Carmina Benamunt, coach, sobre los primeros días en el instituto: "Hay que permitirles equivocarse, levantarse y descubrir que pueden resolver situaciones difíciles"


Hablamos con Carmina Benamunt, autora del libro '¡Aquí estoy, insti!', sobre la adaptación de los adolescentes a un nuevo centro escolar


estudiantes adolescentes por los pasillos de su instituto© Getty Images
20 de septiembre de 2026 a las 7:02 CEST

Pasados ya los primeros días desde la vuelta a las aulas, el aterrizaje real en la rutina empieza a notarse de verdad. Para los adolescentes que han dado el salto al Instituto, no solo toca cogerle el ritmo al despertador, sino acostumbrarse a nuevos profesores y asignaturas y, sobre todo, procesar todo lo que supone dar el salto a la Educación Secundaria. Para miles de chicos y chicas, supone un cambio de escenario y de compañeros que no siempre es fácil de asimilar. Estas primeras semanas no se miden tanto en el peso de la mochila, sino en esa pequeña inquietud del día a día: romper el hielo, no saber muy bien con quién juntarse o de qué hablar a la hora del patio o preguntarse si terminarán de encajar en el grupo. 

En este escenario lleno de novedades, donde la necesidad de pertenecer y el deseo de marcar el propio camino se cruzan a diario, la mirada de la familia es fundamental para acompañar sin agobiar. Hablamos con la life coach y mentora familiar Carmina Benamunt, autora de ¡Aquí estoy, insti!, una guía para afrontar el instituto sin dramas, con las claves para cómo detectar si nuestros hijos están pasando por una adaptación normal o si lo están pasando mal en silencio, qué hacer ante el temor al rechazo y de qué manera podemos convertir el hogar en ese espacio seguro donde tomar aire y ganar confianza.

Carmina Benamunt, life coach y mentora familiar especializada en adolescencia.© Cedida
Carmina Benamunt, life coach y mentora familiar especializada en adolescencia.

Las primeras semanas de instituto son un tsunami de cambios (nuevos profesores, compañeros, asignaturas y ritmo). Desde tu experiencia, ¿cuáles son las principales dudas o temores que más paralizan a los chicos en estos primeros días?

Aunque los adultos pensamos que les preocupan los profesores, las asignaturas o si podrán seguir el ritmo, muchas veces su gran preocupación es mucho más sencilla: “¿Con quién voy a estar?”. Quién estará en mi clase, si estarán mis amigos, dónde me sentaré, con quién iré al patio, si encajaré con la gente que me ha tocado… Para ellos, la parte social tiene un peso enorme.

Por eso es importante no minimizar esos miedos con un “no pasa nada”. Para ellos sí pasa. Están entrando en un escenario completamente nuevo y necesitan sentir que tienen una base segura a la que volver. Quizá no hemos podido evitarles los nervios del primer día, pero sí podemos conseguir que sepan que, pase lo que pase fuera, en casa tienen un lugar donde pueden ser ellos mismos.

niño en el colegio, pensativo, sentado en su pupitre© Getty Images

En el libro hablas de las tres mochilas (física, emocional y social). Cuando a un alumno le cuesta encajar o lo está pasando mal al principio, ¿cuál de esas tres mochilas suele ser la que más le pesa?

Sin duda, la mochila emocional. Porque puedes cambiar de compañeros, de clase o de instituto, pero hay una persona que va contigo a todas partes: tú mismo.

La mochila física tiene que ver con cuidar tu cuerpo: dormir, alimentarte bien, organizarte, asearte, moverte y sentirte cómodo contigo.

La social tiene que ver con cómo te relacionas: si puedes ser tú mismo con tus amigos, si sabes poner límites, si eliges personas que te hacen bien o si necesitas convertirte en alguien que no eres para sentirte aceptado.

Pero la emocional contiene una de las conversaciones más importantes de nuestra vida: la que mantenemos 24 horas al día con nosotros mismos. ¿Qué te dices cuando fallas? ¿Cómo te tratas cuando alguien no te elige? ¿Te machacas o te das otra oportunidad?

Por eso digo que estas mochilas no pesan en kilos, pero pueden pesar muchísimo en la vida. Influyen en nuestra energía, nuestra confianza, nuestras decisiones y en la persona que estamos construyendo.

Cuanto más acostumbrados están a salir de lo conocido, probar cosas nuevas, equivocarse, resolver pequeños problemas y asumir responsabilidades adecuadas a su edad, más recursos tienen cuando llega un cambio importante

Carmina Benamunt, life coach y mentora familiar especializada en adolescencia.

¿Qué le recomendaría a un estudiante que siente que no encaja en su nuevo grupo o que sufre la famosa presión de grupo para ser aceptado?

Que no confunda encajar con pertenecer. Encajar muchas veces significa cambiarte para que otros te acepten. Pertenecer significa poder ser tú y sentir que tu presencia tiene valor. Recuerdo a un adolescente al que acompañé cuyo grupo de amigos de toda la vida empezó a excluirle. Al principio lo pasó realmente mal. Trabajamos su confianza y su seguridad hasta que hubo un cambio precioso: dejó de preguntarse “¿por qué no me quieren?” y empezó a preguntarse “¿quiero yo estar con personas que no saben valorar mi presencia?” Ahí recuperó su poder.

Cuando tienes confianza en ti mismo, la presión del grupo pierde fuerza. Y esta es una enseñanza que sirve para el instituto y para toda la vida: las personas adecuadas no necesitan que te hagas pequeño para poder estar a su lado. Te hacen crecer.

¿Es normal que los primeros días se convierten en una montaña rusa de ansiedad o frustración para algunos chavales?

Completamente. Lo nuevo genera incertidumbre. Y aquí los adultos podemos hacer algo muy valioso: entrenar a nuestros hijos para vivir experiencias nuevas, no protegerlos de todas ellas.

Podemos animarlos poco a poco a preguntar algo en una tienda, hacer ellos una gestión sencilla, entrar en una actividad donde no conocen a nadie, hablar con una persona nueva o resolver pequeños problemas cotidianos. Cada experiencia les envía un mensaje interno: “Puedo hacerlo. Puedo sentir nervios y aun así avanzar.” Porque la seguridad no aparece antes de hacer las cosas; muchas veces aparece después de haberlas hecho.

Siempre digo que ningún marinero aprende a navegar en el puerto. Nuestros hijos necesitan salir a navegar. Habrá días de mar tranquilo y otros de tormenta. Nuestro trabajo no es conseguir que nunca haya olas, sino ayudarles a descubrir que pueden aprender a navegarlas y extraer de cada experiencia su oro: el aprendizaje.

Portada del libro ¡Aquí estoy, insti!, de Carmina Benamunt© B de Blok

¿Qué factores piensa que influyen en que haya chicos y chicas que se adaptan muy rápido mientras que a otros el cambio al instituto se les hace muy cuesta arriba?

Después de más de doce años acompañando a adolescentes y familias, observo que influye muchísimo cómo hemos entrenado previamente su capacidad de adaptación.

Cuanto más acostumbrados están a salir de lo conocido, probar cosas nuevas, equivocarse, resolver pequeños problemas y asumir responsabilidades adecuadas a su edad, más recursos tienen cuando llega un cambio importante.

Hay una frase que me encanta: “El cambio es inevitable; el crecimiento es opcional.”

También influye su mentalidad, su estado emocional, sus hábitos y, por supuesto, el entorno familiar. No es lo mismo crecer en un modelo excesivamente permisivo o controlador que en uno donde existe afecto, estructura, límites y autonomía progresiva.

No podemos preparar el camino para nuestros hijos durante toda la vida. Tenemos que preparar a nuestros hijos para el camino.

Si vemos que durante un periodo continuado su pensamiento se vuelve muy negativo, aparece un sufrimiento emocional intenso y además cambian significativamente sus conductas, hay que prestar atención y pedir ayuda profesional.

Carmina Benamunt, life coach y mentora familiar especializada en adolescencia.

Pasamos de un entorno muy protegido en primaria a la búsqueda de autonomía. ¿Qué diferencia a un chico que está pasando por el proceso normal de adaptación de uno que realmente lo está pasando mal y necesita ayuda urgente?

No debemos alarmarnos ante cada día malo, pero tampoco normalizar un sufrimiento que se mantiene. Yo invitaría a las familias a observar tres cosas: cómo piensa, cómo se siente y cómo actúa su hijo de manera sostenida.

Puede haber nervios, enfado, cansancio o días en los que diga que no quiere volver al instituto. Forma parte de muchos procesos de adaptación. Pero si vemos que durante un periodo continuado su pensamiento se vuelve muy negativo, aparece un sufrimiento emocional intenso y además cambian significativamente sus conductas —se aísla, deja de disfrutar de lo que antes disfrutaba, altera mucho el sueño o la alimentación, rechaza de forma persistente acudir al centro o expresa desesperanza—, hay que prestar atención y pedir ayuda profesional.

Me gusta compararlo con un jardín. No tiramos de una planta para que crezca más deprisa, pero tampoco dejamos de regarla cuando vemos que necesita cuidados. Acompañar también significa saber cuándo nuestro hijo necesita más ayuda de la que nosotros podemos ofrecerle.

adolescente en clase, despistado, mirando por la ventana© Getty Images/Maskot

En estos primeros días, el uso del móvil y las redes sociales suele intensificarse para crear los primeros grupos de amigos. ¿Cómo afecta esto a la autoestima de quienes no consiguen integrarse tan rápido en el entorno digital?

Puede afectar muchísimo, porque las redes convierten algo que antes terminaba al salir del instituto en una experiencia que puede continuar durante todo el día.

Un adolescente puede ver quién ha quedado, quién está dentro de un grupo, quién recibe mensajes o quién parece estar viviendo una vida maravillosa. Y si todavía está construyendo su autoestima, puede interpretar rápidamente: “Ellos pertenecen y yo no”.

Por eso debemos invertir mucho más en construir autoestima que en intentar controlar cada situación externa. No podremos evitar que nuestros hijos sean excluidos alguna vez, que alguien no les conteste o que no sean invitados a algo. Pero sí podemos ayudarles a construir una identidad suficientemente fuerte para que una pantalla, un grupo o la opinión de otra persona no determine cuánto valen.

La autoestima no significa pensar que todo te va a salir bien. Significa saber que aunque algo salga mal, tú sigues teniendo valor.

Como «mentora secreta», ¿cuál sería tu primer consejo para los padres que ven a su hijo llegar a casa desanimado o abrumado tras sus primeras jornadas en el instituto?

Mi primer consejo sería muy sencillo: antes de intentar solucionarlo, conecta. Cuando nuestro hijo llega mal, nuestro impulso adulto suele ser preguntar, aconsejar, corregir o buscar rápidamente una solución. Pero muchas veces necesita primero sentirse visto.

Presencia. Mirarle a los ojos. Escuchar sin interrogatorio. Crear momentos de conexión y una comunicación nutritiva. Y después acompañarle a preguntarse: “¿Qué puedes hacer tú?”, “¿qué has aprendido?”, “¿qué podrías probar mañana?”.

Porque acompañar no significa hacer por ellos lo que ya pueden hacer por sí mismos. Es mostrarles el camino sin caminarlo en su lugar.

Hay que permitirles equivocarse, caerse, levantarse y descubrir que pueden resolver situaciones difíciles. Nosotros podemos ser puerto, pero ellos tienen que aprender a navegar.

Y sobre todo, asegurarnos de cómo está su mundo emocional. Un adolescente emocionalmente desbordado difícilmente puede aprender, relacionarse o tomar buenas decisiones con claridad.

Por eso, si tuviera que resumir mi consejo para las familias en una sola idea sería esta: menos interrogatorio y más mirada; menos rescate y más confianza; menos miedo a que se equivoquen y más presencia para que sepan que, cuando lo hagan, tendrán un lugar seguro al que volver.

Eso sirve para empezar el instituto. Pero, en realidad, sirve para toda la vida.