Con solo escuchar la sintonía de la cabecera de esta serie de televisión, hará que muchos millennials se sientan invadidos por la nostalgia. Estamos hablando de una de las producciones más icónicas de los 80 (y de bien entrados los 90, cuando se seguía emitiendo en España): Los problemas crecen. Giraba en torno a la familia Seaver y a sus problemas cotidianos. Los padres, Maggie y Jason, intentaban capearlos como podían, recurriendo al sentido del humor, al tiempo que rompían algún que otro importante cliché de la época, como que la madre era la que trabajaba fuera de casa. Sus tres hijos, Mike, Carol y Ben, se enfrentan a cuestiones que han afectado y afectan a todos los adolescentes y a todos los niños de todas las generaciones. Y quizás esa sea la clave de que haya sobrevivido tan bien al paso del tiempo.
Este martes 1 de septiembre vuelve a emitirse, varias décadas después, en España en VinTV, donde volverá a sonar la mítica sintonía a las 21.00 horas. Y lo mejor de todo es que se puede seguir aprendiendo como familia, aún hoy en día, de esta serie. Así nos lo asegura Jesús Rivero, psicólogo de yees!, quien nos habla tanto de los aciertos de esta producción que siguen teniendo valor en la actualidad como de los errores, que nos deben servir para también como lecciones de crianza, de educación a los hijos y de cómo comunicarse en familia. Lo que nos cuenta Rivero es todo un aprendizaje.
No basta con estar físicamente, sino que hay que poder parar y escuchar cuando un hijo se acerca.
¿Qué pueden aprender hoy las familias de los Seaver?
Revisando capítulos he caído en algo que no vi cuando veía esta serie de niño en el sofá con mi familia, y es que en esa casa casi nadie se sienta a hablar, casi todo se dice de pie, junto a la nevera o mientras alguien busca un vaso, vamos, durante cualquier actividad cotidiana. Son conversaciones de tres minutos que no ha convocado nadie.
Recordemos la decisión de guion que en 1985 hace que Alan Thicke (el padre de familia, el Dr. Jason Seaver) aparezca prácticamente en todos los planos, y que a la vez resulta ser interesante porque el padre pasa a trabajar en casa y la madre decide retomar su carrera fuera de casa. Que uno de los progenitores trabaje en casa puede hacer que esté más presente en los problemas cotidianos, aunque no siempre es así. No basta con estar físicamente, sino que hay que poder parar y escuchar cuando un hijo se acerca. A veces será al volver del instituto, otras a última hora de la noche, en mitad de una película o cuando estamos descansando un rato. Si en esos momentos encuentra respuesta, es más fácil que vuelva a contar lo que le pasa. Si recibe varios "ahora no" seguidos, terminará por dejar de intentarlo.
A esto yo lo llamo "presencia interrumpible", que no es exactamente lo mismo que estar disponible. Se puede pasar la tarde entera en casa sin ser interrumpible, con el ordenador abierto y el "ahora no" puesto por defecto. El aviso suele ser un hijo que asoma por la habitación donde estamos, dice "nada, da igual" y se vuelve a su cuarto. Con la presencia interrumpible no hablo de estar pendiente todo el rato, que además es imposible. Si ahora no puedes, dilo: "dame diez minutos". Pero luego vuelve, y vuelve de verdad a los diez minutos. Lo que apaga el canal de comunicación con nuestros hijos es el "luego" que nunca llega.
¿Qué elementos del modelo familiar que muestra la serie siguen siendo útiles para entender las dinámicas actuales entre padres e hijos?
Lo primero que aguanta el paso del tiempo es algo que la serie hace casi sin darse cuenta: Jason y Maggie discuten delante de los hijos. Y a priori esto nos puede sonar mal, pero la cuestión es que no discuten a gritos, sino que cuando no están de acuerdo lo dicen, negocian, sobre todo negocian, y a veces uno cede. Un niño que ve eso está aprendiendo, sin que nadie se lo explique, que se puede discrepar sin que la casa se venga abajo. Aprenden algo de lo que les contamos, aunque se fijan bastante más en lo que nos ven hacer.
Otra cosa que sigue sirviendo es la previsibilidad. En esa casa se sabe a qué hora se vuelve, qué pasa si suspendes y qué está abierto a negociación. Suena rígido y es justo lo contrario porque cuando las normas están claras, dejan de discutirse cada tarde. Es la diferencia entre acordar en septiembre a qué hora se vuelve los viernes y tener esa misma discusión todos los viernes en la puerta, listos para salir y con los amigos esperando abajo, que es lo que de verdad acaba agotando a las familias.
Y aguanta, sobre todo, la reparación. Los padres de la serie cuando se pasan de duros, sueltan el comentario hiriente o se ponen sarcásticos, luego suben a la habitación a rectificar. Ese gesto, que parece menor, es probablemente lo más valioso que muestran. Los padres se equivocan, como todo el mundo. Lo importante es reconocerlo y volver a hablar con el hijo cuando uno se ha pasado. Y reparar tampoco exige un discurso, vale con entrar media hora después y decir "me he pasado, perdona, vamos a hablarlo con calma".
Lo que sí conviene tirar abajo es el envoltorio en el que se da todo esto. Esa escena final en el sofá, la música suave, la moraleja formulada por el adulto y la sensación de que los padres, en el fondo, siempre tenían razón. Ese cierre funciona bien en una comedia, pero en una familia los conflictos no suelen resolverse tan rápido ni de forma tan limpia.
¿Cómo se representan los roles de madre y padre y qué lectura psicológica podemos hacer desde una perspectiva actual?
Conviene recordar el contexto de 1985. En casi toda la comedia familiar americana el padre salía por la puerta con un maletín y volvía a las siete. Los Seaver arrancan con Maggie regresando al periodismo tras años en casa y con Jason mudando su consulta al salón. No eran los únicos, porque un año antes The Cosby Show ya había presentado a Clair Huxtable como abogada y madre trabajadora, pero seguía siendo algo minoritario en la televisión de aquellos años.
Lo interesante es que la serie desmonta sin querer una idea muy pegajosa, la de que cuidar es cosa de madres. Jason, el padre, cuida bien porque está ahí, no porque tenga un talento paterno especial. Maggie no cuida menos por trabajar fuera. El vínculo se construye con tiempo compartido y con respuestas cuando hacen falta. Eso no depende de ser madre o padre, no depende del sexo, sino de nuestro comportamiento en la crianza.
Pero también la serie arrastra los clichés de su tiempo y son bien visibles. La culpa la suele sentir toda Maggie, quien se disculpa por trabajar, corre para llegar, siente que se pierde cosas... Jason casi nunca lo hace. Él, además, es el experto de la casa (psiquiatra, nada menos), lo que le concede siempre la última palabra. Y su papel de padre cuidador se presenta como una simpática excepción, no como lo esperable.
Hoy añadiríamos dos cosas. Que corresponsabilidad no es "ayudar en casa", sino repartir también la carga de anticipar y acordarse de todo. La prueba está en preguntarse en casa quién, papá o mamá, lleva en la cabeza cuándo toca la revisión del dentista o la organización de los estudios, la reunión del cole, el cumpleaños del sábado, etc. Y en segundo lugar que el papel de padre-terapeuta no es el adecuado porque cuando uno es padre, ejerce ese papel y se quita el de terapeuta, no puede ser las dos cosas a la vez.
¿Qué enseñanzas ofrece la serie sobre la autonomía de los niños y adolescentes y cómo encaja eso con los retos actuales?
La autonomía en casa de los Seaver llega en dosis pequeñas y casi siempre por la vía del bolsillo, porque Mike encadena empleos muy malos, Ben reparte periódicos y monta negocios que no funcionan y Carol se marcha a la universidad.
Para enseñar autonomía una de las cosas que utilizamos es el moldeamiento, que en la práctica resulta poco espectacular porque se avanza a trocitos, reconociendo cada paso en la dirección correcta, en lugar de esperar a que aparezca la conducta ya terminada. Nadie aprende a organizarse el día en que le dejamos organizarlo todo de golpe y mucho menos con quince años.
En la serie vemos cómo, en más de una ocasión, los hijos de los Seaver asumen responsabilidades pagando con dinero de sus ahorros los líos que generaron. Y es que buena parte de los errores adolescentes de 1985 (sobre todo en el contexto de Estados Unidos que veíamos en series y películas) se pagaban y se olvidaban, parecía que con eso bastaba.
Pero hoy algunos errores tienen más recorrido que antes. Un mensaje, una foto o un vídeo pueden seguir circulando mucho tiempo, incluso cuando el adolescente ya ha cambiado de opinión. Y mientras tanto tendemos a sobreproteger precisamente lo que sí es reversible (suspender, gastarse mal la paga o elegir mal una actividad extraescolar), que es justo donde deberían poder tropezar. Cuesta bastante quedarse quieto y dejar que se le olvide el trabajo en casa y dé la cara ante el profesor, o que se funda la paga el día 3 y le toque aguantar hasta fin de mes. Pero es ahí donde se aprende.
Lo que educa no es lo dura que sea la consecuencia, sino lo clara y lo anticipada que esté
¿Qué papel juega el humor en la construcción del vínculo familiar y por qué sigue siendo una herramienta tan poderosa?
En esa casa el humor aparece constantemente. Los Seaver se pican mucho entre ellos. El humor, cuando se usa bien, puede ayudar en varias cosas. Reírse juntos es una de las recompensas sociales más potentes que existen, así que la gente vuelve a por más. Cuando una discusión empieza a escalar (reproche, respuesta, reproche mayor, y sigue…), una salida con gracia la puede cortar mejor que otro argumento. Y además ayuda a mirar el problema desde otro lado, algo especialmente valioso con adolescentes que tienden a vivirlo todo en formato tragedia.
Pero la serie enseña también el reverso del uso del humor, es decir, cuando lo usamos sin mirar las consecuencias. Durante varias temporadas los guionistas incluyeron chistes sobre el peso de Carol. Tracey Gold, la actriz, ha contado años después que esos chistes se multiplicaron y se volvieron más hirientes cuando volvió de unas vacaciones con algo más de peso, y que llegó a pedir a los guionistas que los quitaran sin que le hicieran caso. En 1992 ingresó en tratamiento por anorexia y tuvo que apartarse temporalmente de la serie, no solo por esos chistes ya que todo es más complejo, pero peso seguramente tuvieron.
Es un ejemplo bastante claro de cómo una supuesta broma puede dejar de serlo. El humor puede acercar mucho cuando todos se sienten incluidos. El problema aparece cuando la broma siempre recae sobre la misma persona o sobre algo que le duele, como el cuerpo o una inseguridad. Esto suele verse bien con los motes de casa. Ese "gordi" cariñoso o ese "pequeñín" pueden funcionar como un guiño compartido durante años y convertirse en otra cosa el día en que a esa persona deja de hacerle gracia y los demás seguimos usándolos igual.
Mientras leéis esto os dejo una pregunta que se responde rápido: cuando bromeo con mi hijo, ¿se ríe él también, o solo me río yo?
¿Qué tipo de límites y normas se muestran en la serie y cómo se relacionan con los debates actuales sobre disciplina y crianza respetuosa?
La serie muestra tanto aciertos como errores a la hora de poner normas. A veces los Seaver acuerdan las condiciones por adelantado y con claridad, y funciona. Otras improvisan un "a tu cuarto" que no tiene nada que ver con lo ocurrido. Y en alguna ocasión cruzan una línea, por ejemplo, en el episodio 'Nasty Habits', Jason logra que Mike se ponga por fin a escribir un trabajo diciéndole que ya ha asumido que su hijo solo aspira a ser un vago. En el guion funciona, pero en la vida avergonzar puede hacer que el hijo esconda más las cosas.
Sobre esto lo que sabemos es bastante poco llamativo: lo que educa no es lo dura que sea la consecuencia, sino lo clara y lo anticipada que esté, que esté relacionada con el acto y que se cumpla. Un castigo puesto sin pensar puede frenar una conducta en ese momento, pero no siempre ayuda a que el niño o el adolescente entienda qué debería hacer de otra manera. Una de las frases que más escucho en mi consulta es: "Jesús, hago lo que quiero porque haga lo que haga voy a estar castigado". Una frase para reflexionar sobre cómo utilizamos estos métodos a nivel educativo y de crianza.
Un ejemplo cotidiano de la diferencia podría ser que no es lo mismo quitar el móvil de golpe un martes en mitad de una bronca que haber acordado el domingo anterior que a partir de las once los móviles se quedan cargando en la cocina, los de todos, los nuestros incluidos.
Por eso conviene bajar un poco el tono del debate que tenemos montado, el de límites frente a crianza respetuosa. Y con estos términos que se utilizan yo me pregunto: ¿es que poner límites no es respetuoso? Hay discrepancias reales entre profesionales alrededor de conceptos como "crianza positiva" o "crianza sin castigos", y no voy a fingir que estén resueltas. Pero lo que la mayoría sí tenemos claro es que las normas y los límites son importantes, porque la propia vida nos los pone. La crianza es en buena parte un reflejo de esa vida y nos prepara para ella, y la convivencia, en el ámbito que sea, los necesita.
El desacuerdo está más bien en cuántas normas, cómo se dicen y qué hacemos cuando se incumplen. Yo defiendo tener pocas, decirlas antes, sostenerlas sin gritar y dedicar bastante más energía a reconocer lo que sí queremos ver que a perseguir lo que no. Se puede poner un límite sin levantar la voz y aceptar que al hijo no le va a gustar. Que se enfade no significa que el límite sea injusto.
¿Qué retrato hace la serie de la adolescencia y qué aprendizajes pueden extraer hoy padres y madres sobre esa etapa?
El retrato es de manual ochentero: Mike es el vago simpático, Carol la empollona insegura y Ben el pequeño que quiere ser mayor. Son etiquetas cómodas para escribir una comedia y bastante malas para vivir en una familia. Cuando a un chaval se le repite durante años que es "el vago" o "la empollona", puede acabar asumiendo ese papel y comportándose como se espera de él.
Aun así, la serie acierta en algo que a muchos padres les cuesta digerir. En la adolescencia cambia el peso de las cosas, y lo que opinan los amigos empieza a valer más que lo que opinamos nosotros. En casa se nota en detalles pequeños y bastante dolorosos, como que prefiera quedarse con sus amigos antes que ir a la comida del domingo o que conteste con monosílabos quien hace tres años te lo contaba todo. No es una traición ni un fallo de nuestra crianza, es lo que tiene que pasar en esta etapa vital en la que descubren nuevas puertas y definen su lugar en el mundo.
Otra cosa es cuando ese silencio se generaliza. Cuando las familias llegan a consulta con problemas ya serios y aparece también en nuestros despachos: adolescentes que se cruzan de brazos y no quieren hablar con nadie, tampoco conmigo. Eso ya va más allá de la distancia normal de la edad. Suele ser un chaval que ha dejado de esperar que hablar le sirva para algo, y recuperar esa confianza cuesta bastante más.
El mejor ejemplo está en un capítulo de la segunda temporada. Mike se niega a consumir cocaína en una fiesta y, en lugar del aplauso que esperaríamos, se siente rechazado y piensa que sus amigos se van a reír de él. La serie no lo maquilla y hacer lo correcto le sale caro. Y su padre no le suelta el discurso triunfal; en ese momento, más que darle una lección, entiende que ha tomado una buena decisión pero que también ha perdido algo importante para él. También en el episodio "Second Chance", donde el novio de Carol muere tras conducir bebido, la serie se atreve con lo que muchas veces no queremos ver para con los hijos: que hay cosas que no podemos impedir. Lo que sí está en nuestra mano es hablar antes y estar cerca después.
¿Qué patrones de comunicación aparecen y cómo pueden servir de espejo para mejorar el diálogo en las familias actuales?
En la serie aparecen formas de hablar que ayudan y otras que suelen complicar más las cosas. Digamos que las que funcionan ocurren "al lado". Muchas conversaciones salen mejor mientras se hace otra cosa, en el coche, preparando la cena o recogiendo. Un "tenemos que hablar" puede hacer que los hijos se pongan a la defensiva antes de empezar. También funciona cuando Jason cuenta primero una torpeza suya y luego opina sobre la de su hijo, porque reconocer el propio ridículo puede hacer que el adolescente baje la guardia.
Las que no funcionan son el sermón final y la ironía usada como corrección. En esos minutos es fácil que el hijo desconecte, no escuche y solo esté esperando a que su padre o su madre termine. Y es que estos sermones están tan integrados en nuestras vidas que casi nos salen solos. Y lo digo por experiencia propia. Me he visto en consulta soltándole el sermón paternalista a un adolescente y pensando a media frase: "¡error!, cambia el discurso, escucha, empatiza y acompaña". Porque el sermón le entra por un oído y le sale por el otro, y además ya está harto de oírlo en casa.
Tres cosas podéis probar esta misma semana. La primera, hablar en marcha, aprovechando trayectos y tareas, en vez de "convocar reuniones para hablar". La segunda, escuchar sin resolver, porque muchas veces no buscan una solución, quizás solo quieren contarlo sin que se monte un drama. Si te cuenta que ha discutido con un amigo decirle "vaya faena, ¿y cómo lo llevas?" abre bastante más que "pues mañana hablas con él y lo arreglas" (que quizás pueda venir más tarde). Y la tercera, describir lo que ha hecho en lugar de etiquetar lo que es, ya que no es lo mismo decir "has llegado dos horas más tarde de lo que acordamos" que "eres un irresponsable". Lo primero se puede cambiar y lo segundo se puede convertir en algo que hasta le defina.
También conviene fijarse en la proporción entre correcciones y conversaciones normales. Si casi todo lo que le decimos a un hijo es corrección, poco a poco dejamos de ser alguien con quien apetece hablar.
En la adolescencia cambia el peso de las cosas, y lo que opinan los amigos empieza a valer más que lo que opinamos nosotros
¿Por qué la nostalgia de series como esta puede ser una vía para reflexionar sobre cómo han cambiado las familias y qué valores siguen vigentes?
Porque hablar de los Seaver es una manera indirecta (y quizás por eso eficaz) de hablar de uno mismo. Si le preguntas a alguien cómo le criaron, se pone a la defensiva o sale a defender a sus padres. Si le pones un capítulo, opina sin problema sobre castigos y maneras de querer. La nostalgia permite hablar de estos temas con cierta distancia. A veces resulta más fácil opinar sobre una familia de ficción que hablar directamente de cómo nos educaron.
Y, además, se puede hacer en familia. Ver un episodio con los hijos y preguntarles qué habrían hecho ellos da más juego que diez advertencias.
Pero sobre todo ha cambiado el escenario. En 1985 la vida adolescente casi cabía dentro de la casa y del instituto, y por eso los padres podían verla pasar. Hoy buena parte ocurre tras una pantalla a la que no tenemos acceso. Y también ha cambiado la forma de las familias, porque también pueden ser monoparentales, con dos madres o dos padres o con abuelos sosteniendo horarios imposibles. Han cambiado muchas cosas, también la tecnología y la manera en que se organiza el día a día. Pero algunas necesidades siguen siendo parecidas, como que los hijos sepan que pueden hablar, que las normas sean claras o que los adultos reconozcan sus errores cuando se equivocan. La serie puede servir para pensar en todo eso, siempre que no la idealicemos.
Y para no idealizarla, un apunte final. Mientras aquella familia modélica hacía chistes sobre el peso de una de sus hijas, la actriz que la interpretaba estaba enfermando de verdad. No fue una época mejor, sino que había problemas de los que se hablaba menos o, simplemente, no se hablaba.






