Adolescentes

Amaya Prado, psicóloga, sobre la otra cara de la 'generación de cristal': "Los adolescentes de hoy hablan con más naturalidad de lo que sienten"


La experta da las claves para conocer a los adolescentes de hoy en día, más allá de mitos infundados que los presenta como más débiles que los de generaciones anteriores


Amaya Prado, psicóloga© Amaya Prado
14 de agosto de 2026 a las 7:25 CEST

Llevamos años escuchando hablar sobre la llamada generación de cristal, un término que hace referencia a una mayor fragilidad de los adolescentes de hoy en día, pero ¿realmente es así? ¿Los chicos y chicas de ahora son más débiles que los de generaciones anteriores? Amaya Prado, psicóloga experta en Psicología Educativa y Psicología Clínica en infancia y adolescencia y miembro del Colegio de la Psicología de Madrid, desmonta el mito en torno a esa etiqueta y aclara qué es lo que hay detrás de esa aparente debilidad. 

Nos indica que la manera más correcta de definirlos es hablar de generación transparente, término que no solo hace referencia a un cristal delicado, sino a una manera de entender la vida y de ser persona. Las palabras de la psicóloga arrojan luz acerca de cómo es hoy la adolescencia, lo que facilitará a muchos padres entender mejor a sus hijos. 

Los adolescentes de hoy hablan con más naturalidad de lo que sienten, de sus miedos, de sus inseguridades o de sus dificultades psicológicas.

Amaya Prado, psicóloga experta en Psicología Educativa y Psicologíica en infancia y adolescencia

¿Por qué los adolescentes de hoy son, además de la generación de cristal, la generación transparente?

Creo que más de una generación de cristal, estamos ante una generación mucho más transparente emocionalmente. Los adolescentes de hoy hablan con más naturalidad de lo que sienten, de sus miedos, de sus inseguridades o de sus dificultades psicológicas y temas que hace apenas un tiempo se vivían con más silencio hoy forman parte de las conversaciones cotidianas.

Las redes sociales han contribuido a ello. Por un lado, para bien y, por otro, para mal. Han normalizado compartir experiencias personales porque se han expuesto emociones que antes quedaban más en la intimidad. Y esta transparencia puede tener aspectos muy positivos porque facilita pedir ayuda y reduce ese estigma que aparece asociado a veces a los problemas de salud mental. Pero por otro lado, también puede generar una cierta exposición excesiva de la vida emocional y una cierta dificultad a veces para preservar espacios de más intimidad y reflexión personal.

Están más preocupados por la salud mental. ¿Qué hacen para cuidarse más al respecto?

Los adolescentes de hoy tienen más información sobre salud en general y sobre la salud emocional en particular que cualquier generación anterior. Por ejemplo, cuando les pregunto en consulta conceptos como ansiedad, autoestima, estrés, límites, bienestar emocional, ellos saben definirlo sin ningún tipo de problema. Y muestran muchísimo menos resistencia a acudir a un psicólogo cuando lo necesitan, tanto chicos como chicas, algo que antes era bastante diferente.

También puedo observar que intentan incorporar estrategias de autocuidado, de salud, como practicar deporte. Siguen muchos contenidos sobre bienestar emocional, realizan actividades relacionadas con mindfulness, como la  atención plena, o buscan espacios donde poder hablar sobre lo que sienten. Y muchos son ya capaces de identificar antes que sus padres cuando están atravesando una situación de malestar psicológico.

Pero claro, la información no siempre se traduce en hábitos saludables y, en ocasiones, consumen consejos poco rigurosos a través de redes sociales e, incluso, hacen muchas consultas psicológicas a Chat GPT. Esto me lo estoy encontrando muchísimo actualmente. Muchas consultas a Chat GPT, a la inteligencia artificial, y siguen a rajatabla sus consejos, por lo que sigue siendo fundamental acompañarles con educación emocional basada en la evidencia científica.

Adolescente© Getty Images

Sorprende que exista una mayor concienciación entre los adolescentes por todo lo que tiene que ver con la salud mental justo en una época en la que se han incrementado los problemas relacionados precisamente con la salud mental en menores de edad. ¿A qué puede deberse este aumento?

Yo creo que hay dos fenómenos paralelos. Por un lado, existe esa mayor sensibilización y capacidad para identificar los problemas de salud mental; es decir, que hoy detectamos situaciones que antes pasaban bastante desapercibidas o que se minimizaban o no se les daba importancia. Y, por otro lado, también es cierto que los adolescentes se enfrentan a desafíos nuevos, como la hiperconectividad, la presión social permanente, la comparación constante en las redes sociales, la incertidumbre sobre el futuro o las consecuencias que tuvo la pandemia en su desarrollo social han aumentado algunos factores de riesgo. Nunca antes habíamos estado tan expuestos a la evaluación continua de los demás.

Antes uno podía equivocarse en un grupo de amigos y ahora cualquier error puede ser totalmente amplificado por la exposición digital. Todo ello contribuye a que aumenten los síntomas de ansiedad, estrés o malestar y que esa huella digital siga existiendo y que pueda ser usada en contra nuestra.

Una paradoja muy característica de esta generación: están permanentemente conectados, pero menos acostumbrados a la interacción presencial, al cara a cara. 

Amaya Prado, psicóloga experta en Psicología Educativa y Psicologíica en infancia y adolescencia

¿Entonces hay mayor ansiedad social?

Lo que estamos observando es un aumento de las dificultades relacionadas con lo social, especialmente tras la pandemia, porque muchos adolescentes pasaron etapas claves de su desarrollo con menos oportunidades para relacionarse cara a cara y para entrenar habilidades sociales y habilidades interpersonales.

A esto se le suma una paradoja muy característica de esta generación: están permanentemente conectados, pero menos acostumbrados a la interacción presencial, al cara a cara. Antes se podía decir algo cara a cara y ahora se va a decir a través de un mensaje que se piensa, que se borra, que se elimina. Algunos se sienten cómodos comunicándose por mensajes, pero experimentan más inseguridad cuando tienen que hablar en público, llamar por teléfono o enfrentarse a situaciones sociales nuevas, y por eso no lo hacen.

No significa que todos tengan ansiedad social, pero sí vemos una mayor vulnerabilidad en aspectos relacionados con esa exposición social: el miedo al juicio de los demás, muchísima necesidad de aprobación… y todo eso va cambiando un poco esas interacciones sociales.

Adolescentes con el móvil en verano© Getty Images

¿Los definirías también como "generación de cristal"?

A mí personalmente la verdad es que no me gusta esa etiqueta porque simplifica muchísimo una realidad mucho más compleja. A menudo se utiliza lo de la generación de cristal para describir a jóvenes aparentemente más sensibles, más vulnerables, pero creo que muchas veces es una visión bastante injusta porque los adolescentes actuales han crecido en un mundo más cambiante, más incierto, exigente, que quizá las generaciones anteriores.

Son más conscientes de los problemas emocionales o son más abiertos a pedir ayuda y más sensibles a cuestiones de la salud en general y concretamente la salud mental, con lo cual eso no los hace más débiles. Quizá podríamos decir que es una generación que emocionalmente está más alfabetizada, aunque todavía están aprendiendo a gestionar esa sensibilidad, como ocurre con cualquier generación.

Más que de fragilidad, hablaría de una generación que intenta comprenderse mejor a sí misma y que está aprendiendo a poner palabras a lo que siente.

Algunos estudios y muchos profesionales que trabajamos con adolescentes estamos observando en las últimas décadas que ha aumentado también una tendencia a la sobreprotección parental, los padres helicóptero. No lo hacen por dañar a sus hijos, pero muchas familias han intentado evitar a sus hijos el sufrimiento, la frustración, el fracaso... Sin embargo, una parte muy importante del desarrollo emocional consiste precisamente en esto, en aprender a tolerar el malestar, gestionar las decepciones, la frustración, afrontar las dificultades de forma progresiva.

Y cuando los adultos intervenimos demasiado rápido o intervenimos para resolver problemas o aliviar cualquier incomodidad que puedan tener nuestros hijos, podemos limitar esas oportunidades para que los jóvenes desarrollen esos recursos internos de afrontamiento. Y, en ese sentido, algunos adolescentes llegan a determinadas situaciones con muy poca experiencia gestionando, por ejemplo, la frustración o la incertidumbre o el rechazo. Y esto sin duda puede hacer que parezcan más débiles o más frágiles emocionalmente, o que determinadas dificultades puedan tener un impacto mayor en ellos; sin embargo, no creo que esa sea una cuestión de debilidad personal, sino de falta de entrenamiento emocional.

La resiliencia, que es un concepto muy usado ahora, no se desarrolla evitando los problemas, sino aprendiendo a enfrentarlos. Con apoyo y acompañamiento, lógicamente, pero enfrentándolos.

Por eso, más que hablar de una generación de cristal, podríamos hablar de una generación que ha crecido en un contexto donde la protección ha aumentado, donde necesitamos recuperar ese valor de la autonomía, la responsabilidad, la tolerancia a la frustración... Y el objetivo no es que los jóvenes sufran más, ni mucho menos, sino que aprendan que pueden afrontar las dificultades y salir fortalecidos de ellas.