En España, más del 20% de la población supera ya los 65 años y la esperanza de vida ronda los 83. Este escenario demográfico ha consolidado una realidad invisible pero abrumadora: la de la "generación sándwich", personas de mediana edad atrapadas en una constante tensión emocional entre las exigencias laborales, la crianza de sus propios hijos y, ahora, el cuidado de unos padres que empiezan a dejar de ser invulnerables. Nadie nos enseña a ser hijos de padres ancianos, ni a gestionar ese "duelo silencioso" que supone ver declinar a quienes siempre fueron nuestro pilar.
Para poner palabras y luz a esta experiencia tan común como poco abordada, Feliciano Villar, catedrático de Psicología del Desarrollo en la Universidad de Barcelona y director del Máster en Psicogerontología, ha publicado su libro Mis padres se hacen mayores, (Plataforma Editorial). En sus páginas entrelaza la psicología clínica con su propia experiencia vital en primera persona. Hablamos con el autor sobre la delgada línea que separa el cuidar del invadir, los peligros de infantilizar a nuestros mayores y cómo aprender a disfrutar de ellos aceptando su fragilidad, antes de que sea demasiado tarde.
¿Qué le llevó a escribir un libro sobre un proceso tan cotidiano y, sin embargo, tan poco nombrado como el envejecimiento de los padres?
Mi ámbito de especialización es la psicología del envejecimiento, y en eso trabajo desde hace 25 años. Sin embargo, enfrentarme al envejecimiento y fragilidad de mis padres me dio una perspectiva diferente y cotidiana sobre el tema, en primera persona. Me hizo replantearme cuál era, o debería ser, mi papel como hijo, y de qué manera podía apoyarles y acompañarles en el proceso de hacerse mayores.
Me di cuenta de que como padre contaba con muchos recursos para educar y ayudar en la crianza de los hijos, pero como hijo adulto, hay muy poco sobre el proceso de acompañar el envejecimiento de tus padres, cuando es una experiencia por la que todos pasamos. Este libro pretende ser una contribución en ese sentido.
¿Por qué nos cuesta tanto asumir y prepararnos para el envejecimiento de nuestros padres cuando es ley de vida?
Por varios motivos. En primer lugar, porque a nuestros padres los damos por descontado, los imaginamos fuertes y autosuficientes porque lo fueron toda su vida. Ver que quizá ya no lo son tanto, en un momento además donde tenemos muchas obligaciones de crianza y laborales, añade tensión en nuestra vida y una fuente adicional de preocupación que no existía.
Por otra parte, solemos tener un vínculo afectivo muy fuerte con nuestros padres. Su envejecimiento nos enfrenta, por primera vez quizá, a la posibilidad cierta de que personas muy queridas puedan experimentar dolor y sufrimiento, y en último término nos enfrenta por primera vez a la muerte, o a la posibilidad de morir.
Existe la llamada “generación sándwich”, atrapada entre la crianza, el trabajo y el cuidado de los padres. ¿Qué caracteriza emocionalmente a quienes viven esta etapa?
Tradicionalmente se piensa la mediana edad, las personas entre 40 y cincuenta y muchos o 60, como el apogeo de la vida, donde estamos en la cima de nuestras capacidades y responsabilidades, donde somos libres y autosuficientes.
La realidad es otra bien distinta: la mitad de la vida implica muchas responsabilidades y obligaciones, en ámbitos diferentes, y hay personas que dependen de nosotros. Algunas personas viven este proceso con mucha tensión, y con una sensación de frustración por no llegar o cumplir con aquello que se espera de nosotros. En ese contexto, que los padres se añadan como fuente de preocupación sólo acentúa esa sensación de ‘no llegar a todo’ y de hacer todo a medias.
Por otra parte, en la mitad de la vida las personas a veces nos replanteamos si hemos llegado a ser lo que quisimos ser, si los objetivos que teníamos se han cumplido o son factibles todavía. Si vemos que nuestra vida es muy diferente, y menos satisfactoria, de la que imaginábamos, podemos caer en cierta crisis que implique rupturas o asumir ciertas insatisfacciones.
¿Cómo se negocia ese equilibrio entre acompañar y no invadir? Usted habla de la “delgada línea entre cuidar e invadir”. ¿Cómo identificarla?
Invadimos cuando, la mayoría de veces de forma no intencionada y queriendo hacer el bien, comenzamos a tomar decisiones que atañen a la vida de nuestros padres, sin contar con ellos. O cuando prestamos ayudas no solicitadas que posicionan a la otra persona en una situación de dependencia y debilidad.
Se trata de empatizar, de orientarse hacia el bien de la otra persona, pero siempre contando con él. Se trata de mostrarse disponible, de que nuestros padres sepan que puedan contar con nosotros. Y de ser capaces de ser asertivos, de ofrecer nuestra visión de la situación, sin asumir que es la única verdadera y respetando lo que nuestros padres quieren hacer con su vida, como adultos que son.
Lógicamente, a medida que la vulnerabilidad y las vulnerabilidades aumentan, si lo hacen, la necesidad de prestar un apoyo más explícito se incrementa, pero siempre hemos de consultar hasta qué punto debemos llegar y cómo debemos hacerlo.
Cuando la fragilidad avanza y se agrava, son los propios hijos quienes muchas veces han de reorganizar su propia vida para incluir la atención a los padres dentro de ella
Pasamos de ver a nuestros padres como figuras invulnerables a personas frágiles. ¿Cómo se vive a nivel psicológico ese "duelo silencioso" por los padres que fueron, mientras aprendemos a aceptar a los que son hoy?
Es un proceso que cuesta, porque muchos cambios que experimentamos a medida que envejecemos son hacia un decremento de capacidades que teníamos y a la renuncia de esferas de comportamiento que antes eran accesibles y que, por problemas de salud o de otro tipo, lo son cada vez menos. Ver declinar a personas que queremos es duro, aunque el verdadero ‘duelo anticipado’ sólo se da cuando existen enfermedades terminales o grandes dependencias que hacen ver la muerte cercana.
Se trata de aceptar un proceso inevitable, y aprovechar aquello que nuestros padres nos pueden ofrecer todavía. Porque, con independencia de sus necesidades y su fragilidad, toda persona es capaz de contribuir a los demás. Hemos de redefinir la relación para no situarnos por encima (como los ‘validos’ o ‘capaces’, que sabemos muy bien lo que el otro necesita), sino para ser sensibles a lo que nuestros padres nos aportan en cada momento de la vida, y como el hecho mismo de vivir ese vínculo es algo ya muy positivo.
Finalmente, deberíamos aprovechar también esa situación de fragilidad para devolver a nuestros padres aquello que nos dieron: cuidados y atenciones. De esta manera, podemos agradecer todo lo hicieron por nosotros.
¿Qué emociones suelen aparecer en los hijos cuando perciben las primeras señales de fragilidad?
Aunque cada familia y relación es diferente, es típico que lo primero que aparezca sea la preocupación. Esto lleva a algunos hijos a rápidamente (y a veces apresuradamente) querer buscar una solución, a organizar cómo debe ser a partir de ese momento la vida de sus padres, a en ocasiones dirigir qué deben hacer y qué no, en un intento por recuperar el control.
Cuando la fragilidad avanza y se agrava, son los propios hijos quienes muchas veces han de reorganizar su propia vida para incluir la atención a los padres dentro de ella. Si el final se ve cerca, muchos hijos pasan por una especie de duelo anticipatorio, contemplando con dolor que sus padres ya no son quienes fueron. Esto en ocasiones impide aprovecharlos, disfrutar de ellos y de los nuevos matices de la relación.
¿Qué estereotipos siguen condicionando la forma en que los hijos miran a sus padres mayores?
Los típicos de la vejez, que habitualmente se asocia a declive en todos los sentidos, a fragilidad, a dependencia, a improductividad.
Si miramos desde esta perspectiva a nuestros padres, los elementos positivos que señalé en respuestas anteriores resultan invisibles y las posibilidades de ejercer un innecesario y a veces contraproducente control sobre la vida de nuestros padres se incrementa.
Es muy común oír frases como "mis padres se han vuelto como niños". ¿Qué daño psicológico inconsciente les hacemos cuando los infantilizamos?
Es una perspectiva sobre la relación peligrosa. Nace de concebir el cuidado como una relación fundamentalmente asimétrica (por una parte quien recibe, que debe recibir el cuidado pasivamente, por otra parte quien da, que tiene el control de la situación). Por ello, cuando nuestros padres se hacen mayores y especialmente cuando los vemos frágiles, en ocasiones tomamos el mando de su vida.
Al tratar a alguien como un niño, le negamos el control sobre su propia vida, y se corre el riesgo de profundizar en procesos de dependencia. Sin embargo, las personas mayores, incluso aquellas que tienen problemas de tipo cognitivo, no son niños. Son ciudadanos adultos de pleno derecho, personas con una historia vital larga y rica que no podemos ignorar. Nuestro papel no es tomar el control de la vida de nuestros padres (aunque lo hagamos ‘por su bien’, o aunque nos sea más cómodo y rápido), sino tratar de contribuir a que ellos sostengan el mayor tiempo posible el control que tienen sobre su propia vida, su autonomía y su independencia.
En ese tratar al otro como un niño (como alguien fundamentalmente diferente e inferior a nosotros, que no puede decidir), hay un punto de humillación que las personas mayores pueden captar. En ocasiones se rebelan, en otras claudican y aceptan resignadamente esa posición, porque no quieren molestar ni ser una carga o creen que lo que digan sus hijos, bien está.
¿Cómo se logra el equilibrio entre cuidar sin invadir y respetar su autonomía sin desentendernos?
Un elemento clave es la atención. Vivimos en un mundo con múltiples estímulos y tareas que reclaman nuestra atención, a veces secuestrándola. Tenemos que dedicar atención y tiempo a nuestros padres, sin agobiar y sin agobiarnos, saboreando los momentos juntos y dándonos el tiempo para disfrutar de ellos. Si son importantes para nosotros, prioricemos la relación dándole el tiempo y la atención suficiente.
Usted recuerda que “los padres no van a estar ahí para siempre”. ¿Cómo aprovechar afectivamente esta etapa sin caer en la angustia?
Cuando somos conscientes de que algo es finito, es cuando verdaderamente apreciamos su presencia y podemos disfrutarlo. Hay que ir pensando en el día a día, el “partido a partido”, saboreando el presente más que queriendo planificar el futuro o mirando ese futuro con aprensión o miedo. Lo que llegue, llegará, pero mientras tanto nuestros padres están todavía ahí, cultivemos la relación, dediquémosles tiempo, procuremos conocerlos, hagámosles saber que somos su apoyo, que estamos ahí para ellos cuando nos necesiten.
Démosles un papel relevante en la familia, instemos a las nuevas generaciones (nuestros hijos, sus nietos) a establecer una relación afectiva y profunda con ellos, que beneficiará a ambos, y nutrirá a la familia como un todo.
Introducir cambios o ayudas en casa de los padres suele ser motivo de conflicto ("yo no necesito un bastón", "no quiero a un extraño en casa"). ¿Cómo se debe abordar esta conversación para que no lo sientan como una pérdida de control sobre sus vidas?
Vivimos en un mundo que valora tanto la autonomía (“yo puedo solo”) y el yo, que el miedo a perderla, a necesitar de los otros, a ser vulnerable, se contempla como una amenaza, en lugar de verlo como un elemento intrínseco a la naturaleza humana.
Por ello algunos mayores pueden de alguna manera ‘negar’ esa vulnerabilidad o resistirse a los cambios que inevitablemente vienen en algún momento del envejecimiento, si vivimos lo suficiente.
Hemos de aconsejar o dar nuestra visión de las cosas, pero sin agobiar ni imponer y, por supuesto, sin reñir. Aceptar las limitaciones no es fácil, y lleva tiempo. En la mayoría de casos, al final la persona mayor acaba aceptando que sus capacidades ya no son las que eran, pero es algo que tienen que ver en último término por sí mismos. Muchas veces, experimentar las consecuencias negativas de esa falta de aceptación ayuda en el proceso.
Las ayudas técnicas o los cuidados han de plantearse como una forma de seguir disfrutando de aspectos importantes de la vida, como una ganancia de control, más que como una pérdida de control.
Al tratar a alguien como un niño, le negamos el control sobre su propia vida, y se corre el riesgo de profundizar en procesos de dependencia. Sin embargo, las personas mayores, incluso aquellas que tienen problemas de tipo cognitivo, no son niños
Cuando hay varios hermanos, el cuidado o la atención de los padres mayores a menudo reabre viejas dinámicas o tensiones familiares. ¿Cuál es su consejo para gestionar esto en familia de forma saludable?
La vulnerabilidad y necesidad de cuidados de los padres es un reto muy importante que tensiona las costuras de muchas familias. Lo aconsejable es tratar los temas y tomar decisiones de manera consensuada y clara, llegando a acuerdos explícitos donde la prioridad sea el bienestar de la persona mayor, y donde la persona mayor pueda participar y no sólo ser tenido en cuenta, sino ser una parte decisiva en cualquier decisión que se tome.
Las responsabilidades que asume cada hermano, los límites del cuidado y la naturaleza cambiante de estos cuidados necesitan esta aproximación abierta, donde los reproches y los prejuicios (que muchas veces llevan a que pensemos que son las mujeres quienes están mejor preparadas para cuidar) sobran.
¿Qué piensa que es lo más valioso que aprendemos sobre nosotros mismos al acompañarlos en esta etapa?
El envejecimiento de nuestros padres nos pone delante de un espejo. Nosotros seremos mañana lo que ellos son hoy. Esto puede hacernos reflexionar sobre nuestras prioridades en la vida y sobre quien, como y donde queremos que nos cuide si en el futuro necesitamos cuidados. Pensar en ello nos permitirá planificar nuestro futuro, hacer acopio de recursos si es posible.
Por otra parte, compartir tiempo con nuestros padres mayores, conversar con ellos sobre sus experiencias y maneras de ver el mundo, nos permite aprender las lecciones que ellos ya saben, y nos traslada a un viaje en el tiempo que no sólo habla de ellos, sino que dice mucho sobre nosotros mismos. Para bien o para mal, somos quienes somos y lo que somos porque alguien cuidó de nosotros, porque alguien nos construyó como personas: ese alguien son nuestros padres. Conocerlos, mientras podamos, es conocernos a nosotros mismos.
Si tuviera que darle un único mensaje de calma y aliento a ese hijo o hija que hoy nota, con un pellizco en el corazón, que sus padres se están haciendo mayores... ¿cuál sería?
Mientras estén ahí, aprovechémoslos, disfrutémoslos. Hemos de agradecer todo lo que nos dieron, y al mismo tiempo aprender de ellos, y hacer que la relación siga viva. Démosles prioridad en nuestra vida y hagamos que el tiempo que pasemos juntos cuente.
Una vez no estén, reconozcamos su legado y su memoria, que nos seguirá alimentando. Si les hemos aprovechado y les hemos dado prioridad, podremos recordarles con una sonrisa, sin remordimiento, y seguirán inspirando nuestro día a día.








