La cena ha llegado a su fin y la noche se ha adueñado ya de Budapest cuando el barco pone rumbo al último tramo de la travesía. En la cubierta superior, copa de champán y cámara en mano, los pasajeros esperan con emoción un instante que ha sido calculado con precisión: el momento en que, minutos después del ocaso, el Parlamento, a orillas de Pest, se ilumine y derrame su reflejo dorado sobre el agua. El edificio, de un estilo neogótico inspirado en la abadía de Westminster, parece flotar sobre el río, dejando una estampa imborrable en la retina.
Antes de llegar a esa última noche, el río ha ido desvelando poco a poco sus tesoros, y conviene echar la vista atrás. Lo primero que se descubre al asomarse al Danubio es que a Strauss le pudo la emoción: el río no es azul, como promete su vals más famoso, sino de un verde terroso, casi achocolatado. La licencia poética no le roba un ápice de grandeza. Y es que, más que un cauce fluvial, el Danubio es un hilo conductor, la primera gran “autopista” de Europa central. A lo largo de los 2.858 kilómetros que separan su nacimiento en la Selva Negra de su desembocadura en el mar Negro, encontraron refugio romanos, godos, suevos y magiares. Recorrerlo a bordo de un crucero fluvial es, en cierto sentido, asomarse a esa sucesión de pueblos y culturas desde sus aguas.
EL ARTE DE NAVEGAR DESPACIO
La travesía había comenzado días atrás en Viena, y la primera lección vino de la mano del propio río. Quien suba a un crucero fluvial esperando ver una réplica en miniatura de un gigante marítimo, se equivoca de plano. Aquí no hay un horizonte de agua infinita, ni falta que hace: al abrir la cortina de la suite, lo que se ve es la orilla, una catedral, un puente… todo al alcance de la mano. Hay varias compañías que conectan estas aguas y sus grandes capitales —de Viena a Budapest, pasando por Bratislava—, y todas ellas comparten la misma ventaja: el barco atraca en pleno centro de la ciudad, de modo que cada mañana te despiertas, literalmente, en el corazón de una ciudad distinta.
El barco es un capítulo más de este fascinante relato, y no un mero medio de transporte. Es el caso del Riverside Mozart, uno de los barcos más lujosos entre los que surcan las aguas de este rincón de la Vieja Europa. Con más de 20 metros de manga, es uno de los más espaciosos de la flota: un veterano restaurado con mimo que algunas publicaciones especializadas han llegado a calificar como "The Best of the Best". Las suites, más generosas que los camarotes habituales en cruceros de este tipo, se asoman al río desde grandes ventanales a nivel del agua. Además, cada huésped cuenta con un mayordomo personal: un asistente discreto que reserva una sesión en el spa o en la excursión del día —por ejemplo, una visita privada a la Biblioteca de Esztergom— o se ocupa de planchar la ropa y hacer las maletas antes de la partida.
Un crucero fluvial es, en esencia, todo lo contrario a un gran crucero oceánico: aquí no hay miles de pasajeros, espectáculos grandiosos ni casinos, sino un barco pequeño y tranquilo desde el que contemplar los paisajes que desfilan tras el cristal.
VIENA, PUNTO DE PARTIDA
Antes de soltar amarras, la capital austriaca desvela sus tesoros al viajero. La ciudad de los Habsburgo, que durante seis siglos y medio forjaron aquí su historia, se descubre mejor sin prisas, y un crucero ofrece la oportunidad ideal. A pocos minutos en autobús del embarcadero se encuentra el complejo del Belvedere: dos palacios que el general Eugenio de Saboya, el militar más célebre del imperio, encargó a Johann Lukas von Hildebrandt. Tras su muerte, la emperatriz María Teresa compró el complejo y lo convirtió en uno de los primeros museos públicos del mundo. Hoy su colección abarca 9 siglos de arte —desde la Edad Media al siglo XXI—, y está compuesta por innumerables pinturas y esculturas. Sin embargo, casi todos suben a la planta principal con una única obra en mente: El beso, de Gustav Klimt, esa imagen eterna de dos amantes sobre un fondo dorado que el artista terminó en 1908 y que el Gobierno adquirió incluso antes de que estuviera terminada.
Del esplendor del arte al de la corte apenas hay unos minutos de distancia. El Hofburg, el “castillo palaciego”, es un gigantesco complejo de casi 300.000 metros cuadrados, con 18 salas y 2.600 habitaciones. Bajo la enorme cúpula verde del Ala de San Miguel, el Museo Sisí se afana en separar a la mujer real del mito creado por el cine: la emperatriz Isabel, reservada y melancólica, que pasaba horas en el gimnasio instalado en sus aposentos, obsesionada por mantener la línea.
No muy lejos, la silueta de la catedral de San Esteban —el Steffl, como la llaman los vieneses— corona el casco antiguo con su torre sur, de más de 136 metros de altura, y su tejado de tejas esmaltadas. Quien se anime a rodear el ábside se encontrará con la figura de un Cristo doliente, a quien la tradición bautizó como “el Dios del dolor de muelas”. Se cuenta que tres estudiantes se burlaron de su expresión y, en ese mismo instante, les atormentó un dolor de muelas que solo desapareció después de pedir perdón. Entre la catedral y el palacio, los jardines imperiales ofrecen la oportunidad de descansar un rato antes de regresar al barco y, por fin, poner rumbo al este.
NAVEGANDO EL RECODO DEL DANUBIO
Aguas abajo de Viena, el río dibuja su tramo más pintoresco. Allí donde el río gira bruscamente hacia el sur, en el llamado Recodo del Danubio, las colinas se cierran sobre el agua y, una tras otra, van apareciendo las paradas que justifican un viaje sin prisas. La primera de ellas es Esztergom, a unos 50 kilómetros de Budapest. En su colina, hacia el año 972, el príncipe Géza fundó la capital del reino naciente, y fue precisamente donde, hacia el año 1000, nació y fue coronado su hijo Esteban, el primer rey cristiano de Hungría. Tras la invasión mongola de 1241, la corte se trasladó a Buda y, más tarde, la ciudad vivió un siglo y medio bajo el yugo otomano. Cada destrucción y cada reconstrucción añadieron una capa más a su rica historia.
De ese pasado regio se conserva su colosal basílica —es el templo más grande del país, con una de las cúpulas más altas de Europa, levantada entre 1822 y 1869—; en su interior cuelga el lienzo más grande del continente —una obra del italiano Michelangelo Grigoletti—, y desde su terraza se abarca de un vistazo el recodo del río y el puente Mária Valéria, destruido en 1944 y restaurado en 2001, que hoy permite cruzar a pie a Eslovaquia.
A los pies de la basílica se encuentra la Biblioteca de Esztergom, que atesora un fondo histórico de gran importancia, con cerca de 300 incunables y joyas como el Gradual de Bakócz.
A solo unos kilómetros de allí, la ciudadela de Visegrád se eleva sobre un meandro del río. La construyó el rey Béla IV tras la invasión mongola, y sirvió de refugio y torre de vigilancia antes de convertirse, en 1323, en la residencia del rey Carlos I. Entre sus muros se custodió mucho tiempo la Santa Corona húngara, hasta que, en 1440, una dama de compañía se la llevó a escondidas para trasladarla –cómo no– a Viena. A los pies de la fortaleza se encuentra el palacio real, que fue ampliado por Segismundo de Luxemburgo y, más tarde, por Matías Corvino y su esposa Beatriz, quienes invitaron a maestros italianos e introdujeron el espíritu del Renacimiento en fuentes y jardines. El palacio permaneció oculto durante siglos y volvió a salir a la luz gracias a las excavaciones de 1935. Al subir hoy a sus terrazas, se puede contemplar el mismo paisaje que vieron reyes y centinelas medievales.
BUDAPEST, LAS DOS ORILLAS
Y entonces, ante el viajero aparece Budapest, que en realidad no es una ciudad, sino dos, abrazadas por el río. En la orilla de Buda, en la colina del castillo, se alzan la iglesia de Matías y el Bastión de los Pescadores, cuyas siete torres evocan a las siete tribus magiares y regalan una de las vistas panorámicas más codiciadas del Danubio. Enfrente, en la llanura de Pest, se extiende una urbe monumental que tomó forma en 1873, cuando Buda, Pest y Óbuda se fundieron en una sola entidad. De los ocho puentes principales que cruzan el Danubio en la ciudad, el Puente de las Cadenas fue el primero permanente entre ambas orillas, inaugurado en 1849; muy cerca, junto al edificio del Parlamento, 60 pares de botas de hierro fundido —obra del escultor Gyula Pauer— recuerdan a quienes fueron fusilados junto al río durante la Segunda Guerra Mundial.
Para apreciar Budapest de verdad, hay que sumergirse en sus tradiciones. En los baños Széchenyi, inaugurados en 1913 y alimentados por manantiales que brotan a más de 1.200 metros de profundidad, se puede contemplar una de las estampas más emblemáticas de la ciudad: la de bañistas jugando al ajedrez mientras disfrutan de las aguas termales. El barrio judío, testigo de tiempos sombríos, cobra ahora vida en los ruin-bars, ubicados en edificios semiderruidos y seña de identidad de la vida nocturna de Budapest.
Aquí, al igual que en Viena, se vislumbra en cada esquina la sombra de Sisí, que amaba esta ciudad más que a ninguna otra en el mundo. "En Hungría me siento libre entre gente noble y orgullosa que no se doblega fácilmente", escribió la emperatriz, coronada el 8 de junio de 1867 en la iglesia de Matías como reina de Hungría; hasta hoy en día, dan testimonio de este apego el puente que lleva su nombre y los pasteles que se sirven en el Ruszwurm, la cafetería más antigua de la ciudad. Siguiendo el aroma de los dulces, muchas calles de Budapest huelen a kürtőskalács, un pastelillo cilíndrico que se dora girando sobre el fuego. Para quienes prefieran algo salado, pueden probar el goulash y los recios sabores de la cocina magiar. Otro lugar que hay que visitar antes de partir: el Café New York, tan ricamente decorado que incluso se dice que es la cafetería más hermosa del mundo.
El barco pasa su última noche amarrado en Budapest, y la ciudad se abre entonces sin reservas. Desde la cubierta, con una copa de champán en la mano, el edificio del Parlamento resplandece todavía sobre el agua, y el viaje entero parece condensarse en ese reflejo dorado que tiembla en la corriente. A la mañana siguiente, quienes decidan prolongar el viaje remontarán el río hacia Viena, esta vez con una parada en Bratislava. El Danubio sigue sin ser azul. Pero, a estas alturas, eso hace tiempo que dejó de importar.
GUÍA PRÁCTICA
Cómo llegar
El punto de partida de la travesía es Viena, cuyo aeropuerto internacional recibe vuelos de varias aerolíneas desde distintas ciudades españolas. El crucero termina en Budapest, también bien comunicada por aire con España, de modo que lo práctico es volar a Viena y regresar desde la capital húngara (o a la inversa, para quienes realicen el trayecto de vuelta a bordo). Una vez embarcado, no hace falta más transporte: el barco atraca en pleno centro de cada ciudad.
Mejor época para viajar
La temporada de navegación fluvial por el Danubio se extiende de finales de marzo a diciembre. La luz larga y el clima templado de finales de mayo, junio y septiembre regalan las mejores travesías, con jardines y riberas en plenitud, aunque también es la época más concurrida. En diciembre suelen programarse cruceros en torno a los mercados navideños de Viena y Budapest.
Qué probar
A bordo, la carta se rinde a la cocina imperial austrohúngara, la llamada K+K: un schnitzel vienés, un tafelspitz —ternera cocida al estilo de Viena— o los marillenknödel —postre relleno de albaricoque— regados con un grüner veltliner austriaco. En tierra, Viena ofrece café y sachertorte en un kaffeehaus tradicional; Hungría, su goulash, el dulce kürtőskalács dorado sobre las brasas y la tarta Dobos, todo ello con un vino de Tokaji o un trago de pálinka. Conviene recordar que Hungría no usa el euro, sino el forinto.
Dónde alojarte
Riverside navega el Danubio con el Mozart, una nave renovada cuyas suites, más amplias que los camarotes habituales en este tipo de cruceros, miran al río a ras de agua. El servicio incluye mayordomo personal y modalidades de todo incluido y premium (se pueden añadir las excursiones por un extra). Los recorridos por el Danubio van desde 3 noches (y hasta 14), con descuentos de un 10% si se reserva con antelación.
Dónde comer
Durante la travesía, desayunos, comidas y cenas se sirven a bordo: además del comedor principal —el restaurante Waterside—, el Mozart cuenta con el restaurante Blue, en la popa, ideal para bocados más informales, como sándwiches, tostadas o hamburguesas, y el Atelier, inspirado en las cafeterías europeas y con una oferta de repostería casera, embutidos, quesos y cafés preparados por expertos baristas.
Si a pesar de todo queremos probar algo en tierra firme, en Budapest conviven dos clásicos bien distintos: el suntuoso Café New York —hay quien asegura que es el más bello del mundo— y el Mercado Central, con sus puestos de cocina húngara, en la planta superior; para los golosos, hay que visitar la histórica cafetería Ruszwurm, en Buda, la favorita de Sisí. En Viena, no puede faltar una visita a alguno de sus cafés históricos: el Café Central, bajo las bóvedas del Palais Ferstel, conserva el aire de la Viena literaria de entresiglos. Mientras, la eterna rivalidad por la sachertorte se dirime entre el Café Sacher, junto a la Ópera, y la antigua confitería imperial Demel. Para el plato fuerte, Figlmüller prepara uno de los schnitzel más célebres de la ciudad, tan grande que desborda el plato; quien prefiera picar a su aire tiene en el Naschmarkt el mayor mercado vienés, con puestos de todo tipo.
Ideal para…
Viajeros que buscan un lujo sosegado y sin aglomeraciones, lejos del bullicio y la masificación de los grandes cruceros oceánicos; parejas y amantes de la historia, el arte y la música que prefieren descubrir ciudades a su ritmo y amanecer cada día en un centro histórico distinto, sin deshacer la maleta.




















