Son muchas las frases que nos dejaron filósofos, pensadores y psicólogos que siguen ayudándonos a entender mejor cómo nos relacionamos con los demás. Es el caso de una de las ideas más conocidas de Sigmund Freud: "El narcisismo de las pequeñas diferencias es la obsesión por diferenciarse de aquello que resulta más familiar y parecido".
Aunque no se trata de una frase tan popular como otras de Freud, su significado sigue siendo sorprendentemente actual. ¿Por qué a veces nos irritan tanto personas que son muy parecidas a nosotros? ¿Por qué las rivalidades más intensas suelen darse entre hermanos, compañeros de trabajo, amigos o incluso parejas? ¿Y por qué aquello que más criticamos en otros a veces parece tocarnos especialmente por dentro?
Para entender mejor esta idea, hemos hablado con la psicóloga Violeta Acedo, quien explica que detrás de muchas discusiones, comparaciones y conflictos cotidianos se esconde algo relacionado con nuestra identidad.
¿Quién fue Sigmund Freud?
Sigmund Freud (1856-1939) fue neurólogo, fundador del psicoanálisis y una de las figuras más influyentes de la psicología moderna. Autor de obras como La interpretación de los sueños, El malestar en la cultura o Psicología de las masas y análisis del yo, dedicó gran parte de su trabajo a estudiar los conflictos inconscientes, la identidad y las relaciones humanas.
Muchas de sus teorías siguen generando debate, pero algunas de sus observaciones sobre el comportamiento humano continúan resultando sorprendentemente vigentes más de un siglo después.
¿Qué quiso decir Freud cuando habló del "narcisismo de las pequeñas diferencias"?
"Freud observó algo aparentemente paradójico, que muchas veces los conflictos más intensos no aparecen entre personas radicalmente diferentes, sino entre aquellas que comparten más similitudes", explica Violeta Acedo.
Cuando Freud habla del "narcisismo de las pequeñas diferencias" se refiere a esa necesidad humana de marcar distancia precisamente allí donde existe una gran proximidad. "Es como si necesitáramos subrayar aquello que nos diferencia para preservar la sensación de ser alguien singular", señala la psicóloga.
Desde una perspectiva psicológica, el semejante ocupa un lugar complejo. Lo completamente distinto suele permanecer lejos de nosotros. Sin embargo, quien se parece demasiado puede despertar cierta incomodidad porque cuestiona la idea de unicidad sobre la que construimos nuestra identidad.
Tal como nos aclara la experta en psicología, lo que ocurre es que "el otro parecido nos confronta con la posibilidad de no ser tan excepcionales como imaginamos", explica Violeta Acedo.
¿Por qué nos irritan más las personas que se parecen a nosotros?
Porque, muchas veces, funcionan como un espejo. "Los espejos no siempre resultan cómodos. A veces reflejan aspectos que admiramos y otras veces muestran rasgos que preferiríamos no ver", explica la psicóloga. Y es que las personas que se parecen mucho a nosotros pueden enfrentarnos a nuestras propias contradicciones, limitaciones o deseos no cumplidos.
Freud intuía que gran parte de la agresividad humana surge precisamente en territorios de cercanía. No es casual que las rivalidades más intensas aparezcan entre hermanos, amigos, compañeros de profesión o personas que comparten espacios similares.
Así, "muchas veces la incomodidad no proviene de la diferencia, sino de la semejanza", insiste Violeta Acedo. El otro puede convertirse en un recordatorio de aquello que podríamos haber sido, de aquello que somos o incluso de aquello que tememos ser.
¿Criticamos en los demás aquello que no aceptamos de nosotros mismos?
"A veces aquello que nos molesta intensamente en otra persona no tiene que ver únicamente con ella, sino también con nosotros", explica la experta.
Esto no significa que toda crítica sea una proyección. Hay conductas objetivamente cuestionables. Sin embargo, cuando una reacción emocional es especialmente intensa o repetitiva, puede ser interesante preguntarse por qué nos afecta tanto.
"Freud ya señalaba que no siempre rechazamos en los demás lo que nos resulta extraño, sino que en ocasiones rechazamos precisamente aquello que nos resulta demasiado familiar", afirma Violeta Acedo.
Quizá por eso algunas de nuestras antipatías más profundas dicen tanto sobre nosotros como sobre la persona que tenemos delante.
¿Cómo influye la necesidad de sentirnos únicos?
Influye mucho. Y es que "todos necesitamos sentir que ocupamos un lugar único o, al menos, propio", afirma la psicóloga.
La identidad se construye, en parte, diferenciándonos de quienes nos rodean. El problema aparece cuando esa necesidad se vuelve excesiva y empezamos a vivir las similitudes como una amenaza.
Esto puede observarse con frecuencia entre hermanos, amigos cercanos o incluso parejas. A veces no competimos por cosas materiales, sino por algo mucho más sutil: reconocimiento, atención, admiración o sensación de valía personal.
Señales de que estamos siendo víctimas de ese narcisismo del que hablaba Freud
Una señal bastante clara es cuando dejamos de ver a la persona en su conjunto y empezamos a relacionarnos únicamente con aquello que nos molesta de ella.
"También ocurre cuando sentimos la necesidad constante de marcar distancia, corregir, discutir o demostrar que nuestra manera de hacer las cosas es mejor", explica la psicóloga.
Muchas veces el conflicto no crece porque el desacuerdo sea realmente importante, sino porque lo cargamos de significados que van mucho más allá de la situación concreta.
En estos casos, lo que parece una discusión sobre opiniones, hábitos o decisiones puede esconder otras necesidades relacionadas con la autoestima, el reconocimiento o el sentimiento de pertenencia.
Cómo dejar de competir constantemente con quienes se parecen a nosotros
"Quizá el primer paso sea aceptar que parecerse no implica competir", explica Violeta Acedo. Muchas rivalidades nacen de la creencia de que si el otro destaca nosotros perdemos algo. Como si el reconocimiento, el valor o el éxito fueran recursos limitados.
Sin embargo, la experiencia suele demostrar justo lo contrario. Cuanto más sólida es la identidad de una persona, menos necesidad tiene de compararse continuamente con quienes la rodean.
"Madurar psicológicamente implica poder reconocer algo difícil: que otra persona comparta nuestros talentos, intereses o valores no disminuye los nuestros", señala la experta. De hecho, añade, "las relaciones más maduras no suelen ser aquellas donde las diferencias desaparecen, sino aquellas donde ya no es necesario defender constantemente la propia singularidad", concluye Violeta Acedo. Algo que Sigmund Freud identificó y dejó plasmado en esta frase que en estos tiempos tienen más significado que nunca.











