En la casa de Ana Boyer y Fernando Verdasco hay un ritual que nunca falla: cada tarde, los niños buscan a su abuela para jugar al escondite. Así lo explicó ella misma en un acto de la Joyería Rabat en Barcelona. "Consiente mucho a sus nietos, mis hijos están obsesionados con jugar con ella al escondite todas las noches que pueden. Si sale un día a cenar prácticamente le piden explicaciones, pero ¿por qué hoy no se juega al escondite? y ella está a gatas escondiéndose detrás de los sofás, corriendo en casa con ellos para todos los juegos y todas las cosas y muy feliz", revelaba Ana.
Isabel Preysler se transforma en casa en una cómplice incansable que se esconde y corre por los pasillos mientras sus nietos la persiguen entre risas. Ese juego sencillo, es mucho más que un entretenimiento, es un puente emocional que fortalece el vínculo, alimenta la seguridad afectiva y crea recuerdos que perduran. Para los niños, jugar con ella es saber que están ahí para ellos, que los mira con atención y disfruta de sus cosas. Y para Isabel, es su manera de decirles "aquí estoy", de conectar con cada uno y mantenerlos unidos. Sobre este papel del juego entre abuelos y nietos hemos hablado con Alfonso Méndez, psicólogo del Instituto Centta.
Cuando hay abuelos que disfrutan jugando, por ejemplo, al escondite con sus nietos, más allá de la diversión, ¿qué impacto tiene en la psicología de un niño ver que un adulto mayor, una figura de respeto como un abuelo, juega con él?
El abuelo suele ocupar un lugar de respeto y admiración en la mente de un niño, ya que su abuelo es quien para él sabe, quien ha vivido, quien transmite calma y cariño solo con su presencia. Cuando esa figura decide tirarse al suelo para jugar, el niño recibe un mensaje muy valioso para él: esa figura de respeto y admiración se vuelve accesible sin perder su significado. Esto no debilita la autoridad, sino que fortalece el vínculo sin perder el respeto, y construye una base excelente para el desarrollo de un apego seguro y de modelos relacionales flexibles: te quiero y te respeto, y también disfruto contigo. Es una experiencia que ningún cuento ni ninguna pantalla logran replicar del mismo modo.
En ocasiones, los abuelos ejercen un rol más pasivo (contar historias, pasear, ver la tele juntos). ¿Qué beneficios extra aporta a nivel cognitivo y afectivo el juego activo y de movimiento entre abuelos y nietos?
El juego pasivo nutre el vínculo narrativo y la transmisión cultural, que tiene su valor, no lo vamos a negar. Pero el juego activo (correr, esconderse, el pillapilla) despierta algo que la inactividad no puede: la corregulación fisiológica. Cuando el abuelo y el nieto corren juntos, se ríen, se agitan y se calman juntos, el sistema nervioso del niño aprende, en el cuerpo y no solo en la cabeza, que la activación intensa puede terminar en seguridad y risa compartida. Eso es oro puro para la regulación emocional futura. Cognitivamente, además, el juego de movimiento con reglas (turnos, anticipación, sorpresa) entrena las funciones ejecutivas (inhibición, planificación, memoria de trabajo) de un modo que ningún sofá, por cómodo que sea, consigue igualar.
El escondite diario con el abuelo es, sin que nadie se dé cuenta, una sesión de terapia de vínculo encubierta: previsibilidad, disponibilidad emocional, contacto físico, risa compartida, calma
¿Cómo ayuda esta rutina lúdica diaria a construir un vínculo de apego seguro que el niño recordará toda la vida?
El apego seguro no se construye a partir de los grandes acontecimientos, sino en la repetición de pequeños momentos predecibles donde el niño puede asociar: "Esta persona disfruta estando conmigo, me siento bien y es divertido". El escondite diario con el abuelo es, sin que nadie se dé cuenta, una sesión de terapia de vínculo encubierta: previsibilidad, disponibilidad emocional, contacto físico, risa compartida, calma. Esos recuerdos no se archivan como anécdotas, se archivan como sensación corporal de seguridad, y por eso perduran más allá del recuerdo consciente. Cuando ese adulto ya no esté, ese recuerdo emocional seguirá funcionando como una base segura interna porque su sistema nervioso ya se ha configurado de este modo.
Cuando un niño juega con un dispositivo, la interacción es unidireccional. En cambio, jugar al escondite con un abuelo implica mirar a los ojos, reírse juntos y leer el lenguaje corporal. ¿Qué habilidades sociales y emocionales se están perdiendo con las pantallas que los abuelos logran rescatar a través de estos juegos?
Las pantallas, por bien diseñadas que estén, no devuelven miradas, no se ríen contigo de forma genuina, ni ajustan su comportamiento a tu estado emocional en tiempo real. Las pantallas ganan por intensidad y novedad, el juego compartido gana por vínculo.
El escondite con un abuelo, en cambio, es un máster intensivo en lo que en clínica llamamos lectura de claves socioemocionales: contacto ocular, tono de voz, gestos, timing de la risa, tolerancia a la espera (esa angustia deliciosa de "¿me habrá encontrado?"). Se entrena la teoría de la mente (saber que el otro no sabe dónde estoy) y la regulación emocional en vivo, con un adulto que modula la intensidad del juego según lo que el niño puede tolerar. Eso ninguna pantalla lo rescata, por mucho que lo intenten vender desde el marketing de turno.
Cuando el adulto está presente, atento y disponible, el sistema de recompensa del niño no solo se activa por el estímulo, sino por la relación. La dopamina también entiende de miradas y carcajadas. Además, el juego físico introduce sorpresa, co-creación y agencia real: no hay dos partidas iguales, y el niño no es espectador, es protagonista. Y esto es potencialmente valioso.
El escondite, el pilla-pilla, los juegos de mesa... son dinámicas que no pasan de moda. ¿Por qué los abuelos son los mejores embajadores para transmitir este legado lúdico? ¿Qué valor afectivo tiene para el niño aprender el juego "al que jugaba su abuelo o su abuela”?
Porque el abuelo no enseña el juego como un tutorial, lo encarna como una historia viva: "Yo jugaba a esto con mi abuela en el patio de mi pueblo". Eso convierte un simple juego en un hilo generacional tangible. El niño no solo aprende reglas, sino que hereda un trozo de identidad familiar, una sensación de pertenecer a una cadena que viene de antes y sigue después de él. Psicológicamente, esto alimenta lo que se llama narrativa familiar coherente, uno de los predictores más sólidos de resiliencia emocional en la infancia. Y sí, hay algo entrañablemente irónico en que, en plena era de la inteligencia artificial, lo que más conecta a un niño siga siendo esconderse detrás de una puerta como se hacía hace setenta años.
En una era donde los niños pasan tanto tiempo frente a tablets y videojuegos, hay niños que prefieren jugar al escondite con su abuela antes que cualquier otra cosa. ¿Qué tiene el juego tradicional que consigue competir y ganar la batalla contra el estímulo de las pantallas?
Las pantallas ofrecen estimulación, y el abuelo ofrece vínculo como apuntábamos antes. Y el cerebro infantil, por mucha dopamina que le proporcione una tablet, tiene una preferencia evolutiva profunda por la interacción social real: la risa contagiosa, el abrazo de "te pillé", la voz que se emociona de verdad. Hay estudios de psicología del desarrollo que muestran que el contacto social cálido activa circuitos de recompensa tan o más intensos que el estímulo digital. Con la ventaja añadida de que deja al niño regulado y conectado, en vez de sobreestimulado y desconectado, que es lo que suele pasar tras una sesión de pantalla. Dicho de otro modo: la pantalla entretiene, el abuelo nutre, y el cerebro, en el fondo, sabe distinguirlo.
el abuelo no enseña el juego como un tutorial, lo encarna como una historia viva: "Yo jugaba a esto con mi abuela en el patio de mi pueblo". Eso convierte un simple juego en un hilo generacional tangible
Existe el eterno debate de si los abuelos "malcrían". Desde el punto de vista del desarrollo emocional, ¿es sano que los niños tengan ese espacio con los abuelos donde las reglas son más flexibles que con los padres?
Es sano, siempre que sea complementario y no sustituya o contradiga sistemáticamente los límites parentales. Que un niño tenga un espacio donde las normas se relajan un poco (donde se puede cenar patatas fritas y salchichas, y trasnochar viendo una película) no es malcriar, es ofrecer un contexto distinto, y los niños distinguen contextos con una facilidad que sorprendería a muchos padres ansiosos. Aprenden rápidamente que "con la abuela las normas son estas, con mamá son otras", y eso, lejos de confundirlos, refuerza su capacidad de adaptación social. El problema no es la flexibilidad de los abuelos, sino la falta de comunicación entre ambos sistemas. Cuando hay coherencia de fondo ("aquí nos queremos distinto, ni más ni menos"), el niño sale ganando en ambos frentes.
Los padres suelen llevar el peso de las rutinas, las obligaciones y las prisas diarias. ¿Son los abuelos el "refugio emocional" ideal para el juego puro, libre y sin presiones de tiempo?
Diría que sí, y es probablemente uno de sus mayores regalos. Los padres, atrapados en la logística diaria (deberes, cenas, horarios, trabajo), juegan casi siempre con un ojo en el reloj, lo cual, sin querer, meten prisa hasta al juego más inocente. El abuelo, liberado de esa urgencia temporal, puede ofrecer algo cada vez más escaso: tiempo sin agenda. Ese juego sin prisa es el que permite que el niño se aburra un poco, improvise, alargue la búsqueda o negocie las reglas. Y ese tipo de juego desestructurado es precisamente el que más desarrolla la creatividad y la tolerancia a la frustración. Resulta que el ocio sin propósito es, paradójicamente, de los más productivos para el desarrollo infantil. Lo óptimo sería un sistema coordinado donde cada figura aporta algo diferente pero valioso: los padres sostienen la estructura y la continuidad, y los abuelos amplían con la calidez y el tiempo de calidad. Cuando eso encaja, el niño sale ganando por duplicado.
Correr por la casa, esconderse... este juego también exige un esfuerzo para el abuelo. ¿Cómo influye la energía de los nietos en la salud mental y física de los mayores? ¿Se puede hablar de que los nietos "rejuvenecen" o actúan como un motor de vitalidad?
Aquí el intercambio es de doble dirección, que es lo más significativo de este maravilloso mundo de abuelos y nietos. La actividad física moderada y sostenida en el tiempo, como la que exige perseguir a un nieto hiperactivado, tiene beneficios cardiovasculares y de movilidad bien documentados en personas mayores. Pero el efecto más interesante es el psicológico: el juego con nietos mantiene activo el propósito vital y la sensación de ser necesitado e importante, dos factores que la literatura gerontológica asocia directamente con menor riesgo de depresión y deterioro cognitivo. No es solo una expresión bonita decir que los nietos “rejuvenecen”, es que hay una base real en cómo la implicación social activa y con sentido protege el bienestar físico y mental en la vejez. Eso sí, conviene recordarles a los abuelos que el entusiasmo no sustituye al fisioterapeuta si algo cruje más de lo debido, porque aunque esté muy documentado el beneficio, no pueden detener el reloj.
A nivel emocional, ¿qué les aporta a los abuelos participar de esta ilusión infantil en una etapa de la vida donde sus propios hijos ya son independientes?
Les devuelve a un rol que muchas veces creían cerrado. Cuando los hijos se hacen independientes, es frecuente que los padres atraviesen una sensación de vacío en cuanto al propósito vital, lo que se conoce como el síndrome del nido vacío. La llegada de los nietos reabre un espacio donde vuelven a sentirse imprescindibles e importantes, donde su tiempo y su atención tienen un destinatario que los recibe con alegría incondicional, incluso aparece un sentido de legado: algo de mí continúa aquí contigo. Jugar al escondite no es solo entretener al nieto: es para el abuelo una segunda oportunidad de habitar la crianza, esta vez sin la presión ni el cansancio con la que vivieron al criar a sus propios hijos o, incluso, una oportunidad para corregir errores o de reparación. Es una posibilidad de disfrutar del juego por el juego, con la libertad y la ternura que solo da la experiencia.






