La frase del día de Epicteto que puede cambiar tu forma de ver los problemas: "No nos afecta lo que nos sucede, sino lo que nos decimos sobre ello"


Analizamos qué quiso decir el filósofo estoico con esta cita célebre y te explicamos cómo afrontar mejor los problemas


Mujer tumbada en el sofá mirando a cámara © Getty Images
10 de julio de 2026 a las 6:33 CEST

Hay situaciones que apenas duran unos segundos y, sin embargo, consiguen amargarnos el día entero. Un mensaje que no recibe respuesta. Una reunión en la que alguien pone mala cara. Una crítica en el trabajo. Una conversación que termina de forma más fría de lo habitual. Si analizamos bien la situación, el malestar no aparece por lo que ha pasado, sino por todo lo que ocurre después dentro de nuestra cabeza. Es decir, por las conclusiones que extraemos de ese momento. 

"Seguro que está enfadada conmigo". "He hecho el ridículo". "Esto demuestra que no valgo". Sin darnos cuenta, empezamos a construir una historia que, la mayor parte de las veces, no podemos comprobar. Dicho de otra manera: podríamos estar equivocadas. 

Chica triste© Getty Images

El filósofo estoico que nos invita a cambiar la forma de enfrentarnos a los problemas 

Hace casi dos mil años, el filósofo Epicteto resumió este mecanismo en una sola frase: "No nos afecta lo que nos sucede, sino lo que nos decimos sobre ello". Puede sonar provocadora. Al fin y al cabo, hay acontecimientos que sí duelen por sí mismos. Perder a un ser querido, una enfermedad o una ruptura no dejan de ser dolorosos porque decidamos pensar de otra manera. Pero Epicteto nunca habló de negar el sufrimiento. Su reflexión iba por otro camino: entre lo que sucede y la emoción que sentimos siempre existe un espacio en el que interviene nuestra manera de interpretar la realidad.

Donald Robertson, uno de los mayores divulgadores actuales del estoicismo, recuerda que la filosofía estoica inspiró directamente el nacimiento de la terapia cognitivo-conductual, una de las psicoterapias con mayor respaldo científico. Sus creadores, Albert Ellis y Aaron T. Beck, reconocieron que muchas de las herramientas que utilizaban ya estaban presentes en el pensamiento de los antiguos estoicos

Mujer rubia en bata blanca, sentada en sofá con cojines grises, tomando sol.© julie.tuzet

El mismo problema puede vivirse de maneras muy distintas

Dos compañeros reciben exactamente la misma crítica del jefe. Uno sale de la reunión pensando que ha sido una oportunidad para mejorar. El otro se convence de que está a punto de perder el trabajo. O dos personas reciben el mismo mensaje: "Tenemos que hablar". Una sigue con su día. La otra pasa horas imaginando todos los escenarios posibles. El texto ha arruinado su jornada. 

El hecho es el mismo. Lo que cambia es el significado que cada uno le da. Según explica Robertson, los estoicos entendían que emociones como el miedo o la ira "se basan en creencias subyacentes". 

No significa que podamos decidir dejar de sentir. Significa que nuestras emociones no dependen únicamente de lo que ocurre fuera, sino también de la conversación que mantenemos con nosotros mismos.

Comer fruta en verano es muy recomendable según los nutricionistas© madeof_____

La historia que nos contamos puede hacernos sufrir más que el propio problema

Nuestro cerebro intenta encontrar explicaciones continuamente. Es una capacidad muy útil, porque nos ayuda a aprender y anticiparnos a los problemas. El inconveniente aparece cuando empieza a rellenar los huecos con suposiciones. Entonces aparecen pensamientos como: "Seguro que ha sido por mi culpa", "Esto siempre me pasa a mí" o "No voy a ser capaz de solucionarlo".

El problema es que acabamos reaccionando a esas interpretaciones como si fueran hechos. Por eso Robertson plantea una reflexión: si varias personas viven la misma situación y no todas reaccionan igual, quizá la diferencia no esté solo en lo que ha ocurrido, sino en las creencias con las que cada una interpreta esa experiencia.

Una chica relajada en vacaciones de verano© etam

No todo lo que pensamos merece ser creído

Tony Espigares, autor del libro Gafas Rotas, coincide en que el verdadero problema no son los pensamientos negativos, sino el peso que les damos. Y es que nuestra mente está programada para fijarse antes en lo que puede salir mal que en lo que funciona.

Tiene una explicación evolutiva. Durante miles de años, prestar atención a los peligros aumentó las posibilidades de sobrevivir. El neurocientífico Rick Hanson lo resume con una imagen muy gráfica: el cerebro funciona como "velcro para lo negativo y teflón para lo positivo". Es decir, retiene con mucha más facilidad aquello que nos preocupa, nos duele o nos amenaza.

Mujer feliz tapándose con una toalla

El cerebro no distingue entre lo que ocurre y lo que imaginamos

Según explica Espigares, el riesgo aparece cuando dejamos de ver esos pensamientos como simples interpretaciones y empezamos a creer que describen la realidad. "Cuando confundes lo que piensas con lo que eres, pierdes perspectiva y libertad", afirma.

Y es que el cerebro no distingue tan bien como creemos entre lo que está ocurriendo y lo que imaginamos que podría ocurrir. Basta con anticipar una conversación difícil o recordar una experiencia desagradable para que el organismo empiece a reaccionar como si el peligro estuviera delante. El cuerpo libera cortisol, aumenta el estado de alerta y se prepara para defenderse, aunque la amenaza solo exista en nuestra cabeza.

Por eso Espigares insiste en que el objetivo no consiste en dejar la mente en blanco ni en eliminar los pensamientos negativos. El verdadero cambio empieza cuando aprendemos a observarlos sin identificarnos con ellos. "Entre el pensamiento y la reacción existe un espacio. Y en ese espacio nace la libertad", resume.

Una idea que ya nos transmitió el filósofo estoico Epicteto: no siempre podemos elegir lo que ocurre, pero sí podemos detenernos un instante antes de creer todo lo que nuestra mente nos cuenta.