La vida está llena de giros, de cambios, de situaciones que no esperábamos y que nos obligan a tomar otras direcciones, cambiar de escenario. La búsqueda de un nuevo trabajo cuando creíamos haber encontrado el definitivo, una relación que termina cuando parecía estable, una enfermedad que nos obliga a replantearlo todo o un acontecimiento inesperado que nos pone la vida patas arriba. Nos gusta pensar que avanzamos en línea recta, pero la realidad no es así. Nuestra existencia es más bien una carretera de curvas, baches y cruces de caminos.
Y, sin embargo, seguimos viviendo como si el cambio fuera una excepción. Nos frustramos cuando los planes se tuercen, sentimos que hemos fracasado si nuestra vida no encaja con ese itinerario que imaginábamos años atrás y nos cuesta aceptar que reinventarse forma parte de la experiencia humana. ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar la incertidumbre inherente a la vida?
Hace más de 2.500 años, el filósofo griego Heráclito de Éfeso ya se dio cuenta de que no caminamos en línea recta y que la realidad cambia constantemente. Resumió esta conclusión en una frase: "Nadie se baña dos veces en el mismo río". Una reflexión que hoy encuentra un sorprendente respaldo en la psicología y en las investigaciones del escritor Bruce Feiler, autor del libro Transiciones.
Después de superar un cáncer, afrontar los problemas de salud mental de su padre y vivir varias crisis personales, Feiler decidió investigar cómo reaccionamos cuando la vida cambia de rumbo. Durante tres años entrevistó a cientos de personas que habían atravesado divorcios, enfermedades, despidos, mudanzas o pérdidas importantes. Quería averiguar si existía un patrón común en todas esas historias. Pero, ¿quién fue este filósofo presocrático que nos habló ya de que todo fluye y nada permanece?
¿Quién fue Heráclito?
Heráclito de Éfeso fue un filósofo griego que vivió entre los siglos VI y V a. C. y está considerado uno de los pensadores más influyentes de la filosofía presocrática. Aunque de su obra apenas se conservan algunos fragmentos, sus reflexiones han atravesado los siglos por una razón: muchas de las preguntas que se hacía sobre la naturaleza humana siguen siendo las mismas que nos hacemos hoy. Su pensamiento giraba en torno a una idea revolucionaria para su época: nada permanece igual, todo está en constante transformación. No es casualidad que su filosofía haya quedado resumida en una expresión que todavía utilizamos hoy: "Todo fluye, nada permanece".
Su enseñanza más conocida quedó plasmada en otra de sus frases inmortales: "Nadie se baña dos veces en el mismo río". Con ella explicaba que ni el agua que corre ni la persona que entra en el río vuelven a ser las mismas. El tiempo, las experiencias y los cambios nos transforman continuamente, aunque muchas veces no seamos conscientes de ello. Para Heráclito, el cambio no era una excepción ni una amenaza, sino la condición natural de la vida.
Pero su filosofía iba mucho más allá. También defendía que los contrarios son necesarios para entender la realidad: no existiría la salud sin la enfermedad, la alegría sin la tristeza o el descanso sin el esfuerzo. Del mismo modo, afirmaba que las dificultades y los conflictos forman parte del crecimiento, una idea que resumió con otra frase célebre: "La guerra es el padre de todas las cosas", entendiendo la "guerra" como la tensión entre fuerzas opuestas que impulsa la transformación.
Además, invitaba al autoconocimiento: "Me he buscado a mí mismo", escribió y sostenía que todo cuanto ocurre forma parte de un orden universal o logos. Más de dos milenios después, muchas de estas intuiciones encuentran un sorprendente eco en la psicología moderna, que considera la capacidad de adaptarse al cambio, encontrar sentido a las dificultades y conocerse a uno mismo como algunas de las claves del bienestar emocional.
La vida no es lineal, todo cambia y todo nos transforma
Como decíamos, Heráclito de Éfeso defendía que todo está en constante transformación. El río cambia porque el agua nunca deja de correr, pero quien entra en él tampoco vuelve a ser la misma persona. El tiempo, las experiencias y los aprendizajes nos transforman continuamente. Tal como afirma la psicóloga Eirene García, autora del libro Cuando nada es seguro todo es posible (Ed. Bruguera), el cambio no es la excepción, sino la norma. Y el sufrimiento muchas veces no proviene solo de lo que ocurre, sino de la resistencia a aceptar que la vida cambia constantemente.
Esa idea también es una de las principales conclusiones de Bruce Feiler: seguimos comparando nuestra vida con un modelo que ya no existe. Durante décadas asumimos que había un recorrido más o menos previsible: estudiar, encontrar un empleo estable, formar una familia y jubilarse. Pero la realidad no es así.
Hoy es habitual cambiar varias veces de profesión, emprender a los cincuenta, divorciarse, volver a enamorarse, cuidar de unos padres dependientes o reinventarse después de una enfermedad.
Pasamos media vida adaptándonos
En su investigación, Feiler identifica lo que denomina "interruptores": acontecimientos que cambian el rumbo de nuestra historia. Algunos son pequeños, como una mudanza o una lesión. Otros se convierten en auténticos "terremotos vitales", como un despido, un divorcio, una enfermedad grave o la pérdida de un ser querido.
Según sus datos, una persona atraviesa alrededor de treinta y seis cambios importantes a lo largo de su vida y entre tres y cinco de ellos provocan transiciones profundas que pueden prolongarse durante años. Si sumamos ese tiempo, pasamos aproximadamente la mitad de nuestra vida adulta adaptándonos a una nueva realidad.
Teniendo en cuenta estos datos, quizá el problema no sea que nuestra vida cambie tantas veces, sino que nadie nos enseña a gestionar esos cambios.
Toda transición empieza con una despedida
Uno de los hallazgos más interesantes de Feiler es que cualquier transformación comienza aceptando que una etapa ha terminado. Puede ser el final de una relación, de un empleo, de una forma de vivir o incluso de la imagen que teníamos de nosotros mismos.
El autor describe tres momentos que suelen repetirse en casi todas las transiciones.
- El primero es el largo adiós, cuando asumimos la pérdida.
- Después llega el desorden, una etapa de incertidumbre en la que las antiguas certezas dejan de servir, pero las nuevas todavía no han aparecido.
- Finalmente surge el nuevo comienzo, cuando empezamos a construir una nueva versión de nuestra vida.
Lo importante es entender que estas fases no siguen un orden rígido. Igual que la vida, avanzan y retroceden. Pero, como mencionábamos anteriormente, sabemos que hay cambios y, sin embargo, no sabemos cómo gestionarlos.
¿Por qué nos cuesta tanto cambiar?
Nuestro cerebro está diseñado para buscar estabilidad. Los hábitos nos permiten ahorrar energía y sentir que tenemos el control. Cuando una transición rompe esas rutinas, también pone en cuestión nuestra identidad.
Durante un tiempo dejamos de saber exactamente quiénes somos. Esa sensación explica por qué el miedo, la tristeza o incluso la vergüenza aparecen con tanta frecuencia durante los grandes cambios. De hecho, fueron las emociones que más se repitieron entre las personas entrevistadas por Feiler.
Cómo aceptar mejor el cambio y la incertidumbre
Para Mario Llobet, psicólogo experto en psicología positiva y divulgador del Instituto Europeo de Psicología Positiva IEPP-metrodora, el primer paso no consiste en intentar eliminar el malestar, sino en entender que forma parte de la experiencia humana. "La propia existencia supone, inevitablemente, contactar con experiencias de insatisfacción y emociones desagradables. Hay situaciones en las que sentir miedo, tristeza o incertidumbre no solo es normal, sino que es una respuesta adaptativa del organismo", explica.
Por eso, el problema no es experimentar esas emociones, sino cómo las gestionamos una vez aparecen. Estos son algunos de los consejos que propone para atravesar mejor las transiciones:
- Acepta que no siempre vas a sentirte bien. No todas las etapas pueden vivirse con ilusión. Un despido, una enfermedad o una ruptura generan dolor, y pretender afrontarlos siempre con una actitud positiva solo aumenta la frustración. Lo importante es reconocer que esas emociones son una reacción normal ante un cambio importante.
- Diferencia lo que depende de ti de lo que no. Uno de los errores más frecuentes es intentar controlar las decisiones de los demás, sus opiniones o circunstancias que escapan completamente a nuestro alcance. "Por lo general, lo que está en nuestra mano es nuestro comportamiento y cómo decidimos reaccionar ante lo que sucede", señala el psicólogo. Centrar la energía en aquello que sí podemos hacer reduce la sensación de impotencia.
- No te instales en la queja. Quejarse, lamentarse o desahogarse puede resultar útil durante un tiempo porque ayuda a liberar tensión emocional. Sin embargo, cuando esa actitud se convierte en la forma habitual de afrontar los problemas, termina alimentando el malestar. "La queja puede ser una estrategia de ventilación emocional, pero si abusamos de ella acabamos contribuyendo a generar emociones negativas que podrían evitarse", advierte.
- Pon límites al tiempo que dedicas al malestar. Llobet recomienda no reprimir las emociones, pero tampoco permitir que ocupen todo el espacio. Desahogarse puede ser saludable, siempre que después volvamos a dirigir la atención hacia aquello que sí está en nuestra mano.
- Apóyate en las rutinas y en las personas que te rodean. En los momentos de mayor incertidumbre, mantener ciertos hábitos diarios proporciona estructura y sensación de estabilidad. Dormir bien, cuidar la alimentación, hacer ejercicio, reservar tiempo para uno mismo y mantener el contacto con familiares y amigos son pequeñas acciones que ayudan a recuperar el equilibrio emocional, incluso cuando la situación no puede cambiarse.
- No te culpes por seguir sufriendo. A veces añadimos una segunda capa de malestar al pensar que "deberíamos estar mejor" o que no estamos gestionando correctamente lo que ocurre. Sin embargo, el psicólogo recuerda que hay situaciones que inevitablemente nos afectan. "Que algo nos siga doliendo no significa que lo estemos haciendo mal. Muchas veces asumimos una responsabilidad excesiva por no disfrutar o aceptar rápidamente una situación que es objetivamente desagradable".
Como concluía Heráclito hace más de 2.500 años, el río nunca deja de avanzar. Nosotros tampoco. La diferencia está en aprender a dejar de luchar contra la corriente y centrar nuestros esfuerzos en aquello que sí podemos decidir: la manera en que respondemos a los cambios que la vida pone en nuestro camino.











