Una casa de los años 70 reinventada alrededor del jardín: espacios conectados, desniveles y mucho color
Garmendia Cordero firma la reforma de esta vivienda de 330 m² en Bizkaia, con una premisa clara: actualizarla sin renunciar a su esencia de los años 70.
Reformar una casa de los años 70 nunca es solo cambiar suelos o repintar paredes: es decidir qué parte de una arquitectura que ya funcionaba merece quedarse y qué parte pide una lectura nueva. Eso es justo lo que se ha planteado el estudio Garmendia Cordero en esta vivienda unifamiliar de Uribe Kosta, en Bizkaia, construida a escasos metros del mar Cantábrico. Se levantó bajo la supervisión del arquitecto Secundino Zuazo, aunque el proyecto original no llegara a llevar su firma.
La casa forma parte de un conjunto de una veintena de viviendas con fachada de ladrillo visto y cubierta de teja, pero se distingue de sus vecinas por unos detalles de orientación y de tejado que, medio siglo después, la convierten en la más interesante de todo el barrio. Con sus 330 m² repartidos en dos plantas, la propuesta del estudio de arquitectura parte de una idea fácil de resumir y compleja de ejecutar: darle la vuelta a la distribución original y dejar que la vivienda se entienda de un vistazo, de la cocina al jardín. Así que si alguna vez te has planteado reformar una casa antigua de los años 70 sin renunciar a lo que la hace especial, este proyecto te muestra cómo.
Nada más cruzar el salón, la mirada se va sola hacia el jardín. El gran ventanal corredero que ocupa casi todo el frente de la sala desdibuja el límite entre dentro y fuera, y por las tardes, cuando se enciende la lámpara que cuelga sobre el sofá, la casa entera parece flotar entre el verde del césped y la calidez de la madera del techo.
No es casualidad: la nueva disposición, explican desde el estudio, "permite que el interior acabe totalmente vinculado al espacio exterior, exuberantemente verde, potenciando un vínculo directo entre interior y exterior mucho más fuerte del que existía en origen". Aquí, esa conexión se nota nada más sentarse.
La puerta de acceso, en madera maciza y con el mismo tono cálido que el techo del salón, desemboca directamente en los primeros peldaños que salvan el desnivel hacia la zona de estar. Un pilar de hormigón visto recuerda que bajo el revestimiento continuo de las paredes hay una estructura de los años 70.
Es un recurso que se repite en varios puntos de la casa: dejar convivir el hormigón sin disimular con el enfoscado más contemporáneo, para que la reforma no borre el pasado del edificio, sino que lo muestre orgullosa.
Dentro del propio salón, el suelo también cuenta su propia historia. Un pequeño desnivel de tres peldaños separa la zona de estar, hundida y con un sofá en forma de L tapizado en verde salvia, del resto de la planta. Ese juego de alturas no es un capricho decorativo, sino la columna vertebral de todo el proyecto: "se planteó un espacio entrelazado donde los cambios de cota configurasen las diferentes estancias", resume el estudio. El microcemento continuo, la madera natural del techo y el mueble de obra que esconde la leña bajo la chimenea hacen el resto.
Comunicado con el salón, el despacho, sin puertas ni tabiques, se integra en el espacio común. Una mesa de obra hace las veces de escritorio compartido. Las dos sillas Cesca aportan un aire vintage que vive ajeno a las modas. Sobre un aparador, también de obra, las estanterías suspendidas, cargadas de libros y de plantas colgantes, completan el conjunto.
Es una solución que demuestra que el despacho en casa puede formar parte de la vida del hogar y adaptarse a la nueva distribución más flexible y abierta.
Situado junto a la cocina y, más en concreto, junto al despacho, el comedor ofrece un sinfín de posibilidades de uso: mesa para las comidas, para las reuniones de trabajo, para las tardes de juego... Lleno de luz gracias al ventanal que da al jardín trasero, tiene en la lámpara de techo —guiño directo al estilo de los años 70 que la casa nunca ha querido esconder del todo— el centro de la mesa.
El propio estudio lo explica en la memoria del proyecto: dentro de este ejercicio se planteó "un espacio entrelazado" que permitiera "generar secuencias de posibles procesos; de la cocina al comedor, del comedor a la zona de estar pasando por el estudio". Aquí, en la mesa, se nota perfectamente esa secuencia.
La cocina, en cambio, se resuelve casi como un mirador interior: desde el fregadero, un gran hueco acristalado, a modo de tabique de cristal, permite seguir con la vista todo lo que ocurre en el salón y en el despacho.
Es la traducción más literal de una de las decisiones más importantes de la reforma: "la vivienda primigenia se encontraba, como es normal, más compartimentada", recuerdan los arquitectos, frente a "una propuesta con espacios mucho más abiertos, generosos y flexibles" que "colonizaba la planta de una manera más global". Aquí, cocinar ya no significa desconectarse del resto de la casa.
Si hay un elemento original que Garmendia Cordero decidió no tocar, es la escalera. Sus barrotes verticales, repintados en un rojo que rompe con la paleta neutra del resto de la vivienda, filtran la luz que baja desde la planta superior y dibujan un juego de sombras que cambia según la hora del día.
"La escalera existente, sensual y esbelta, se utiliza como rótula entre este gran espacio y la zona de dormitorios", cuentan sus autores, "al mismo tiempo que comunica con la planta inferior", donde conviven un gimnasio, una lavandería y el garaje. Pocas piezas de la casa condensan tan bien el equilibrio entre conservar y actualizar.
Cruzando esa escalera, la casa cambia de ritmo. Los pasillos se vuelven blancos, casi desnudos, y la luz entra más filtrada. En el dormitorio principal, un cabecero de rejilla y una gran monstera junto a la cama son casi los únicos protagonistas de una habitación que apuesta por el silencio visualdespués de tanto carácter en las zonas comunes.
Ese cambio de tono también es intencionado: si el salón y el comedor debían absorber toda la vida social de la casa, los dormitorios se plantean como el lugar donde bajar la voz.
El baño principal es todo un capricho decorativo dentro de esta reforma de los años 70: azulejo cuadrado en un celeste casi mentolado, inodoro suspendido y un lavabo redondo apoyado sobre una repisa alicatada, con grifería en azul marino que hace juego con el resto del alicatado. Es toda una sorpresa y una declaración de intenciones.
No todo iba a ser sobriedad. En el aseo de cortesía, un azulejo cuadrado en tono rosa palo cubre paredes y encimera de punta a punta, con un lavabo circular de cerámica blanca y un grifo negro que rompe el conjunto.
Entre este aseo rosa y el baño azul, la casa deja claro que no ha querido uniformar sus estancias de higiene bajo una única paleta: cada una tiene su propio carácter, aunque comparten el mismo lenguaje de piezas cerámicas sencillas y grifería con mucha personalidad.
Terminamos el recorrido por donde lo empezamos: el jardín, con un porche cubierto con vigas de madera, una mesa exterior en tono coral y un césped que se extiende hasta los árboles que ya estaban ahí antes de que empezara la obra.
El propio estudio lo resume mejor que nadie: "la buena arquitectura permanece y permite ser actualizada de manera temporal para adaptarse a los cambios sociales cuantas veces sean necesarias". Puede que esa sea, al final, la mejor lección que deja esta casa: que reformar bien no es borrar el pasado de una vivienda, sino darle una razón más adaptarse al tiempo.