Mientras las grandes islas del Mediterráneo italiano se llenan cada verano hasta reventar, sigue existiendo un archipiélago desconocido, que apenas asoma en los itinerarios de aquellos que buscan visitar Italia. De estas seis hermanas, nacidas del mismo fuego submarino, solo dos están habitadas todo el año, mientras otras dos reciben visitantes exclusivamente en verano y las dos restantes permanecen prácticamente vacías.
La exclusividad de ello es lo que ha convertido a este rincón en uno de los últimos reductos donde el Tirreno todavía parece un mar de otra época, ajeno al ruido de las grandes rutas de cruceros que recorren el resto de la costa italiana, un destino de playa, pero también de historia, donde llevarse un recuerdo más allá del moreno.
PONZA, LA ISLA QUE DA NOMBRE AL ARCHIPIÉLAGO
La primera imagen que se graba en la retina de quienes llegan en barco es un pequeño puerto en forma de media luna con fachadas apiladas en ocre, rosa y azul, terrazas colgadas unas sobre otras y ropa tendida entre balcones que buscan reflejarse en el agua. Esta es la postal más conocida de la mayor de las seis islas, Ponza, que da nombre a todo el archipiélago a pesar de sus discretos ocho kilómetros cuadrados. También es este el punto de partida de todo lo que ofrece este enclave, poblado desde el Neolítico y frecuentado después por fenicios, griegos y romanos, que dejaron acueductos y villas todavía visibles entre las rocas.
Ponza arrastra además una leyenda, la que asegura que su nombre viene de Poncio Pilato, cuya familia habría poseído allí una gruta que aún conserva su apellido. Esa gruta, conocida hoy como Grotte di Pilato, es en realidad un complejo de túneles y piscinas excavado a nivel del mar en época romana, probablemente destinado a la cría de morenas, que los romanos consideraban sagrado. Solo puede conocerse desde una barca, con guía local, porque el acceso a pie está cerrado desde hace décadas, cuando apareció sumergida en uno de sus túneles una estatua romana que hoy recuerda que la cavidad fue la antesala de la villa que el propio Augusto tenía en la isla, con una escalinata que comunicaba ambos espacios.
Al otro extremo de Ponza, en la pequeña localidad de Le Forna, asoma la única playa completamente de arena de toda la isla, Cala Feola, resguardada por un acantilado de toba que crea un microclima casi siempre en calma. Sin embargo, los encantos se alargan a un pequeño paso de ella, donde se encuentran las Piscine Naturali, cuencas de roca volcánica donde el mar entra filtrado por pasadizos subterráneos y sale transparente y quieto. Alrededor sobreviven unas curiosas casas-cueva excavadas por los primeros colonos, llegados de Torre del Greco, y hasta bien entrados los años cuarenta del siglo pasado la zona era además refugio ocasional de foca monje, una especie hoy prácticamente desaparecida de estas aguas.
PALMAROLA: SIN CARRETERAS, NI COBERTURA MÓVIL
Dejando atrás Ponza ponemos rumbo a Palmarola, una isla sin carreteras, sin cobertura de móvil y con apenas algún restaurante de temporada, lo que refleja que estamos en el lugar más salvaje de todo el archipiélago.
El oceanógrafo Jacques Cousteau la describió una vez como la más bella del Mediterráneo, una frase que se repite tanto en la zona que podría decirse que es su segundo nombre, un calificativo difícil de discutir cuando se navega junto a sus faraglioni y sus cuevas marinas mientras el sol busca el horizonte.
Protegida como reserva natural desde 1998, Palmarola nunca llegó a ser colonizada de verdad. Los antiguos romanos la usaron como puesto de vigilancia para su flota, pero jamás construyeron allí nada permanente, y esa indiferencia poco comprensible es lo que la ha salvado de la huella humana. No es raro ver cabras salvajes que bajan a veces hasta los acantilados, y quienes desembarcan para pasar el día suelen coincidir en que el silencio forma parte del paisaje tanto como sus animales. La forma de conocerla es la misma desde hace décadas: en barca desde Ponza, preferiblemente haciendo parada para un baño en alguna de sus calas y, si el horario acompaña, apurando para volver a puerto con la luz dorada del atardecer.
VENTOTENE Y EL DESTIERRO IMPERIAL
Una lengua de roca roja de poco menos de tres kilómetros de largo emerge del agua para contar uno de los episodios más curiosos de toda la Roma imperial. En el año 2 antes de Cristo, el emperador Augusto desterró aquí, en Ventotene, a su propia hija Julia, acusada de adulterio y traición contra su propio padre. Décadas después, Tiberio le copió el castigo con su sobrina Agripina. Durante casi un siglo, la isla, entonces llamada Pandataria, se convirtió en destino fijo de destierro para las mujeres incómodas de la familia imperial, condenadas a vivir rodeadas de un paisaje espléndido que, paradójicamente, no podían abandonar.
Los restos de la Villa Giulia, levantada por orden de Augusto en el promontorio de Punta Eolo, con sus termas todavía reconocibles, se asoman hoy con la vecina Ponza en el horizonte. La tradición local sitúa allí el lugar exacto donde la hija del emperador se bañaba durante su exilio, algo que no sorprende dado que la isla puede recorrerse a pie en poco tiempo. Más allá de las ruinas, la isla vive hoy protegida como parte de un Área Marina que resguarda fondos de roca basáltica negra nacidos de erupciones volcánicas de hace 1,7 millones de años, y sirve de refugio a especies como la tortuga boba o el halcón peregrino.
SANTO STEFANO Y SU PENAL EN HERRADURA
La relación de Ventotene con el cercano islote de Santo Stefano es la de un lugar que se ve todos los días, pero se hace difícil alcanzarlo, y no por las condiciones meteorológicas. Esta mole abandonada, visible desde casi cualquier punto de la costa y separada de su vecina por apenas un par de kilómetros de mar, tiene frente a sus orillas una reserva integral donde está prohibida la pesca y solo se puede entrar con excursiones autorizadas desde el puerto de Ventotene, lo que explica los bancos de peces que atraen cada verano a buceadores llegados de toda Italia.
Se trata de un islote deshabitado desde 1965, dominado por un antiguo penal en forma de herradura que construyeron los Borbones napolitanos a finales del siglo XVIII. Por sus celdas pasaron opositores al fascismo y presos políticos de distintas épocas, entre ellos el futuro presidente de la República italiana, Sandro Pertini, en uno de los episodios de reclusión más singulares de la historia europea reciente. Fue otro recluso, el periodista y político Altiero Spinelli, junto a Ernesto Rossi y con el prólogo de Eugenio Colorni, quien redactó allí en 1941 uno de los textos más influyentes del siglo XX, el Manifiesto de Ventotene, Por una Europa libre y unida.
Lo escribieron a escondidas, en papel de fumar, y lo guardaron en una caja de hierro con doble fondo hasta que pudo salir de la isla y publicarse clandestinamente en Roma en enero de 1944. El texto defendía una federación europea capaz de evitar que el continente volviera a caer en guerras y nacionalismos, y con el tiempo se convirtió en el documento fundacional del federalismo europeo, la semilla directa de lo que hoy es la Unión Europea.
Cerca de 800 hombres y mujeres fueron confinados en la zona por el régimen fascista, y en 2024 la primera copia clandestina que se conserva del manifiesto regresó al archipiélago, donde hoy se custodia en un archivo histórico dedicado a esa memoria. El penal puede visitarse actualmente, aunque solo acompañado de guías autorizadas, un lugar donde se ideó la actual Europa que queda apenas a unos pasos de una playa donde tumbarse a reflexionar sobre la historia.










