Familia

Ane Arieta, mediadora familiar, sobre el primer verano sin hijos tras separarse: "No se trata de distraerse para no pensar, sino de recuperar espacios propios"


Por mucho que se sepa que los niños están bien con el otro progenitor, eso no siempre evita el malestar, pero es fundamental saber cómo evitar cargarles con ese pesar. La experta nos explica cómo.


Ane Arieta, mediadora familiar© Ane Arieta
24 de agosto de 2026 a las 7:34 CEST

Después de una separación, el verano suele convertirse en la primera gran prueba emocional para los padres: llega el momento en que los hijos se marchan de vacaciones con el otro progenitor y la casa se queda en silencio. Aunque se sepa que estarán bien atendidos y cuidados, afrontar su marcha nunca es sencillo. La mezcla de tristeza, vacío y malestar aparece con facilidad, y es normal que surja el miedo a que esas emociones acaben filtrándose hacia los niños justo antes de despedirse.

¿Cómo evitar que esa despedida les cargue de culpa o de preocupación? ¿Y cómo transformar esos días sin ellos en un periodo de bienestar emocional para el padre o la madre que se queda?

Ane Arieta, licenciada en Derecho, mediadora familiar y creadora del método STEP (Stepfamily), lo explica con claridad. Detalla los pasos para despedirse de los hijos de forma serena, sin que la separación temporal les pese más de lo necesario, y ofrece pautas para aprovechar ese tiempo en solitario como una oportunidad: reconectar con uno mismo, descansar, reorganizar rutinas y fortalecer la estabilidad emocional que luego se trasladará a la relación con los hijos.

Cuanto antes dejemos de medir el verano actual con el verano de la familia que ya no existe, más posibilidades tendremos de crear experiencias nuevas y satisfactorias para los hijos.

Ane Arieta, mediadora familiar y creadora del método STEP (Stepfamily)

Tras la separación del otro progenitor, uno de los momentos más duros es ver cómo los hijos se marchan de vacaciones con él o ella. Aunque se tenga la certeza de que los niños van a estar bien, ¿cómo suele afectar a las madres y a los padres separarse de sus hijos?

Lo primero es entender que saber que nuestros hijos están bien no siempre evita que nosotros estemos mal. Para muchos padres y madres, las primeras vacaciones separados de sus hijos hacen muy visible una realidad nueva: ya no comparten con ellos el día a día como antes.

Puede aparecer tristeza, sensación de vacío, miedo a perder protagonismo, preocupación por cómo estarán o incluso cierta necesidad de controlar lo que ocurre mientras están con el otro progenitor. Y hay algo especialmente importante: muchas veces no estamos gestionando únicamente la ausencia de los hijos, sino también el duelo por la familia que imaginábamos tener.

Por eso no creo que haya que patologizar esa tristeza ni intentar eliminarla rápidamente. Es una emoción esperable. Lo importante es no convertir nuestro malestar en una carga para los hijos. Que a mí me cueste que mi hijo se vaya no significa que mi hijo tenga que hacerse cargo de que a mí me cuesta.

Las vacaciones, además, concentran en pocos días muchos cambios que durante el resto del año están más repartidos: nuevas rutinas, desplazamientos, viajes, conciliación y una distribución del tiempo mucho más intensa.

¿Qué hacer para afrontar este momento de la mejor manera posible?

Yo distinguiría entre gestionar la ausencia de nuestros hijos y gestionar la relación con el otro progenitor. Son dos cosas diferentes.

A los padres les recomendaría prepararse emocionalmente para esos días, organizar su propio tiempo y evitar que toda su atención quede puesta en lo que estarán haciendo los niños. No se trata de "distraerse para no pensar", sino de recuperar espacios propios que probablemente han quedado desatendidos durante el proceso de separación.

Y hay una segunda cuestión fundamental: no utilizar la comunicación con el otro progenitor como una extensión de la ansiedad. Preguntar constantemente dónde están, qué hacen, cuándo comen o si han llegado puede parecer preocupación, pero si no existe una necesidad real de información puede acabar generando más tensión.

La pregunta que deberíamos hacernos es: "¿Esta comunicación responde a una necesidad de mi hijo o a una necesidad mía de calmar mi angustia?". Si es lo segundo, probablemente esa emoción tenemos que gestionarla nosotros, no trasladársela al otro progenitor ni al niño.

¿Qué decirles y cómo acompañar a los niños cuando no quieren separarse e irse con el otro progenitor?

Lo primero es no discutir con la emoción del niño. Si nos dice "no quiero ir", no deberíamos responder inmediatamente con un "pero si te lo vas a pasar fenomenal". Quizá no se lo vaya a pasar fenomenal al principio. Quizá esté triste. Y tiene derecho a estarlo.

Podemos decirle algo como: "Entiendo que te dé pena separarte de mí. A mí también me va a dar pena. Y al mismo tiempo sé que vas a estar bien con papá/mamá. Puedes echarme de menos y disfrutar allí; una cosa no impide la otra". Este mensaje es muy poderoso porque no obliga al niño a elegir entre querer a un progenitor y disfrutar con el otro.

También evitaría frases como "si no quieres ir, no vayas", "yo tampoco quiero que te vayas" o "ya me contarás qué pasa allí". Aunque se digan desde el amor, pueden colocar al menor en un conflicto de lealtades que no le corresponde resolver.

El adulto debe poder sostener la despedida. Los hijos necesitan permiso para marcharse tranquilos, no permiso para quedarse para cuidar emocionalmente de sus padres.

En esos casos, ¿cómo ayudarles a que se encuentren emocionalmente bien durante esas vacaciones?

No necesitamos conseguir que nuestros hijos no nos echen de menos. Necesitamos que puedan echar de menos a un progenitor sin sentir que están haciendo algo malo por disfrutar con el otro. Para ello es importante darles seguridad antes de la partida: explicarles dónde estarán, con quién, cuándo volverán y cómo podrán comunicarse con nosotros si lo necesitan. La previsibilidad reduce mucha incertidumbre.

Pero también hay que tener cuidado con convertir las llamadas o videollamadas en un mecanismo de supervisión. Una llamada puede ser un puente afectivo; no debería convertirse en un interrogatorio: "¿Qué has hecho? ¿Con quién? ¿Quién estaba? ¿Qué habéis comido?".

Y algo fundamental: no pedirles que nos informen de la vida del otro progenitor. Los niños no son mensajeros, espías ni informadores. El objetivo es que puedan estar emocionalmente disponibles para disfrutar de sus vacaciones, sabiendo que sus dos padres siguen siendo sus padres, aunque durante unos días no estén físicamente juntos.

Despedida madre e hija en verano© Getty Images

¿Qué otros cambios conlleva una separación de cara a las primeras vacaciones de verano tras la ruptura?

Las primeras vacaciones pueden hacer evidente que ya no existe un único calendario familiar. Hay que coordinar vacaciones escolares, trabajo, viajes, campamentos, familia extensa, nuevas parejas y, en algunos casos, hermanos que no coinciden siempre en los mismos periodos.

Y aparece también una dimensión emocional muy potente: lugares que antes se asociaban a la familia, tradiciones que desaparecen o cambian y la comparación inevitable con los veranos anteriores. Por eso no recomendaría intentar reproducir exactamente las vacaciones de antes. No estamos organizando unas vacaciones "peores" que las anteriores; estamos aprendiendo a construir una nueva organización familiar.

Y cuanto antes dejemos de medir el verano actual con el verano de la familia que ya no existe, más posibilidades tendremos de crear experiencias nuevas y satisfactorias para los hijos.

Necesitamos que los hijos puedan echar de menos a un progenitor sin sentir que están haciendo algo malo por disfrutar con el otro.

Ane Arieta, mediadora familiar y creadora del método STEP (Stepfamily)

¿Cómo afecta la separación a la organización familiar en vacaciones?

La separación obliga a pasar de una organización basada en la convivencia a una organización basada en la coordinación parental. Y aquí es donde aparecen muchos conflictos porque el verano concentra decisiones que durante el curso pueden estar más diluidas: quién tiene a los niños, durante cuánto tiempo, cuándo viajan, dónde pasan determinadas fechas, qué ocurre con los campamentos o cómo se organizan los cambios.

Por eso mi recomendación es que las vacaciones no se improvisen cuando ya han llegado. Cuanto más concreta sea la organización, menos espacio dejamos al conflicto. No basta con decir "ya veremos en verano". Es mejor anticipar fechas, horarios, desplazamientos, documentación, equipaje, comunicaciones y cualquier circunstancia especial que pueda afectar a los niños.

Y hay otra cuestión: repartir el tiempo no significa necesariamente dividirlo matemáticamente al 50 %. La organización debe responder a las necesidades de los hijos, a sus edades, circunstancias y posibilidades reales de ambos progenitores.

¿Cómo suelen vivir los niños la falta de armonia o de acuerdo entre sus padres acerca de sus vacaciones y las de sus hermanos?

Los niños suelen vivirlo como una cuestión mucho más grande que "papá y mamá no se ponen de acuerdo sobre las vacaciones". Cuando perciben tensión, pueden sentir que tienen que tomar partido, elegir, transmitir información o proteger emocionalmente a uno de sus padres.

Y cuando además hay hermanos con calendarios diferentes, la complejidad aumenta. Pueden aparecer preguntas como: "¿Por qué mi hermano va con papá y yo no?", "¿Por qué yo estoy aquí y él allí?".

El problema no es que los hermanos tengan necesariamente que estar siempre juntos. Hay circunstancias en las que es perfectamente razonable que tengan planes diferentes. El problema aparece cuando las decisiones adultas se convierten en una fuente de inseguridad o enfrentamiento para ellos.

Los hijos necesitan poder disfrutar de su hermano, de su padre y de su madre sin sentirse responsables de equilibrar las relaciones entre los adultos. En definitiva, no necesitan padres que estén de acuerdo en todo. Necesitan adultos capaces de gestionar sus desacuerdos sin hacerles cargar con ellos.

Padre e hija en verano© Getty Images

Como mediadora familiar, ¿qué recomendarías a estos padres, ya expareja, para que logren llegar a acuerdos y armonía en vacaciones por el bien de sus hijos?

Les diría algo que considero esencial: no necesitáis volver a llevaros bien para ejercer bien como padres. La coparentalidad no consiste en recuperar una relación afectiva entre exparejas. Consiste en construir una relación funcional alrededor de una responsabilidad que continúa: la crianza de los hijos.

Por eso recomiendo cambiar la pregunta "¿qué quiero yo?" por "¿qué organización necesita nuestro hijo?". Parece un matiz, pero cambia completamente la negociación.

También recomiendo separar tres planos que con frecuencia se mezclan: lo que ocurrió en la pareja, lo que sentimos actualmente y las decisiones que tenemos que tomar como padres. Si utilizamos una conversación sobre las vacaciones para resolver heridas de la relación, difícilmente llegaremos a un acuerdo.

Y cuando el diálogo directo se ha deteriorado demasiado, pedir ayuda profesional no significa haber fracasado. La mediación puede ayudar a transformar una discusión en una negociación estructurada y a construir acuerdos que después puedan sostenerse en el tiempo.

Porque el objetivo no debería ser conseguir unas vacaciones perfectas. El objetivo es que nuestros hijos puedan tener unas buenas vacaciones aunque sus padres ya no sean pareja.

No estamos gestionando únicamente la ausencia de los hijos, sino también el duelo por la familia que imaginábamos tener.

Ane Arieta, mediadora familiar y creadora del método STEP (Stepfamily)

¿Cuáles son los errores más comunes al respecto que se suelen cometer?

Hay varios, pero destacaría cinco:

· El primero es competir. Querer que las vacaciones de nuestra casa sean mejores que las del otro progenitor para que los niños "prefieran" estar con nosotros.

· El segundo es utilizar a los hijos como mensajeros. "Dile a tu padre que..." o "pregúntale a tu madre..." Son conversaciones de adultos que deben mantenerse entre adultos.

· El tercero es interrogar a los niños cuando regresan. Preguntar constantemente qué hizo el otro progenitor, con quién estuvo o qué ocurrió en su casa puede hacer que el niño sienta que tiene que rendir cuentas.

· El cuarto es confundir control con cuidado. Necesitar saber continuamente qué está ocurriendo durante las vacaciones del otro progenitor no siempre responde a una necesidad del niño.

· Y el quinto, quizá el más importante, es intentar que los hijos validen nuestra versión de la ruptura. "Algún día entenderás lo que pasó" o "ya verás quién tenía razón" coloca a los niños en una posición que no les corresponde.

Los hijos no necesitan conocer todos los detalles de nuestra historia de pareja. Necesitan poder construir la suya propia con cada uno de sus padres.

La separación no termina cuando dejamos de convivir. Termina, en cierto sentido, cuando conseguimos reorganizar la familia de una manera que permita a los hijos dejar de estar en medio. Ese debería ser el verdadero objetivo de unas primeras vacaciones después de la ruptura.