Sonia Martínez, psicóloga, sobre los adolescentes que no salen de su habitación en verano: "Una cosa es necesitar intimidad, otra es esconderse de la vida"


En estas largas semanas de vacaciones, son muchas los chicos de esta edad que pasan horas sin salir de ese refugio


Sonia Martínez Lomas, directora de los Centros Crece Bien y autora del libro 'Descubriendo Emociones'© Cedida
20 de julio de 2026 a las 7:32 CEST

Llega el verano, los días eternos, el sol y la promesa de planes en familia... pero para muchos padres, la estampa real de las vacaciones se resume en una puerta cerrada: la de la habitación de su hijo adolescente. ¿Por qué prefieren el refugio de "la cueva" y la luz de una pantalla al aire libre o a un chapuzón en la piscina? ¿Hasta qué punto este aislamiento es una parte natural de la búsqueda de su identidad y cuándo empieza a ser una señal de alerta?

Hablamos con la psicóloga Sonia Martínez Lomas, directora de los Centros Crece Bien y autora de Descubriendo Emociones, para descifrar qué hay detrás del silencio adolescente en los meses de verano y aprender a diferenciar el descanso saludable de la evitación emocional. Nos da, además, las claves para tender puentes hacia su mundo sin invadir su espacio ni caer en el reproche.

¿Qué explica que algunos adolescentes busquen tanto tiempo a solas incluso en vacaciones?

En la adolescencia aparece una necesidad muy fuerte de intimidad. El adolescente está construyendo su identidad, empieza a diferenciarse más de la familia y necesita espacios donde sentir que tiene control sobre su mundo. Por eso, pasar tiempo en su habitación, escuchar música, hablar con amigos, mirar el móvil o simplemente estar solo no tiene por qué ser algo negativo. A veces los adultos interpretamos ese aislamiento como rechazo: “ya no quiere estar con nosotros”, “pasa de todo”, “solo quiere encerrarse”. Pero muchas veces no es eso. Es una forma de descansar, ordenar lo que siente y tener un espacio propio.

¿Cómo afectan las vacaciones a su estado emocional y a su necesidad de aislamiento?

Las vacaciones cambian mucho el contexto. Durante el curso, aunque haya cansancio, hay una estructura: instituto, horarios, actividades, compañeros, rutinas. En verano esa estructura desaparece y algunos adolescentes se sienten liberados, pero otros se descolocan.

Además, el verano trae más convivencia familiar, más planes sociales, más exposición corporal, más comparación y más tiempo libre. Todo eso puede aumentar la necesidad de refugiarse en la habitación. Para algunos adolescentes, aislarse es una forma de descansar del ruido externo. Para otros, puede ser una manera de evitar situaciones que les incomodan: ir a la piscina, ver a familiares, hacer planes en grupo o enfrentarse a comentarios sobre su cuerpo, sus notas, sus amigos o su forma de ser. Por eso es importante no quedarnos solo con la conducta —“se encierra”—, sino preguntarnos qué función está cumpliendo ese encierro.

adolescente sentado en su habitación con los cascos puestos© Getty Images/Image Source

 ¿Qué diferencia hay entre “encerrarse en la cueva” como parte del desarrollo y hacerlo como mecanismo de evitación?

La diferencia está en cómo sale de esa “cueva” y en qué ocurre cuando está fuera. Cuando es parte del desarrollo, el adolescente se encierra, sí, pero también puede disfrutar de otras cosas: queda con algún amigo, se ríe en algunos momentos, participa en ciertos planes, mantiene alguna rutina básica, come, duerme más o menos bien y sigue conectado a algo que le interesa.

Cuando es evitación, la habitación se convierte en una manera de no enfrentarse al mundo. Evita planes de forma constante, rechaza cualquier propuesta, se muestra cada vez más irritable o triste, deja de cuidar su higiene, duerme de día y está despierto de noche, pierde interés por todo o solo parece estar conectado a través de pantallas.

Una cosa es necesitar intimidad. Otra es esconderse de la vida.

¿Qué comportamientos indican que ese tiempo en la habitación es simplemente una búsqueda de intimidad y descanso?

Nos puede tranquilizar ver que el adolescente, aunque pase tiempo a solas, sigue teniendo momentos de conexión. Por ejemplo, baja a comer, responde cuando se le habla, hace alguna broma, mantiene contacto con amigos, acepta algún plan de vez en cuando o sigue mostrando interés por música, deporte, series, lectura, videojuegos u otras actividades. También es buena señal que pueda negociar: “Ahora no me apetece, pero luego veo la película con vosotros” o “prefiero no ir a la piscina, pero sí salgo a cenar”. Eso indica que no está completamente desconectado, sino que está regulando su necesidad de espacio. En estos casos conviene respetar cierta intimidad. No todo silencio adolescente es preocupante. A veces solo necesitan que no les invadamos.

La diferencia está en cómo sale de esa “cueva” y en qué ocurre cuando está fuera. Cuando es parte del desarrollo, el adolescente se encierra, sí, pero también puede disfrutar de otras cosas

Sonia Martínez Lomas, psicóloga

¿Qué señales deberían alertar a las familias de que el aislamiento puede estar relacionado con tristeza, apatía o depresión estival?

Deberíamos prestar atención cuando el aislamiento viene acompañado de un cambio claro respecto a cómo era antes. Por ejemplo, si deja de quedar con amigos, abandona actividades que antes disfrutaba, está mucho más irritable, llora con facilidad, parece apagado, duerme demasiado o muy poco, come mucho menos o mucho más, descuida su higiene o expresa frases como “me da igual todo”, “no quiero salir”, “nadie me entiende” o “no sirvo para nada”.

También es importante observar si la habitación se convierte en el único lugar donde está. Si ya no hay momentos de disfrute, si todo le molesta, si no quiere hablar con nadie y si esa situación se mantiene durante días o semanas, conviene pedir ayuda.

No se trata de alarmarse porque un adolescente quiera estar solo. Se trata de detectar cuándo esa soledad deja de ser descanso y empieza a parecer sufrimiento.

¿Cuál es la mejor manera de acercarse a un adolescente que pasa horas encerrado sin generar más rechazo?

Lo peor suele ser entrar de golpe, invadir su espacio o empezar la conversación con reproches: “Ya está bien”, “sales ahora mismo”, “te estás volviendo un antisocial”. Eso normalmente solo aumenta la resistencia. Es mejor acercarse desde la curiosidad y la disponibilidad. Algo tan sencillo como: “He notado que estos días estás más encerrado. No te lo digo para agobiarte, pero quiero saber si estás bien” puede abrir más puerta que un interrogatorio. También ayuda ofrecer presencia sin exigir una conversación profunda: “Voy a preparar algo de cenar, si te apetece bajas un rato”, “voy a dar un paseo, puedes venir sin tener que hablar mucho” o “me apetece ver una serie contigo, eliges tú”.

Con los adolescentes muchas veces funciona mejor estar disponibles que insistir demasiado.

¿Qué límites conviene mantener en verano —horarios, higiene, comidas— y cuáles pueden flexibilizarse sin riesgo?

En verano se pueden flexibilizar muchas cosas: la hora de levantarse, algunos planes, el orden de la habitación, ciertos horarios o el tiempo libre. Es bueno que sientan que el verano es diferente. Pero hay mínimos que conviene mantener. El sueño no puede desordenarse por completo. Si un adolescente se acuesta todos los días de madrugada y duerme hasta media tarde, su estado emocional suele empeorar. También conviene mantener higiene, comidas más o menos estables y algo de participación familiar, aunque sea pequeña. No hace falta exigir que viva como en pleno curso escolar, pero tampoco dejar que desaparezcan todos los hábitos. El mensaje podría ser: “Puedes tener más libertad porque es verano, pero tu cuerpo y tu convivencia siguen necesitando cuidado”.

adolescente tumbada en la cama, escuchando música con los cascos puestos mientras mira al móvil© Getty Images

¿Qué tipo de propuestas funcionan mejor para sacarles de la habitación sin imponer ni forzar?

Funcionan mejor las propuestas concretas, breves y con margen de elección. En lugar de decir “tienes que salir más”, que suena a crítica, podemos decir: “Vamos a tomar algo media hora, ¿prefieres por la tarde o después de cenar?” o “necesito comprar unas cosas, ¿te vienes y luego elegimos algo para cenar?”.

También ayuda proponer planes de baja exigencia social. A veces no quieren ir a una comida familiar de tres horas, pero sí aceptan dar un paseo, ir al cine, cenar algo fuera, hacer deporte, ir a comprar ropa o ver una serie juntos.

El objetivo no es sacarles de golpe de su mundo, sino crear pequeños puentes. Y si un día acepta diez minutos, eso ya es algo. Con adolescentes, muchas veces menos es más.

¿Cómo influyen la autoimagen, el cuerpo y la presión social del verano —playa, piscina, fotos— en el deseo de esconderse?

Influyen muchísimo. El verano expone el cuerpo más que otras épocas del año: bañador, playa, piscina, fotos, ropa más ajustada, comentarios familiares… Y muchos adolescentes viven su cuerpo con inseguridad. A veces dicen “no me apetece ir” cuando en realidad quieren decir “no quiero que me vean”. Puede haber vergüenza, comparación, miedo a las críticas o incomodidad con los cambios corporales propios de la adolescencia.

Aquí es muy importante no ridiculizar ni minimizar: “pero si estás bien”, “qué tontería”, “no seas exagerado”. Aunque nuestra intención sea tranquilizar, puede hacer que se sientan menos comprendidos. Podemos decir: “Entiendo que te dé vergüenza. A mucha gente le pasa. No tienes que ir perfecto ni sentirte seguro de golpe. Vamos a buscar una forma en la que puedas estar más cómodo”. A veces ayudarle a elegir ropa con la que se sienta bien o pactar un plan más corto reduce mucho la ansiedad.

A veces no quieren ir a una comida familiar de tres horas, pero sí aceptan dar un paseo, ir al cine, cenar algo fuera, hacer deporte, ir a comprar ropa o ver una serie juntos

Sonia Martínez Lomas, psicóloga

¿Qué papel juega la comparación en redes durante el verano, cuando otros muestran planes, viajes o cuerpos “perfectos”?

Las redes pueden intensificar mucho la sensación de “mi vida no es suficiente” o “yo no soy suficiente”. En verano se ven viajes, cuerpos, fiestas, grupos de amigos, planes aparentemente perfectos… y muchos adolescentes comparan su realidad completa con la imagen editada de los demás. Eso puede generar tristeza, inseguridad, sensación de exclusión o la idea de que todos están disfrutando menos ellos. Incluso aunque sepan racionalmente que las redes no muestran toda la realidad, emocionalmente les afecta. Por eso es importante hablar de esto en casa sin dar sermones. Podemos comentar: “En redes casi nadie sube el momento en el que se siente solo, se aburre o discute con su familia. Lo que ves es una parte, no la vida entera”.

También conviene ayudarles a regular el uso de redes, especialmente si notamos que después de pasar mucho tiempo mirando el móvil se sienten peor. No se trata de prohibir sin más, sino de enseñarles a mirar con pensamiento crítico y a proteger su bienestar emocional.