La adolescencia es “fascinante”. Así lo asegura Lucía, mi pediatra, con quien hemos hablado con motivo de la publicación de su nuevo libro, titulado precisamente así, Adolescencia (Ed. Planeta). Nos habla de cambios esenciales, de retos (innegables), en esta etapa de la vida de los hijos, que a veces tanto cuesta transitar a los padres. Nos cuenta qué es normal y qué no, y nos da consejos valiosísimo para lidiar, con inteligencia, ante amistades que no vemos con buenos ojos para nuestros hijos. Nos explica cómo funciona el cerebro adolescente y pone sobre la mesa algo fundamental: saber diferenciar comportamientos nuevos 'normales' en el hijo adolescente de aquellos otros que podrían ser una señal de un incipiente problema de salud mental.
En medio de su rigurosa explicación médica, la Dra. Lucía Galán Bertrand nos comparte con franqueza sus emociones y su experiencia como madre de dos adolescentes. Y recuerda algo que muchos padres olvidan cuando están inmersos en las batallas del día a día: la adolescencia tiene un inicio y un final. Y ese final pasa por ver cómo los hijos vuelan del niño. Que vuelvan a él como "base segura" en la que siempre encuentran cobijo depende de los progenitores, que deben seguir presentes y, sobre todo, disponibles, nos insiste. A pesar de las malas contestaciones, a pesar de algunos portazos y de su necesidad de aislamiento, el hijo adolescente aún no es un adulto y, por tanto, no podemos tratarle como tal. Necesita límites, sostén y amor. Necesita a sus padres, aunque no siempre lo admita.
Lo que nos cuenta en esta entrevista cala profundamente porque sus palabras no solo hablan desde la teoría, sino desde la vida real. Desde la madre que acompaña, que duda, que se equivoca y que vuelve a intentarlo. Con esa doble mirada, como doctora y como madre, Lucía, mi pediatra nos ayuda a mirar la adolescencia con otros ojos.
La adolescencia es la etapa más vulnerable y, al mismo tiempo, más transformadora de la vida de un ser humano.
Sabemos que la adolescencia es una etapa de cambios, la transición de la niñez a la edad adulta. De esos cambios, los físicos son los más evidentes, pero ¿qué más cambia? ¿Qué deben saber los padres para entender mejor a sus hijos?
Lo principal es que la adolescencia no es una guerra que haya que librar, ni es una etapa insufrible, ni es la edad del pavo, ni es la aborrecescendia. La adolescencia es la etapa más vulnerable y, al mismo tiempo, más transformadora de la vida de un ser humano, que empieza en torno a los nueve, diez, once años y no acaba hasta los 20. O sea que estamos hablando de de muchos cambios, efectivamente, no solamente a nivel físico, sino también y, sobre todo, a nivel emocional y a nivel cerebral.
La adolescencia es la búsqueda insaciable de su identidad como seres vivos en este mundo, de su identidad intelectual, sexual, ideológica, social, emocional... Y, en toda esa búsqueda, su cerebro va a sufrir muchos cambios, va a experimentar una auténtica metamorfosis del cerebro infantil al cerebro que va a ser adulto, que va a estar cambiando hasta los 20 o los 25 años. En esos cambios, la corteza prefrontal, que es la parte del cerebro a través de la cual rigen nuestras nuestras actuaciones, pensamos con criterio, tomamos decisiones desde el análisis y la reflexión, que es donde está el juicio, el autocontrol… pues en la adolescencia es tremendamente inmadura. Y lo que prima es un cerebro muy impulsivo, muy emocional, que responde de una forma muy rápida a cualquier estímulo dopaminérgico, con unos niveles de intensidad muy altos que, junto con un cerebro inmaduro en la parte de la toma de decisiones y de la reflexión, análisis, hace que los adolescentes sean especialmente intensos. Con lo cual, cuando decimos que es rebeldía o que es mala educación, o que es pasotismo, o que es irreverencia, lo que es en realidad es neurobiología pura y dura. Lo que pasa es que hay que saberlo.
Tu libro comienza con un mensaje muy positivo acerca de la adolescencia y no solo reniegas de etiquetas negativas como la de ‘aborrescencia’, que comentabas antes, y afirmas que es una etapa “fascinante”. Cuando te lean, muchos padres pensarán “¿cómo va a ser fascinante si no sale de su cuarto?, si me mira mal cada vez que le pregunto algo, si tiene siempre mal humor…. ¿Qué les dirías a esos padres?
Que no siempre es así, que, efectivamente, esa es una etapa de la adolescencia, pero que es injusto tener esa visión tan sesgada y limitada de una etapa de diez años. Es igual de injusto que decir que cómo van a ser fascinantes los primeros años de vida de un bebé cuando no habla, no sabes lo que le pasa, hay que cambiar pañales todo el rato, está llorando y lo único que hace es dormir, llorar, hacer pipí, hacer caca... Esa es una parte muy limitada de la realidad de un bebé.
Y es igualmente fascinante porque afortunadamente hay otras muchísimas cosas, como por ejemplo, empezar a descubrir el adulto en el que se va a convertir tu hijo. Y esto es maravilloso porque hasta ese momento todas las decisiones empezaban y acababan en ti, todo lo que se hace en el hogar se decide porque los padres lo han decidido así: tu hijo viste con la ropa que tú le compras, come la comida que tú le cocinas, va a los eventos y actos que tú decides que va a ir... Cuando llega la adolescencia, te encuentras con una persona que tiene criterio propio y que tiene sus propios gustos. Y, de repente, te sorprendes porque a lo mejor tiene unas ideas con las que tú dices "¿de dónde ha sacado esto si yo nunca se lo he enseñado?". Es que es así porque empiezas ya a atisbar el cerebro adulto y empiezas a ver muchos rasgos de lo que va a ser su futura personalidad. Y descubrirlo como madre es de un orgullo indescriptible.
Lo vas descubriendo poco a poco. En el viaje hay portazos, hay malas contestaciones, hay enfados... y también en el viaje de la infancia hay rabietas, hay miedo, hay enfermedades, hay muchos sustos, y no por eso deja de ser una etapa muy bonita.
En el libro hablas de la poda neuronal que tiene lugar en la adolescencia. ¿En qué consiste y por qué se produce?
Es un concepto que a mí me me cautivó desde el primer momento en el que empecé a investigar sobre él. Está descrito desde hace ya unos años, pero es un concepto en neurobiología relativamente frecuente cuando hablamos de neurociencia. El cerebro infantil establece millones de conexiones neuronales que se llaman sinapsis, millones de conexiones sinápticas entre las distintas neuronas. Gracias a la información que recibe, el objetivo del cerebro infantil es acumular información, experiencias. Y, cuando llega la adolescencia, el cerebro interpreta que todo eso que ha ido acumulando no es necesario para un cerebro adulto, que en la vida adulta va a haber muchas cosas que no va a necesitar y que ha aprendido en la infancia. Entonces, se produce una poda literal: se empiezan a cortar conexiones que estaban muy arraigadas y que desaparecen para dar prioridad a otras que nuestro cuerpo interpreta que sí que va a necesitar con mucha más firmeza para desarrollar su personalidad adulta.
Esa es el la explicación de por qué ya no me quiere dar besos delante de la gente, de por qué te ponen "la orden de alejamiento", que no te dejan acercarte a la puerta del colegio a más de 100 metros, no te dejan hablar cuando están los amigos delante porque les das vergüenza ajena... y te dices "¿pero dónde está mi mi hijo amoroso que siempre estaba debajo de mis espaldas y no se quería separar de mí?". Pues ahí está, podando. Ahí nos tenemos que decir "es la poda"; cuando empiezan a confrontar, cuando empiezan a poner en duda todo lo que les dices, está podando.
La poda consiste en este ensayo-error por el que el adolescente tiene que llevar todo lo que vive y experimenta al límite para ver cuáles son las consecuencias, para ver qué aprende de esta experiencia, qué no aprende, qué le gusta más, qué no le gusta... porque está ideando toda su personalidad.
En función de los estímulos que recibe durante la adolescencia, la poda irá hacia un lugar o hacia otro. Si tiene una familia en el que los padres dicen "mira, no puedo contigo yo, ya está todo el pescado vendido y ya no quiero saber nada; ¿no quieres estudiar? Pues ponte a trabajar, que ya eres mayor". En ese adolescente, inmaduro todavía, sus únicos referentes empezarán a ser sus iguales, sus amigos, que no siempre tendrán los valores nosotros queremos, pero como no tiene otros referentes, la poda va a ir hacia las personas que tengan su entorno porque sus padres han desaparecido.
Sin embargo, si tiene unos padres presentes, disponibles, consecuentes, que ponen límites desde el amor, pero también desde la firmeza, con consecuencias claras, pero al mismo tiempo son empáticos, son comunicadores, pueden abrir conversaciones sin sentirse juzgados, sin sentirse humillados, si vive en un hogar donde no existe la violencia, donde cuando te equivocas pides perdón, donde además tus padres son amables, hacen acciones generosas con su entorno... pues el adolescente comprende que ese es su modo de vivir y que él necesita todo eso para seguir vivo. Y entonces la poda prioriza hacia ahí. Con lo cual, fíjate si es importante o no estar presente y seguir dando ejemplo a nuestros hijos adolescentes.
También hablas en el libro de las neurodivergencias y señalas que estos niños necesitan más acompañamiento aún cuando llegan a la adolescencia. ¿Por qué? ¿Qué necesitan saber los padres de un niño con TDAH o con TEA cuando éste llegue a la adolescencia?
Este es un capítulo que quise dedicarles expresamente a ellos. No solamente porque en mi trabajo convivo con estas familias a diario, sino también porque creo que es de justicia y de derecho concienciar al resto de la población de que las personas neurodivergentes existen; están en cualquier contexto en el que te puedas imaginar, son tremendamente frecuentes. Parece que todo el mundo empatiza con niños pequeñitos con TEA o con niños pequeñitos con TDAH o con síndrome de Tourette. pero sin embargo, cuando llegan a la adolescencia, son auténticos problemas lo que lo que arrastran estas familias con el entorno: son el flanco de todas las críticas, de todos los juicios, de bullying…
Si la adolescencia ya de por sí es una etapa complicada por esta metamorfosis cerebral que se produce en los chavales, la adolescencia con una neurodivergencia o neurodiversidad todavía es más complicada porque todo es más intenso aún, porque ese cerebro se rige por unas vías que no son las de un adolescente sin neurodiversidad. Por eso hay preparar un poco a los padres para que comprendan que, con el mismo amor, asertividad, empatía y sensibilidad con el que miraban a sus hijos pequeñitos, en la adolescencia, aunque la tormenta va a ser más intensa, que no pierdan esa mirada, que su hijo sigue siendo el mismo. Y, al mismo tiempo, que todos los que estamos en su entorno seamos capaces de mirar con el mismo amor que miramos al niño con autismo de tres años.
Por otro lado, recoges en el libro un dato muy significativo y es un estudio de Unicef según el cual España es el país europeo en el que hay más prevalencia de problemas de salud mental entre niños y adolescentes. ¿A qué puede deberse algo así?
Aquí confluyen muchos factores. Primero, que nosotros manejamos estas cifras según las cuales ahora un 20% de los jóvenes tienen un trastorno mental (los más frecuentes son el trastorno por ansiedad, la depresión, los trastornos de conducta alimentaria y autolesiones), y estas cifras las sabemos porque las hemos estudiado. Es decir, hasta la fecha había pocos estudios de la situación del estado de salud mental de nuestros jóvenes; hemos empezado a hablar de salud mental con cifras hace relativamente poco, hace una década. Hasta entonces, si ya se hablaba poco de salud mental, en la infancia y en la adolescencia, se hablaba aún menos, de modo que, cuando salen estas cifras, nunca sabes si es porque nosotros como españoles estamos haciendo algo mal o porque estamos estudiando mucho ahora y están aflorando todos estos datos.
Sí que es verdad, y eso sí que lo sabemos, que las redes sociales han influido negativamente en el estado de salud mental de nuestros jóvenes. Y sí que sabemos ahora que a mayor exposición, mayor horas de pantalla, más riesgo de trastornos mentales, sobre todo, de ansiedad, depresión y trastornos de conducta alimentaria y problemas de autoestima. Creo que esto es una llamada de atención para todos profesores, docentes, instituciones, gobiernos y sistema sanitario, pues es algo que habría que reforzar necesariamente. Esa es otra cuestión: cuando diagnosticamos a un adolescente un problema de salud mental que requiere asistencia sanitaria, en el sistema público es muy complicado porque hay unas listas de espera muy largas, porque hay pocos profesionales especializados en la adolescencia, tanto psiquiatras infanto-juveniles como psicólogos juveniles. Y el margen terapéutico es corto, porque la adolescencia son unos años. Creo que se juntan muchos factores para hacer que problemas que a lo mejor se podrían haber gestionado de una forma mucho más precoz, se perpetúen en el tiempo y haya más riesgo de cronificación.
Muchas veces sus puertas no están abiertas de par en par, pero las nuestras siempre tienen que estar entreabiertas
Llegados a este punto, ¿cómo diferenciar, como padres, aquello que es normal en la adolescencia, por mucho que no les guste o les ponga nerviosos, de las primeras señales de que el hijo o la hija adolescente puede estar atravesando un problema de salud mental?
Esto es súper importante y, de hecho, la mitad del libro rige en esto porque, primero, hay que entender que los adolescentes son adolescentes y hacen cosas de adolescentes; hay que entender cómo se comporta un adolescente y hay que entender que los portazos son normales, que las malas contestaciones a veces son normales, las salidas de tono, el cambio de humor, la necesidad de aislamiento, de estar en su habitación, el querer estar todo el rato en contacto con sus amigos... Es normal que no quieran pasar mucho tiempo con sus padres y no les apetezcan para nada los planes en familia, es normal el que se acueste más tarde porque no tienen sueño y por el día les cueste más levantarse.
Ahora bien, cuando tenemos un adolescente que, de repente, en un periodo de semanas, cada vez está más desmotivado, no solamente en casa, sino también con sus amigos, que deja de salir, que ya los fines de semana no queda con sus amigos, se queda en su habitación encerrado o que prioriza jugar al ordenador antes que salir con sus amigos. Cuando vemos conductas disfuncionales con la comida, comportamientos muy restrictivos por los que empiezan a comer mucho menos o todo lo contrario, ves que comen con ansiedad o que se dan atracones, que hay muchos vaivenes de su peso, que tienen una necesidad de hacer deporte de una forma compulsiva, de compensar cuando han comido. Cuando vemos que tienen labilidad emocional, que es que lloran de repente por cosas que no tenían que llorar. Cuando tienen dolores abdominales que duran semanas y vamos al pediatra, le hacen un estudio y en el estudio no se detecta ninguna enfermedad; es probable que sean dolores abdominales de causa emocional, hay algo que le está generando mucho malestar. O dolores de cabeza que no cesan, que tienen lugar, sobre todo, los domingos al atardecer y al anochecer, cuando ya están en la cama y empiezan a darle vueltas a las cosas; es probable que haya algo que les esté causando sufrimiento.
En definitiva, cuando veamos en nuestros hijos comportamientos que hasta entonces nunca habíamos visto y, sobre todo, cuando tenemos esa percepción como madres o padres de que nuestro hijo se está apagando. Porque el adolescente puede ser un poco irreverente y contestón, pero cuando tú le ves en el contexto con sus amigos está on fire. Cuando tú ves que en todos los campos se apaga, cuando hay una caída brusca del del rendimiento escolar y, de repente, suspende varias asignaturas, en lugar de culpabilizarse, de castigarle, a mí me saltan todas las alarmas. Hay que estar muy atentos a estas señales porque, si no estamos atentos, pasan desapercibidas porque pasan bastante tiempo ellos solos y, de primeras, no nos lo van a contar. Tenemos que estar nosotros pendientes de estas señales.
Hay una frase de tu libro que resulta especialmente significativa de lo que supone la adolescencia y del rumbo que debería llevar el acompañamiento y la educación de los padres estos años: “Cuando una puerta se cierra del todo, los adolescentes no dejan de vivir ni de experimentar. Lo que muchas veces dejan de hacer es contarlo”. Teniendo en cuenta esto, ¿qué pueden hacer los padres para que no se cierre esa puerta? ¿O para que, si se cierra, haya ratos en los que se abra y les cuenten sus inquietudes?
Tenemos que intentar que las puertas no se cierren. Tenemos que ser grandes facilitadores de la comunicación; es decir, a veces me encuentro con adultos que se enfadan con sus hijos porque les dan malas contestaciones y se quedan ahí, en el enfado, dos días seguidos. Eso no es un comportamiento propio de una persona adulta con su hijo adolescente. Igual que no te enfadas dos días con la rabieta de tu hijo de dos años, no puedes, tienes que estar a la altura de las circunstancias. Nosotros tenemos que estar disponibles siempre.
Muchas veces se habla de padres presentes. Bueno, padres presentes, sí, pero sobre todo disponibles. ¿Qué quiere decir eso? Pues que mientras no te necesiten, tú estás por ahí; estamos todos muy ocupados, pero cuando te necesiten, sí que tienes que estar. Y eso se lo tienes que hacer saber: "Cariño, yo no quiero que bebas alcohol porque eres menor de edad y el alcohol no solamente es tóxico y es perjudicial para tu salud, para tu cerebro y para tus órganos, sino que además te pone en situaciones de riesgo cuando bebes alcohol. Pero, escúchame, si alguna vez pasa algo, si participas en algún botellón, si algún día se te va la mano, si no te encuentras bien, si alguna de tus amigas está mal de verdad, llámame, porque yo estoy aquí y te voy a ayudar". O "Cariño, si alguna vez estás en alguna situación en peligro, te pasa algo, no te sientes segura, a la primera persona que tienes que llamar es a mí".. Eso es demostrarle a nuestros hijos no solo que nos importan, sino que estamos disponibles.
Si tu hija a las doce de la noche, cuando tú ya estás casi en el primer sueño, te escribe un mensaje y te dice "Mami, ¿estás despierta?", a lo mejor es algo importante. Aunque nos caigamos de sueño, igual toca ir a su habitación a ver qué está pasando, porque muchas veces por la tarde-noche ellos empiezan con estos pensamientos intrusivos y es cuando a veces su manera de pedir ayuda es mandándote un mensaje de "¿Estás despierto?". O estos mensajes que a veces te dicen "¿qué haces?". Mira a ver qué está pasando.
Me refiero a que muchas veces sus puertas no están abiertas de par en par, pero las nuestras siempre tienen que estar entreabiertas. Y si hay un conflicto y ellos cierran literalmente la puerta con un portazo, no nos podemos quedar ahí: dejamos pasar un rato hasta que se tranquilice -tú también te tienes que tranquilizar-, pero al rato vas y dices "Cariño, la conversación se nos ha ido un poco, te pido disculpas por la parte que me toca. Nada de lo que hagas justifica que yo pierda el control. Yo soy tu madre y tengo que aprender a controlarme. Perdóname, te pido disculpas. Vamos a intentarlo otra vez". Y eso es una grandísima enseñanza para nuestros hijos, que a lo mejor nos vuelven a cerrar la puerta, pero el ejemplo que les estamos dando es que nosotros la hemos abierto y somos nosotros los que la abrimos.
Hay padres que dicen "que venga él porque él ha sido el que me ha faltado el respeto". ¡No, hombre, no! ¿Eso se lo decías cuando tenía dos añitos? ¿A que no? Pues con el adolescente es igual. No podemos tratarles como adultos.
Las amistades cobran un valor muy especial en la adolescencia. Cuando a los padres no les gustan los amigos de sus hijos, ¿cómo actuar?
Es muy difícil porque nosotros de entrada, lo que nos sale instintivamente es decirle "tu amigo es una mala influencia, es un impresentable". Y eso es un ataque frontal. Cuando tú atacas frontalmente a su amigo, estás atacando frontalmente a tu hijo o a tu hija y lo que vas a obtener es justo el efecto contrario, de modo que es una mala estrategia.
Primero, abre las puertas de tu casa para darles una segunda y una tercera oportunidad a esas amistades, porque a veces también nosotros nos pasamos de frenada y vemos unas mechas, un corte de pelo determinado o tres piercings y ya juzgamos. Dale una segunda, una tercera o una cuarta oportunidad, abre las puertas de tu casa para conocerlos y para tener un análisis un poquito más objetivo. Si realmente ves que efectivamente no es una buena influencia, en lugar de atacar a la persona, lo que es más inteligente es poner encima de la mesa sus comportamientos. Por ejemplo, "oye, el sábado que salía a cenar, vi a tu amiga súper perjudicada, pero súper perjudicada, que es que yo creo que estaba como una cuba". Vamos a ver cómo reacciona tu hija: "Jo, pues sí, la verdad es que yo el fin de semana pasado ya no quise salir porque es que es un espectáculo”. Bueno, pues tú ya has sembrado ahí, has encendido una lucecita y además has visto que tu hija no comparte eso, con lo cual está bien. O “oye, cariño, el otro día que estaba esperando en el entrenamiento y vi cómo tu amigo Tomás insultaba a Pepe, le llamó de todo a grito pelado delante de todo el mundo. ¡Qué fuerte!, ¿no?”. A lo mejor tu hijo dice “ya, es que se pasa tres pueblos, yo ya le he dicho que que pare ya".
La adolescencia no se trata de educar a nuestros hijos para que nos obedezcan, se trata de educarles para que tomen buenas decisiones y sepan elegir cuando nosotros no estemos. Es muy importante. Yo no quiero que mis hijos hagan lo que yo les digo que hagan, yo quiero que tomen sus propias decisiones, pero con buen criterio. Y si toma una decisión con buen criterio y aún así se equivoca, va a ser un aprendizaje también, hay que atravesarlo igualmente; pase lo que pase, va a ser positivo y ellos se van a dar cuenta porque es una decisión que han tomado por ellos mismos. Y ahí es donde está el verdadero aprendizaje.
Volviendo al tema de los amigos, con ellos haría esto y luego haría una segunda cosa, que es ofrecerle otros contextos: intentar apuntarle a unas actividades donde esté en otro entorno que no sea ese, hacer quedadas con amigos míos que tengan hijos de edades o de gustos similares y fomentar otro tipo de encuentros para ver si salta la chispa, el match, con otras amistades.
Otro asunto clave del que hablas en el libro y uno de los que más cuestan a muchos padres es el de aprender a soltar. ¿Cómo se aprende algo así, por mucho que sea el objetivo principal en la crianza de los hijos desde el instante en el que nacen, que sepan volar y valerse por sí mismos?
Pues aprendes a base de secarte muchas lágrimas. Yo me sigo sonando los mocos con esto. Echo mucho de menos a mi hijo desde que se ha ido a la universidad, muchísimo. Echo de menos nuestras conversaciones, echo de menos desayunar juntos, echo de menos su olor... Entro en su habitación, me tumbo en su cama y me pongo a leer y me descubro a mí misma oliendo las sábanas. Y ya empiezo con un poco de ansiedad anticipatoria de cuando se vaya mi hija el año que viene.
Pero al mismo tiempo lo hago con la consciencia de que esto es algo que hay que transitar y que es maravilloso para ellos. Yo nunca quise educar a unos hijos que se sientan dependientes emocionalmente de su madre y siempre les he dicho, desde que eran pequeñitos, "niños, yo quiero que seáis personas libres y plenas". Y, para llevar una vida plena y en libertad, necesariamente el trabajo es nuestro y tenemos que aprender a dejarles volar.
En la adolescencia pasamos de ser el centro del universo a ser la base a la que saben que siempre pueden volver, somos el cable a tierra. Pero contamos que hay veces que los vamos a ver desde el suelo, los vamos a ver volar, y yo estoy en ese punto en el que ya soy capaz de verles volar con orgullo, sin pena, con orgullo de decir "ese vuelo libre, en parte, también es mérito de los adultos que estuvieron a su lado". Y cuando lo ves desde esa mirada, duele un poquito menos. Pero no te voy a mentir, duele. Es un auténtico duelo, pero es un duelo con final feliz, muy feliz.






