"A San Andrés de Teixido vai de morto quen non foi de vivo". Hay frases que funcionan como conjuros. Esta, en gallego, lleva siglos instalada en el imaginario colectivo de Galicia con la fuerza de una obligación sagrada: quien no peregrine en vida al santuario de San Andrés de Teixido, en el municipio coruñés de Cedeira, tendrá que hacerlo de muerto. Y no como metáfora: los que no cumplieron pueden volver reencarnados en lagartos, culebras u otros animales. Por eso, en el camino que conduce al santuario, nadie pisa a ningún ser vivo. Uno nunca sabe.
Cuenta la tradición que el apóstol Andrés, pescador de oficio, llegó por mar a esta costa y naufragó frente a sus acantilados. Impactado por la belleza salvaje del lugar, decidió levantar aquí su santuario, pero el rincón era tan remoto que apenas recibía peregrinos, a diferencia del de Santiago, que congregaba multitudes en Compostela. Conmovido por la tristeza del santo, Jesucristo le hizo una promesa: nadie entraría en el Reino de los Cielos sin haberse acercado antes a San Andrés de Teixido. Quien no lo hiciera en vida, tendría que hacerlo de muerto. De ahí el dicho, y una peregrinación que suma siglos de existencia.
El Camiño Vello: ¿cómo hacer la ruta de peregrinación?
De las varias rutas de peregrinación a San Andrés, la histórica es el Camiño Vello, documentado por el monje benedictino fray Martín Sarmiento en su Viaje a Galicia. El recorrido completo suma unos 40 kilómetros desde el monasterio de San Martiño de Xuvia, en Narón, y atraviesa hitos como la Capela da Fame –ermita del siglo XVI donde los romeiros paraban a descansar– y el puente medieval de Porto do Cabo antes de cruzar la Serra da Capelada hacia el santuario.
Quien no quiera afrontar el trazado entero puede hacer la última etapa: 16 kilómetros desde Porto do Cabo que concentran lo mejor del camino y desembocan directamente en el santuario.
La mochila pesa poco, pero la piedra que uno trae de casa, como exige la tradición, recuerda a cada paso que esto no es un sendero cualquiera.
Porto do Cabo, el tramo final
Porto do Cabo aparece entre eucaliptos y carballos a orillas del río das Mestas, no muy lejos de la ensenada de Esteiro y la ría de Cedeira. Aquí, donde el río discurre tranquilo bajo los arcos de un puente medieval, confluían antaño los peregrinos que llegaban desde toda Galicia, Portugal, e incluso Castilla, para pasar la noche antes del tramo final. El topónimo guarda la memoria de lo que fue: "Era un puesto al que venían a cargar madera en barcazas para Coruña y Oporto: aquí se acababa, ya no se podía seguir navegando", explica José Picallo, de la Asociación de Veciños.
La vocación de hospitalidad de la aldea tuvo durante siglos un nombre propio: las caldupeiras. "Las mujeres se ponían en el puente o delante de sus casas y vendían tazas de caldo a los romeiros que iban a San Andrés", recuerda Antonia Martínez, propietaria de Casa do Morcego e impulsora, junto a otras vecinas, de la recuperación de esta tradición.
Ese espíritu lo encarna la propia Casa do Morcego, un encantador hotel rural cuyo menú habría reconfortado a cualquier romeiro: caldo gallego, quesos del país, elaboraciones con conservas del Atlántico y una queimada para cerrar la velada. El desayuno es un muestrario de kilómetro cero –pan de la Panadería Vilelva horneado en leña, mermeladas artesanas de la Fusquenlla, quesos Brigantia con DOP, leche fresca de la granja Bohal, zumo exprimido de las manzanas de la propia finca– y prepara el cuerpo para los kilómetros que esperan.
Dieciséis kilómetros y quinientos metros de desnivel separan Porto do Cabo del santuario. No es una ruta exigente, pero tampoco es un paseo. La parte más dura llega justo tras dejar atrás la aldea, cuando el camino se adentra en un bosque de eucaliptos y helechos que tapiza una empinada montaña. Después, la ruta recupera la horizontalidad. A mitad de jornada, una parada gozosa: la Panadería Prados, donde merece la pena hacerse con una bolla de nata o, con suerte, con una empanada de raya recién salida del horno.
La mejor panorámica del trayecto
La Serra da Capelada se abre en cuanto se gana altura: prados interminables donde pastan vacas y bestas –los caballos salvajes autóctonos, pequeños y robustos, adaptados a estas montañas frías y húmedas–, con el Atlántico apareciendo y desapareciendo entre las colinas.
La capilla de San Roque de Reboredo, del siglo XVII, surge en un cruce donde confluían el Camino Real y la vía que unía Porto do Cabo con el santuario. Algo más adelante, el Mirador do Chao do Monte –a 360 metros sobre el nivel del mar– regala la mejor panorámica del trayecto: el océano a los pies, los acantilados de Vixía de Herbeira recortándose en el horizonte y, aún en la lejanía, la silueta del santuario. Junto a la carretera, un milladoiro –montículo formado por piedras que generaciones de peregrinos han ido depositando– aguarda la que uno lleva en la mochila desde casa. La costumbre es precristiana, pero sigue viva con idéntica convicción.
Pocos viajeros saben que están contemplando, literalmente, el interior de la Tierra. El Xeoparque Cabo Ortegal, declarado Geoparque Mundial por la Unesco en 2023, alberga una rareza geológica notable: en superficie afloran peridotitas y piroxenitas, rocas que normalmente se encuentran a más de 70 kilómetros de profundidad, en el manto terrestre. La playa de Teixidelo, al pie de los acantilados, es la única del mundo con arena negra no volcánica.
El santuario de Teixido y sus ritos
El descenso hacia el santuario no admite confianzas. El sendero está sembrado de piedras y, con lluvia, el agua lo vuelve impracticable. Uno se estremece al pensar que, aún hoy, algunos romeiros lo bajan de rodillas como promesa o penitencia. San Andrés de Teixido es poco más que un puñado de casitas blancas y piedra negra, algunos bares, tiendas de recuerdos y el santuario de origen medieval asomado al Atlántico y flanqueado por un cruceiro y una solitaria palmera.
Aunque el culto cristiano se documenta desde la Edad Media, la peregrinación es mucho más antigua, lo que explica por qué los rituales actuales conviven con tantas costumbres de raíz pagana. La ermita guarda en su interior un retablo barroco y un altar junto al que los peregrinos depositan exvotos, velas y ofrendas. Pero el ritual más llamativo transcurre fuera, bajando los escalones que conducen a la Fuente de los Tres Caños: hay que beber de cada chorro y pedir un deseo. Para saber si el santo lo concederá, basta con echar una miga de pan en la pía: si flota, la respuesta es positiva.
Entre los pertrechos de los romeiros tampoco pueden faltar la herba de namorar —la Armeria pugibera, que crece abundante en los acantilados y se vincula a rituales de amor anteriores al cristianismo— y los sanandresiños. «Son ocho formas, cada una es un amuleto, y cada una trae una suerte: el amor, los viajes, la salud, el alimento, el trabajo, los estudios, la protección y la paz», explica Xurxo Bellón, artesano que elabora estas piezas siguiendo una tradición centenaria. Son pequeños fetiches de masa de pan sin fermentar, cocidos y pintados a mano. No hay dos iguales. Antaño, los peregrinos caminaban con una vara de avellano de la que colgaban, en una ramita, un trocito de herba de namorar y otro de tejo y en otra los ocho sanandresiños atados.
El día grande de la fiesta, el 8 de septiembre, la romería convoca aquí a miles de peregrinos: algunos llegan en familia, con aire festivo, y otros en penitencia. Y hay quien cree, por supuesto, que también vienen los romeiros de ultratumba, los que no llegaron a tiempo en vida.
Completado el rito, es buen momento para una pausa. Junto al santuario, el restaurante Hermanos Bouza es una taberna local cuya razón de ser son los percebes: los percebeiros del pueblo los arrancan de las mismas rocas que se ven desde las ventanas del comedor, en un oficio antiguo que es también un pulso con el océano.
Vixía de Herbeira, los acantilados más altos de Europa
Cumplido el pacto con el apóstol, al día siguiente merece la pena ascender hasta Vixía de Herbeira, entre vacas y gigantescos molinos de viento, para contemplar los acantilados más altos de la Europa continental: 620 metros de caída vertical sobre el Atlántico. El viento azota sin contemplaciones y las bestas pastan al borde del precipicio. No lejos de allí, una pequeña placa recuerda que en aguas próximas cayó en 1943 el avión en el que viajaba el actor Leslie Howard, el inolvidable Ashley de Lo que el viento se llevó, abatido por cazas de la Luftwaffe alemana.
Cedeira, el colofón marinero
La capital comarcal de Ferrolterra conserva una tradición que precede a la llegada de los romanos: en la Punta Sarridal, sobre la ría, sobreviven los restos de un antiguo castro de la cultura castrexa, asomado a un litoral que durante siglos vivió de la pesca y, en otra época, también de la caza de la ballena. Sobre el mismo promontorio se alza el castillo de la Concepción, fortaleza del siglo XVIII levantada para proteger la ría de incursiones marinas. Abajo, el puerto pesquero late con el ritmo de las descargas diarias, y la playa de A Magdalena se abre en pleno corazón del casco urbano.
A la hora del almuerzo, parada obligada junto al puerto: el restaurante Badulaque, instalado bajo la cofradía de pescadores, lleva generaciones sirviendo el rape a la cedeiresa – receta con salsa y guisantes que ha viajado a muchas otras cocinas de la región sin perder el apellido– y una empanada de zamburiñas que es una de las grandes versiones del plato.
Si hay tiempo, se puede subir a la ermita de San Antón de Corveiro, levantada en 1661 sobre un promontorio que domina la desembocadura de la ría. El paisaje desde allí –Punta do Brual al frente, el Atlántico envolviéndolo todo, un cruceiro presidiendo la explanada– es uno de los miradores más privilegiados de la costa norte gallega.
De regreso hacia Porto do Cabo, una última parada en Vilarrube. La Taberna O Puntal es uno de esos lugares en los que la tortilla de patata –elaborada por Antía– habla por sí sola. El pulpo á feira llega sobre tabla de madera con sal gorda, pimentón y empapado en aceite. Los berberechos, puro producto de la ría. Sin artificios.
El peso de la piedra
Al volver al hotel, la mochila pesa menos. Quizá porque la piedra que nos acompañaba ha quedado atrás, en el milladoiro, junto a las de miles de peregrinos. Nadie sabe exactamente qué se deposita allí además del canto traído desde casa, pero algo se queda. En esta costa donde los acantilados se hunden en el Atlántico y los caballos salvajes pastan entre la niebla, la frontera entre lo que tiene explicación y lo que no es más fina que en otros lugares. El apóstol parece saberlo desde hace siglos. Por eso sus romeiros vuelven, vivos o muertos.

















