José Luis Morales, psicoterapeuta, sobre los adolescentes que no cuentan nada a sus padres: "El silencio actúa como un mecanismo protector de defensa, para evitar conflictos"


Son muchos los padres que ven cómo sus hijos, cuando llega esa etapa, comienzan a hablar menos en casa


José Luis Morales Tuñón, psicólogo clínico y psicoterapeuta familiar acreditado por la Federación Española de Asociaciones de Terapia Familiar (FEATF),© Cedida
24 de mayo de 2026 a las 7:34 CEST

Hay un momento en la crianza que descoloca a muchos padres, ese día en que el niño que lo contaba todo empieza a guardar silencio. De pronto, su habitación se convierte en refugio, las respuestas se acortan, aparecen los monosílabos en las respuestas y la distancia parece crecer sin que nadie entienda del todo por qué. Pero, como explica José Luis Morales Tuñón, psicólogo clínico y psicoterapeuta familiar acreditado por la Federación Española de Asociaciones de Terapia Familiar (FEATF), ese silencio no es un portazo, sino una forma de crecer. Los adolescentes necesitan “marcar una frontera entre ellos y sus padres” para descubrir quiénes son, aunque a los adultos les duela.  La privacidad, los secretos y la distancia emocional no son un desafío al vínculo, sino parte del camino hacia la autonomía. El reto para los adultos es acompañar sin invadir y aprender a estar presentes incluso cuando el adolescente parece ausente. 

¿Por qué es tan habitual que, al llegar la adolescencia, los hijos dejen de contar cosas en casa?

Es uno de los cambios que más desconcierta a las familias y para el cual estas no encuentran explicación. Pero desde la psicología del desarrollo, la neurobiología, y la terapia familiar, se dispone de una respuesta sólida: la baja comunicación con sus familias es una necesidad evolutiva.

Los adolescentes están construyendo su identidad. La crisis de identidad de la adolescencia ofrece la oportunidad de constituirse como una persona única y diferente de sus padres, y para ello necesita separarse y diferenciarse emocionalmente de su familia.

En esta búsqueda de autonomía e individuación, la tarea del adolescente es dejar de ser "el hijo o hija de" para convertirse en un individuo progresivamente más independiente.

En este sentido, la privacidad, guardar secretos o no contar todo lo que sucede en su día a día es una forma de marcar una frontera entre ellos y sus padres. Al controlar la información, sienten que tienen el control sobre su propia vida, lo que les transmite la sensación de mayor madurez personal.

madre junto a su hija adolescente sentadas en el sofá© Getty Images

¿Por qué este distanciamiento suele vivirse por los padres como una pérdida del vínculo?

Las familias se basan en vínculos afectivos. En el caso de los hijos, estos lazos de unión se van construyendo durante años, incluso antes del nacimiento, desde el momento en el que los padres buscan la paternidad. De este modo, la sola amenaza al distanciamiento físico o emocional del hijo genera la respuesta natural de temor ante la posibilidad de la pérdida. Se activa una alarma, con frecuencia poco consciente, una reacción instintiva del apego.

En este sentido, cuando el estilo vincular del padre y/o la madre está construido sobre una base poco segura (tienen un estilo de apego inseguro), y han creado relaciones de dependencia con sus hijos, estas respuestas automáticas son mayores; al contrario, cuando los cimientos relacionales de los padres son sólidos (presentan un apego seguro) sienten menor ansiedad ante la amenaza a la separación de los hijos.

También ocurre que los padres pueden anticipar el vacío que genera la pérdida del rol de la paternidad, que ha sido el eje central de su identidad durante más de una década. Una identidad en torno a la parentalidad que incluye aspectos cognitivos, emocionales, y vinculares de seguridad, protección y cuidados.

La privacidad, guardar secretos o no contar todo lo que sucede en su día a día es una forma de marcar una frontera entre ellos y sus padres

José Luis Morales Tuñón, psicoterapeuta familiar

¿El silencio es siempre un signo de conflicto o puede ser parte natural del desarrollo?

Aunque en ocasiones los padres atribuyen el silencio de sus hijos e hijas a una posición de rebeldía ante posibles conflictos de la convivencia, en realidad, en la mayor parte de los casos el silencio está condicionado por factores inherentes a la misma adolescencia.

A nivel emocional, los adolescentes descubren emociones complejas que a menudo no saben explicar. Al no saber poner palabras a lo que sienten, optan por el silencio para evitar la frustración de ser malinterpretados. Lo cual se ve intensificado ya que, en esta etapa evolutiva, el sistema neurobiológico de los procesos emocionales (el sistema límbico) es muy reactivo. Así, si un padre reacciona con excesiva preocupación o enfado ante una confidencia, el adolescente lo puede percibir como un ataque o una invasión.

De esta forma, el silencio actúa como un mecanismo protector de defensa, para evitar conflictos que el adolescente siente que no puede gestionar a nivel emocional en ese momento.

Además, el miedo al juicio de los padres es mayor en esta etapa. Existe una evitación de la crítica para proteger su frágil autoconcepto. El adolescente teme que, si cuenta algo, recibirá un sermón, una crítica o una solución que él no ha pedido, lo que percibe como una amenaza a su incipiente autonomía.

A nivel cognitivo, durante la infancia los niños tienen un pensamiento más concreto y ven a sus padres como personas que lo saben todo, incluso “heroicas”. Al llegar a la adolescencia, sin embargo, se produce el desarrollo del pensamiento abstracto y aparece el juicio crítico. Desarrollan la capacidad de cuestionar los valores y opiniones de sus padres. Se genera, un proceso de “Des-idealización” de los padres. Con el emerger del razonamiento hipotético-deductivo, el adolescente ahora puede imaginar unos "padres ideales" y compararlos con sus padres reales. Por ejemplo, es frecuente escuchar a los adolescentes quejarse de sus propios padres, mientras que, “casualmente”, tienen una visión más positiva hacia a los padres de sus amigos, con los que los comparan.

En este mismo sentido, al notar las fallas de los adultos, el adolescente retira parte de su confianza para depositarla en sí mismo o en sus iguales. Aquí, el silencio constituye, quizás, el “duelo por la figura infantil de los padres que ya no existe”.

Finalmente, a nivel social, en esta etapa “centrífuga” el interés pasa de la familia a los amigos. La acomodación al grupo, la lealtad e identificación con sus iguales es una prioridad. De este modo, se transfiere la confianza hacia el grupo de amigos para socializar. Contar las cosas a los amigos en lugar de a los padres refuerza el sentido de identidad grupal y pertenencia.

Padre observa a su hijo adolescente© Getty Images

¿Qué errores de comunicación cometen con más frecuencia los padres sin darse cuenta?

Con frecuencia los padres crean condiciones que invitan a sus hijos a no escucharlos. Por ejemplo, cuando hablan, o repiten mil veces el mensaje, sin esperar a ser escuchados, entrenan a sus hijos a tener “sordera de padres”.

En muchas familias, al preguntar a los padres si hablan con sus hijos responden: "¡Claro que yo hablo con mi hijo!". Pero ¿cuánto de este hablar consiste en preguntar, aconsejar, sermonear, o discutir? Estas “respuestas cerradas” de los padres niegan el derecho de los hijos a tener dichos sentimientos y a expresarlos, demostrando no tener el deseo de aceptarlos ni de comprenderlos. En estos casos los padres utilizan un discurso crítico y culpabilizador, o menosprecian la importancia de las experiencias de sus hijos, lo cual conlleva en éstos a sentir que no entienden sus temores.

Por otro lado, los chicos sienten intuitivamente cuán receptivos son sus padres para hablar de ciertos temas. Si los padres ignoran y evitan hablar de aspectos emocionalmente delicados como la sexualidad, las drogas, la violencia, la muerte, etc., aprenderán a callar y guardarse sus ansiedades sobre estos temas, o conseguirán su información (o desinformación) de otras personas.

¿Cómo se puede reconstruir un clima de confianza cuando el adolescente ya no quiere hablar?

Los padres deben mostrarse disponibles de manera no intrusiva. El éxito del vínculo de esta etapa depende que el adulto esté presente, que le transmita seguridad sin invadir el espacio personal.

A pesar de la distancia en la relación, no debe olvidarse que la comunicación franca es una herramienta sumamente poderosa, y debería estar accesible siempre que el adolescente lo necesite. Es importante que los hijos capten que los padres tienen interés en escucharlos y comunicarse con ellos, y que se validan sus soluciones, aunque puedan no ser las más acertadas, lo cual fomentará su sentimiento de autoeficacia. El adolescente busca ser escuchado, pero no requiere que se le resuelvan los problemas de inmediato. Incluso, de vez en cuando y de manera estratégica, los padres deberían pasar “de saber todo a saber sólo lo importante”.

Es muy importante transmitir al hijo una escucha activa y dar respuestas abiertas que reflejan que ha escuchado y comprendido sus sentimientos. Aquí es importante la comunicación no verbal. Las acciones, expresiones faciales y tono de voz, comunican si se está escuchando o no. El escuchar reflexivamente es como facilitar un espejo donde el adolescente se vea a sí mismo con más claridad.

Puede no estar de acuerdo, pero no enjuicia y permite que puedan expresar honestamente sus creencias y sentimientos sin temor a ser rechazados. Por lo tanto, estimula la comunicación y fortalece la autoestima del hijo. Para facilitar la empatía y conexión emocional también puede ser de ayuda en los padres el utilizar “mensajes yo”. Por ejemplo, “cuando me ignoras me siento mal, porque para mí es importante…”.

Los padres deben mostrarse disponibles de manera no intrusiva. El éxito del vínculo de esta etapa depende que el adulto esté presente, que le transmita seguridad sin invadir el espacio personal.

José Luis Morales Tuñón, psicoterapeuta familiar

¿Qué necesitan emocionalmente los adolescentes de sus padres, aunque no lo expresen?

Es importante que los hijos adolescentes sientan que sus padres están emocionalmente disponibles, que se les comprende y se les valida, lo cual no significa que haya que ceder a sus todos sus deseos. La base de una educación emocional y vincular sana se sustenta en el amor, la presencia y el afecto, pero también en transmitir guía y seguridad, mediante el establecimiento de unos límites normativos acordes a su edad.

Necesitan que los padres comprendamos que les debemos dejar crecer, para buscar su propia identidad y ser ellos mismos, al tiempo que en otros momentos puntuales pueden necesitar “volver a la infancia” y mostrarse dependientes e inseguros. Debemos aceptar dicha dualidad, y validar ambas.

En este camino, los padres, deben entender que estas conductas son hitos necesarios del desarrollo, y no interpretarlos como ataques personales o amenazas a la ruptura de la relación. Se les debe dejar el espacio para el cambio. Entender esto dará a los padres la perspectiva generacional para ayudar a su hijo a transitar esta etapa tan importante de preparación hacia la vida adulta. Entender que el adolescente no deja de querer ni de necesitar a sus padres, simplemente está renegociando las condiciones de la relación para poder crecer.

madre hablando con su hija sentada en su cama© Getty Images

¿Puede la hiperconexión digital aumentar el aislamiento dentro de casa?

Claramente, lo cual resulta así mismo paradójico. El adolescente está más conectado que nunca con el mundo, pero desconectado de su entorno inmediato.

Se genera una “presencia ausente”, en la que el adolescente puede estar quizás físicamente, pero su atención está en otro lugar. Además, se genera una desconexión sensorial. El uso constante de dispositivos (especialmente con auriculares) crea una barrera física y psicológica que impide la interacción espontánea.

En este punto habría que diferenciar entre la hiperconexión digital como causa de la falta de comunicación, a la hiperconexión digital como una consecuencia, el síntoma de un vínculo familiar que ya estaba debilitado.

En la primera opción, la hiperconexión digital genera aislamiento al sustituir a las interacciones reales, y conlleva una reducción de oportunidades para el aprendizaje de habilidades sociales complejas, como la negociación o la empatía cara a cara, teniendo en consideración, además, que en casa, la interacción "en vivo" y sin filtros puede resultarle estresante. Al contrario, es fácil extrapolar que, comparado con el estímulo de la pantalla, y la activación del circuito neurobiológico de recompensa inmediata, una conversación tranquila con los padres puede parecerle al cerebro adolescente "aburrida" o poco estimulante.

De forma paralela, si la hiperconexión digital afecta al descanso, el adolescente puede mostrarse más irritable y menos dispuesto a comunicarse, lo que fomenta el aislamiento para evitar los conflictos.

En relación con la segunda opción, el mundo digital podría considerarse un refugio digital, un aislamiento selectivo, porque ya se siente aislado o incomprendido en su dinámica familiar. Ofrece al adolescente un control que en el mundo real no tiene.

Quizás se puedan integran ambas propuestas y entender que la hiperconexión digital no causa aislamiento por sí sola, pero amplifica la tendencia natural del adolescente al alejamiento del núcleo familiar.

¿Se puede equilibrar la necesidad de autonomía del adolescente con la necesidad de supervisión de los padres?

Efectivamente, se debe buscar el equilibrio. Conocemos la importancia de la búsqueda de autonomía en el adolescente, pero la realidad es que todavía no están preparados para muchas de las responsabilidades que implica la vida adulta. Persiguen aparentar madurez, pero siguen necesitando del acompañamiento de sus padres. En el extremo contrario, no tener una adecuada supervisión por parte de sus padres, pudiera ser negligente, al considerar, erróneamente, que sus hijos adolescentes ya están plenamente capacitados para dirigirse por sí solos. Aquí, y una vez más, en la moderación está la virtud.