Irene López, psicóloga: "Muchos adolescentes han aprendido a elegir sus experiencias no por lo que les aportan, sino por lo bien que van a quedar en pantalla"


Los adolescentes viven con el móvil en la mano (como muchos adultos), pero configuran sus relaciones y su identidad según la pantalla. ¿Por qué tienen la necesidad de documentar todo lo que hacen a través del teléfono? ¿Cómo les influye esta práctica y qué esconde detrás?


Irene López, psicóloga© Anda Conmigo
13 de mayo de 2026 a las 15:04 CEST

Antes de comer, una foto al plato; antes de entrar a un partido de baloncesto, selfie en la puerta del pabellón; al recibir un regalo, imagen con los detalles en sus grupos... Los adolescentes sienten la necesidad de compartir a través del móvil y mediante testimonios gráficos, todo lo que hacen. ¿A qué responde este comportamiento? Irene López, psicóloga y responsable clínica terapéutica de los centros anda CONMiGO, nos ayuda a desentrañarlo.

Una autoestima edificada sobre la comparación digital es frágil por definición, porque siempre habrá alguien que aparentemente lo hace mejor

Irene López, psicóloga

¿Por qué los adolescentes de esta época necesitan documentar todo lo que hacen subiéndolo a redes sociales: es una cuestión de inseguridad, de egocentrismo, de buscar pertenencia al grupo...?

No responde a una sola causa, y reducirlo a egocentrismo o inseguridad sería simplificar un fenómeno mucho más complejo. La adolescencia es la etapa en la que se construye la identidad, y el joven necesita sentir que pertenece, que su experiencia tiene valor, que existe dentro del grupo. Las redes sociales han convertido esa búsqueda natural de pertenencia en algo medible e inmediato: cada like o comentario activa el sistema de recompensa del cerebro de forma similar a cualquier otro refuerzo positivo, lo que genera un ciclo de repetición difícil de interrumpir. A eso se añade que publicar se ha convertido en el lenguaje social de su generación: no subir lo que se hace puede interpretarse, en muchos contextos, como no haber estado realmente. El problema no es la necesidad en sí, que es legítima, sino que las plataformas la han convertido en dependencia, desplazando la motivación de vivir las experiencias hacia la necesidad de demostrarlas.

Adolescentes haciéndose un selfi en un monumento© Getty Images

¿Qué pasa con los adolescentes que deciden no subir su día a día a las redes: son excluidos, tomados como bichos raros, están más solos...?

Más allá de la autoestima, el impacto se extiende a áreas que no siempre se asocian directamente con el uso de redes. El más profundo es el de la identidad: cuando un adolescente construye su imagen pública antes de haber construido su imagen interna, desarrolla una identidad orientada hacia afuera, frágil y dependiente de la aprobación ajena. 

Le sigue la tolerancia a la frustración: la inmediatez del entorno digital reduce progresivamente la capacidad del joven para gestionar el malestar, la espera o la incertidumbre, habilidades imprescindibles para la vida adulta. También se ve afectada la privacidad: muchos adolescentes han perdido el sentido de lo que no necesita ser compartido, y eso tiene consecuencias directas en su capacidad para establecer límites personales y relacionales. 

Por último, y con un impacto muy concreto sobre la salud, está el sueño: el uso nocturno del móvil, alimentado por la necesidad de no perderse nada, es uno de los factores que más deteriora el descanso adolescente, con efectos directos sobre el estado de ánimo, la concentración y la regulación emocional al día siguiente. 

Adolescente que sufre trastornos del sueño usando un smartphone por la noche© Getty Images

¿Son realmente conscientes de que lo que suben es una parte maquillada de su día a día, que no es la vida real?

A nivel racional, la mayoría sí lo sabe. Si se les pregunta directamente, los adolescentes reconocen que lo que se publica en redes no refleja la vida real. El problema es que ese conocimiento no siempre llega a modular cómo se sienten cuando consumen el contenido de los demás. Saber que una foto está filtrada no evita que genere comparación, envidia o sensación de inadecuación. Es una paradoja bien documentada clínicamente: el adolescente publica su propia versión idealizada siendo consciente de que lo es, pero consume la de los otros como si fuera auténtica. 

A esto se añade que las plataformas están diseñadas para favorecer la respuesta emocional inmediata, no la reflexión. La velocidad con la que se procesa el contenido deja poco espacio para el pensamiento crítico. Por eso, trabajar la conciencia sobre este mecanismo es uno de los pilares fundamentales de cualquier intervención clínica con adolescentes. 

pareja de adolescentes dándose un beso y haciéndose un selfie© Getty Images

¿Por qué algunas experiencias se viven más pensando en compartirlas que en disfrutarlas?

Porque el entorno digital ha desplazado progresivamente la motivación de vivir las experiencias. Lo que antes tenía valor por lo que generaba internamente, ahora lo tiene por la respuesta que produce en los demás. Cuando un adolescente llega a un concierto, a un viaje o incluso a una reunión con amigos pensando ya en cómo lo va a contar, está dividiendo su atención entre el momento y su proyección pública. Y lo que la investigación demuestra es que esa división tiene un coste real: se disfruta menos. La experiencia queda a medias porque nunca se vivió del todo. 

A esto se suma que las plataformas premian el contenido extraordinario, lo que genera una presión implícita por convertir cada momento en algo publicable. El resultado es que muchos jóvenes han aprendido a elegir sus experiencias no por lo que les aportan, sino por lo bien que van a quedar en pantalla. Recuperar el disfrute sin audiencia es, hoy, una habilidad que hay que trabajar de forma consciente.

adolescente sentada en su cama mirando al móvil© Getty Images

¿Cómo influye la comparación constante con otros jóvenes en la autoestima?

El problema no es que los adolescentes se comparen, es con qué se comparan. Lo que ven en redes no es la vida real de sus iguales, sino una selección de sus mejores momentos: los viajes, los cuerpos, los logros, las amistades. Frente a esa versión optimizada, la propia vida cotidiana siempre sale perdiendo. Y cuando esa comparación se repite varias veces al día, el efecto acumulado sobre la autoestima es significativo. 

En la adolescencia este impacto es especialmente profundo porque la identidad todavía está en construcción y el joven depende en gran medida de referencias externas para valorarse. Cuando esas referencias están sistemáticamente sesgadas hacia lo aspiracional, el resultado es una sensación crónica de no ser suficiente que, con el tiempo, se traslada a todos los ámbitos: el físico, el social y el académico. Una autoestima edificada sobre la comparación digital es frágil por definición, porque siempre habrá alguien que aparentemente lo hace mejor. 

Adolescente grabándose para Tik Tok© Adobe Stock

¿Qué señales deberían alertar a las familias de que un adolescente está sufriendo esta presión?

La dificultad es que muchas de estas señales se confunden con comportamientos propios de la adolescencia, por lo que las familias deben fijarse no en señales aisladas sino en la combinación y persistencia de varias de ellas. 

En el plano conductual, conviene prestar atención a la revisión compulsiva del móvil, la irritabilidad desproporcionada cuando no puede acceder a él, el uso encubierto durante la noche y el abandono progresivo de actividades que antes disfrutaba.

En el plano emocional, son significativos los cambios de humor vinculados directamente a lo que ocurre en redes, las expresiones frecuentes de sentirse excluido o de que los demás tienen una vida mejor, y el malestar visible después de usar el móvil. Cuando ese patrón empieza a afectar al rendimiento académico, a la calidad del sueño o a la convivencia familiar de forma sostenida, ya no estamos ante algo pasajero. Es el momento de buscar orientación profesional.

Padre con su hijo adolescente en la playa© Getty Images

¿Cómo pueden los padres ayudar a sus hijos a gestionar esta necesidad de validación social?

Lo primero es entender que esta necesidad no es un capricho ni un problema de carácter, es una respuesta a un entorno diseñado para generarla. Esa comprensión cambia el enfoque: no se trata de prohibir ni confrontar, sino de acompañar. El papel más eficaz de los padres no es el de supervisor, sino el de referente. Los adolescentes interiorizan lo que ven en casa, no lo que se les dice, y un adulto que también vive pendiente del móvil y busca validación externa no puede contrarrestar ese modelo con conversaciones sobre límites digitales. 

En la práctica, ayuda establecer momentos cotidianos sin dispositivos como norma familiar compartida, mantener conversaciones habituales sobre lo que el joven consume online desde el interés genuino, y fomentar actividades donde experimente logro y disfrute sin mediación de pantallas. La mejor protección frente a la validación externa es una autoestima construida desde dentro, y eso no se consigue con restricciones técnicas, se trabaja en el día a día.