Al igual que los padres, los menores necesitan las vacaciones como un tiempo de sosiego que cambie drásticamente el ritmo intenso del curso. No obstante, los problemas de conciliación y la creencia equivocada de que "no hacer nada" es perder el tiempo los sobrecarga de nuevo en el periodo estival.
Tania García es educadora social y la fundadora del movimiento Educación Real. Hemos hablado con ella para que nos aclare cuáles son las necesidades esenciales de los niños en esta etapa y cómo no confundir falta de motivación con necesidad de parar y descansar.
Cuando un niño o adolescente simplemente necesita descansar, no hacer nada, tras unos días comienzan a reaparecer de forma espontánea la curiosidad, la creatividad, el juego o el interés por explorar
¿Cuáles son las causas principales en niños y en adolescentes por las que se muestran desmotivados en periodos como el verano?
Lo primero que debemos entender es que no siempre estamos ante una verdadera desmotivación. Muchas veces estamos interpretando como apatía lo que en realidad es un cerebro que necesita recuperarse. Durante el curso escolar, miles de niños, niñas y adolescentes viven sometidos a jornadas muy largas, exigencias académicas constantes, actividades extraescolares, estímulos continuos y una presencia creciente del mundo digital. Todo ello mantiene activados de forma sostenida los sistemas de alerta y recompensa del cerebro. Cuando llega el verano, el sistema nervioso necesita descender ese nivel de activación. Es un proceso completamente fisiológico (como nos ocurre a las personas adultas en vacaciones, ¡las necesitamos!).
En los niños y niñas suele aparecer una enorme necesidad de juego libre, movimiento espontáneo, naturaleza, curiosidad, descanso y tiempo sin objetivos. El juego no es una pérdida de tiempo: es el mecanismo biológico mediante el cual el cerebro organiza todo lo aprendido durante el año y continúa desarrollándose (el juego es la mejor forma de aprender).
En la adolescencia ocurre además algo especialmente importante. Entre los 12 y los 25 años, el cerebro atraviesa una profunda reorganización debido a la poda sináptica y al desarrollo todavía incompleto de la corteza prefrontal. Esto hace que necesiten más descanso, que cambien sus intereses con rapidez y que busquen estímulos intensos. Si esos estímulos proceden principalmente de las pantallas, cualquier otra actividad puede parecerles poco interesante simplemente porque el cerebro ha acostumbrado su sistema dopaminérgico (la captación de dopamina) a recompensas inmediatas.
Por eso, antes de hablar de falta de motivación, deberíamos preguntarnos qué necesita realmente ese cerebro en este momento y cómo aportarles dopamina natural nosotros, con actividades de vínculo, conexión y presencia real.
¿Cómo se puede diferenciar la desmotivación de la necesidad de descanso y desconexión que pueden mostrar tras el curso escolar?
Nuestra sociedad ha normalizado tanto el rendimiento constante que incluso esperamos que los niños y adolescentes aprovechen las vacaciones para seguir produciendo. Pero el cerebro no funciona así, el ser humano no funciona así. El descanso no es un premio. Es una necesidad neurobiológica imprescindible para consolidar aprendizajes, equilibrar las emociones y reorganizar las conexiones neuronales.
Cuando un niño o adolescente simplemente necesita descansar, no hacer nada, tras unos días comienzan a reaparecer de forma espontánea la curiosidad, la creatividad, el juego o el interés por explorar. Sin embargo, cuando existe un problema emocional más profundo, ese interés no regresa incluso después de haber reducido las exigencias.
Además, deberíamos reconciliarnos con el aburrimiento. Hoy existe un enorme miedo a que los niños "no hagan nada", cuando precisamente el aburrimiento favorece procesos fundamentales como la imaginación, la resolución de problemas, la iniciativa y la creatividad, eso sí, con nuestra presencia y acompañamiento, así es como se generan estos procesos. Un cerebro que no está permanentemente consumiendo estímulos tiene la oportunidad de volver a generar los suyos propios.
¿Puede esconder la desmotivación otros problemas más graves como una depresión infantil? ¿Cómo se podría saber?
Sí, aunque es importante no confundir ambos conceptos. La depresión infantil o adolescente no consiste simplemente en "no tener ganas de hacer cosas". Es una alteración mantenida del estado emocional que afecta al funcionamiento diario del niño o adolescente y que suele acompañarse de otros indicadores.
En la infancia y adolescencia, además, la depresión muchas veces no aparece como tristeza. Puede manifestarse mediante irritabilidad constante, explosiones emocionales, aislamiento, pérdida de interés por actividades que antes disfrutaba, alteraciones del sueño, cambios en el apetito, descenso acusado del rendimiento escolar, ideas suicidas, o una sensación persistente de vacío… Lo que debe alertarnos no es únicamente la conducta, sino la duración, la intensidad y el impacto que tiene sobre su vida cotidiana.
Y algo muy importante: antes de etiquetar rápidamente cualquier dificultad emocional, debemos comprender qué está viviendo ese niño o adolescente. El comportamiento siempre es una forma de comunicación del sistema nervioso. La pregunta no debería ser "¿qué le pasa?", sino "¿qué le ha pasado?" y "¿qué está necesitando que no está cubierto?
A la hora de proponerles actividades para llenar el tiempo libre, ¿cómo hay que acordarlas con ellos si se resisten a hacer cualquier cosa?
Muchas veces cometemos el error de convertir las vacaciones en otro calendario lleno de obligaciones. En lugar de imponer actividades, es preferible construirlas con ellos. Escuchar qué les gustaría hacer, buscar varias alternativas y que participen en la decisión; al fin y al cabo, son sus vidas.
Los niños y adolescentes no necesitan campamentos, talleres o agendas completas. Algunos necesitan simplemente tiempo de juego, naturaleza, amistades, descanso, lectura, abrazos, movimiento libre o compartir momentos cotidianos con sus familias. Si deben ir a estos lugares porque no queda otra alternativa, qué mínimo que valorar juntos diferentes lugares, acompañar correctamente las emociones que se pueden despertar, el cansancio, la irritabilidad… Integrar que no querer ir no es por desmotivación en sí misma, sino por saturación. La motivación no aparece cuando obligamos, sino cuando el cerebro se siente seguro para explorar.
A menudo muestran mucho interés por una sola actividad, que puede coincidir con las pantallas o el mundo digital. ¿Hay que insistir en que se motiven y realicen otro tipo de ocupaciones?
Insistir no, necesitamos comprender qué está ocurriendo en su cerebro. Las plataformas digitales, los videojuegos o las redes sociales están diseñados para activar continuamente el circuito cerebral de recompensa mediante pequeñas descargas de dopamina. Ninguna excursión, ningún libro ni ningún paseo puede competir inicialmente con un estímulo diseñado para captar y mantener la atención. Por eso muchas familias interpretan que sus hijos "ya no tienen intereses", cuando en realidad lo que ocurre es que el umbral de estimulación del cerebro ha cambiado.
No basta con retirar las pantallas, necesitamos volver a ofrecer experiencias profundamente humanas: juego compartido, movimiento, naturaleza, lectura en voz alta, conversaciones, creatividad, deporte y siempre en familia. La motivación no se impone, se reconstruye con conexión, vínculo y presencia.
¿Hasta qué punto el acompañamiento de los padres puede hacer de catalizador para que el menor acepte hacer algo que en principio no le llama la atención?
Es el factor más importante. Sabemos que el aprendizaje y la exploración están profundamente condicionados por el vínculo. Cuando un niño o adolescente se siente seguro emocionalmente, su cerebro está disponible para probar cosas nuevas. No es casualidad que un niño rechace una actividad cuando se le impone y, sin embargo, quiera hacer exactamente la misma si su madre o su padre participan con ilusión.
No se trata de convencer, se trata de compartir. Porque durante la infancia y la adolescencia no solo aprenden de lo que hacemos. Aprenden, sobre todo, de cómo se sienten cuando están con nosotros.
Cuando hablamos de adolescentes, es difícil que en vacaciones quieran compartir tiempo libre con sus padres. ¿Cómo motivarlos para tener espacios en común?
Pasar tiempo con otros adolescentes no solo es necesario, sino que forma parte de su desarrollo cerebral y de la construcción de su identidad. Estar con otros adolescentes debe verse tan importante como comer o beber agua. La clave no está en obligarles a pasar horas con la familia, sino en cuidar pequeños espacios de donde realmente se sientan respetados, amados, seguros y no evaluados. Muchas veces los mejores momentos aparecen durante un paseo, cocinando juntos, haciendo un viaje corto, practicando deporte, viendo una peli… compartiendo una actividad sin convertirla en un interrogatorio.
Los adolescentes siguen necesitando a sus madres y padres. Lo que cambia es la forma en la que desean relacionarse con ellos. Cuando sienten que el vínculo está libre de juicios y de presión, es mucho más fácil que vuelvan a acercarse. Además, necesitan acercarse, nos necesitan.
¿Es bueno establecer unos horarios también en vacaciones para que se activen y realicen distintas tareas que pueden ser interesantes para ellos, aunque se resistan al principio?
El verano no debería parecer una prolongación del instituto ni del colegio, sino un momento donde conocer sus propios ritmos. En la Educación Real® ponemos el foco en recordar que el objetivo del verano no es mantener ocupados a los niños y adolescentes, sino ofrecerles aquello que el ritmo del resto del año les arrebata: tiempo para sí, juego libre, exploración, tiempo con amistades, descanso, naturaleza, aburrimiento y presencia adulta real.
Porque el desarrollo cerebral no ocurre únicamente cuando un niño aprende matemáticas o idiomas; sobre todo se construye cuando juega, imagina, explora, se siente seguro y protegido, y disfruta de relaciones que nutren su sistema nervioso. Un verano lleno de actividades no siempre es un buen verano. En cambio, un verano en el que un niño y adolescente se ha sentido profundamente visto, escuchado, no juzgado, conociendo sus ritmos, amado, y acompañado en su mundo emocional, deja una huella que le acompañará toda la vida.











