten sin desbordarse ni quedarse solos con ello. El objetivo no es que no sufran nunca, sino que aprendan que el dolor se puede atravesar y elaborar.
A muchos padres les ayuda hacerse una pregunta sencilla: “¿Estoy actuando para proteger a mi hijo o para calmar mi propia angustia?”. Esa diferencia es muy importante. A veces el adulto necesita regular primero su propia emoción para poder estar realmente disponible para el adolescente.

pareja de adolescentes compartiendo un trozo de pizza© Getty Images

¿Qué señales indican que la relación del adolescente podría no ser sana?

Hay ciertas señales que conviene observar con calma, sin caer en el alarmismo, pero sin minimizarlas. Una de las más importantes es el aislamiento: que el adolescente deje de ver a sus amigos, se aleje de la familia o abandone actividades que antes disfrutaba. Otra señal es que la relación genere más angustia que bienestar de forma habitual.
También hay que prestar atención a conductas de control o dependencia: necesidad de saber en todo momento dónde está el otro, exigencia de contraseñas, enfados frecuentes por celos, presión para contestar de inmediato, miedo a molestar o a decepcionar a la pareja, sensación de caminar “con cuidado” para no provocar conflictos.
A veces la clave no está solo en lo que hace la pareja, sino en cómo cambia el adolescente. Si está más apagado, más ansioso, más irritable, si pierde espontaneidad o parece asustado, algo puede no ir bien. Una relación sana no elimina los conflictos, pero no debería reducir la libertad ni el bienestar emocional de quien la vive.

Ahora, además, están las redes sociales de por medio. ¿Qué papel juegan en los primeros amores?

Las redes sociales amplifican la experiencia afectiva adolescente. Lo que antes quedaba en lo privado ahora muchas veces se expone, se mide y se interpreta públicamente. Un mensaje sin responder, un “like”, una foto con otras personas o dejar de seguir a alguien pueden convertirse en detonantes emocionales muy intensos.
Las redes introducen además una lógica de comparación constante. No solo importa lo que ocurre en la relación, sino cómo parece que deberían ser las relaciones al mirar las de otros. Eso puede generar mucha presión por mostrar felicidad, complicidad o intensidad, incluso cuando la experiencia real es más ambivalente.
Por ejemplo, una adolescente puede sentirse insegura no porque haya ocurrido algo entre ella y su pareja, sino porque ve que otras parejas se etiquetan constantemente o suben fotos juntos y ella interpreta la ausencia de esa exposición como falta de interés. Es decir, las redes no crean todos los conflictos, pero sí pueden aumentar la confusión, los celos y la dependencia de señales externas.

Las redes introducen además una lógica de comparación constante. No solo importa lo que ocurre en la relación, sino cómo parece que deberían ser las relaciones al mirar las de otros

Marc Rodríguez, psicólogo

¿Cómo pueden los padres ayudar a su hijo a identificar y regular emociones intensas como la euforia, los celos o la frustración?

Ayudándoles primero a nombrar lo que sienten sin ridiculizarlo ni invalidarlo. La educación emocional empieza cuando alguien nos ayuda a entender que lo que sentimos tiene un nombre, una lógica y una intensidad que puede manejarse. No se trata de decirles lo que tienen que sentir, sino de ofrecerles palabras y perspectiva.
Por ejemplo, ante la euforia, los padres pueden ayudar a poner algo de equilibrio: “Se te ve muy ilusionado, qué bonito. Intenta también seguir cuidando tus rutinas y tus espacios”. Ante los celos, en lugar de responder con un “eso son tonterías”, puede ser más útil decir: “Entiendo que te remueva, pero sentir celos no te da derecho a controlar al otro”. Y ante la frustración, conviene enseñarles que no todo malestar es una señal de que algo va mal; a veces simplemente forma parte de vincularse.
Otra herramienta muy útil es enseñarles a hacer una pequeña pausa antes de actuar: no responder impulsivamente, no sacar conclusiones inmediatas por una historia en redes, no discutir en el momento de mayor activación emocional. Regular no es dejar de sentir, sino aprender a no actuar desde el desborde.

pareja de adolescentes dándose un beso junto al mar© Getty Images

¿Qué hacer cuando llega la primera ruptura?

Lo más importante es no minimizar el dolor. Desde la mirada adulta puede parecer “solo una relación adolescente”, pero para quien la está viviendo puede sentirse como una pérdida enorme. Es una ruptura real, aunque no haya convivencia ni un proyecto de vida compartido. Lo que se rompe no es solo un vínculo, también una ilusión, una expectativa y muchas veces una parte de la identidad emocional que se había construido.
En ese momento, ayuda mucho validar sin dramatizar. Frases como “entiendo que te duela”, “es normal que estés triste” o “no tienes que encontrarte bien enseguida” acompañan de verdad. En cambio, comentarios como “ya encontrarás a otra persona”, “eso no era amor de verdad” o “no es para tanto” suelen desconectar al adolescente de los adultos.
También conviene respetar los tiempos. Algunos querrán hablar mucho y otros preferirán callar durante unos días. Lo importante es que sientan presencia, no presión. Y, poco a poco, se les puede ayudar a reconstruir rutina, recuperar espacios propios y entender que una ruptura, aunque duela, también enseña mucho sobre el vínculo, los límites y el propio valor personal.

¿Cómo cambia la relación familiar cuando aparece la primera pareja?

La familia entra en una nueva etapa. El adolescente empieza a repartir su tiempo, su interés y su intimidad de una manera distinta. Esto puede generar cierta sensación de desplazamiento en los padres, que a veces sienten que ya no ocupan el mismo lugar central de antes. Y, en cierto modo, es verdad: algo está cambiando. Pero ese cambio no tiene por qué vivirse como una pérdida, sino como una evolución natural del vínculo.
Cuando aparece la primera pareja, la relación familiar suele volverse más compleja, pero también puede madurar. Los padres tienen la oportunidad de dejar de relacionarse solo desde la norma y empezar a hacerlo más desde la confianza, la conversación y el respeto a la individualidad del hijo.
Por ejemplo, es normal que un adolescente quiera pasar más tiempo fuera de casa o que esté más pendiente del móvil. Eso no significa necesariamente que la familia haya dejado de importarle. Significa que se está abriendo a nuevos vínculos. La clave está en no competir con esa nueva relación, sino en seguir ofreciendo un lugar estable al que volver. Cuando el hogar sigue siendo un espacio seguro, la aparición de la pareja no rompe el vínculo familiar: lo transforma.