Adolescentes

Por qué los adolescentes de hoy no se parecen a los de los 80 y los 90, según la psicología: "Son jóvenes más sensibilizados, pero viven bajo una exposición constante"


Ya no les gusta hacer ni contestar llamadas y tampoco ir de discotecas, pero hay otros aspectos mucho más importantes que nos indica la psicóloga Amaya Prado


Adolescentes de los 80© Getty Images
17 de junio de 2026 a las 15:20 CEST

Un adolescente de los años 80 o de los 90 se podía pasar horas hablando por teléfono con sus amigos. Era una práctica muy común, especialmente entre las chicas y, recordemos, en esa época el único teléfono que había era el fijo de casa que compartía toda la familia. Eso, unido a que por entonces no existían las tarifas planas telefónicas, este hábito tan necesario para cualquier adolescente solía ser también causa de multitud de broncas familiares, pues cuantos más minutos durara la llamada, más se incrementaba la factura del teléfono. Había que tener cuidado, además, de que el hermano (o directamente papá o mamá) no cogiera otro teléfono ubicado en otra habitación (que, como sabemos, pertenecían a la misma línea) y escucharan en silencio toda la conversación…

Son situaciones muy comunes en la generación de los millennial que hoy han desaparecido por completo. Primero, porque están las plataformas de mensajería instantánea como WhatsApp, con las que pueden mandar mensajes de texto, pero también de audio o de vídeo; y segundo, porque ya ni siquiera a la mayoría de los adolescentes les gusta llamar por teléfono. En muchos casos, tienen verdadera reticencia e incluso, pavor a la hora de hacer una llamada telefónica o a contestarla. Es “un cambio estructural o profundo en la forma de relacionarse”, nos explica Amaya Prado, psicóloga experta en Psicología Educativa y Psicología Clínica en infancia y adolescencia y miembro del Colegio de la Psicología de Madrid.

Llamar ha dejado de ser una necesidad cotidiana.

Amaya Prado, psicóloga experta en Psicología Educativa y Psicología Clínica en infancia y adolescencia

A su juicio, no es producto de una falta de habilidades sociales, sino más bien el resultado del entorno digital en el que han crecido y en el que la comunicación por escrito o de manera inmediata es la norma. "Un mensaje permite pensar la respuesta, permite corregirla, permite borrar errores, cambiarla incluso cuando ya la has mandado o eliminarla, y controlar así esa imagen que proyectas, de manera medida y controlada, aunque ellos a veces son bastante impulsivos", nos dice Amaya Prado. "Pero en una llamada telefónica se ponen en juego otras cosas: exige espontaneidad, tolerar los silencios, escuchar, pararte a pensar, interpretar el tono de voz, gestionar a veces cierta incertidumbre en tiempo real... Y para muchos jóvenes eso puede suponer una mayor exposición emocional".

También hay que tener en cuenta, según apunta la psicóloga, que las generaciones anteriores aprendieron a comunicarse en un contexto diferente en el que el teléfono era la única forma de conversación a distancia. Hoy, como sabemos, existen muchísimas alternativas: mensajes, audios (esto les encanta, comenta Prado), videollamadas, redes sociales, videojuegos online en los que hay chat para poderte relacionar con gente que incluso ni conoces. "Y, como consecuencia, llamar ha dejado de ser una necesidad cotidiana y es ya cada vez menos habitual".

"A veces esto puede generar ansiedad social", según pone de manifiesto la especialista en adolescencia. "Cuando uno está acostumbrado a controlar cada palabra, cada espacio, cada frase que va a enviar, enfrentarse a algo improvisado requiere de otras habilidades y esto puede generar inseguridad. Sin embargo, no debemos interpretar que esto es una incapacidad generalizada, sino que muchos jóvenes se comunican constantemente, aunque lo hagan de forma distinta a como lo podemos hacer sus padres".

Sin discoteca ni 'botellón', el ocio es ¿mucho mejor?

En los 80, si había algo que marcaba el paso a la adolescencia era poder ir a las discotecas. En los 90, además de las discotecas, se generalizó el llamado botellón, y al chico o a la chica al que no le gustase beber tenía que unirse igualmente si no quería quedar fuera del grupo en la mayoría de los casos. Incluso existían lo que se bautizó como discotecas light, en las que estaba permitida la entrada a mayores de 14 o de 16 años y que se abrían por la tarde, antes de la sesión nocturna para adultos. Supuestamente no se vendía alcohol en ese tramo horario (solo oficialmente) y era relativamente sencillo pasar con el DNI de algún amigo o conocido más mayor. Hoy también hay sesiones light en las discotecas, pero se es mucho más estricto con el tema del alcohol, por ejemplo, y no todos los adolescentes tienen interés por acudir a ellas, mientras que en los 90 estaba mucho más generalizado.

Hay muchos adolescentes que consumen menos alcohol que generaciones anteriores y que practican más deporte.

Amaya Prado, psicóloga experta en Psicología Educativa y Psicología Clínica en infancia y adolescencia

"Ya no existe un único modelo de diversión, que era quedar para ir al pub", comenta Amaya Prado. "Muchísimos jóvenes, yo diría que prácticamente casi todos, siguen saliendo con amigos, pero han aparecido nuevas formas de ocio y éstas están muy relacionadas con la tecnología (los videojuegos, plataformas digitales, contenidos en redes sociales…)". Y añade otras, como el deporte, los festivales de música y actividades temáticas. "Hay muchos adolescentes que consumen menos alcohol que generaciones anteriores y que practican más deporte".

Adolescente en los 80© Getty Images

Sobreprotegidos y con híper exigencia, pero mucho más comprometidos

El cambio más importante en los adolescentes de ahora respecto a la adolescencia de los millennials es, para la psicóloga experta en psicología educativa, que están creciendo en un mundo mucho más complejo, mucho más incierto y mucho más híper exigente. "Tienen acceso a una gran cantidad de información, pero también están sujetos a una enorme presión. Por un lado, son jóvenes más sensibilizados en temas de bienestar emocional, salud mental, nutrición, diversidad, igualdad…, pero por otro lado, viven bajo una exposición constante y a la mirada de los demás", explica. "Las redes sociales se han convertido en una comparativa constante y permanente".

Tienen acceso a una gran cantidad de información, pero también están sujetos a una enorme presión.

Amaya Prado, psicóloga experta en Psicología Educativa y Psicología Clínica en infancia y adolescencia

Las comparaciones siempre han estado muy presentes en la adolescencia; sin embargo, ahora son mucho más extremas, ejercen un peso mucho mayor. "Antes podríamos compararnos con nuestros compañeros de clase, nuestro grupo de amigos" -apunta Prado- "y ahora se comparan con miles de personas que les ven cada día en Internet, y esto puede afectar a la autoestima y a la sensación de no estar a la altura".

"Una cosa también muy importante que yo estoy observando muchísimo es la sobreprotección por parte de adultos a veces de referencia, como pueden ser sus padres", señala. "Muchos adolescentes tienen menos autonomía cotidiana, son menos eficaces, son menos efectivos y les cuesta más tomar decisiones. Esto es muy paradójico porque están hiperconectados digitalmente, pero en ocasiones cuentan con menos oportunidades para desarrollar una independencia mayor en la vida real; es como si no supieran qué hacer con determinadas situaciones en determinadas situaciones".

Dicho esto, “a mí me gusta siempre transmitir un mensaje optimista y positivo y me encanta trabajar con jóvenes”, nos recalca Amaya Prado, quien hace hincapié en que, pese a que a menudo se habla desde la crítica de los adolescentes de hoy en día, “la mayoría son jóvenes, comprometidos, sensibles, con una gran capacidad de adaptación y que tienen que manejarse en este mundo lleno de esa hiper exigencia y de esa comparación constante”.

Expone que cada generación tiene sus retos y que los de ahora no son ni mejores ni peores en comparación con los que se tuvieron que afrontar en los 80 y en los 90. “Simplemente están creciendo en un mundo radicalmente diferente, hiperconectado, hiper digital, y necesitan herramientas distintas para afrontarlo”, nos dice. “Es muy importante que los padres puedan acompañar a sus hijos o a los jóvenes de su entorno en estas nuevas formas y que traten de empatizar y de ponerse en el lugar de ellos”.