Dormir mal se ha convertido en la nueva epidemia silenciosa de la adolescencia. En España, siete de cada diez jóvenes no descansan lo que necesitan, una cifra muy elevada que, sin duda, debería hacernos reflexionar. Y ese déficit se nota desde que suena el despertador: mañanas eternas, irritabilidad, falta de concentración y un rendimiento académico que se resiente. No es “estar cansados”, es algo mucho más profundo. La ciencia lleva tiempo advirtiéndolo: dormir poco afecta al neurodesarrollo, a la salud mental y a la capacidad real de aprender.
Como explica Silvia Trujillo Barberá, directora de la Cátedra de Investigación del Sueño de la Universidad Europea de Valencia, el sueño adolescente no es un asunto doméstico ni un simple problema de hábitos. Es un tema de salud pública, atravesado por factores educativos, sociales y familiares, que exige respuestas coordinadas y valientes. Porque cuando un adolescente duerme mal, no solo descansa peor, vive peor.
¿Qué consecuencias reales tiene en el día a día del adolescente que no duerma lo suficiente?
De acuerdo con los datos proporcionados por la Cátedra de Investigación del Sueño de la Universidad Europea de Valencia durante la III Jornada sobre sueño, salud y aprendizaje, el déficit de sueño en la adolescencia tiene efectos significativos en la vida diaria de este grupo poblacional. En España, el 70% de adolescentes no duerme las horas recomendadas, perdiendo, en promedio, 2,6 horas de sueño cada día. Esta situación provoca un jet lag social estimado en 2,4 horas.
En la vida cotidiana, esto se manifiesta como somnolencia matutina, dificultades de atención y memoria, irritabilidad y una regulación emocional deficiente. No se trata únicamente de fatiga; las investigaciones indican que dormir insuficientemente o tener un sueño de mala calidad impacta directamente en los procesos de aprendizaje, el rendimiento académico y la gestión emocional.
En la vida cotidiana, esto se manifiesta como somnolencia matutina, dificultades de atención y memoria, irritabilidad y una regulación emocional deficiente
¿Piensa que estamos ante un problema de salud pública infravalorado por la sociedad y las instituciones?
Sí, y una de las razones es que durante mucho tiempo el sueño se ha abordado desde una mirada parcial. La investigación actual muestra que el sueño infantil y adolescente es un fenómeno complejo y multidimensional, y que solo puede comprenderse adecuadamente desde una perspectiva amplia y transdisciplinar.
Está ampliamente demostrado que la calidad del sueño influye directamente en la biología y el neurodesarrollo, así como en la atención, la memoria y el aprendizaje, además de incidir en la salud mental y la regulación emocional. La evidencia científica más reciente señala, asimismo, que el sueño se ve notablemente afectado por factores sociales y educativos, entre los que destacan los horarios escolares, la gestión del tiempo, las actividades extraescolares y el uso de dispositivos con pantalla.
Además, los determinantes sociales de la salud, como la conciliación familiar, el nivel socioeconómico, la calidad del entorno urbano, el ruido o la iluminación, contribuyen significativamente a la comprensión actual del sueño. De acuerdo con la evidencia, el sueño constituye no solo un fenómeno médico ni un problema de hábitos individuales, sino un tema relevante para la salud pública.
Desde el ámbito académico se reconoce la existencia de importantes lagunas en el conocimiento actual. Para avanzar en esta área, resulta fundamental impulsar investigaciones longitudinales sobre el sueño, que integren datos biológicos, psicológicos, educativos y sociales a lo largo del desarrollo. Este enfoque permitirá comprender de manera más precisa su influencia en la salud, el bienestar emocional y las oportunidades educativas de niños y adolescentes.
Por este motivo, es fundamental continuar investigando el sueño desde diversas perspectivas, integrando esfuerzos entre los sistemas de salud y educación para avanzar del diagnóstico a la implementación de medidas eficaces, equitativas y fundamentadas en la evidencia científica. La inversión en investigación sobre el sueño representa una apuesta estratégica por la salud, la educación y el desarrollo futuro.
¿Qué señales deberían alertar a las familias y a los centros educativos de que un adolescente está durmiendo mal?
Algunas señales son muy claras y no deberían normalizarse:
- Somnolencia diurna excesiva, presente en casi el 48 % de los adolescentes.
- Grandes dificultades para levantarse por la mañana, especialmente los lunes, que afectan a cerca del 60 %.
- Cambios de humor, aumento del estrés, irritabilidad o tristeza.
- Descenso del rendimiento académico y problemas de atención en el aula.
- Diferencias muy marcadas entre los horarios de sueño entre semana y los fines de semana, indicativas de jet lag social.
Detectarlas a tiempo requiere la implicación conjunta de familias, profesorado y profesionales de la salud y la educación, y una mirada compartida entre disciplinas.
¿Hay evidencia científica que respalde retrasar el inicio de la jornada escolar en secundaria para mejorar la calidad y la cantidad del sueño?
Sí, y es una de las líneas con mayor respaldo científico. La evidencia acumulada durante más de 30 años de investigación, con estudios que incluyen a más de 100.000 adolescentes, demuestra que retrasar el inicio escolar entre 30 y 60 minutos aumenta el tiempo total de sueño entre 38 y 45 minutos diarios.
Esta intervención se caracteriza por su bajo coste y elevado impacto, contribuyendo positivamente al sueño, el rendimiento académico, la salud mental y el bienestar general. La evidencia internacional, junto con estudios realizados en nuestro entorno, subraya la importancia de continuar investigando y promover experiencias piloto rigurosamente evaluadas.
Retrasar el inicio escolar entre 30 y 60 minutos aumenta el tiempo total de sueño entre 38 y 45 minutos diarios
¿Cómo afecta la falta de sueño a la atención, la memoria y el rendimiento académico?
La calidad del sueño influye directamente en la capacidad de aprendizaje. Estudios en cronobiología y neurociencia han evidenciado que el sueño es fundamental para la consolidación de la memoria y el óptimo funcionamiento de la atención. El fenómeno conocido como jet lag social se relaciona con una disminución en la concentración, el razonamiento y la velocidad de procesamiento, especialmente cuando las actividades se llevan a cabo en horarios que no son biológicamente apropiados.
Cuando los horarios no respetan los ritmos biológicos, se altera el aprendizaje, la emoción y la conducta, aumentando el riesgo de desmotivación y fracaso escolar.
¿Qué papel juegan los horarios laborales, las actividades extraescolares y el uso de pantallas en esta crisis de sueño?
Juegan un papel determinante. La organización social del tiempo condiciona directamente el descanso. Los horarios laborales extensos dificultan la conciliación familiar; la acumulación de actividades extraescolares fragmenta el tiempo de descanso, y el uso nocturno de pantallas retrasa la producción de melatonina y reduce el sueño entre 20 y 40 minutos diarios.
Por eso el abordaje del sueño infantil y adolescente exige un enfoque amplio y transdisciplinar, que integre salud, educación y ciencias sociales, y no se limite a responsabilizar exclusivamente a familias o adolescentes.
¿Cómo se relaciona la falta de sueño con la ansiedad, la irritabilidad o los problemas emocionales en adolescentes?
La relación es directa y está ampliamente documentada. Estudios recientes sitúan los trastornos del sueño como uno de los principales predictores de riesgo en salud mental en adolescentes. Dormir poco o mal incrementa el estrés basal, la reactividad emocional y la vulnerabilidad a la ansiedad, la irritabilidad y la tristeza.
Los datos analizados muestran además que, a medida que avanza la formación secundaria, aumentan el estrés y el malestar emocional, lo que refuerza la importancia de cuidar el sueño como una herramienta clave de prevención.
¿Qué rutinas ayudan realmente a mejorar el sueño en adolescentes?
Las rutinas que funcionan son las respaldadas por la evidencia científica:
- Mantener horarios de sueño regulares, también los fines de semana.
- Reducir el uso de pantallas antes de dormir.
- Favorecer la exposición a la luz natural por la mañana.
- Practicar actividad física regular, evitando las horas previas al descanso.
- Incorporar educación en sueño desde edades tempranas, tanto en casa como en los centros educativos.
Pero estas rutinas solo serán realmente eficaces si van acompañadas de cambios estructurales. Como se subrayó en la III Jornada de la Cátedra de Investigación del Sueño, no se trata de adaptar a los adolescentes a un sistema que no respeta su biología, sino de adaptar el sistema a sus necesidades, apoyándonos en el conocimiento científico.






