Sonia Díaz Rois, coach, sobre las discusiones entre padres al educar a los hijos: "Muchas veces creemos defender una idea, cuando defendemos una tradición"


Tener distintos puntos de vista en algunos aspectos a la hora de educar a los hijos es casi inevitable. Pero resolver bien esas discrepancias es importante para salvaguardar la paz familiar. ¿Cómo lograrlo?


Sonia Díaz Rois, coach© Fernando Díaz
29 de agosto de 2026 a las 7:04 CEST

En la educación de los hijos intervienen muchas variables: el pasado de los progenitores, sus propias ideas, sus expectativas, las necesidades de cada hijo, la relación entre la pareja... No es una cuestión fácil y a menudo surgen enfrentamientos. 

Sonia Díaz Rois es mentora y coach especializada en gestión del enfado y comunicación consciente, además de autora del libro Y si me enfado, ¿qué? (VR Europa, 2024). Hemos hablado con ella para que nos dé las claves sobre cómo abordar las distintas faltas de criterio en la educación de los hijos.

Muchas parejas creen que están discutiendo sobre cómo educar a sus hijos, cuando en realidad están discutiendo sobre cómo fueron educadas ellas

Sonia Díaz Rois, coach y autora

Cuando los progenitores tienen diferencias muy marcadas en cuanto a la educación de sus hijos, ¿cuál es la mejor forma de salir de las discusiones que esto puede generar?

Lo primero que les invitaría a hacer es plantearse esta pregunta: "¿De dónde viene esto que estoy defendiendo con tanta convicción?". Muchas veces discutimos porque damos por hecho que nuestra forma de educar es la correcta, cuando en realidad responde a los valores con los que hemos crecido, a cómo nos han educado o a experiencias que nos han marcado. Por eso merece la pena identificar cuáles son esos valores, de dónde vienen y preguntarnos si siguen encajando con quiénes somos hoy o si simplemente estamos repitiendo un modelo que nunca nos hemos cuestionado. Cuando hacemos ese ejercicio, descubrimos que muchas de las decisiones que damos por incuestionables no son verdades universales. Son una manera de educar, no la única.

Por ejemplo, un progenitor puede pensar que salir de casa sin desayunar es impensable y el otro estar absolutamente convencido de que no pasa nada si un día el niño va al colegio con el estómago vacío. En realidad, no se está discutiendo por una tostada. Ese encontronazo nace de haber crecido en familias distintas, con valores y experiencias diferentes.

Antes de decidir cómo quieren educar a sus hijos, merece la pena que ambos se pregunten qué parte de esa decisión es realmente suya y qué parte pertenece a la historia de su propia familia. Muchas veces creemos que estamos defendiendo una idea cuando, en realidad, estamos defendiendo una tradición. A partir de ahí, la conversación cambia de lugar. Ya no gira alrededor de quién tiene razón o de quién lleva toda la vida haciéndolo así. Empieza a girar alrededor de una pregunta mucho más útil: "¿Qué es lo que más le conviene a este niño, en este momento y teniendo en cuenta sus circunstancias?".

Padres con sus hijos pequeños en la cocina© Getty Images

En el caso de que haya que hacer acuerdos sobre determinadas cuestiones, ¿cómo se llega a ellos? ¿Hay fórmulas de consenso que den mejores resultados que otras?

Lo primero es elegir bien cómo iniciamos esa conversación. Los acuerdos empiezan a construirse antes de la solución, así que es fundamental prestar atención al estado desde el que hablamos. Si iniciamos la conversación con el único propósito de demostrar que tenemos razón, es muy difícil llegar a un acuerdo. Como estamos centrados en defender nuestra postura, dejamos de escuchar.

Es de gran ayuda tener presente qué es lo que ambos buscan realmente: ofrecer lo mejor a sus hijos. En lugar de sentarse uno frente a otro, suele ser mucho más útil situarse en el mismo lado de la mesa, hombro con hombro, observando la misma situación y preguntándose juntos qué necesita ese niño en este momento. Desde ahí resulta más fácil hacer equipo, mantener el foco en el objetivo común, explicar el porqué de cada postura y escuchar la del otro sin sentir que hacerlo significa renunciar a la propia.

El consenso no consiste en que uno gane y el otro ceda. Consiste en construir una solución nueva que incorpore lo mejor de ambas perspectivas. Además de cultivar ese trabajo en equipo, en lugar de comportarse constantemente como rivales, también es importante recordar que los acuerdos no tienen por qué ser definitivos. Igual que revisamos la ropa porque los niños crecen, conviene revisar los acuerdos porque las necesidades cambian. Lo que tenía sentido cuando un niño tenía cuatro años puede dejar de tenerlo cuando cumple diez. Por eso me parece muy útil acordar momentos para revisar esos acuerdos, comprobar si siguen funcionando y actualizarlos cuando sea necesario. Este ejercicio también enseña a los hijos que cambiar de opinión cuando cambian las circunstancias, además de necesario, es una forma inteligente de adaptarse.

Pareja hablando en el exterior© Getty Images

Cuando surge un enfado por discrepancias en relación a los hijos, pero ellos están delante y se quiere respetar ese entorno, ¿de qué forma hay que sacar el tema más adelante expresando que algo no te ha gustado sin herir ni generar una pelea con el otro?

Solemos pensar que proteger a los hijos consiste en que nunca nos vean discrepar. Sin embargo, lo que realmente les ayuda es aprender que un desacuerdo también puede resolverse con respeto. Discrepar forma parte de cualquier relación sana. Hemos asociado el enfado con gritos, faltas de respeto, reproches o interrupciones, cuando no tienen por qué ir de la mano.

Si los hijos están delante, no pasa nada por posponer la conversación porque suele ser la mejor decisión. Pero posponer no significa evitar la conversación. Significa elegir el momento adecuado para tenerla. Muchas discusiones se producen no tanto por el tema en sí, sino por el estado emocional en el que nos encontramos. Saber reconocernos en un momento de “batería baja” es fundamental. Algo tan sencillo como decir: "Ahora no creo que sea el mejor momento para hablar de esto. Cuando estemos tranquilos, me gustaría retomarlo porque hay algo que me ha molestado", ya predispone la conversación de una forma muy diferente.

El simple hecho de reconocer en voz alta “esto me ha molestado” y sentir que podemos hablar de ello sin miedo a que termine en una pelea es un gran paso. Elegir el momento adecuado no aplaza la solución; aumenta las posibilidades de encontrarla. A veces el mayor acto de responsabilidad no es responder en ese instante. Es saber esperar hasta que ambos puedan escucharse de verdad.

Igual que revisamos la ropa porque los niños crecen, conviene revisar los acuerdos porque las necesidades cambian. Lo que tenía sentido cuando un niño tenía cuatro años puede dejar de tenerlo cuando cumple diez

Sonia Díaz Rois, coach y autora

¿Suelen surgir peleas entre los progenitores cuando intentan replicar los modelos que han visto o vivido en su familia de origen y la otra parte los rechaza? ¿Cuál es la solución?

Sí, ocurre con bastante frecuencia. Es habitual que eduquemos de la misma manera en la que fuimos educados, sin habernos parado a pensar si realmente queremos hacerlo así o simplemente porque es el modelo que conocemos. En otras ocasiones sucede justo lo contrario: intentamos hacer todo lo contrario de lo que vivimos porque nuestra experiencia fue dolorosa. El conflicto aparece cuando una de esas formas de entender la educación choca con la de la otra persona.

Además, hay un componente muy delicado. A veces cuestionar una determinada forma de educar se vive casi como una deslealtad hacia la propia familia. Como si reconocer que algo podría hacerse de otra manera significara decir que nuestros padres lo hicieron mal. Y no tiene por qué ser así. Salvando cualquier excepción, nuestros padres hicieron lo mejor que supieron con los conocimientos, los recursos y las circunstancias que tenían. Agradecer lo que hicieron no nos obliga a repetirlo todo exactamente igual.

La solución pasa, una vez más, por hacer consciente ese modelo. Preguntarse qué quieren conservar porque sigue teniendo sentido para ellos y qué prefieren cambiar porque hoy existe una alternativa que encaja mejor con sus valores y con las necesidades de sus hijos. El objetivo no es decidir quién tuvo la mejor infancia o qué familia educó mejor. Se trata de construir, entre los dos, un modelo propio de crianza, en lugar de limitarse a reproducir el de una familia o el de la otra. Muchas parejas creen que están discutiendo sobre cómo educar a sus hijos, cuando en realidad están discutiendo sobre cómo fueron educadas ellas.

Familia joven con tres hijos al aire libre© Getty Images

La crianza y la educación de un hijo son complejas y pueden llevar a muchos momentos de tensión. ¿De qué manera eludir el enfado permanente entre los progenitores, ya sea por cansancio, por falta de comunicación, por tener criterios distintos...?

Criar a un hijo implica cansancio y muchos momentos de tensión. Creo que las parejas no deberían esperar a estar desbordadas para decidir cómo quieren gestionar esos momentos. Cuando estamos agotados, nuestro cerebro pierde capacidad para matizar, escuchar y encontrar soluciones. Por eso es poco realista esperar que, justo en ese momento, tengamos nuestra mejor conversación.

No improvisemos las conversaciones más importantes en el momento en que peor pensamos. Soy muy partidaria de hacer pactos previos cuando todo va bien. Igual que se organiza quién recoge a los niños, también pueden acordar previamente cómo quieren responder cuando aparezca un desacuerdo.

También puede ser útil establecer lugares "sagrados" dentro de la casa y acordar previamente que el dormitorio y el salón sean espacios para descansar, conectar o disfrutar en familia y que los temas delicados solo se hablen en otro lugar. Ese simple cambio de espacio ya nos obliga a hacer una pausa. Nos recuerda que no todo tiene que resolverse en ese mismo instante y que podemos elegir cuándo y cómo abordar una conversación.

Las parejas suelen preparar la llegada de un hijo —el posparto, la habitación, la logística...—. Sin embargo, pocas acuerdan antes cómo quieren discutir cuando las cosas se compliquen.

Padres discutiendo delante de los hijos© Getty Images

Cuando se quiere arreglar un aspecto concreto de confrontación en la educación de los hijos, ¿cómo elegir el momento y la situación adecuadas y centrarse en el problema sin aprovechar para sacar todos los problemas pendientes?

Ese impulso de aprovechar una discusión por los deberes de hoy para sacar una lista de reproches de los últimos seis meses es la señal inequívoca de que hay asuntos pendientes que se cerraron en falso. Nos pasa muchísimo. Empezamos queriendo hablar de una situación concreta y, sin darnos cuenta, acabamos sacando la discusión de hace tres meses, la del verano pasado y otras cinco cosas que no tienen nada que ver.

Por eso creo que es importante tener muy claro cuál es el para qué de esa conversación antes de empezarla. Si quieren hablar de un desacuerdo concreto sobre la educación de sus hijos, que la conversación vaya de eso y no aprovechar para pasar factura por todo lo anterior. También ayuda elegir un momento en el que ninguno de los dos tenga prisa, esté agotado o los hijos requieran atención. Muchas conversaciones fracasan no por el tema que se trata, sino por el momento en el que se intenta resolver.

Y, si durante la conversación aparece otro asunto importante, podemos reconocerlo sin entrar en él. Algo tan sencillo como decir: "Tienes razón, esto también merece que lo hablemos, pero si te parece lo dejamos para otro momento y ahora terminamos con esto".

Padres divorciados con hija en medio en actitud seria© Adobe Stock

Aunque el enfado es una emoción natural que surge al criar un hijo, ¿cuándo hablamos de que puede haber un problema por el exceso de reactividad de los progenitores o de alguno de ellos? 

Solemos poner el foco únicamente en el que grita, en la explosión física. Pero callarse sistemáticamente, paralizarse o tragarse el enfado por miedo a discutir es una gestión igual de reactiva y dañina. Todos los padres y madres se van a enfadar en algún momento. La cuestión es qué hacemos con ese enfado. Hablamos mucho del daño que puede provocar un progenitor que grita, pero poco del que puede causar quien calla durante meses. Ambas pueden ser formas de reaccionar cuando el enfado acaba tomando el control.

En ambos extremos ocurre lo mismo: dejamos de elegir nuestra respuesta y es el enfado (o el miedo a sentirlo) el que acaba decidiendo por nosotros. Y ese es el modelo de resolución de conflictos que tus hijos acabarán aprendiendo por imitación.

Hablamos de un problema cuando cualquiera de esos dos extremos se convierte en la forma habitual de responder. Cuando saltamos con facilidad, cuando cualquier pequeño contratiempo nos desborda, cuando vivimos en un estado de irritabilidad casi permanente o, en el otro extremo, cuando evitamos sistemáticamente el conflicto y vamos acumulando malestar hasta acabar explotando.

También es una señal de alarma cuando sientes que el enfado está tomando decisiones por ti. Contestas de una forma de la que luego te arrepientes, impones un castigo que en frío no habrías puesto o acabas reaccionando de una manera que no encaja con los valores con los que quieres educar a tus hijos.