A mitad de verano y con muchos padres y madres empezando a vislumbrar la vuelta al cole, cobra fuerza un eterno dilema: ¿qué hacer si nuestro hijo necesita reforzar ciertas asignaturas en las vacaciones estivales? Obligarles a estudiar o a hacer los llamados cuadernos de vacaciones puede ser un auténtico suplicio para ellos. ¿Cómo ayudarles a afianzar aquellos aprendizajes en los que necesitan mejorar sin que les suponga una pesada carga y también puedan desconectar y descansar en verano? Se lo hemos preguntado a Paula Lacuesta, maestra y neuroeducadora (@lapizarradepaula_), y con sus respuestas arroja luz a las familais. Da consejos eficaces y, al mismo tiempo, fáciles de poner en práctica para que aprender no se convierta en una batalla campal entre padres e hijos.
Aunque el verano sea para disfrutar y no para hacer deberes, la realidad es que a muchos niños les viene muy bien reforzar durante las vacaciones. ¿Cómo hacerlo para que no suponga una carga para ellos y también puedan desconectar?
La clave es entender que reforzar no tiene necesariamente que ser a través de deberes. El verano es un momento maravilloso para consolidar aprendizajes porque el cerebro está sometido a menos presión que durante el curso, pero se tiene que hacer de una manera diferente.
Si reproducimos en agosto la misma dinámica de "siéntate, ficha, corrige, termina", los niños lo viven como una prolongación del colegio y pierde precisamente lo que más necesita en vacaciones, el descanso mental.
Buscamos la constancia en pequeñas dosis, con 20-30 minutos al día, si puede ser por la mañana y a primera hora, que el cerebro está más disponible, mejor. Recordemos que lo que verdaderamente agota a un niño es sentir que su verano entero es un deber. Si el refuerzo se convierte en algo predecible del día, sigue quedando mucho margen para desconectar.
Lo que verdaderamente agota a un niño es sentir que su verano entero es un deber.
¿Qué organización diaria recomiendas?
Yo no soy partidaria de convertir las vacaciones en un horario militar. El cerebro infantil agradece cierta estructura porque saber qué va a ocurrir reduce incertidumbre, pero estructura y rigidez son cosas diferentes.
Me gusta recomendar que haya algunas anclas o bloques del día: una hora aproximada para levantarse, momentos de comida, un pequeño rato para reforzar aquello que necesitan y muchísimo espacio para jugar, moverse, aburrirse y hacer planes. Y el refuerzo, mejor corto y sostenible, veinte o treinta minutos bien aprovechados sirven mucho más que una hora de pelea.
¿Qué proporción entre tiempo libre y actividades académicas es la más saludable?
Depende muchísimo de la edad, de las necesidades del niño y de cómo ha terminado el curso. Pero sí es fundamental esta idea clave: el tiempo libre debe ocupar muchísimo más espacio que el refuerzo académico. Si un niño pasa tres horas haciendo tareas para "que no pierda el nivel", probablemente estamos perdiendo de vista otras cosas que su cerebro también necesita para aprender: movimiento, juego libre, interacción social, sueño, creatividad e incluso aburrimiento.
Si tenemos que reforzar, prefiero pequeños momentos de calidad dentro de un verano que siga teniendo cara de verano. Y esto es importante: el juego libre y el aburrimiento no son "tiempo perdido" que le resta al aprendizaje. Son parte del aprendizaje. Es cuando el cerebro consolida, crea y descansa. El verano debería inclinar la balanza claramente hacia ahí.
¿Les ayuda también el descanso y la desconexión a ese refuerzo escolar? Si es así, ¿cómo?
Muchísimo. A veces pensamos que aprender es solamente introducir información, pero el cerebro necesita también tiempo para consolidarla. Dormir bien, descansar, jugar y cambiar de actividad favorecen procesos relacionados con la memoria y la regulación de la atención.
Además, un niño agotado aprende peor, se frustra antes y necesita muchísimo más esfuerzo para hacer algo que, estando descansado, resolvería con mayor facilidad. Hay niños que llegan a junio con el depósito en reserva. Antes de pedirles que aceleren, hay que dejarles repostar. Siempre le digo a mis familias: integrad la palabra "descansar" dentro del proceso "aprender".
¿Cómo integrar el juego, la exploración o la tecnología para reforzar contenidos sin que el niño perciba que está “estudiando”?
Si queremos trabajar cálculo, podemos montar una tienda en casa, cocinar, calcular descuentos o jugar a juegos de mesa. Para comprensión lectora, podemos leer instrucciones para construir algo, buscar información sobre un lugar que vamos a visitar o elegir un cómic. Podemos trabajar geografía preparando un viaje, expresión escrita inventando una historia, ciencias haciendo experimentos… Y la tecnología también puede ser una aliada si la utilizamos de manera intencional: crear un vídeo, investigar una curiosidad, diseñar algo, practicar idiomas o resolver retos.
La pregunta que me gusta hacer es: ¿qué quiero entrenar? Y después pensar cómo puedo llevarlo a la vida real. Cuando a su cerebro le interesa algo, aprende sin tanta resistencia.
El juego libre y el aburrimiento no son tiempo perdido que le resta al aprendizaje, son parte del aprendizaje.
¿Qué estrategias hacen que el niño entienda el refuerzo como algo útil y no como castigo?
Quédate con esto: sentido. Un niño se resiste cuando no entiende para qué, y colabora cuando lo conecta con algo suyo.
Frases como “como has suspendido, este verano tendrás que estudiar” hacen que el niño asocie aprender con castigo antes incluso de abrir el libro. Es mucho mejor hablar desde la competencia: “Hay una parte que todavía te cuesta y vamos a entrenarla para que el próximo curso te resulte más fácil”.
También ayuda dar pequeñas elecciones: qué actividad hacer primero, en qué momento, con qué material… No todo es negociable, pero tener cierta autonomía aumenta mucho la implicación. Y, sobre todo, necesitamos que experimenten progreso. Cuando un niño piensa "soy malo en matemáticas", necesita vivir muchas pequeñas experiencias que le demuestren: "Anda, esto antes no podía y ahora sí".
¿Qué señales indican que un niño está viviendo el refuerzo como una carga excesiva?
Cuando cada propuesta genera rechazo excesivo, irritabilidad, llanto o discusiones constantes, yo dejaría de preguntarme únicamente "¿cómo consigo que lo haga?" y empezaría a preguntarme "¿qué está pasando aquí?". También podemos ver cansancio, evitación, dolores de cabeza o de barriga, contestaciones automáticas para terminar cuanto antes, una bajada grande de motivación o frases del tipo "soy tonto", "no puedo", "odio estudiar".
Un poquito de frustración forma parte del aprendizaje. No tenemos que eliminar cualquier emoción desagradable. Pero cuando el coste emocional es continuamente mucho mayor que el aprendizaje que estamos consiguiendo, toca reajustar. Cuando el cerebro percibe amenaza, se activa el sistema de alerta y desconecta la parte que aprende. Ahí el problema ya no es el contenido, es el malestar.
¿Qué hacer en esos casos para cambiar el enfoque sin presión añadida?
Primero bajaría cantidad. Los adultos solemos pensar: "como le cuesta, necesita practicar más". Y a veces ocurre justo lo contrario: necesita una tarea lo suficientemente pequeña como para poder experimentar éxito. También revisaría la dificultad. Si cada actividad está varios escalones por encima de donde está el niño, su cerebro aprende otra cosa distinta: “no puedo”.
Podemos dividir la tarea, acompañar al principio, introducir juego, permitir movimiento y celebrar el proceso. Y hay una pregunta que recomiendo muchísimo a los padres: ¿Qué queremos entrenar hoy? Quizá ese día no necesitamos hacer diez ejercicios. A lo mejor necesitamos entrenar que pueda sentarse, empezar sin pelea y resolver dos con atención.
Cuando ya se trata de adolescentes, no de niños, ¿qué hacer para que se sientan motivados a mejorar en verano allí donde “flaquea”?
Con adolescentes tenemos que aceptar que cuanto más intentamos imponer motivación desde fuera, más probable es que aparezca resistencia. Necesitan participar en la decisión. Yo empezaría con una conversación muy diferente a "este verano tienes que mejorar matemáticas". Le damos una vuelta con: "¿Qué ha sido lo que más te ha costado este curso pasado?", "¿qué te gustaría que el año que viene fuera diferente?", "¿qué crees que te ayudaría?".
A esa edad también es importantísimo conectar el esfuerzo con algo que tenga sentido para ellos: ganar autonomía, empezar el curso con menos estrés, tener más tiempo libre después, conseguir un objetivo propio…
Un adolescente puede saber perfectamente lo que debería hacer y aun así tener dificultades para ponerse a hacerlo. La planificación, el control de impulsos y la capacidad de posponer recompensas todavía están madurando. Necesitan responsabilidad, sí, pero muchas veces también un poco de estructura mientras aprenden a construirla solos.
¿Qué estrategias ayudan a evitar que el refuerzo se convierta en un campo de batalla entre padres e hijos?
Para mí, esta es la gran pregunta porque ningún cuadernillo debería tener el poder de deteriorar la relación entre un padre y su hijo. Lo primero es dejar las reglas claras antes, no negociarlas todos los días. Cuándo vamos a hacerlo, cuánto tiempo, qué esperamos y qué ocurre después.
Después hay que evitar entrar en el papel de policía: recordar veinte veces, perseguir, corregir cada error, amenazar… Y si cada día termina en guerra, tenemos que parar y revisar el plan. Quizá estamos pidiendo demasiado, quizá el momento elegido es malísimo, quizá hay una dificultad que no hemos detectado o quizá hemos convertido el aprendizaje en una lucha de poder. A veces los padres me dicen: "Es que podría hacerlo si quisiera". Y yo siempre les invito a cambiar la pregunta: ¿Qué le impide hacerlo ahora mismo de la manera que esperamos?
El verano no debería ser una batalla para conseguir que nuestros peques lleguen a septiembre sabiendo dos temas más. Debería servir para que lleguen descansados, sintiéndose capaces y, si necesitan reforzar algo, habiendo descubierto que aprender también puede ocurrir sin sufrimiento. En verano necesitamos mantener su cerebro curioso, activo y descansado.






