“Me aburro”. Bastan unos pocos días de vacaciones para que esta queja se instale en el salón de casa, disparando la ansiedad de unos padres atrapados por la presión social de tener a los hijos entretenidos las 24 horas. ¿Y si la solución fuera no hacer nada? La psicóloga y logopeda Ángela García Verdú nos explica por qué tolerar esta incómoda sensación es el mejor entrenamiento para activar la creatividad de los niños, alejar el fantasma de las pantallas y ayudarlos a conquistar su propia autonomía.
¿Por qué piensa que en verano escuchamos más que nunca el “mamá, me aburro”?
Durante el curso escolar, los niños tienen la mayor parte de su día organizado y lleno de actividades: entre ir al colegio, actividades extraescolares, hacer los deberes… El tiempo libre que les queda suele no ser tan extenso como para llegar a aburrirse. Esto hace que no tengan tiempo de entrenar su entretenimiento de manera autónoma: es decir, no llegan a aprender cómo entretenerse por sí mismos. Así, cuando llega el verano, quedan expuestos a un entorno libre de demandas, pero sin saber cómo ocupar ese espacio de manera autónoma (no saben qué hacer), se genera la sensación de aburrimiento.
Esta sensación de aburrimiento es bastante incómoda y desagradable, por lo que los niños buscan que alguien les ayude a quitarse esa sensación de encima ya que no saben hacerlo por ellos mismos. Así, esperan que al decir “mamá, papá, me aburro”, sean los padres los que les estructuren el tiempo libre que tienen y “les quiten” esa sensación desagradable de aburrimiento.
¿Es bueno para los niños aburrirse de vez en cuando?
Sí, es necesario. El aburrimiento es una emoción como otra cualquiera, necesaria e inevitable para todas las personas. Nuestro cuerpo y nuestra mente son como el salpicadero de un coche. Las emociones no son más que testigos o luces de emergencia de ese salpicadero. Si vamos conduciendo y vemos que se enciende un testigo que avisa de la falta de gasolina, no tendría sentido enfadarnos con esa luz ni intentar romper el piloto para dejar de verlo. Cuando vemos ese testigo, sabemos que esa luz tiene una función: nos está avisando de que el coche necesita algo (combustible) y te empuja a moverte para buscar una gasolinera.
Con las emociones pasa exactamente lo mismo. Ninguna emoción es 'mala' ni un error de fábrica, sino que son señales de que nos falta algo y nos ayudan a ponernos en marcha hacia lo que necesitamos. En este sentido, el aburrimiento nos avisa de que lo que está haciendo en ese momento ya no le aporta nada nuevo ni interesante y que su cerebro está encendido y disponible, pero no tiene un rumbo claro. Es la señal incómoda que el cuerpo necesita para obligarse a romper la rutina, mirar a su alrededor y empezar a inventar, explorar o crear algo nuevo por sí mismo. Si un niño nunca se aburre, esa luz del salpicadero jamás se enciende y, por lo tanto, nunca aprende a buscar su propio camino ni a descubrir qué cosas le interesan de verdad en el mundo.
¿Cómo influye el ritmo escolar, la hiperestimulación y la agenda del curso en que los niños no sepan “estar sin hacer nada”?
Para aprender a hacer algo, es necesario entrenarse en ello. Hay muy pocas conductas que sean automáticas e innatas en el ser humano (por ejemplo, parpadear, respirar, quitar la mano del fuego cuando nos quemamos). La mayoría de nuestras acciones y conductas son producto de la experiencia y de los aprendizajes que adquirimos con esa experiencia. Por eso, es necesario experimentar las emociones e ir probando distintas estrategias para aprender a reaccionar ante ellas de manera saludable. Hay que sentir frustración para aprender a adaptarse a las dificultades; hay que sentir tristeza para aprender a reconfortarse; y es obligatorio sentir aburrimiento para que aprendamos a buscar una salida creativa por sí mismo.
El problema actual es que el ritmo del año escolar y el estilo de vida digital les han robado por completo ese entrenamiento. No tienen tiempo para aburrirse y, si no experimentan el aburrimiento, no aprenden cómo actuar cuando aparece. Esto se observa en dos puntos principales:
Durante el invierno, la vida de los niños está hiper-estructurada. Su comportamiento está "ordenado" por alarmas, horarios de clase, actividades extraescolares y deberes. El niño no decide qué hacer en cada momento basándose en sus propios intereses; simplemente reacciona a lo que el adulto o la agenda le exigen. Cuando llega el verano, de repente quitamos ese "piloto automático". Al encontrarse en un espacio libre de normas externas, el niño se queda en blanco. Como nunca ha tenido tiempo libre real, no ha podido entrenar el músculo de la autonomía: no sabe cómo iniciar un juego por el simple placer de explorar porque siempre le han dicho qué tenía que hacer a cada minuto.
Por otro lado, vivimos en la era de la recompensa inmediata. Las pantallas ofrecen un nivel de estimulación masivo a cambio de cero esfuerzo físico o mental. Funcionan como una anestesia contra cualquier pizca de incomodidad o aburrimiento. Como el ritmo del curso no les deja tiempo para aburrirse, el día que aparece esa sensación de vacío en verano, el niño la experimenta como algo insoportable. En lugar de surfear esa incomodidad para ver qué se le ocurre hacer, el niño activa una estrategia de escape rápido: la queja ("mamá, me aburro"). Si cedemos y le damos el dispositivo, el niño se alivia al instante, pero aprende una regla muy peligrosa para su desarrollo: "Cada vez que te sientas incómodo o no sepas qué hacer, huye mirando una pantalla".
Esta estrategia de huir cuando aparece el más mínimo indicio de malestar es la base del sufrimiento psicológico. Por lo que, dejar que nuestros hijos experimenten aburrimiento y ayudarles a que aprendan a surfear ese malestar, es brindarles las estrategias necesarias para una buena gestión emocional.
Vivimos en la era de la recompensa inmediata. Las pantallas ofrecen un nivel de estimulación masivo a cambio de cero esfuerzo físico o mental
¿Qué actividades activan la imaginación de forma más eficaz que una pantalla?
Para entender qué actividades son mejores, hay que fijarse en dos conceptos clave: el esfuerzo y el tipo de recompensa. Las pantallas (videojuegos, vídeos cortos, redes) están diseñadas para ofrecer estímulos masivos listos para consumir a cambio de cero esfuerzo físico o mental. Al cerebro del niño se lo dan todo hecho, lo que vuelve a su imaginación "perezosa". En cambio, la ciencia demuestra que para despertar la verdadera creatividad necesitamos activar el pensamiento lateral. Esta es la capacidad de pensar “fuera de la caja”, romper con las reglas lógicas obvias para encontrar distintas soluciones originales a un mismo problema.
La literatura científica destaca tres formas de ocio activo y humano que encienden este tipo de pensamiento de forma mucho más eficaz que cualquier dispositivo digital:
- El juego libre y creativo: Los espacios de juego no estructurados y los materiales sencillos (cajas, telas, piezas de madera, plastilina) obligan al niño a inventar las reglas desde cero. Al no haber instrucciones, los niños tienen que tomar decisiones constantes, tolerar el "ensayo y error" y resolver problemas por sí mismos. Esto genera una recompensa psicológica mucho más real y duradera que las pantallas, porque el éxito del juego depende de su propia acción, no de un algoritmo.
- Las expediciones y el juego al aire libre (contacto con el mundo real): Los estudios científicos demuestran que pasar tiempo en entornos naturales (parques, campos, playas o bosques) reduce drásticamente el estrés infantil y aumenta la flexibilidad de la mente. Un tronco caído, un camino de tierra o un montón de piedras obligan al niño a interactuar físicamente: experimenta el peso, las texturas, el equilibrio y el riesgo controlado. Esto despierta su curiosidad científica natural (hacerse preguntas como "¿por qué estas hojas flotan en el agua y las piedras se hunden?") y enseña a su cerebro a regular el cuerpo basándose en la realidad física.
- Actividades artísticas y culturales interactivas (pasar de "consumir" a "crear"): No nos referimos a llevar al niño a ver un espectáculo, sino a involucrarlo con las manos en la masa. La lectura compartida (donde padres e hijos comentan el libro), pintar, moldear arcilla o cocinar juntos desarrollan el pensamiento crítico a través de los sentidos. Manipular materiales reales entrena la atención sostenida y la capacidad de superar dificultades, justo lo contrario a la gratificación instantánea y ficticia de las aplicaciones digitales.
¿Por qué el juego libre es tan importante para el desarrollo cognitivo y emocional?
El juego libre es la máxima expresión del desarrollo saludable en la infancia, ya que cuando un niño juega de manera libre no está simplemente pasando el tiempo, sino que está construyendo su propia mente a través de la experiencia directa con el mundo. La ciencia del comportamiento nos demuestra que sus beneficios se dividen en dos pilares fundamentales, siendo el primero de ellos a nivel cognitivo, donde actúa como el motor de la flexibilidad y el significado. Frente a las actividades hiper-estructuradas del colegio o las pantallas, que entrenan al niño en un pensamiento rígido, pasivo y de bajo esfuerzo, el juego libre funciona como un gimnasio de alta intensidad para el cerebro. Al no haber un manual de instrucciones ni un adulto dirigiendo la actividad, el niño se encuentra constantemente ante pequeños retos ambientales, como equilibrar una torre de madera o decidir cómo organizar sus muñecos, lo que le obliga a buscar múltiples soluciones originales, estimulando directamente su capacidad de pensar fuera de la caja para el desarrollo del pensamiento lateral y la resolución de problemas.
Del mismo modo, el juego libre se convierte en un gran generador de significado frente al aburrimiento. Al inventar un juego, el niño dota de propósito a su conducta y se reconecta con su entorno, aprendiendo a generar sus propios motivos para actuar sin depender de estímulos externos artificiales, lo que a su vez fomenta una toma de decisiones independiente. El juego libre obliga al niño a ser el director de su propia conducta, enseñándole a planificar, ejecutar y cambiar de estrategia basándose en las consecuencias reales de sus actos a través del ensayo y error, lo que asienta con fuerza las bases de una cognición flexible y autónoma.
Además, el mayor peligro del estilo de vida digital es que acostumbra al niño a huir de cualquier emoción incómoda a través de la estimulación instantánea de los dispositivos, lo que en psicología llamamos evitación experiencial y que está firmemente vinculado al uso problemático de la tecnología. El juego libre es el espacio idóneo para revertir este patrón porque ofrece un entrenamiento real en tolerancia al malestar. Durante el juego libre las cosas no siempre salen bien, ya que las construcciones se caen, las reglas compartidas con otros niños chocan o las historias no fluyen como esperaban. Al no haber una pantalla para desconectarse ni un adulto que le solucione el problema de inmediato, el niño se ve obligado a exponerse y surfear esa pequeña frustración o enfado, fortaleciendo así su resiliencia y su capacidad de regulación afectiva.
Esta dinámica también nutre de manera directa la autoconfianza y la libre autoexpresión. Al comprobar que es capaz de transformar su entorno con sus propias manos e ideas, el menor desarrolla un sentido genuino de autoeficacia, logrando que su seguridad ya no dependa de la aprobación constante de un adulto o de los likes y recompensas artificiales de un videojuego, sino de sus propios logros reales. Además, este escenario fomenta la empatía y la colaboración de forma natural cuando el juego es compartido con iguales. En esos momentos, los niños necesitan negociar qué es cada objeto, cuáles son las reglas y qué papel asume cada uno, por lo que, sin la dirección restrictiva de un adulto, la adquisición de habilidades sociales, la empatía y la resolución de conflictos se moldean de manera orgánica, obligando al niño a ponerse en el lugar del otro para que el juego pueda continuar.
En conclusión, el juego libre no es un lujo prescindible para las vacaciones, sino una necesidad biológica y psicológica elemental. Mientras que las pantallas entrenan al niño en la evitación y el consumo pasivo de estímulos, el juego libre le enseña a tolerar la incomodidad, a dotar de sentido a sus acciones y a ser el creador activo de sus propias soluciones.
¿Qué ocurre en el cerebro infantil cuando se aburre y tiene que inventar algo?
El cerebro está organizado en redes neuronales, que conectan distintas áreas entre las que se intercambian información. Estas redes neuronales son las que forman funciones del cerebro. Es decir, hay redes atencionales, hay redes emocionales, hay redes sensoriales… En el aburrimiento interactúan varias redes neuronales
Las pantallas (vídeos cortos, videojuegos) funcionan inyectando en el cerebro del niño grandes dosis de dopamina, que es el neurotransmisor del placer y la recompensa rápida. Cuando apagamos el dispositivo, esos niveles de dopamina caen en picado. Esta bajada brusca activa de inmediato una estructura en el centro del cerebro llamada Corteza Cingulada Anterior (CCA). Esta zona se encarga de avisarnos cuando algo en el entorno falla o deja de ser interesante. Al notar el bajón de dopamina, la CCA manda una señal de alarma que el niño experimenta físicamente como una sensación molesta, pesada e incómoda: el aburrimiento. Esta molestia es un impulso evolutivo que le dice al niño: "Muévete y busca algo que le dé sentido a lo que estás haciendo".
Al encontrarse sin estímulos externos potentes, el cerebro del niño entra en un estado de conflicto. Por un lado, su parte atencional quiere agarrarse a algo de fuera, pero como no hay nada, el cerebro se ve obligado a mirar hacia dentro. Es entonces cuando se enciende con fuerza una autopista neuronal llamada Red por Defecto (DMN). Esta red es el almacén secreto del cerebro. Se activa cuando nos quedamos "en blanco", imaginando el futuro o recordando el pasado. En pleno aburrimiento, esta red se pone a trabajar a mil por hora: repasa memorias, conecta vivencias de días atrás y empieza a simular soluciones creativas. Es el momento en el que escuchas el “mamá, me aburro”, como estrategia desesperada para que tú le des la respuesta, en vez de encontrarla por sí mismo.
Para pasar de estar tumbado quejándose a levantarse a construir algo, el cerebro necesita un puente. Aquí es donde aparece el pensamiento lateral ("pensar fuera de la caja"). Esta coge los recuerdos encontrados y los combina de forma totalmente nueva en el mundo real. El niño inhibe el pensamiento lógico de que "un cojín solo sirve para apoyar la cabeza" y ejecuta una respuesta original: transforma el cojín en un escudo y las sillas en un castillo. Al conseguir resolver su propio aburrimiento mediante el juego, el cerebro del niño libera una descarga de dopamina autogestionada, reforzando su autonomía.
Dejar que tu hijo experimente este ciclo una y otra vez no va a cambiar su cerebro en dos minutos, pero sí lo esculpe a largo plazo. La habilidad más importante del cerebro, especialmente durante la infancia, es la plasticidad neuronal: la capacidad de nuestro cerebro de adaptarse y generar nuevas conexiones neuronales (es decir, nuevos aprendizajes) de manera muy eficaz.
Hoy en día vivimos con la idea de que ser "buenos padres" significa tener a los hijos apuntados a mil extraescolares, organizar campamentos y llenar cada minuto de su verano para que nunca experimenten el aburrimiento
¿Por qué a los adultos nos cuesta tanto tolerar que nuestros hijos se aburran?
Lo que nos suele pasar tanto a niños como a adultos es que tolerar ese malestar (atravesar la incomodidad) nos resulta increíblemente doloroso e intentamos quitárnoslo de en medio. Es natural, nadie quiere sufrir. Sin embargo, nuestros intentos por dejar de sentir ese malestar nos hacen actuar de modo que nos generamos aún más malestar a largo plazo, aunque a corto plazo nos alivian.
A los hijos les resulta difícil aceptar que se sienten aburridos y que pueden encontrar una solución, intentan quitarse de en medio esa sensación desagradable y que alguien les solucione el problema cuanto antes (pidiendo a sus padres que les den una actividad).
Por otro lado, los padres no se libran de atravesar estas sensaciones desagradables. Es probable que los padres experimenten cierto malestar cuando sus hijos dicen que se aburren, aunque sea difícil de reconocer, por dos motivos principales:
- Nos puede generar pensamientos sobre si soy buen o mal padre/madre o emociones desagradables, como la preocupación.
- Esas quejas pueden ser la señal que precede a comportamientos de los hijos que nos resultan molestas (quejarse repetidamente, gritar, hacer cosas peligrosas…).
Así, igual que los niños intentan quitarse su aburrimiento de encima, los adultos también intentamos quitarnos esas sensaciones desagradables. ¿Cómo? Respondiendo rápidamente a ese “mamá/papá, me aburro” dándoles una actividad que les entretenga. Así, desaparece el malestar de manera automática.
¿Cómo manejar la presión social que dice que “hay que tenerlos entretenidos todo el día”?
Continuando la pregunta anterior, esta presión social es la que puede disparar esas emociones desagradables o pensamientos sobre si soy buen o mal padre.
Hoy en día vivimos con la idea de que ser "buenos padres" significa tener a los hijos apuntados a mil extraescolares, organizar campamentos y llenar cada minuto de su verano para que nunca experimenten el aburrimiento.
Cuando nos creemos a pies juntillas esta norma social, esas quejas de los hijos se convierten en una señal de alarma. Nos da miedo el vacío. Por eso, en cuanto el niño dice "me aburro", a los padres les entra la culpa y se activan automáticamente para buscarles un plan o darles una pantalla.
Para romper esta trampa y manejar la presión de los demás, la psicología científica nos propone hacer un cambio radical en nuestra forma de reaccionar:
- Identificar la trampa del "alivio rápido": Tenemos que darnos cuenta de que cuando le solucionamos el aburrimiento al niño de golpe (poniéndole los dibujos o inventándole un juego), a menudo no lo hacemos por el bien del niño, sino para aliviar nuestra propia incomodidad y acallar esa vocecita interna que nos dice: "eres un mal padre si tu hijo se aburre". Funciona en el momento porque el niño se calla y nos relajamos, pero a la larga es una trampa: le estamos enseñando que aburrirse es algo peligroso, de lo que hay que escapar corriendo.
- Elegir basándonos en nuestros valores, no en la culpa: Manejar la presión social no significa aguantar el tipo como un robot, sino pararnos un segundo a pensar qué tipo de educación queremos dar. En lugar de actuar de forma automática para que nadie piense que somos malos padres, podemos hacernos una pregunta clave: "¿Esto que voy a hacer ahora mismo sirve para quitarme a mí la culpa de encima, o sirve para que mi hijo aprenda a ser un adulto autónomo y creativo?".
- Surfear la incomodidad presente por un beneficio futuro: Permitir que tu hijo se aburra implica aceptar que va a haber un rato de quejas, de caras largas y de incomodidad (tanto para él como para ti). Pero al elegir no intervenir, estás haciendo un hueco a la frustración para que, en lugar de taparla con tecnología, tu hijo aprenda a gestionarla por sí mismo. Apagar tu piloto automático es la única manera de que el niño encienda el suyo, aprenda a buscar soluciones por su cuenta y descubra de qué es capaz con su propia imaginación.
Si tu valor prioritario para estas vacaciones es la conexión en calma y el descanso, pasar una mañana lenta de pijama jugando en el suelo con tu hijo es una decisión saludable para su cerebro y vuestro vínculo
¿Cómo encontrar el equilibrio entre libertad veraniega y un mínimo de orden para que la casa no se vuelva un caos?
Basar el día en base a momentos clave, que funcionen como ancla del orden. Esto ayuda a hacer el día más predecible y mantener ciertas rutinas, aunque dejemos más libertad en lo que hacer en esas fracciones de tiempo. Es decir, organizar la estructura de las vacaciones sobre los sincronizadores sociales y biológicos (las comidas familiares y el descanso). No importa si se come a las 14:00 o a las 15:30; lo científicamente relevante es que se mantenga la constancia en las relaciones de orden (la secuencia) para no desajustar el organismo del menor. Por ejemplo, "Después de desayunar, nos vestimos y se recoge la cocina" o "Antes de cenar, el salón se queda despejado". Al asociar las normas a estos momentos clave, reducimos las órdenes verbales de los padres (que pueden generar discusiones y rabietas) y el niño automatiza la conducta con menor resistencia.
Durante los tiempos que queden sin actividad, podemos ofrecer tanto actividades más estructuradas (ir al parque, pintar), como aprovechar para dejarles aburrirse.
¿Crees que afecta ver en redes a otras familias “haciendo planes perfectos”?
Sí. Estas fotos que podemos ver en redes sociales actúan como recordatorios de esas normas sociales invisibles sobre lo que es ser buen padre o lo que es ser una familia. Pueden hacer que el malestar por desajustarnos a esas expectativas aumente. Nuestra mente, que es una máquina experta en comparar: "Ellos se lo están pasando genial y son una familia modélica" frente a "Mi realidad es un caos y yo no puedo con todo".
Este contraste hace que el malestar interno, la culpa y la sensación de insuficiencia se disparen. Lo peligroso es que, para quitarnos de encima esa incómoda sensación de "no estar a la altura", caemos en una trampa automática. Nos activamos ansiosamente para intentar parecernos a esas familias ideales.
Si nos paramos a analizarlo con honestidad, en esos momentos no estamos actuando por el disfrute real de nuestros hijos o de la familia, sino para aliviar nuestra propia culpa y calmar la ansiedad. Funciona como un parche a corto plazo porque planificar el viaje nos hace sentir que "estamos cumpliendo", pero a la larga nos agota psicológicamente y nos distancia de lo que de verdad importa.
Manejar este impacto no consiste en cerrarse las redes sociales y vivir en una burbuja, sino en aprender a mirar esas imágenes con distancia. Tenemos que recordar que lo que vemos en una pantalla es un fragmento editado, seleccionado y estático de la vida de alguien; no el día a día real.
Cuando sientas que la culpa te empuja a organizar cosas, hazte una pregunta honesta: “¿Esto que voy a organizar sirve para acallar mi propia culpa ante lo que veo en internet, o responde a los valores reales de mi familia?”. Por ejemplo, si tu valor prioritario para estas vacaciones es la conexión en calma y el descanso, pasar una mañana lenta de pijama jugando en el suelo con tu hijo es una decisión saludable para su cerebro y vuestro vínculo.
Si tuviera que dar tres ideas prácticas para sobrevivir al “mamá, me aburro”, ¿cuáles serían?
- Cuando aparezca la queja, valida la emoción (la incomodidad), pero no le resuelvas la situación de manera directa. Podríamos decir: “Entiendo perfectamente que te aburras, a veces es muy molesto no saber qué hacer. Confío en que tu cerebro encontrará algo divertido que inventar. Yo ahora estoy terminando de recoger". Y acto seguido, vuelves a tu tarea. No le organices el juego. Al principio, es posible que la queja suba de tono (lo que llamamos ráfaga de extinción), ya que el niño está poniendo todos sus recursos conocidos para conseguir que le des una actividad que hacer. En este punto es importante surfear esa ola, enfocándonos en lo que queremos conseguir a través de esto. Si toleras esa incomodidad presente, el niño aprenderá que la queja ya no funciona para controlar tu conducta y su cerebro se verá forzado a buscar soluciones propias.
- En un momento de calma (nunca en mitad de la rabieta de aburrimiento), siéntate con él y cread "La Caja del Aburrimiento". Meted en ella objetos desestructurados, no juguetes con instrucciones cerradas: cajas de cartón, rollos de papel gastados, disfraces viejos, plastilina, pinturas o tarjeras con ideas escritas por él mismo ("hacer una cabaña con sillas", "dibujar un monstruo con tres ojos"). Cuando llegue el momento del vacío, tu única respuesta será recordarle que esa caja está disponible para él. La caja sirve para activar el pensamiento lateral.
- Ante el "me aburro", en lugar de mandarlo a su cuarto a jugar o encender la televisión, invítale a unirse a lo que tú estás haciendo en el mundo real, dándole un rol de responsabilidad adaptado a su edad. "Vaya, lamento que no encuentres nada que hacer en tu cuarto. Yo voy a preparar la cena / doblar la ropa. Puedes aburrirte aquí a mi lado mientras lo hago, o puedes ayudarme a pelar los guisantes / emparejar los calcetines".
Al integrarse en una tarea real y no estructurada, la queja desaparece, se exponen al aprendizaje de habilidades cotidianas, reciben el reforzamiento social de tu compañía y transforman la apatía en una acción con propósito.








