La Dra. Beatriz Martínez, psiquiatra infantil, advierte: "Las pantallas no pueden ser la niñera, el regulador emocional ni el sustituto del aburrimiento creativo"


El mundo digital es el presente en el que nos movemos niños y adultos, aunque con dificultades de control en muchos casos. Esto puede tener consecuencias para una generación que ha nacido entre pantallas y que no siempre recibe el acompañamiento que precisa.


Dra. Beatriz Martínez© Nacho García Casarrubios
19 de febrero de 2026 a las 18:00 CET

La Dra. Beatriz Martínez es psiquiatra infantil y de la adolescencia y madre. Con ese doble bagaje profesional y personal ha escrito Manual de supervivencia para padres en la era digital (Ed. Espasa), un libro que quiere ser una brújula para las familias que, llenas de dudas, intentan guiar a sus hijos por una senda que no siempre entienden o controlan, y en el que, además de reflexionar, ofrece consejos concretos, tanto para casa como para el aula, que convierten la obra en un manual muy práctico.

Hemos charlado con ella para que nos explique las consecuencias de una inadecuada exposición al entorno virtual y para que nos hable de qué es lo que necesitan los menores para recorrer sin riesgos el mundo digitalizado en el que vivimos.

El problema no es tanto que exista lo digital, sino cómo y cuándo entra en la vida del niño o la niña

Dra. Beatriz Martínez, psiquiatra infantil

¿Cómo valora una psiquiatra infantil que trata cada día a esta población los efectos del mundo digital sobre el desarrollo de los menores actualmente?

El mundo digital no es neutro, pero tampoco es en sí mismo perjudicial. Forma parte del contexto en el que hoy crecen niños y adolescentes y, por tanto, influye en su desarrollo cognitivo, emocional y social. En consulta vemos que puede ser una herramienta de aprendizaje, conexión y expresión, pero también un factor que amplifica dificultades previas cuando se introduce demasiado pronto, sin límites o sin acompañamiento adulto. El problema no es tanto que exista lo digital, sino cómo y cuándo entra en la vida del niño o la niña. 

Libro Manual de supervivencia para padres en la era digital© Ed. Espasa

¿Y qué impacto tiene sobre sus emociones?

El impacto emocional es claro, especialmente en etapas de desarrollo vulnerables. Las pantallas pueden modular el estado de ánimo a corto plazo –calman, distraen, anestesian–, pero si se convierten en la principal vía de regulación emocional, el niño o adolescente aprende menos a tolerar el malestar, la frustración o el aburrimiento. Además, en redes sociales vemos una exposición constante a comparación, validación externa y contenidos emocionalmente intensos que pueden aumentar ansiedad, tristeza o sensación de insuficiencia, sobre todo en adolescentes.

En el libro no se demoniza a las pantallas, pero sí se pide que haya un acompañamiento de los padres. ¿Qué pasa con los menores donde no existe esa supervisión? ¿Es ahí donde debe entrar el Estado?

Cuando no hay supervisión adulta, los chicos se quedan solos frente a un entorno diseñado por adultos y algoritmos con intereses comerciales. Esto aumenta el riesgo de exposición a contenidos inadecuados, dinámicas adictivas o modelos poco saludables. Las familias son la primera línea de protección, pero no pueden ser las únicas. El Estado tiene un papel clave en regulación, protección del menor, exigencia de responsabilidad a las plataformas y alfabetización digital, igual que lo tiene en otros ámbitos que afectan a la salud infantil.

Niña usa las redes sociales en su móvil© Getty Images

¿Cuáles son los riesgos digitales que ves en tu práctica diaria como psiquiatra y que no llaman la atención de las familias?

Muchos riesgos no son evidentes. No hablamos solo de contenidos extremos, sino de fenómenos más sutiles: la normalización de la hiperestimulación, la dificultad para estar a solas con uno mismo, la dependencia del refuerzo inmediato o el impacto del algoritmo, que acaba devolviendo a los jóvenes una versión amplificada de su propio malestar. También me preocupa la exposición temprana a modelos irreales de cuerpo, éxito o felicidad, que influyen en la autoestima mucho antes de que los adultos se den cuenta y que pueden actuar como factores de riesgo para trastornos de la conducta alimentaria.

Niño usando el móvil con IA© Adobe Stock

Los profesionales hablan de que muchos menores ya muestran una fragmentación de la atención, menos capacidad de concentración y menor tolerancia a la frustración. ¿Pueden atribuirse estos problemas a un mal uso del mundo digital?

No es una relación causal simple, pero sí hay una asociación clara. El uso intensivo y precoz de entornos digitales muy estimulantes puede interferir en el desarrollo de funciones como la atención sostenida, la planificación o la tolerancia a la espera. Esto no significa que las pantallas “causen” todos estos problemas, pero sí que pueden agravarlos o hacerlos más visibles, especialmente en niños con vulnerabilidades previas.

¿Qué puede hacerse para reconducir la situación con los menores que ya presentan estas dificultades?

Siempre estamos a tiempo de intervenir. Reducir la sobreexposición, introducir límites claros y coherentes, recuperar rutinas básicas –sueño, juego libre, actividad física, conversación– y, sobre todo, volver a poner al adulto como referente. En algunos casos es necesario un acompañamiento profesional para trabajar regulación emocional, atención o autoestima, pero los cambios en el entorno familiar y digital son una parte fundamental del tratamiento.

Familia feliz en el salón de casa© Adobe Stock

Hablas de que no se trata de criar sin pantallas, en un mundo que es eminentemente digital, pero que no se debe delegar en ellas las funciones que corresponden al vínculo humano. ¿Cuáles serían?

Las pantallas no deberían sustituir el consuelo, la presencia, la escucha, el juego compartido ni el aprendizaje emocional. No pueden ser la niñera, el regulador emocional ni el sustituto del aburrimiento creativo. El desarrollo emocional se construye en la relación con el otro, y eso no puede delegarse en un dispositivo, por muy útil que sea en otros contextos.

Niños jugando con pompas en el parque© Adobe Stock

Aunque según cuentas en el libro no puede hablarse de adicción a determinados productos digitales, como los videojuegos, sí que se reconocen "conductas adictivas". ¿Cuáles son y qué hacer en ese caso?

Hablamos de conductas adictivas cuando el uso genera pérdida de control, interferencia con la vida diaria, malestar al limitarlo y desplazamiento de otras actividades importantes. En esos casos, lo fundamental no es solo “quitar la pantalla”, sino entender qué función está cumpliendo: qué calma, qué evita y qué sustituye. La intervención debe ser progresiva, acompañada y, en algunos casos, multidisciplinar.

Niño triste © Getty Images

Las familias que intentan poner racionalidad al uso digital de sus hijos se encuentran a menudo con opiniones contradictorias por parte de los propios profesionales. ¿Qué se puede aconsejar desde la evidencia científica?

La evidencia nos dice que importan la edad de inicio, el tiempo, el tipo de contenido y, sobre todo, el acompañamiento adulto. No hay recetas universales, pero sí principios claros: menos pantallas cuanto más pequeño es el niño, límites consistentes, coherencia entre adultos, ejemplo por parte de los padres y espacios libres de tecnología. Criar en la era digital no va solo de prohibir, sino de educar, acompañar y asumir que también los adultos estamos aprendiendo.

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