"La adolescencia es un proceso de construcción de identidad. Detrás de cada silencio, cada portazo, cada disputa se esconde un ser humano en plena transformación intentando encontrar su lugar en el mundo", recalca Rodrigo Negro, psicólogo general sanitario, especialista en Terapia Familiar Sistémica y miembro de FEATF (Federación Española de Asociaciones de Terapia Familiar).
En su práctica profesional, ha desarrollado escuelas de padres, talleres para profesores y profesionales que conviven con adolescentes en pleno conflicto y colabora con equipos de orientación educativa en Secundaria, además de tratar individualmente a adolescentes y familias. Hemos charlado con él.
Si la conversación con el adolescente se convierte en un juicio, destruiremos ese puente necesario. Intentaremos acercarnos a él desde una preocupación genuina, no tanto desde una acusación o un enfado
Los horarios de salida y vuelta a casa generan conflictos constantes entre padres e hijos. ¿Cómo fijarlos: mediante negociación o según el criterio de los padres?
Esta es una problemática muy común entre nuestras familias. La respuesta, por supuesto, no es ni blanco ni negro. Los padres tienen la responsabilidad de poner límites (esto es un acto de cuidado, no de control o castigo), pero permeables. ¿Qué implica esto? Si los horarios se imponen de manera unilateral, sin ningún tipo de diálogo, lo que acabamos generando es resistencia, no responsabilidad.
Mi propuesta (en terapia familiar) suele girar en torno a una negociación supervisada: los padres establecen el marco (hay un tope de hora), pero dentro de ese marco se invita al adolescente a participar... Cuando un adolescente siente que tiene voz en las decisiones que le afectan, es mucho más probable que las respete. También es importante que los padres al menos escuchen en qué marcos relacionales y sociales se mueven sus hijos.
Si los padres perciben que su hijo ha consumido alcohol, tabaco o vápers, ¿cómo tener una conversación productiva y no un enfrentamiento?
Es muy importante primero que los padres puedan atender cómo se encuentran ellos antes de tener esta conversación. Si un padre llega en un tono acusatorio, o muy acelerado, lo que intente transmitir a su hijo seguramente quede en un segundo plano y este acabará por cerrarse más. El objetivo principal sería no ir a “pillarle” ni a darle una lección. El objetivo es mantener un vínculo abierto.
Si la conversación se convierte en un juicio, destruiremos ese puente necesario. Intentaremos acercarnos desde una preocupación genuina, no tanto desde una acusación o un enfado. "He notado que has llegado un poco distinto, y me preocupas; quiero entender qué está pasando...". Lo más complejo es mantener una escucha de verdad, sin interrumpir, sin esperar para dar la respuesta preparada. Lo importante es que el adolescente entienda que no va a ser juzgado, y esta conversación es más valiosa que cualquier otra sacada a través de la presión.
Las amistades de los hijos no siempre agradan a los padres. ¿Es buena idea alertarlos sobre aspectos que su inmadurez puede hacerles pasar por alto?
Las amistades en la adolescencia son fundamentales. Es un laboratorio donde se construye la propia identidad (o más bien la identidad social). El grupo de iguales cumple una función fundamental que ya los padres, por definición, no pueden cumplir (ni deben): un espacio para la exploración, la experimentación, la pertenencia, así como la diferenciación de la propia familia. No olvidemos, además, que el contexto donde se mueven nuestros adolescentes no lo eligen ellos, sino más bien las circunstancias de sus padres, familias y entorno.
Por tanto no hablamos de mirar a otro lado, sino incluso de favorecer estas relaciones con sus iguales, con una supervisión funcional, donde poder hablar abiertamente de temas comunes, así como inquietudes que puedan tener nuestros adolescentes. Si hay una preocupación real o concreta, la mejor manera de acercarse a este tema no es desde el juicio, sino desde la curiosidad genuina. Por ejemplo, en vez de “este chico-a me parece peligroso”, o directamente “no me gusta ese amigo-a tuya", podríamos acercarnos desde "¿Qué es lo que más te gusta de estar con él/ella?". Esto nos acerca a una conversación más abierta donde los padres tienen mucha más posibilidad de transmitir sus valores y sus preocupaciones, más que acabar en una prohibición.
En temas de sexualidad o pornografía, cuando surge un desacuerdo, ¿cómo no perder la confianza del hijo, pero dejando clara la postura de los padres?
El aspecto de la sexualidad es uno de los mayores retos a afrontar en la sociedad presente. Nuestros jovenes están siendo fuertemente asediados por la cosificación de los cuerpos, la cultura del porno (y también la cultura de la violación asociada al mismo), así como a una cantidad ingente de bulos y desinformación al respecto que no facilita su normal desarrollo en aspectos tán básicos y necesarios como el afectivo-sexual. El silencio de los padres no protege a los hijos, más bien les deja solos frente al peor educador posible que es internet y su facil acceso a la pornografía. Si los padres solo llegan tarde y para alarmarse sobre estos aspectos, el adolescente tenderá a esconderse aún más.
Mi propuesta gira a posicionarnos más que a emitir un juicio, por ejemplo: "En nuestra familia pensamos que el sexo va asociado al afecto y también al respeto". También considero fundamental poder hablar de nuestras propias experiencias a nuestros adolescentes, especialmente desde aquellas que han sido más “difíciles”, de cara a poder expresar las dificultades y malestares asociados a esta falta de modelos, referentes y sobre todo educación afectivo-sexual. Por último, alentar a explorar a nuestros adolescentes sus sensaciones, sentimientos y comodidad me parece fundamental, así como apoyarlos a expresar sus dudas, experiencias... Sí, es una conversación quizás algo incómoda pero vale más que mil charlas generalistas.
Las notas no han sido las esperadas. ¿Cómo abordarlo para que no sea un conflicto, sino un punto de partida?
Las notas son un aspecto clave en la vida de muchos adolescentes (y sobre todo en la realidad de sus padres), y cómo nos relacionamos con ello puede suponer el principio de una vida laboral y personal muy negativa en las etapas posteriores. Nuestros adolescentes primero necesitan sentirse reconocidos (como personas, como individuos), pero no menos importante es que se sientan valorados (no por aquello que nosotros o la sociedad considera positivo), sino por lo que ellos son y las cualidades que tienen, porque todas las personas tienen cualidades positivas a resaltar.
En este aspecto específico de las notas corremos el riesgo de caer en un bucle muy negativo en el que cuanto más presión ejercemos, peor resultado obtienen, y cuanto peor resultado, mayor presión ejerceremos... Mi consejo es siempre “saber leer el síntoma”. Los malos resultados pueden y suelen provenir no de una falta de capacidad, sino más bien suelen estar relacionados con problemas de motivación, problemas emocionales y en muchas ocasiones entornos socio-familiares muy conflictivos. Entender qué les está pasando realmente a nuestros jóvenes es fundamental. "¿Qué ha pasado este trimestre?, ¿qué te lo está haciendo más difícil?"... Aconsejo abrir la comunicación y co-crear un plan con el adolescente, que él exponga propuestas, necesidades... Que la solución no le venga impuesta, sino construida junto a él-ella.
Muchos adolescentes buscan más independencia o autonomía de la que sus padres están dispuestos a dar. ¿Cómo gestionar ese pulso?
La búsqueda de autonomía no es un problema, es el objetivo. La adolescencia existe, si cabe, para preparar al adolescente para la vida adulta. Y esto requiere una preparación y adaptación constante por parte de los padres, de manera progresiva, a la realidad de sus hijos. En terapia familiar solemos ver cómo el miedo o la preocupación de los padres se enfrenta constantemente a la necesidad y realidad de sus hijos.
Lo que sí puede ser negociable es “el ritmo” de este proceso. La negociación funciona cuando los padres ofrecen una autonomía vinculada a la responsabilidad mostrada por sus hijas o hijos. Esta me parece, sin duda, la clave. En cualquier sistema familiar, cuando cambia el uno, cambia el otro, y los padres tienen que tener esto presente, aunque les duela, o tengan miedo o dificultades.
Si el adolescente se salta las normas, ¿cuál es la reacción correcta de los padres para corregir sin enfrentamiento?
Primero tenemos que volver a mirar cómo establecemos las normas... ¿Son normas claras y consensuadas? ¿Había consecuencias bien definidas o predecibles? Muchos padres o madres descubren en consulta que las normas realmente estaban solo en su cabeza, o en un lugar no muy bien definido. Es importante que las palabras y los hechos estén alineados. Todo lo que no cumplimos o contradecimos provoca que nuestros adolescentes acaben aprendiendo rápidamente a no tomarse las normas en serio.
Es muy importante no caer en lo punitivo (el castigo), por encima de todo, sino más bien ser consecuente con lo acordado. Las consecuencias que funcionan son las que tiene cierta lógica y además son realistas: "un mes sin salir" suena desproporcionado, irreal y genera resentimiento. "Vas a llegar una hora antes todos los días, hasta que recuperemos la confianza” suena más realista, posible y además con posibilidad de reparación.
En la conexión digital, ¿hay que imponer las normas de casa o hay margen para la negociación?
Las pantallas son el nuevo campo de batalla en muchos hogares. Es cierto que esta es la primera generación que ha crecido con la hiperconectividad como algo natural, pero es un tema de vital importancia. Mi experiencia trabajando con adolescentes conflictivos y sus familias es que el control total o la prohibición no funciona (al menos con adolescentes). Considero más oportuno la búsqueda de una gestión autónoma de las nuevas tecnologías, pero de una manera muy progresiva. No se trata de prohibir o retirar el móvil sino más bien fomentar desde muy pronto una relación sana con la tecnología.
Sí que considero que debe haber unas normas claras y básicas sobre la convivencia con las tecnologías, fomentando y cuidando fuertemente los espacios y momentos “sin móviles o tecnología", siendo fundamental que los adultos también lo cumplan, como, por ejemplo, nunca tener los móviles durante cualquier comida (ya que es un espacio de afecto y socialización fundamental), no utilizarlos más allá de las 23 horas, reservar actividades sin tecnología...
Cuando la relación entre padres e hijos adolescentes está atrapada en el conflicto constante, ¿qué se puede hacer?
En ocasiones, el conflicto puede convertirse en el modelo relacional por defecto. Ya no hablamos de un problema propio de la adolescencia, sino de un patrón relacional que se ha cronificado, y eso quizás requiere una mirada diferente, pues puede ser la punta del iceberg. Puede estar reflejando problemas o tensiones en la pareja (padres), o problemas intergeneracionales, o patrones afectivos tóxicos adquiridos de padres a hijos.... Muchas veces un progenitor solo está repitiendo exactamente el mismo conflicto que tuvo con sus propios padres.
Desde la mirada terapéutica (o sistémica), proponemos ampliar el foco, dejar de mirar al adolescente como el problema y empezar a mirar el conjunto, mirar el sistema completo. ¿Qué función está cumpliendo el conflicto constante? ¿Qué evitamos abordar cuando entramos en el mismo? También proponemos muchas veces “micro-momentos" de conexión entre los miembros del conflicto, en contextos diferentes o en actos cotidianos del día a día. Es a través de estos pequeños huecos por donde empezamos a ver la luz. Y cuando ya la familia no puede más y el conflicto ha erosionado demasiado la confianza suele ocurrir que ya no hay un lugar o un terreno común para el diálogo, por lo que en estas ocasiones el paso más valiente y sin duda más inteligente es pedir ayuda profesional. No como señal de fracaso, sino como una señal de amor hacia sus hijos y una oportunidad de crecimiento tanto a nivel personal, como familiar.
La adolescencia no es una enfermedad; es un proceso de cambio o metamorfosis y, por lo tanto, implica cierta desestructuración. No siempre tenemos respuestas para todo, a veces tenemos que tolerar la incertidumbre, el no saber y estar abiertos a lo que esté por llegar. Entender cuáles son las necesidades de nuestros adolescentes resulta fundamental, y no solo las físicas, económicas o materiales, sino también las afectivas y relacionales. Es por ello que un adolescente necesita fuertemente ser visto, ser valorado, ser querido, y por supuesto también ser protegido y enmarcado en un conjunto de normas y límites donde pueda explorar el mundo que tiene por delante sin miedo. En las escuelas de padres no construimos familias perfectas, sino capaces de seguir trabajando y apoyando a sus menores, y creemos que eso es más que suficiente.












