Marc Rodríguez, psicólogo, sobre los grupos de WhatsApp del colegio: "No solo tengo que trabajar y estar pendiente de mi hijo, sino también vigilar continuamente un chat para no fallar"


Con la vuelta al cole, se reactivan estos canales, que se convierten en una fuente de estrés para muchas familias


madre mirando al móvil acompañada de su hija© Getty Images/Westend61
10 de septiembre de 2026 a las 7:33 CEST

Avisos a las nueve de la noche sobre la cartulina de mañana, un reguero constante de mensajes sobre deberes o exámenes que no paran de sonar... Lo que nació como una ayuda para organizarse en el colegio puede terminar convirtiéndose en una fuente inagotable de estrés. Para muchas madres, el grupo de WhatsApp del cole deja de ser una herramienta útil y pasa a ser un escaparate de exigencias y comparaciones que solo alimenta la culpa y esa dichosa sensación de no llegar a todo.

Con la ayuda del psicólogo Marc Rodríguez vamos a buscar las claves fundamentales para aprender a marcar distancia frente al juicio ajeno, silenciar la saturación sin remordimientos y reconstruir una tribu escolar que sostenga de forma empática en lugar de fiscalizar.

¿Qué ocurre a nivel psicológico y en el sistema nervioso de una madre que recibe alertas constantes sobre deberes, exámenes u olvidos de sus hijos a través del móvil?

Cuando una madre recibe mensajes constantes sobre deberes, exámenes, materiales, excursiones, autorizaciones, cartulinas, disfraces o cosas que “se han olvidado”, su sistema nervioso puede entrar en un estado de alerta casi permanente. Y no es solo el mensaje en sí. Es lo que ese mensaje activa.

A veces llega un WhatsApp a las nueve de la noche diciendo: “Mañana había que llevar una caja de zapatos” o “recordad que el examen de mates es el viernes”. Y claro, en ese momento el cuerpo reacciona como si hubiera una urgencia. Aparecen tensión, culpa, sensación de no llegar, la idea de “otra cosa más que se me escapa”.

Desde la psicología podríamos decir que el móvil se convierte en una especie de interruptor del estrés. Cada notificación puede activar el sistema de amenaza: sube la atención, se acelera el pensamiento, aparece la necesidad de responder o revisar. El problema es que, si eso ocurre muchas veces al día, el cerebro deja de diferenciar bien entre lo importante y lo accesorio. Todo parece urgente.

Y muchas madres ya viven con bastante carga mental. El grupo del colegio puede sumar una capa más: no solo tengo que cuidar, trabajar, organizar horarios y estar pendiente de mi hijo, sino también vigilar continuamente un chat para no fallar. Es como tener una puerta abierta todo el día por la que pueden entrar pequeñas alarmas en cualquier momento.

madre mirando al móvil sentada en su sofá, con su familia© Getty Images

¿En qué momento un canal pensado para la logística escolar se puede llegar a convertir en un detonante de ansiedad?

Un grupo de WhatsApp escolar empieza siendo útil cuando sirve para organizar: recordar una fecha, compartir una información del centro o resolver una duda puntual. Hasta ahí, perfecto. El problema aparece cuando deja de ser una herramienta y se convierte en una fuente constante de ruido, presión o alarma.

El punto de inflexión suele aparecer cuando la madre siente que si no mira el grupo, algo malo va a pasar. Que se va a perder una información importante, que su hijo será el único sin material, que quedará como una madre despistada o que otras familias pensarán que no está pendiente.

Ahí el grupo ya no funciona solo como canal logístico, sino como detonante emocional.

Por ejemplo, si cada tarde hay 30 mensajes sobre los deberes y una madre acaba revisando el chat compulsivamente para comprobar si lo ha hecho todo bien, ya no estamos hablando solo de organización. Estamos hablando de ansiedad, de autoexigencia y de miedo a no estar a la altura.

También se vuelve problemático cuando el tono del grupo se llena de alarmismo: “Nadie nos ha avisado”, “esto es un desastre”, “mi hijo dice que mañana hay examen y no sabemos nada”. Ese clima se contagia. Y muchas veces una preocupación individual acaba convirtiéndose en una preocupación colectiva.

Cuando el grupo se convierte en un lugar donde se exhibe quién está más pendiente, quién organiza mejor, quién sabe más, quién protesta más o quién tiene al hijo más avanzado, entonces deja de acompañar y empieza a presionar

Marc Rodríguez, psicólogo

En estos grupos es habitual que aparezca la comparación implícita: “mi hijo ya lee”, “el mío ya tiene hecha la cartulina”. ¿Cómo influye la presión del juicio ajeno en el sentimiento de culpa o en el miedo a “no estar a la altura” como madre?

La comparación en la crianza toca una fibra muy sensible, porque no se compara solo lo que hace un niño, sino que muchas madres lo viven como una evaluación directa de ellas mismas.

Cuando alguien dice en el grupo “mi hijo ya lee solo”, “la mía ya ha terminado el trabajo” o “nosotros ya llevamos días preparando la exposición”, puede que no haya mala intención. Pero el efecto puede ser fuerte. Otra madre puede leerlo y pensar: “Yo ni me había enterado”, “mi hijo va por detrás”, “soy un desastre”, “no estoy pendiente”. Y ahí aparece la culpa.

La culpa materna muchas veces no necesita grandes pruebas. Se activa con muy poco, porque muchas madres ya viven con la sensación de que deberían llegar a todo. Trabajar, cuidar, acompañar emocionalmente, estimular, educar, organizar, estar informadas, no fallar, no gritar, no olvidarse de nada. Es una lista imposible, sinceramente.

El juicio ajeno, aunque sea imaginado, pesa mucho. No hace falta que nadie diga directamente “eres mala madre”. Basta con sentir que otras familias lo hacen mejor, llegan antes o están más organizadas.

Es como estar haciendo un examen que nadie ha anunciado, pero sentir que todo el mundo te está corrigiendo.

¿Cree que el entorno digital fomenta una crianza más competitiva o fiscalizadora en lugar de generar una tribu de apoyo?

Puede pasar, sí. El entorno digital tiene cosas muy buenas: permite informar rápido, resolver dudas y conectar familias. Pero también puede fomentar dinámicas más competitivas o fiscalizadoras si no se cuida el tono.

Un grupo de madres y padres puede convertirse en una tribu o en un escaparate. Y no es lo mismo. Una tribu sostiene. Un escaparate compara.

Cuando el grupo se usa para compartir ayuda real, normalizar dificultades y repartir información de forma clara, puede ser muy positivo. Pero cuando se convierte en un lugar donde se exhibe quién está más pendiente, quién organiza mejor, quién sabe más, quién protesta más o quién tiene al hijo más avanzado, entonces deja de acompañar y empieza a presionar.

También hay algo importante: en digital se pierde mucho contexto. Una frase que en persona sonaría ligera, por WhatsApp puede sonar seca, crítica o desafiante. Y de ahí salen muchos malentendidos tontos, de estos que luego se hacen bola.

Por eso no diría que los grupos sean malos en sí. El problema no es el grupo. El problema es la dinámica que se crea dentro.

madre estresada en casa con sus tres hijos, hablando por teléfono© Adobe Stock

¿Qué perfil de madre o padre es más vulnerable a dejarse arrastrar por el clima de alarma o exigencia del grupo?

No hay un único perfil, pero sí hay personas más vulnerables a este tipo de presión. Por ejemplo, madres o padres con mucha autoexigencia. Personas que sienten que tienen que hacerlo todo perfecto y que cualquier despiste es un fracaso personal. Para ellas, un simple mensaje del grupo puede vivirse como una prueba de que no están llegando.

También son más vulnerables quienes tienen tendencia a la ansiedad o a anticipar problemas. Si una madre suele pensar “y si se me olvida algo”, “y si mi hijo queda mal”, “y si los demás piensan que no me implico”, el grupo puede alimentar mucho ese bucle.

Otro perfil sensible es el de madres primerizas o familias que están en una etapa nueva, como el inicio de infantil, primaria o instituto. Cuando todo es nuevo, hay más dudas y más necesidad de validación externa.

Y, por supuesto, personas que tienen poco apoyo o mucha carga mental. Si una madre siente que todo depende de ella, cada mensaje del grupo pesa el doble.

Un ejemplo muy común: una madre está trabajando, recibe veinte mensajes del chat del cole y no puede leerlos en ese momento. Aunque objetivamente no pase nada, puede sentir angustia por no estar “al día”. Ahí no es solo el chat, es todo lo que ya venía cargando de antes.

¿Qué estrategias psicológicas o pautas concretas se pueden aplicar para aprender a silenciar el “ruido digital” sin sentir culpa por “no estar enterada de todo”?

Aquí lo importante es pasar de una relación reactiva con el grupo a una relación más consciente. Es decir, dejar de responder cada vez que el móvil vibra y empezar a decidir cuándo y cómo se consulta. Algunas pautas útiles podrían ser estas:

  • Primero, diferenciar lo urgente de lo importante. No todo mensaje del grupo requiere atención inmediata. Que alguien pregunte por una ficha no significa que tengamos que soltar lo que estamos haciendo.
  • Segundo, establecer horarios de revisión. Por ejemplo, mirar el grupo una vez al mediodía y otra por la tarde. Esto ayuda mucho al sistema nervioso, porque deja de sentir que tiene que estar disponible todo el día.
  • Tercero, silenciar el grupo sin salir de él. Silenciar no es desentenderse. Es poner un límite. Igual que no dejamos la puerta de casa abierta todo el día, tampoco necesitamos dejar abierta permanentemente la puerta digital del colegio.
  • Cuarto, buscar una persona de referencia. A veces ayuda tener una madre o padre de confianza con quien confirmar cosas importantes sin tener que leer cien mensajes. Una especie de “si pasa algo realmente relevante, nos avisamos”.
  • Y quinto, trabajar la culpa. Una frase útil sería: “no necesito enterarme de todo al minuto para ser una buena madre”. Parece simple, pero a muchas madres les cuesta creérselo.

También conviene recordar algo: los niños pueden asumir pequeñas responsabilidades según la edad. No todo tiene que recaer en el chat de adultos. Si el niño tiene deberes, agenda o tareas, también forma parte de su aprendizaje que vaya ganando autonomía poco a poco.

 Una madre está trabajando, recibe veinte mensajes del chat del cole y no puede leerlos en ese momento. Aunque objetivamente no pase nada, puede sentir angustia por no estar “al día”

Marc Rodríguez, psicólogo

¿Cómo se puede marcar distancia emocional frente a las críticas o los debates tensos en el chat sin recurrir al aislamiento ni generar conflictos en la comunidad escolar?

Lo primero es no entrar en todas las batallas. En los grupos de WhatsApp hay debates que empiezan con una duda pequeña y acaban en una discusión enorme. Y muchas veces no aportan nada, solo cansancio. Marcar distancia emocional no significa desaparecer ni ser borde. Significa elegir dónde pongo mi energía.

Una buena estrategia es responder solo a lo necesario, con frases breves y neutras. Por ejemplo: “Gracias por avisar”, “lo consulto con el tutor”, “prefiero esperar a la información oficial del centro”. Este tipo de respuestas no alimentan el conflicto.

También ayuda no contestar en caliente. Si un mensaje nos molesta, podemos esperar diez minutos antes de responder. En digital, la impulsividad se paga cara, porque lo escrito queda y se interpreta muchas veces peor de lo que se pretendía.

Otra idea importante es no tomarse todos los comentarios como algo personal. A veces una madre hace un comentario desde su propia ansiedad, no desde una intención de juzgar. Esto no significa justificar malas formas, pero sí evitar absorber cada frase como si fuera un ataque.

Y si hay un tema delicado, mejor sacarlo del grupo. Las conversaciones importantes suelen ir peor cuando hay veinte personas mirando. A veces conviene hablar por privado o directamente con el colegio, y evitar convertir el chat en una sala de juicio.

Para quien siente que el grupo le satura pero teme salir por el “qué dirán”, ¿qué recomendación le daría para tomar esa decisión de forma asertiva?

Yo le diría que no tome la decisión desde el enfado ni desde el miedo, sino desde una pregunta muy sencilla: “Este grupo me ayuda o me está haciendo daño?”.

Si el grupo le satura, le altera, le hace sentirse culpable o le roba calma familiar, tiene derecho a tomar distancia. Salir de un grupo no significa ser mala madre ni desentenderse de la educación de su hijo. A veces significa simplemente cuidar la salud mental.

La decisión puede hacerse de forma asertiva y sin dramas. Por ejemplo: “Hola a todos, voy a salir del grupo porque necesito reducir un poco el ruido digital. Para cualquier tema importante seguiré pendiente de los canales oficiales del colegio. Gracias por toda la información compartida”. Y ya está. No hace falta escribir un testamento ni justificarse demasiado. Cuanto más nos justificamos, más parece que estamos pidiendo permiso.

Otra opción intermedia es no salir, pero silenciar, archivar y revisar solo en momentos concretos. Cada persona tiene que encontrar su punto.

Lo importante es entender que el bienestar mental también es una razón válida. No hace falta estar al borde del colapso para poner un límite.

¿Qué elementos diferencian a un grupo de WhatsApp tóxico o competitivo de una verdadera red de apoyo entre madres?

Un grupo sano informa, acompaña y facilita. Un grupo tóxico agobia, compara y fiscaliza.

En una red de apoyo sana hay respeto por los ritmos de cada familia. Si alguien pregunta algo, se responde sin humillar. Si alguien se equivoca, no se le señala. Si una madre no participa mucho, no se interpreta automáticamente como desinterés.

También hay un tono empático. Frases como “tranquila, nos ha pasado a todas”, “si necesitas te paso la información”, “no te preocupes, mañana lo revisamos” construyen comunidad.

En cambio, un grupo competitivo se nota porque todo parece una carrera. Quién ha comprado antes, quién se ha enterado primero, quién tiene al niño más avanzado, quién protesta mejor, quién organiza más. Y eso desgasta mucho, porque convierte la crianza en una especie de escaparate.

Un grupo sano también respeta los canales oficiales. No convierte cada rumor en alarma ni cada duda en una crisis. Sabe esperar, contrastar y no alimentar el caos.

Al final, la diferencia está en cómo te sientes después de leerlo. Si sales con claridad, calma o sensación de compañía, probablemente es una red de apoyo. Si sales con ansiedad, culpa o sensación de estar siendo evaluada, algo no va bien.

La tribu no debería ser un tribunal. Debería ser un lugar donde las familias puedan decir “no llego a todo” sin miedo a ser juzgadas.