Qué dice la psicología sobre los adolescentes que se avergüenzan a veces de sus padres cuando están en público


El psicólogo Luis Guillén nos explica que es una etapa en la que cualquier gesto que los haga sentir 'infantiles', distintos o expuestos puede generarles esta sensación


Padre con su hijo adolescente en la playa© Getty Images
31 de mayo de 2026 a las 7:32 CEST

De repente llega ese “papá, no comentes eso delante de la gente” o el clásico “no me des besos cuando estoy en la calle, mamá”. Que un adolescente se avergüence a veces de sus padres es mucho más común de lo que parece, sobre todo en una etapa donde todo se observa, todo se compara y la necesidad de pertenecer pesa más que nunca. En ese escenario de alta sensibilidad social, la figura adulta puede pasar de ser refugio a convertirse, temporalmente, en motivo de incomodidad. 

Lejos de indicar rechazo, estas reacciones hablan del proceso de separación y autonomía que define la adolescencia. Como nos explica Luis Guillén, psicólogo de Psicopartner, detectarlas y comprenderlas permite a las familias acompañar este tránsito sin convertirlo en un campo de batalla. Sobre todo ello hemos tenido la ocasión de hablar con el experto.

¿Es habitual que un adolescente se avergüence de sus padres en ciertos momentos? ¿Cuáles pueden ser las causas?

Sí, es muchísimo más habitual de lo que se cree, aunque cuando ocurre suele doler. La adolescencia es una etapa profundamente social: el adolescente siente que está “siendo mirado” constantemente, incluso cuando nadie le presta demasiada atención. Y en ese contexto, los padres dejan de ser una extensión segura de sí mismos para convertirse, a veces, en algo que puede poner en riesgo su imagen frente al grupo.

No suele tener que ver con falta de amor. Tiene más relación con la necesidad de pertenecer. A esa edad, encajar pesa muchísimo más que diferenciarse. Cualquier gesto que los haga sentir “infantiles”, distintos o expuestos puede generar vergüenza: una muestra de cariño en público, una forma de vestir, un comentario fuera de tono o simplemente notar que sus padres ocupan demasiado espacio en un entorno donde ellos están intentando construir el suyo.

Lo importante es entender que muchas veces la vergüenza adolescente no habla mal de los padres, sino de la fragilidad emocional del hijo en ese momento.

madre besando a su hija adolescente© Getty Images

¿Qué actitudes nos pueden indicar que un adolescente se siente así con respecto a sus padres en algunas ocasiones?

Suele verse en pequeños gestos más que en grandes declaraciones. Cambian el tono de voz cuando están con amigos, piden que los padres no les acompañen hasta la puerta del colegio, evitan ciertas muestras de afecto o corrigen continuamente lo que dicen delante de otros. Hay adolescentes que incluso parecen “editar” a sus padres socialmente: les indican cómo vestir, qué contar o qué no publicar en redes.

También aparece con mucha frecuencia la hipervigilancia. Están pendientes de cómo hablan sus padres, de si hacen un chiste “fuera de lugar”, de si llaman demasiado la atención. Lo interesante es que esa sensibilidad no suele existir en casa, sino que emerge sobre todo cuando hay espectadores.

La adolescencia también tiene un sentido algo teatral: necesitan controlar cómo son percibidos porque sienten que su identidad todavía es muy inestable.

¿Qué papel juega la construcción de la identidad en esta reacción?

Un papel central. El adolescente está intentando responder, aunque no lo verbalice así, a una pregunta enorme: “¿Quién soy yo separado de mis padres?”. Y para construir una identidad propia necesita, en cierto modo, tomar distancia de aquello que lo definía hasta entonces.

Por eso muchas veces rechazan justo lo que antes admiraban. No es incoherencia, es un proceso psicológico bastante sano. Necesitan probar gustos, estilos, ideas y pertenencias nuevas sin sentir que siguen siendo “el hijo de”. La vergüenza aparece cuando sienten que la presencia de los padres amenaza esa nueva versión de sí mismos que todavía están ensayando.

Hay una frase que en consulta resume muy bien esta etapa: crecer también implica decepcionar un poco la imagen de niño perfecto que los padres tenían… y tolerar que ellos ya no sean perfectos tampoco.

Hay adolescentes que incluso parecen 'editar' a sus padres socialmente: les indican cómo vestir, qué contar o qué no publicar en redes.

Luis Guillén, psicólogo

¿Es un signo de rechazo o más bien una forma de marcar distancia y autonomía?

En la mayoría de los casos, es más autonomía que rechazo. Lo que ocurre es que la autonomía adolescente rara vez es elegante. No saben todavía poner límites con madurez, así que muchas veces lo hacen desde la brusquedad, la incomodidad o incluso cierta crueldad involuntaria.

El problema es que los padres suelen interpretar esa distancia como una pérdida afectiva, cuando en realidad muchas veces el vínculo sigue intacto. De hecho, hay adolescentes que necesitan muchísimo a sus padres emocionalmente y al mismo tiempo sienten vergüenza de ellos en determinados contextos sociales. Esa contradicción es muy típica.

¿Qué diferencia hay entre vergüenza puntual y vergüenza sostenida que podría indicar malestar?

La vergüenza puntual es contextual y flexible. Aparece en ciertas edades, en determinados entornos sociales y suele convivir con una relación afectiva sana en privado. El adolescente se irrita, protesta o se distancia un poco, pero después vuelve a conectar con naturalidad.

La vergüenza sostenida es distinta. Ahí ya no hablamos solo de incomodidad social, sino de rechazo persistente, desprecio o necesidad constante de ocultar a los padres. Puede estar relacionada con dinámicas familiares más complejas: excesivo control, humillación, conflictos no resueltos o incluso miedo al juicio externo por situaciones reales de desajuste familiar.

Cuando un adolescente siente que tiene que “sobrevivir socialmente” a sus padres, conviene escuchar qué hay detrás en lugar de limitarse a castigarlo por la actitud.

padre con su hija adolescente© Getty Images

¿Por qué la opinión de los amigos pesa tanto en esta etapa?

Porque durante la adolescencia el grupo funciona casi como un espejo emocional. La identidad todavía no está consolidada y necesitan comprobar continuamente si son aceptados, admirados o excluidos. El cerebro adolescente además es especialmente sensible a la recompensa social. Por eso, una opinión de un amigo puede tener un impacto desproporcionado.

A esa edad, pertenecer no es un capricho: se vive casi como una cuestión de supervivencia emocional. Por eso temen tanto el ridículo. Lo que a un adulto le parecería irrelevante -ue un padre baile, haga bromas o diga algo cursi- para ellos puede sentirse como una amenaza real a su posición dentro del grupo.

Con los años uno aprende que no puede controlar cómo lo ven los demás. La adolescencia es justo la etapa en la que todavía creen que sí.

 ¿Qué comportamientos parentales suelen activar más esa vergüenza en público?

Sobre todo aquellos que invaden el espacio social del adolescente o lo infantilizan. Hablar de cosas íntimas delante de otros, usar apodos de infancia, hacer bromas sobre su cuerpo o sus emociones, mostrarse excesivamente efusivos cuando ellos intentan pasar desapercibidos.

También les incomoda mucho sentir que sus padres “compiten” por atención en entornos juveniles. No porque no quieran que sean espontáneos, sino porque ellos todavía están aprendiendo a sostener su propia imagen social.

Y luego hay algo muy interesante: a veces no les avergüenza tanto lo que hacen sus padres como el miedo a cómo serán interpretados por otros adolescentes, que suelen ser mucho más crueles entre sí de lo que los adultos recuerdan.

No saben todavía poner límites con madurez, así que muchas veces lo hacen desde la brusquedad, la incomodidad o incluso cierta crueldad involuntaria

Luis Guillén, psicólogo

¿Es más frecuente en ciertos contextos: instituto, redes sociales, actividades deportivas?

Sí, especialmente en contextos donde la exposición social es alta. El instituto es probablemente el gran escenario emocional de la adolescencia: allí se juega la pertenencia, la popularidad, el atractivo, el reconocimiento… y todo parece intensísimo.

Las redes sociales han amplificado muchísimo esta sensibilidad porque convierten la imagen en algo permanente y público. Antes la vergüenza duraba unos minutos; ahora puede quedar grabada, compartida o comentada. Muchos adolescentes sienten más control sobre su identidad digital que sobre su vida real, y cualquier intervención de los padres en ese espacio puede vivirse como una invasión.

En actividades deportivas también aparece bastante porque suelen ser contextos muy competitivos y jerárquicos socialmente.

¿Qué emociones están realmente detrás de esa vergüenza, miedo al ridículo, inseguridad o necesidad de encajar, por ejemplo?

Todas esas y, además, una enorme autoconciencia. El adolescente vive pendiente de sí mismo. Se observa, se compara y se corrige constantemente. Por eso cualquier situación que los haga sentir expuestos puede activar vergüenza muy rápido.

Detrás suele haber inseguridad más que arrogancia. A veces los adultos interpretan ciertas reacciones adolescentes como desprecio, cuando en realidad son mecanismos de autoprotección social. “Si controlo cómo actúan mis padres, quizá controlo también cómo me perciben a mí”.

La vergüenza adolescente no suele nacer de sentirse superior, sino de sentirse extremadamente vulnerable.

¿Qué pueden hacer los padres para manejar estos episodios sin tomárselo como algo personal?

Lo primero es no entrar en una lucha de orgullo. Muchos conflictos empeoran porque el adulto responde desde la herida: “después de todo lo que hago por ti, te avergüenzas de mí”. Y aunque el dolor es legítimo, convertirlo en reproche suele aumentar la distancia.

Funciona mejor tener cierta flexibilidad sin perder dignidad. Entender que pedir menos exposición pública no significa dejar de querer a los padres. A veces basta con respetar pequeños límites sociales sin dramatizar. La relación suele mejorar muchísimo cuando el adolescente siente que no tiene que defender constantemente su espacio.

Y hay algo importante: los hijos olvidan muchas discusiones adolescentes, pero recuerdan perfectamente si sus padres hicieron de esa etapa un campo de batalla o un lugar donde podían crecer sin sentirse humillados.