Sentir conexión con los hijos durante la adolescencia a veces parece misión imposible. Sin embargo, sí puede lograrse y el mejor ejemplo de ello es Alba Carrillo, que ha hablado sobre la buena relación que tiene con su hijo, Lucas, de 15 años. Eso sí, es consciente de que esa cercanía y la confianza que Lucas le demuestra no ha aparecido de la nada: "hay que trabajarlo, ¿eh?", comenta sonriente a un grupo de periodistas que le preguntan por ello en el aeropuerto. "Muchas veces te dicen ¿por qué tienes esa relación con tu hijo?; hombre, pues porque lo he trabajado mucho". La cuestión es ¿cómo se 'trabaja' para lograr algo así?
Se lo hemos preguntado a Sonia Martínez, psicóloga y directora de Centros Crece Bien, quien no solo nos explica las pautas a seguir para mantener una buena relación con los hijos en una etapa vital especialmente convulsa, sino también algo igual de importante o más: aquello que no hay que hacer para conseguirlo. Esto es lo que nos dice:
El vínculo no aparece de repente a los 15 años, se construye en el día a día.
Alba Carrillo ha afirmado que tiene muy buena relación con su hijo, Lucas, que tiene 15 años, pero porque, según dice, se lo ha trabajado. ¿Cómo se logra eso? ¿Cómo "se trabaja" la relación con un hijo adolescente?
Me parece importante partir de algo: cada madre y cada padre educa desde sus circunstancias, su historia y lo que considera mejor para su hijo. Cuando alguien dice que la relación con su hijo adolescente "se la ha trabajado", creo que está señalando algo muy real: el vínculo no aparece de repente a los 15 años, se construye en el día a día.
Trabajar la relación con un adolescente no significa estar encima todo el tiempo ni intentar que nos cuente absolutamente todo. Significa estar disponible, escuchar sin juzgar a la primera, respetar sus tiempos y sostener el vínculo incluso cuando hay discusiones. A veces es preguntar: "¿Quieres hablar o prefieres que simplemente esté contigo?". Otras veces es aceptar que no quiere contarnos algo en ese momento, pero que necesita saber que seguimos ahí.
Con los adolescentes funciona muy bien la presencia sin invasión. No es "te interrogo porque quiero controlarte", sino "me importas y quiero seguir cerca, aunque estés creciendo y necesites más espacio".
¿Cómo influye el estilo de crianza en la infancia en la relación del hijo cuando ya es adolescente?
Influye mucho, aunque nunca determina al cien por cien. La adolescencia no empieza de cero. Si durante la infancia ha habido escucha, límites claros, respeto, afecto y posibilidad de hablar de lo que se siente, es más probable que en la adolescencia exista una base de confianza. Pero esto no significa que una familia que haya tenido dificultades en la infancia ya no pueda mejorar el vínculo. La relación con los hijos siempre se puede reparar y fortalecer. A veces, de hecho, la adolescencia es una segunda oportunidad para cambiar la forma de comunicarnos.
Lo importante es que el adolescente no sienta que solo nos acercamos para corregir, controlar o señalar lo que hace mal. Si durante años la relación se ha basado sobre todo en órdenes, reproches o exigencia, es lógico que cuando crezca se cierre más. En cambio, si siente que sus padres también saben escuchar, reconocer errores y acompañar, es más fácil que siga acudiendo a ellos cuando lo necesite.
Llevarse bien es una cuestión y ser amigo, otra. ¿Es recomendable que los padres sean amigos de sus hijos?
No en el sentido estricto. Los padres pueden tener una relación cercana, cómplice y muy bonita con sus hijos, pero no deben ocupar el lugar de un amigo. Un adolescente necesita amigos, pero también necesita padres. Y son funciones distintas.
Un amigo está en una relación de igualdad. Un padre o una madre tiene una responsabilidad educativa: poner límites, proteger, orientar y tomar decisiones que a veces al adolescente no le van a gustar. Si intentamos ser "colegas" todo el tiempo, corremos el riesgo de perder autoridad o de cargar al hijo con una intimidad que no le corresponde.
Ahora bien, no ser amigos no significa ser fríos o distantes. Se puede tener confianza, humor, conversaciones profundas, planes compartidos y mucho cariño, manteniendo claro que el adulto sigue siendo adulto.
¿Hasta qué punto es sano que los padres compartan sus propias emociones o vulnerabilidades con su hijo adolescente?
Es sano compartir emociones, pero con medida. Los adolescentes también aprenden viendo que sus padres sienten, se equivocan, se frustran y se recomponen. Decir: "Hoy he tenido un día difícil y estoy un poco cansada" puede ayudarles a normalizar el lenguaje emocional.
Pero hay una diferencia importante entre compartir y descargar. Un hijo adolescente no debe convertirse en el sostén emocional de sus padres, ni en su confidente adulto, ni en quien carga con problemas que no le corresponden. Podemos mostrar vulnerabilidad sin invertir los roles. Una buena regla sería: comparto lo suficiente para ser humano y cercano, pero no tanto como para que mi hijo sienta que tiene que cuidarme a mí.
Los adolescentes también aprenden viendo que sus padres sienten, se equivocan, se frustran y se recomponen.
¿Cómo establecer una relación de confianza con un hijo adolescente y, al mismo tiempo, mantener la autoridad como madre o como padre?
La confianza y la autoridad no son contrarias. De hecho, la autoridad sana se sostiene mucho mejor cuando hay confianza.
El adolescente necesita sentir que sus padres le escuchan y le respetan, pero también que hay límites. La clave está en explicar esos límites sin convertir cada norma en una guerra. Por ejemplo: "Entiendo que quieras volver más tarde, pero nuestra responsabilidad es cuidar tu seguridad. Vamos a hablar de qué horario tiene sentido y qué condiciones necesitamos".
La autoridad no tiene que sonar a imposición constante. Puede ser firme, clara y afectuosa. Y la confianza no significa permitirlo todo. Significa que el adolescente sabe que puede hablar, incluso cuando se ha equivocado, sin que la respuesta sea solo castigo, grito o sermón.
Uno de los grandes focos de disputas entre padres e hijos adolescentes, sobre todo en vacaciones, es el tiempo que pasan con pantallas. ¿Cómo poner límites sin que afecte a la armonía familiar?
Las pantallas son uno de los grandes temas de conflicto porque para los adolescentes no son solo entretenimiento: también son relación social, identidad, música, información, pertenencia. Si lo abordamos como "eso es una tontería" o "estás todo el día enganchado", probablemente se pondrán a la defensiva.
Lo mejor es pactar normas claras antes de que estalle el conflicto. Por ejemplo: momentos sin pantallas en comidas, horarios razonables por la noche, tiempos de descanso digital o acuerdos sobre cuándo se usa y cuándo no. En verano puede haber más flexibilidad, pero no ausencia total de límites. También ayuda no centrar toda la conversación en "quítate el móvil", sino ofrecer alternativas reales: planes, deporte, tiempo con amigos, actividades que le interesen. Si solo quitamos pantalla y no ofrecemos vida, el conflicto aumenta.
Y, por supuesto, los adultos también tenemos que revisar nuestro propio uso. Es difícil pedir desconexión si nosotros estamos contestando mensajes todo el día.
Cómo aprovechar el verano para fortalecer el vínculo con un hijo adolescente?
El verano puede ser una oportunidad preciosa porque hay menos prisas y más espacios informales. Pero fortalecer el vínculo con un adolescente no suele ocurrir en "grandes conversaciones programadas", sino en momentos cotidianos: un paseo, un viaje en coche, cocinar juntos, ver una serie, ir a tomar algo, compartir música.
A veces los padres esperan que el adolescente se siente y diga: "Voy a contarte lo que siento". Y eso rara vez ocurre así. Es más fácil que se abra cuando no se siente interrogado, cuando la conversación aparece de forma natural y cuando sabe que no todo lo que diga se va a convertir en un consejo o una corrección. Mi recomendación sería buscar pequeños planes de baja presión. No hace falta organizar algo espectacular. A veces basta con decir: "Me apetece pasar un rato contigo, eliges tú el plan".
Si el hijo está en un momento en el que apenas se comunica como antes con los padres, ¿qué hacer para mejorar la situación?
Lo primero es no vivirlo automáticamente como un rechazo personal. En la adolescencia es normal que hablen menos con sus padres y más con sus iguales. Eso no significa que ya no nos necesiten.
Lo que suele funcionar peor es perseguir la conversación: "¿Qué te pasa?", "cuéntamelo", "antes me lo contabas todo". Eso puede generar más cierre. Es mejor abrir puertas pequeñas y constantes: "Te noto más callado últimamente. No hace falta que me cuentes nada ahora, pero quiero que sepas que estoy aquí". También es importante cuidar el tono cuando sí hablan. Si cada vez que cuentan algo reciben un juicio, una alarma o un sermón, aprenderán a contar menos. Escuchar no significa estar de acuerdo con todo; significa no reaccionar de una forma que cierre la confianza.
Y si vemos que el silencio viene acompañado de tristeza, aislamiento, cambios de sueño, irritabilidad intensa o pérdida de interés por todo, entonces conviene mirar más allá de la etapa adolescente y pedir orientación profesional.
Un hijo adolescente no debe convertirse en el sostén emocional de sus padres, ni en su confidente adulto, ni en quien carga con problemas que no le corresponden.
Alba Carrillo también ha comentado que, a pesar de estar separada del padre de su hijo, Fonsi Nieto, se siente muy orgullosa de su ex en su papel de padre. ¿Cómo influyen las relaciones de los progenitores entre sí, estén juntos o separados, en el vínculo con el adolescente?
Influyen muchísimo. Los hijos no necesitan que sus padres sean pareja, pero sí necesitan sentir que pueden querer a ambos sin entrar en un conflicto de lealtades. Cuando los progenitores se respetan, se reconocen y no se desautorizan constantemente, el adolescente vive con mucha más tranquilidad emocional. En familias separadas, una buena relación entre los adultos no significa que todo sea perfecto ni que no haya diferencias. Significa que el hijo no queda en medio. Que no se le usa como mensajero, que no se le pide tomar partido y que puede hablar bien de un progenitor delante del otro sin miedo.
Cuando una madre o un padre reconoce el buen papel del otro, está haciendo algo muy valioso para su hijo: le permite sentirse orgulloso de ambos. Y eso fortalece su seguridad interna.
Al final, los adolescentes necesitan adultos que puedan cooperar, incluso cuando ya no son pareja. Ese respeto entre progenitores es una forma muy poderosa de cuidado emocional.






