Marisa Méndez, presidenta de la Asociación Postadopción en Acción (APAeA) es, junto a Casilda Cortés, la coordinadora del libro Retos y desafíos de la postadopción (Ed. Sentir), una obra escrita para familias y profesionales, donde se aborda la importancia de esta etapa desde una perspectiva que alcanza distintas dimensiones. Hemos charlado con ella.
El amor es siempre necesario, pero no siempre es suficiente. No podemos construir un buen sistema de postadopción sin contar con la experiencia y la voz de las personas adoptadas
A menudo se habla poco de postadopción, ¿cuál es su importancia en el proceso adoptivo?
La postadopción es una parte esencial del proceso, porque la adopción no termina cuando el niño o la niña llega a su nueva familia ni cuando se constituye legalmente. En realidad, ahí empieza un camino que se prolonga a lo largo de la vida de la persona adoptada y de su familia. Y ese camino no puede entenderse sin reconocer que hubo un antes y que cada uno llega a la adopción con su propia historia y sus propias experiencias. A esta etapa, la psicológa Sandra Baita la denomina "la cara oculta de la Luna" y me parece una estupenda metáfora, ya que podemos intuir que pasó, pero no tendremos certeza.
Y en la "cara visible de la Luna" que se da a lo largo de la postadopción se van construyendo los vínculos e integrando la historia personal y familiar. En este período, la familia adoptiva está llamada a convertirse en ese lugar seguro desde el que poder crecer y seguir caminando por la vida. Por eso, no deberíamos pensar en la postadopción únicamente como una respuesta cuando aparecen problemas. Se trata de ofrecer un acompañamiento preventivo y continuado que ayude a las familias a cumplir su función principal: proporcionar protección, conexión y pertenencia.
Actualmente, ¿se está acompañando a las familias y a los jóvenes adoptados como necesitan? ¿Qué habría que cambiar?
Precisamente, esto es algo que queremos conocer mejor. Desde la asociación estamos apoyando una encuesta de la doctora Sonia Milkova, en colaboración con el Hospital Universitario La Paz, para saber cómo se encuentran actualmente las personas adoptadas y sus familias y cuáles son sus principales necesidades.
Nuestra percepción es que el acompañamiento sigue siendo insuficiente y, además, muy desigual. Depende del lugar de residencia, de los recursos disponibles y, con demasiada frecuencia, de la capacidad económica de cada familia. Tampoco resulta fácil encontrar profesionales que conozcan bien la complejidad y las particularidades de la adopción y la postadopción.
Si el punto de partida es que la adopción es una medida de protección a la infancia vulnerable a través de familias ¿qué información, recursos y acompañamiento necesitan? Siempre decimos que el amor es siempre necesario, pero no siempre es suficiente.
Y sobre todo creemos que no podemos construir un buen sistema de postadopción sin contar con la experiencia y la voz de las personas adoptadas.
¿Cómo puede evolucionar el impacto de las experiencias adversas tempranas y qué factores favorecen la reparación?
Las experiencias adversas, incluso las muy duras o crueles, no afectan de la misma manera a todas las personas ni determinan inevitablemente su futuro. Su impacto depende de muchos factores: qué sucedió, durante cuánto tiempo, con qué intensidad, a qué edad, si hubo alguna figura protectora, cuántos cambios de cuidadores se produjeron y, por supuesto, la calidad y estabilidad de los cuidados posteriores.
Cuando estas experiencias ocurren antes de que exista lenguaje, es posible que no se conserven como un recuerdo que pueda contarse, pero sí pueden quedar registradas en la memoria implícita. En algunos casos, esto se expresa a través de sensaciones corporales, dificultades para regularse, respuestas de alerta, miedo ante las separaciones o determinadas formas de protegerse en las relaciones.
En los casos más graves, cuando aparecen situaciones de violencia, consumo de sustancias, autolesiones o riesgo para algún miembro de la familia, comprender el posible impacto del trauma no significa justificar la conducta ni sustituye las medidas de protección necesarias. En esos casos hay que garantizar la seguridad, primero, y buscar una intervención profesional adecuada y especializada que mire más allá del síntoma y busque en la función que este tiene o tuvo con relación a lo vivido.
Y ¿qué favorece la reparación del daño vivido?
Sobre todo, contar con relaciones estables, predecibles y respetuosas. Es decir, con adultos que sepan regularse, que puedan reparar el vínculo después de un conflicto y que ayuden a hablar de la propia historia sin secretos, juicios ni imposiciones. Reparar no significa borrar lo vivido, y cuántos padres querríamos tener una máquina del tiempo para haber estado ahí protegiendo cuando lo necesitaban. Pero ahora sí podemos acompañarlos a integrar su propia historia sin quedar atrapados o definidos por ella, mientras sienten experiencias reparadoras continuas.
¿Qué pueden incorporar los centros educativos y otras instituciones?
Lo primero es reconocer la enorme diversidad que existe entre los alumnos adoptados. No todos presentan dificultades emocionales, cognitivas o académicas, y tampoco podemos atribuir automáticamente cualquier dificultad a la adopción. Es necesario conocer y valorar a cada alumno de forma individual, evitando tanto patologizarlo como ignorar aspectos relevantes de su historia.
Los profesores ocupan un lugar privilegiado en la vida cotidiana de los niños y pueden convertirse en figuras muy importantes de seguridad, acompañamiento y detección de necesidades. Sin embargo, no siempre cuentan con la formación necesaria para comprender las diferentes realidades que pueden acompañar a la adopción. Por eso, sería conveniente incorporar formación específica y favorecer una coordinación efectiva con las familias y, cuando sea necesario, con los profesionales externos.
También habría que revisar y adaptar algunas actividades escolares que no contemplan la diversidad de historias familiares. Por ejemplo, cuando se piden fotografías de bebé y hay niños que apenas tienen una, quizá la del pasaporte o la que aparecía en su ficha de adopción. No se trata de eliminar estas actividades, sino de ofrecer alternativas para que ningún alumno tenga que inventar información, revelar algo íntimo o sentirse expuesto.
Es igualmente importante cuidar el lenguaje, intervenir ante comentarios racistas o estigmatizantes y respetar su historia y su decisión sobre como compartirla.
¿Qué conviene transmitir a la familia extensa sobre el proceso adoptivo y la postadopcion?
Si a los propios padres les ha faltado información o preparación, es muy fácil que la familia extensa haya quedado todavía más al margen. Sin embargo, los abuelos, tíos, primos y demás personas cercanas pueden convertirse en una magnífica fuente de seguridad y pertenencia.
Para ello, a veces es necesario revisar ciertas expectativas en torno a la adopción. La primera es que ningún niño tiene que sentirse agradecido por haber sido protegido. La adopción no es un favor que se le hace y la familia adoptiva no viene a "rescatarlo". Es una medida de protección ante una situación de desamparo o ante la imposibilidad de que su familia de origen pudiera cuidarlo.
Un niño puede sentir alegría por su nueva familia y, al mismo tiempo, tristeza, miedo, rabia o lealtad hacia su familia de origen. Puede querer acercarse y, a la vez, rechazar el contacto. Esto no tiene por qué ser ingratitud ni mala educación. En ocasiones es una forma de protegerse ante la incertidumbre o de comprobar si esos adultos seguirán ahí cuando las cosas se pongan difíciles.
A la familia extensa le pediríamos paciencia, respeto por sus tiempos y que no interrogue al niño sobre su historia. También que evite las comparaciones, las bromas sobre el parecido físico y los comentarios despectivos hacia la familia de origen. El niño necesita ser recibido con naturalidad, sin convertirse en el centro de todas las miradas y sin que se le exijan muestras inmediatas de afecto o adaptación.
Quizá el mensaje más importante que puede transmitirle la familia extensa, con palabras y con hechos, sea este: "Aquí hay un lugar para ti y no tienes que hacer nada especial para merecerlo".
¿Hay alguna etapa de la postadopción que requiera más recursos o resulte más desafiante?
No hay una etapa que sea necesariamente la más difícil para todas las personas y familias, pero sí existen momentos de transición que pueden requerir una atención especial: la llegada y la adaptación inicial, el comienzo del colegio, los cambios de etapa educativa, la adolescencia, la búsqueda de orígenes, el inicio de las relaciones de pareja, la maternidad o la paternidad y las experiencias de pérdida o separación.
La adolescencia suele recibir especial atención porque es una etapa en la que cualquier joven empieza a preguntarse con más fuerza quién es, de dónde viene, a quién se parece y cuál es su lugar en el mundo. En algunos adolescentes adoptados, estas preguntas pueden conectarse con los orígenes, la identidad, el sentido de pertenencia o las pérdidas vividas, y provocar dolor, conflicto o desregulación emocional que en los casos más graves precisan una atención rápida, protectora y cuidadosa.
Los padres tendrían que poder prepararse emocionalmente para acompañar la adolescencia y el inicio en la edad adulta. Deben poder sostener las preguntas, las dudas, el deseo de conocer los orígenes o incluso determinados momentos de rechazo sin vivirlos como una amenaza para el vínculo o para la pertenencia del joven a la familia.
Otro momento importante puede ser el acceso a la maternidad o la paternidad. Tener un hijo puede reactivar preguntas sobre los propios orígenes, el embarazo, el nacimiento, el parecido físico o los cuidados que se recibieron o no se recibieron. También pueden aparecer temores sobre la propia capacidad para cuidar y vincularse. Un acompañamiento respetuoso puede ayudar a comprender estas vivencias, diferenciarlas del presente e integrar la propia historia sin que tenga que interferir en la construcción del nuevo vínculo.
¿Qué papel desempeñan las asociaciones y los grupos de apoyo?
Las asociaciones cubrimos un espacio que, con demasiada frecuencia, permanece desatendido. En nuestro caso, estamos especialmente centrados en la investigación, la sensibilización y la difusión de la complejidad y las necesidades de la postadopción. También queremos impulsar la formación de profesionales y contribuir a que la atención que reciben las personas adoptadas y sus familias sea cada vez más especializada y rigurosa.
Los grupos de apoyo, por su parte, ofrecen a las familias un entorno de comprensión en el que pueden sentirse menos solas, poner palabras a lo que están viviendo, compartir experiencias y recursos y reconocer cuándo necesitan ayuda profesional. Sin duda son espacios muy valiosos.










