Juegos en la plaza, tardes eternas en la calle, dar vueltas sin prisa con la bici, sentarse en el parque a comer pipas, inventar mundos con la pandilla… Quien ha tenido la gran suerte de pasar los veranos de su infancia o adolescencia en el pueblo sabe exactamente de qué hablamos. Allí, las vacaciones no son solo un cambio de paisaje: son libertad, aire, tiempo y una forma de crecer que deja huella. Imágenes y recuerdos que se quedan en la memoria para siempre.
Para entender por qué ese “verano de pueblo” sigue siendo un regalo para los niños de hoy, hablamos con la Dra. Laura Carlota Fernández García, profesora del Grado en Pedagogía de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) e investigadora principal del grupo de investigación de Tecnología Educativa y Experiencias Lúdicas (TEEL). Con ella exploramos los beneficios profundos de recuperar el juego libre, la autonomía sin la mirada constante del adulto y esa desconexión digital que solo se consigue cuando la vida se comparte en comunidad.
Pasar de un piso en la ciudad a un entorno abierto o con naturaleza cambia el ritmo vital. ¿Por qué es tan necesario para el sistema nervioso infantil "bajar las revoluciones" y conectar con estos espacios después del curso escolar?
A día de hoy los niños y las niñas viven bajo estímulos constantes y una elevada demanda cognitiva. El contacto con la naturaleza actúa como un regulador del sistema nervioso, reduciendo el estrés y favoreciendo la relajación. Esta desconexión digital actúa como un reinicio cognitivo, mejorando la sensación de bienestar en los niños.
En la ciudad, el miedo al tráfico o a los peligros nos impide soltar la mano de los niños. ¿Cómo influye el juego en la calle (en entornos más seguros como un pueblo o urbanización) en la construcción de su autoconfianza y autonomía?
El juego en la calle es un paso importante hacia la autonomía en la infancia. En un entorno seguro, los niños sienten que son más capaces, aprendiendo a calcular riesgos físicos, tomar sus propias decisiones y resolver los problemas que se les presentan. Además, también pueden explorar, aprender a orientarse y asumir responsabilidades acordes a su edad.
En el caso concreto de las vacaciones en el pueblo, suele implicar un reencuentro con la "pandilla del verano", un grupo de edades muy diversas que no se ve el resto del año. ¿Qué beneficios aporta a nivel social que niños de edades más variadas jueguen juntos en la plaza, a diferencia de la segmentación por edades tan rígida del colegio?
Los grupos de edades diversas generan múltiples aprendizajes sociales. Por un lado, los mayores suelen desarrollar habilidades de liderazgo, cuidado y responsabilidad, y por otro lado, los más pequeños encuentran modelos a los que observar e imitar. Este tipo de grupos favorecen relaciones más naturales y heterogéneas que las segmentadas por edad que encontramos en la escuela.
Ir al pueblo a menudo significa conectar también con las raíces familiares, pasar tiempo con los abuelos y vivir un ritmo comunitario donde "todo el mundo se conoce". ¿Cómo influye este sentido de pertenencia e identidad en la seguridad emocional a largo plazo del niño?
Sentirse parte de una familia y comunidad proporciona una base emocional muy valiosa para los niños y niñas. Los vínculos con los abuelos, con diferentes familiares y los vecinos ayudan a desarrollar el sentido de pertenencia construyendo una identidad más sólida. Los niños comprenden mejor quiénes son cuando conocen la historia de su familia, cuando entienden de dónde vienen. Además, contar con una red afectiva amplia aumenta la percepción de seguridad y apoyo. Estas experiencias intergeneracionales fortalecen la resiliencia emocional – la capacidad de adaptarse y recuperarse ante situaciones difíciles – y previenen el aislamiento juvenil.
Los vínculos con los abuelos, con diferentes familiares y los vecinos ayudan a desarrollar el sentido de pertenencia construyendo una identidad más sólida
En los pueblos se respira una cultura de vecindario donde la calle se percibe como una extensión de la casa. ¿Cómo afecta positivamente a la salud mental infantil crecer bajo esa mirada protectora de la comunidad, frente al individualismo o anonimato de los bloques de pisos de la ciudad?
Crecer bajo la mirada protectora de la comunidad crea un entorno seguro para el desarrollo del niño, proporcionando andamiajes cognitivos que sirven como apoyo para su proceso de aprendizaje. Se establece, por tanto, una red de cuidado que va más allá de los padres, lo que reduce la sensación de aislamiento y favorece el desarrollo de vínculos sociales estables. Frente al anonimato que hay en las ciudades, en la cultura de vecindario el niño está en un entorno emocionalmente más cercano y de confianza.
En el juego libre sin supervisión constante de adultos, los niños deben negociar reglas y resolver sus propios conflictos. ¿Qué habilidades socioemocionales están entrenando ahí que no se aprenden en una actividad extraescolar?
Sin la supervisión de los adultos, el juego libre en la calle permite a los niños dialogar, consensuar reglas, tolerar la frustración, resolver los conflictos y llegar a acuerdos por sí mismos. Al jugar con otros niños entrenan la empatía – ponerse en el lugar del otro – y la flexibilidad cognitiva. Además, se fomenta la asertividad, aprendiendo a expresar sus opiniones y sentimientos de forma honesta respetando a los demás al mismo tiempo.
En verano, el entorno suele ofrecer materiales más simples (piedras, palos, agua, arena). ¿Cómo ayuda esta falta de estímulos artificiales a que desarrollen la creatividad en comparación con las pantallas o los juguetes comerciales?
Un palo y una piedra son elementos no estructurados, es decir, sin una única función determinada, y su valor y utilidad dependerán de la mente del niño. La creatividad florece cuando existe espacio para imaginar y transformar lo cotidiano, permitiendo inventar una narrativa o historia. Muchos juguetes comerciales tienen una función concreta y una historia más cerrada. Cuando el entorno deja más espacio a la imaginación, el cerebro infantil empieza a generar soluciones, escenarios y juegos propios. Esta libertad favorece el pensamiento creativo y la capacidad de innovación.
Sin la supervisión de los adultos, el juego libre en la calle permite a los niños dialogar, consensuar reglas, tolerar la frustración, resolver los conflictos y llegar a acuerdos por sí mismos
Es mucho más fácil soltar la 'tablet' si hay un grupo de amigos esperándote en la calle. ¿De qué manera esta socialización cara a cara y espontánea actúa como un factor protector frente a la ansiedad infantil?
Las relaciones personales ofrecen algo que las pantallas no pueden sustituir: el contacto humano real y la comunicación emocional. Jugar con otros niños ayuda a reducir la soledad y favorece la expresión espontánea de emociones, lo que previene la ansiedad. El juego al aire libre libera oxitocina y endorfinas de forma natural, reduciendo los niveles de estrés. Para los niños y niñas, tener un grupo de amigos proporciona validación real, contacto físico y el sentido de pertenencia a un grupo.
No todas las familias tienen la opción de irse al pueblo o a la playa. ¿Cómo se puede replicar esa sensación de libertad y juego libre para los niños que deben pasar el verano en el piso de la ciudad?
En el caso de las ciudades, se pueden crear oportunidades de juego libre en parques, plazas y patios comunitarios. Se pueden organizar encuentros regulares con otros niños, donde éstos puedan inventar juegos y relacionarse con cierto nivel de autonomía. En casa, por otro lado, es importante establecer zonas libres de pantallas, dejando a su alcance materiales desestructurados como cartones, papel, telas, etc. y permitiendo que el aburrimiento despierte su creatividad y autonomía dentro del propio hogar. Más que un lugar concreto, lo esencial es ofrecer a los niños tiempo, confianza y oportunidades para que sean protagonistas de sus propias experiencias.







