Qué son los padres dron y cómo influyen en la autonomía y la autoestima de sus hijos, según la educadora emocional Cristina Gutiérrez Lestón


La experta nos explica que tienen la creencia de que lo normal es que el mundo entero gire alrededor de las supuestas necesidades de sus hijos


Cristina Gutiérrez Lestón, educadora emocional y escritora© Cedida
15 de junio de 2026 a las 7:32 CEST

Hay un estilo de crianza en el que las familias educan 'desde el aire', sin apenas ruido pero con un control absoluto. Son los llamados 'padres dron': no sobrevuelan como los helicóptero, sino que tratan de dirigir la vida de sus hijos desde la distancia, coordinando deberes, amistades, entrenadores y hasta emociones. Lo hacen por miedo, pero ese control constante acaba debilitando justo lo que más necesitan los niños: autonomía, autoestima y la certeza de que pueden con la vida sin que nadie vuele sobre ellos.

En una crianza marcada por la vigilancia digital y la ansiedad por evitar cualquier tropiezo, la sobreprotección se ha convertido en una forma silenciosa de desprotección, tal y como nos explica Cristina Gutiérrez Lestón, educadora emocional, investigadora en competencias emocionales aplicadas, conferenciante y formadora de empresas

¿Cómo definiría la figura del padre dron y en qué se diferencia exactamente de los conocidos “padres helicóptero”?

El padre helicóptero es el que sobrevuela constantemente a su hijo en un ejercicio agotador. El padre o madre dron es una versión más sofisticada de sobreprotección: dirige, pero desde la distancia siendo capaces de controlarlo todo estando a kilómetros de su retoño. Los maestros me hablan de los padres que les dicen qué día han de poner los deberes para que cuadre con los extraescolares de su hijo, o con quién ha sentarse en clase, o con quien ha de dormir en los campamentos. Son los que dan instrucciones al entrenador, al monitor, a los abuelos o a la canguro, y esperan que se cumplan en la firme creencia que lo normal es que el mundo entero gire alrededor de las supuestas necesidades de su niño o niña, sin darse cuenta de que quienes van en contra de la naturaleza del mundo son ellos, porque lo que los niños necesitan, a veces desesperadamente, es sentir que pueden, que son útiles y que tienen la capacidad de afrontar las pequeñas dificultades diarias.

Sobreproteger es desproteger, literalmente, y el mensaje que reciben cada vez que lo hacemos es “ya lo hago yo porque tú no puedes”, hasta que se lo acaban creyendo.

¿Qué ha cambiado en la crianza actual para que el control parental haya evolucionado hacia esta vigilancia “a distancia”?

Lo que ha cambiado es el miedo, que ha aumentado exponencialmente en nuestra sociedad. Y si añadimos la tecnología, ese canal directo a la preocupación, tenemos el coctel perfecto para que surja la pandemia de sobreprotección que estamos viviendo. Hoy podemos saber qué deberes tiene nuestro hijo, dónde está y con quién, a qué hora llega, qué nota ha sacado, si ha leído el mensaje, cuántos pasos da, sus pulsaciones, el porcentaje de energía que le queda... Toda esta información nos hace un dibujo de nuestro retoño, sabemos tanto, que ya no hace falta ni preguntarle como se encuentra, antes de entrar en casa ya lo sabemos todo, y ahí perdemos oportunidades, la sorpresa de leer en su mirada cómo ha ido el día, el preguntar, el debatir, el conocerlo…

Antes, cuando un niño salía de casa, los padres tenían que confiar. Ahora vigilar es una tentación que nos lleva al control enfermizo, y por tanto a la desconfianza, a creer y hacerle creer que el mundo es peligroso, porque si no ¿para qué tanta vigilancia? 

madre e hija jugando al aire libre© Getty Images

¿Qué impacto tiene en los niños que sus padres supervisen cada detalle de su vida escolar a través de grupos de WhatsApp o llamadas al colegio?

Cuando un niño siente que hay un adulto vigilando permanentemente, deja de desarrollar parte de sus propios recursos, hablo de responsabilidad, autonomía, autoconfianza, empoderamiento… Y las consecuencias hace tiempo que las veo; bajas autoestimas sobre todo en la ESO, desconfianza generalizada, dependencia, inseguridad y miedo.

Impedirles vivir experiencias que los pongan a prueba, que entrenen sus habilidades, sus capacidades y sus talentos es negarles dos factores de protección esenciales para su salud mental: el creer que pueden y el saber quiénes son.

Imagina que cada vez que intentas subir una escalera, alguien te cogiera en brazos. Sería muy cómodo, pero ¿cómo te sentirías? ¿fuerte y capaz? O ¿débil y dependiente?

La autoestima no se construye ante la comodidad o el “qué bien lo haces todo”, sino haciendo cosas que son difíciles para ti.

Recuerdo a Julia, una niña de 7 años, que dijo sorprendida tras hacer liderazgo con el caballo: “¡Soy valiente y no lo sabía!”. Justo ahí empieza la verdadera autoestima. Demos oportunidades para que nuestros pequeños descubran todo lo que pueden hacer por si mismos

¿Qué señales indican que un padre está cruzando la línea entre acompañar y controlar?

Haciéndote dos preguntas:

  • La primera es muy simple: “¿Esto puede hacerlo él o ella?”. Si puede hacerse el bocata de la merienda, abrocharse la chaqueta o discutir la nota del examen con su profesor de ESO, que lo haga. Y si dudas, que lo pruebe contigo a su lado, y ambos sabréis de lo que son capaces. ¡Os sorprenderán!
  • Y la segunda es preguntarte: ¿Quién está tomando esta decisión, mi miedo o yo? Si constantemente anticipas problemas, hablas por tu hijo, resuelves conflictos, justificas cualquier consecuencia o supervisas cada paso que da, el miedo habla y decide por ti. Cuidado porque el miedo es contagioso, como cualquier virus.

La autoestima no se construye ante la comodidad o el “qué bien lo haces todo”, sino haciendo cosas que son difíciles para ti

Cristina Gutiérrez Lestón, educadora emocional

Afirma que el principal motor de este estilo de crianza es el miedo a que los hijos sufran. ¿Qué consecuencias tiene educar desde ese miedo?

En Líbrate del miedo explico que el problema no es tener miedo, sino que el miedo te tenga a ti. Cuando educamos desde el miedo sustituimos el preguntarnos qué necesita nuestro hijo para crecer por el qué necesito yo para estar tranquilo.

Y son dos cosas muy diferentes. Muchas veces quitamos una piedra del camino para evitar que tropiece. Pero precisamente esa piedra puede entrenarlo en la responsabilidad, la resiliencia o la humildad.

¿Sabes? La sobreprotección estresa mucho a los chavales, porque hay tanto control que es como si tuvieran una cámara grabándoles todo el día para que no se equivoquen o no fallen. Sienten una enorme presión y necesitan relajarse, y no ser los más listos, ni los más guapos, ni los perfectos… solo quieren tener permiso para ser él, para ser ella y que eso sea suficiente para sentirse merecedores de ser queridos.

Eduquemos al hijo que tenemos, no al que querríamos tener, y preguntémonos: “¿Esto lo hago para que crezca, para entrenar su valentía o para calmar mi miedo?”

¿Cómo se construye la tolerancia a la frustración cuando los padres intentan evitar cualquier error o incomodidad?

Permitiendo que cada día vivan una pequeña contrariedad, porque eso los fortalecerá (con no sobreprotegerlo bastará porque cada día pasan cosas incomodas). El mayor acto de amor no es dar lo que un niño quiere, sino ofrecerle lo que necesita para crecer, como los límites, el “no, porque te quiero”.

Los padres y madres tenemos dos papeles: el de papá y mamá que es el amor incondicional, es decir, sin condiciones, pase lo que pase, yo siempre te querré. Y luego viene el segundo papel, el de entrenador para la vida. Y como cualquier entrenador se ocupa de descubrir el potencial de sus jugadores para hacerlo más grande entrenado habilidades de vida como la responsabilidad, la paciencia, la autonomía, la autoestima, la empatía o la fortaleza interior.

Cuesta sostener el malestar de nuestros hijos, es cierto. Pero veamos esa emoción desagradable no como un problema sino como una oportunidad de entrenar la tolerancia a la frustración, que es como un músculo. Nadie desarrolla fuerza evitando todos los esfuerzos sino entrenando cada día un poco.

¿Qué efectos a largo plazo puede tener esta sobreprotección en la autoestima y la seguridad interna del niño?

La sobreprotección termina transmitiendo miedo, inseguridad, baja autoestima, dependencia y desconfianza, es decir, es incapacitante porque si cada vez que un niño se acerca a un desafío y aparece un adulto para rescatarlo, el mensaje acaba siendo “Sin mí no puedes ni podrás”. La autoestima, esa capacidad para queremos a nosotros mismos, no se construye en la comodidad sino en la conquista, en el saber que “soy capaz".

madre abrazando a su hijo en la playa© Getty Images

¿Cómo viven los docentes la presión de los padres dron?

Con enorme frustración, presión y desesperanza. Deben educar a sus alumnos desde la valentía y confiando en las posibilidades de cada uno, lo que es un navegar contracorriente en una realidad de hiper paternidad como la que vivimos hoy en día y sienten que además, deben justificar permanentemente cada decisión que toman. Es como intentar arbitrar un partido mientras cientos de personas te corrigen cada jugada desde la grada, absolutamente estresante y confuso.

Siempre explico a los padres que la educación de un niño es como un puente con dos columnas, familia y escuela. Si una de las columnas se mueve, el puente es poco estable. Debemos trabajar juntos y alineados, familia y escuela, para que cada alumno tenga un educación firme, amable y segura.

¿Qué consecuencias tiene para la convivencia escolar que las familias cuestionen continuamente decisiones pedagógicas o disciplinarias?

La confianza es la base de cualquier equipo humano porque sin confianza no hay equipo.

Cuando los adultos transmitimos desconfianza hacia la escuela o los docentes, los niños también aprenden a desconfiar. Y ahí aparecen los malos entendidos porque hacemos la peor interpretación posible: mentideros en los grupos de WhatsApp, bandos de familia contra escuela, profesor contra alumno, dirección contra familias. Educar es remar juntos en una misma dirección, no tirar de la cuerda en direcciones opuestas. Si eso ocurre lo niños, que son muy listos, se dan cuenta y se aprovechan para hacer lo que quieren, metiendo más leña al fuego entre unos y otros. Hacer esto por parte de los adultos (familia y escuela) es muy poco inteligente.

Eduquemos al hijo que tenemos, no al que querríamos tener, y preguntémonos: “¿Esto lo hago para que crezca, para entrenar su valentía o para calmar mi miedo?”

Cristina Gutiérrez Lestón, educadora emocional

¿Qué efectos puede tener este control excesivo cuando los hijos llegan a la adolescencia?

La adolescencia es el momento en que se despliegan todas las habilidades y competencias entrenadas en la niñez. La autonomía para saber decir no, la autoestima para quererte cuando algunos amigos no lo hagan, la empatía para tener relaciones saludables o la fortaleza interior para levantarte cada vez que te caes. Nadie aprende a conducir leyendo el libro de teórica, ¿verdad? Pues con las habilidades pasa lo mismo, si no practicamos, no podemos arrancar ni poner las marchas para ir a donde queramos ir. Tomar decisiones, pensar con criterio propio, tolerar la frustración, asumir errores, responsabilizarse del propio comportamiento…. Si no se entrena, no se tiene.

Además, cuando durante años hemos controlado cada paso de nuestros hijos, la adolescencia suele convertirse en una batalla entre el control del adulto y la necesidad natural de libertad del joven, con el terror añadido de los padres que saben perfectamente que no es capaz porque nunca antes lo ha hecho solo.

¿Cómo se puede fomentar una relación basada en la confianza y no en la supervisión permanente?

Preparando al niño para el camino en lugar de preparar el camino para el niño.

Preparar el camino es quitarle todas las piedras. Preparar al niño es entrenarlo en el esfuerzo y el sacrificio para cuando haya fuertes subidas, en la valentía para cuando haya pendientes que asusten, y en saber disfrutar para cuando el camino sea plano y lleno de flores. Los hijos no necesitan padres que les resuelvan constantemente la vida, sino que confíen en que pueden aprender a resolverla.

Recordar que la confianza (etimológicamente significa “con fe”) no es pensar que nunca caerá. Es creer que, si se cae, tendrá los recursos para levantarse, y si no, que será capaz de pedir ayuda porque se lo hemos enseñado.

¿Qué le diría a un padre o madre que reconoce que quizá está actuando como “padre dron” y quiere cambiar?

Le diría que no se culpabilice, la mayoría de nosotros en España somos analfabetos emocionales no porque queramos, sino porque nadie nos ha enseñado. Y lo más importante, le diría que decida quien quiere que a partir de ahora eduque a su hijo, su miedo o él.