Raquel Muñoz, psicóloga: "Dejar una carrera que no gusta no es fracasar, es autoconocimiento y tener valentía para rectificar"


Uno de cada cuatro jóvenes acaban dejando los estudios que han comenzado. ¿Qué hay detrás de este fenómeno? ¿Cómo se les puede ayudar desde la familia cuando quieren cambiar de rumbo?


Raquel Muñoz, psicóloga© Diego_Lonjedo_photography
26 de agosto de 2026 a las 13:03 CEST

Tras la vuelta del verano, muchos jóvenes comenzarán su formación universitaria o superior. Algunos no lo harán en los estudios que habían soñado, lo que puede suponer un problema para lograr adaptarse finalmente. ¿Cómo acompañar estas situaciones? ¿De qué manera actuar si finalmente deciden que quieren probar otro camino?

Raquel Muñoz Navarro es psicóloga especializada en psicopedagogía y profesora en TusClasesParticulares. Charlamos con ella para que nos aconseje sobre qué es lo mejor en estos casos.

Un tropiezo académico a los 18 o 19 años, bien acompañado, se convierte casi siempre en una historia de crecimiento

Raquel Muñoz, psicóloga

Algunos adolescentes empiezan una carrera que no tenían en sus planes porque la nota no les ha dado para cursar la que deseaban. ¿Cómo se les puede animar desde la familia para que intenten adaptarse lo mejor posible?

Lo primero es validar la decepción. Cuando un chico o una chica no consigue la nota para la carrera que soñaba, lo que siente es una pérdida real, y minimizarla con frases como "no pasa nada" o "seguro que esta también te gusta" suele generar el efecto contrario. La familia puede acompañar mejor escuchando primero y animando después. Una vez elaborada esa frustración inicial, conviene ayudarles a entrar en la nueva carrera con mentalidad abierta: darle una oportunidad real, conocer las asignaturas, a los compañeros, las salidas profesionales... Muchas vocaciones se descubren, no se traen de casa.

También es útil recordarles que el sistema universitario español permite pasarelas, traslados de expediente y reconocimiento de créditos, de modo que empezar un grado no cierra puertas, sino que en muchos casos las abre. Y, sobre todo, transmitirles que su valía no depende de una nota de corte.

Chica adolescente delante del ordenador con cara de agobio© Getty Images

¿Cuál sería el plazo razonable, una vez comenzados los estudios, para decidir si los resultados no son satisfactorios y el estudiante no se siente a gusto, abandonar el grado e intentar otro camino?

Yo recomendaría no tomar decisiones definitivas antes de haber completado al menos el primer cuatrimestre con sus exámenes, y a ser posible el primer curso completo. Los primeros meses de universidad son un periodo de adaptación intenso: cambia el método de estudio, el entorno social, a veces la ciudad y la autonomía personal. Es muy fácil confundir el malestar propio de la adaptación con un desajuste vocacional real.

La clave no es tanto el calendario como las preguntas que se hace el estudiante: ¿lo que me desagrada es la carrera en sí o son las circunstancias (soledad, exigencia, añoranza)? ¿Hay alguna asignatura que me despierte curiosidad? ¿Me imagino trabajando en algo relacionado con esto? Si tras un curso completo la respuesta sigue siendo un no rotundo y argumentado, abandonar no es rendirse: es rectificar con información que antes no se tenía.

Adolescentes en la universidad© Getty Images

En el caso de que suceda esta posibilidad, de que acaben dejando esos estudios, pueden tener sensación de fracaso, ¿cómo ayudarlos a remontar?

El primer paso es reencuadrar lo ocurrido: dejar una carrera que no encaja no es fracasar, es autoconocimiento. Ha probado, ha obtenido información valiosa sobre sí mismo y ha tenido la valentía de rectificar, algo que a muchos adultos les cuesta toda la vida. Ese relato importa muchísimo, porque los jóvenes construyen su autoestima en gran parte con el espejo que les devolvemos.

Desde la familia ayuda evitar los reproches ("con lo que ha costado la matrícula", "ya te lo dije") y centrarse en el futuro: qué hemos aprendido y hacia dónde vamos ahora. También es importante vigilar señales de que la tristeza se prolonga o se intensifica –aislamiento, apatía, alteraciones del sueño– y, si aparecen, buscar apoyo profesional. Un tropiezo académico a los 18 o 19 años, bien acompañado, se convierte casi siempre en una historia de crecimiento.

Adolescente en la universidad© Getty Images

¿Es importante que en ese periodo en que dejan los estudios y no tienen obligaciones académicas, se les ayude a canalizar el tiempo disponible en tareas regladas: voluntariado, sacar el carnet de conducir, estudiar idiomas...?

Es fundamental. Un periodo largo sin estructura es terreno abonado para la desmotivación, el desorden de horarios y el aumento del tiempo de pantallas, y todo ello alimenta la sensación de estar "parado" o "perdido". La rutina es un protector emocional de primer orden. Ahora bien, hay un matiz importante: esas actividades deben construirse con el joven, no imponerse como castigo o como forma de "tenerle ocupado". El voluntariado, los idiomas, el carnet de conducir, un trabajo a tiempo parcial o incluso prácticas en un sector que le atraiga cumplen una doble función: mantienen hábitos y autoestima, y además son experiencias de exploración vocacional.

Muchos jóvenes descubren en un trabajo de verano o en un voluntariado aquello que quieren estudiar de verdad. El año "en blanco" solo lo es si se vive en blanco. Sin embargo, es un hecho muy común, pues uno de cada cuatro estudiantes abandonan la carrera que empiezan.

Los primeros meses de universidad son un periodo de adaptación intenso: cambia el método de estudio, el entorno social, a veces la ciudad y la autonomía personal. No recomiendo tomar decisiones hasta acabar el primer cuatrimestre o, mejor, el primer año

Raquel Muñoz, psicóloga

¿Qué factores hay detrás de este dato?

Es un fenómeno multicausal. El más evidente es la elección poco informada o forzada: se decide a los 17 años, con presión de tiempo, a veces condicionados por la nota de corte, por las modas o por las expectativas familiares, y con un conocimiento muy superficial de lo que realmente es cada grado.

La distancia entre lo que uno imagina que es una carrera y lo que encuentra en el aula explica muchos abandonos del primer año. A esto se suman el salto metodológico entre el bachillerato y la universidad, para el que no siempre se llega preparado; factores emocionales y de adaptación, especialmente en quienes se desplazan de ciudad; dificultades económicas que obligan a compaginar estudios y trabajo; y una orientación vocacional en secundaria que, siendo honestos, sigue siendo insuficiente. No es que los jóvenes de hoy sean menos constantes: es que eligen antes de poder conocerse y conocer las opciones.

Estudiantes en la biblioteca de la universidad© Getty Images

¿Cómo ayudarles a decidir si presentarse de nuevo a la PAU al año siguiente para intentar entrar en el grado que querían o probar con otro nuevo aunque no fuera el que deseaban inicialmente?

Más que darles la respuesta, hay que ayudarles a hacerse las preguntas adecuadas. La primera: ¿cuánto de vocacional tiene ese grado que se le resistió? Si es una vocación sólida y meditada, repetir la PAU para subir nota es un objetivo legítimo y perfectamente asumible; un año, a esa edad, no es nada.

La segunda: ¿qué probabilidad realista hay de alcanzar la nota necesaria? Conviene analizarlo con datos y no solo con deseo, incluso valorar vías alternativas para llegar al mismo destino: empezar un grado afín y solicitar traslado, cursarlo en otra universidad o comenzar por un ciclo formativo superior que dé acceso posterior.

Y la tercera: ¿el nuevo grado que se plantea le interesa de verdad o es solo "lo que hay"? Elegir por descarte suele repetir el problema. En este proceso puede ser muy útil la ayuda de un orientador o psicólogo especializado en orientación vocacional, que aporte una mirada externa y herramientas de autoconocimiento.

Madre hablando en el dormitorio con su hija adolescente© Getty Images

¿Hasta qué punto deben los padres intervenir en estas decisiones o bien dejarles autonomía para ello, teniendo en cuenta que la mayoría son ya mayores de edad?

El papel de los padres en esta etapa es el de acompañante, no el de piloto. La decisión debe ser del joven, porque la carrera la va a cursar él y porque decidir ―y asumir las consecuencias― es precisamente como se construye la madurez. Un adulto joven al que se le impone un camino tiene muchas más probabilidades de abandonarlo y, de paso, de resentir la relación familiar. Eso no significa desaparecer. Acompañar es ofrecer conversación sin interrogatorio, ayudar a buscar información, compartir la propia experiencia si la piden, poner sobre la mesa las condiciones realistas de la familia (económicas, de desplazamiento) y sostener emocionalmente cuando hay dudas o tropiezos.

La fórmula que suelo proponer en consulta es sencilla: opinión sí, cuando la pidan o de forma respetuosa; presión, no. Los hijos necesitan saber que confiamos en su criterio y que, se equivoquen o acierten, vamos a estar ahí. Esa seguridad de base es, paradójicamente, lo que mejor les ayuda a decidir bien.